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"La construcción es el medio, pero no el fin. La construcción es solo el vehículo a través del cual se materializa la arquitectura. No puede dictarle pautas a ella. Sería igual que si las pautas de la literatura las impusiera la poligrafía", asegura el arquitecto Mario Coyula.


Hilario Rosete Silva y Julio César Guanche|
La Habana


Mario Coyula, arquitecto y profesor, autor de obras premiadas en importantes concursos, es una voz imprescindible para entender la relación entre la arquitectura y el urbanismo en Cuba. Enamorado de La Habana, durante años director del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital y Presidente, desde su creación en 1978 hasta 1989, de la Comisión de Monumentos de la ciudad, Coyula ofrece aquí sus consideraciones sobre diseño urbanístico, promoción de la diversidad y construcción de la ciudadanía en un entorno vital incluyente.

-¿Qué sería necesario considerar en la búsqueda de -según Roberto Segre- la "identidad cultural del entorno cubano del siglo XXI"?
Es preciso ir a la esencia. Es difícil, peligroso, hablar de cubanía. La gente identifica la cubanía con lo colonial, y hasta con un período de lo colonial. Para decirlo rápidamente, con el de la condesa Merlín. Como si antes y después no hubiese habido nada de arquitectura cubana. La característica de Cuba, y sobre todo de La Habana, como muchas otras ciudades-puertos, radicaba, amén del mestizaje racial, en su naturaleza de encrucijada, de mezcla cultural. Nosotros tenemos influencia de varias regiones de España: Andalucía, Extremadura, Castilla... Muchas cosas nos vienen de allí: el trazado, la escala, la altura, el perfil, el compás. Estos elementos se pierden cuando de pronto se destinan una o dos manzanas completas para construir en el centro un solo, gigantesco, edificio. Se rompe la escala, el ritmo marcado por el tamaño y el llenado de los lotes, garantía de la diversidad. En una misma manzana podía existir, por ejemplo, la residencia de un señor acaudalado construida en 1915 con la arquitectura ecléctica de esa época, de dos pisos y torre-mirador, pero el terreno de al lado quedaba vacío durante largo tiempo, y cuando se venía a ocupar era para alzar un típico edificio de apartamentos de los años cuarenta o cincuenta, mientras los portales de enfrente escondían una ciudadela, y en el portalón de la esquina, aunque bastante sobrio, funcionaba muy bien una bodega. A propósito, aquí al doblar, en la calle 4, esquina a 13, vemos qué ocurre con una de esas antiguas bodegas: un desastre, subdividida en cuatro o cinco casas, se convirtió en una colmena, en un barriecito insalubre, y lo irónico es que ahora han hecho en el jardín vendutas particulares de todo tipo, volviendo a la función comercial, pero degradada. Esa diversidad era muy saludable. Es diversidad visual y funcional, pero también social, y es importante mantenerla. Entonces, lo cubano es lo que tomado de afuera e injertado dentro, llega a asimilarse de tal forma -el proceso siempre exige tiempo, los primeros tanteos nunca son acertados-, que ya nadie puede catalogarlo como extranjero. Así sucedió a lo largo de la historia con nuestra arquitectura, por eso es prebarroca, barroca, neogótica, neoclásica, art nouveau, pero "aplatanada", "cubanizada".

-¿Podríamos hallar lo cubano en la arquitectura, como haría Cintio Vitier en la poesía?
Nunca había pensado en eso. Sería interesante. Como ya dije, solemos ver lo cubano de forma limitada, defecto común de los malos proyectos, cubanos o extranjeros. Se toma lo epidérmico: la reja, la teja, el vitral. Ahora mismo todos los proyectos de hoteles e inmobiliarias están saturados de arcos, pero suavizados, como pasados por agua. Sin embargo, lo importante es inferir, transmitir la esencia. A mediados del siglo XX ya había arquitectos cubanos haciendo una arquitectura moderna que penetraba la substancia y reinterpretaba los elementos típicos como el patio, la ventana, el puntal, la galería, el balcón. Ese es el desafío.

-¿Qué relación tendría que existir entre diseño urbanístico y diversidad?
En nuestro medio hay un problema serio: el doble tráfico monetario, fermento de diferencias. Alguien debe estar estudiando todo lo originado por este fenómeno. No solo los economistas. También los sociólogos. Sobre la diversidad, la propia ciudad histórica aporta muchas pautas de coexistencia. Yo hablé de El Vedado, de la unidad y apariencia elegante de un barrio donde, no obstante, había hasta ciudadelas. Pero el millonario imponía las reglas, dictaba la imagen que se debía proyectar hacia la calle, y establecía las normas de conducta en los espacios públicos. La pregunta es: ¿quién fija ahora los patrones de moral y costumbres? ¿El tipo que llega, detiene el carro, empapelado todo en negro, delante de tu propia casa, y sonando un claxon cuyo estruendo recuerda a un dinosaurio herido, levanta en peso a todo el edificio con una música disco? ¿Debe o puede ser este constructor de cacharrerías el personaje dominante, el dueño de la calle, el dictador de los modales? De ninguna manera. Es preciso coexistir, mas preservando el orden. Entender que cada zona de la ciudad tiene sus propias reglas en el sentido urbanístico. Lo válido en Centro Habana, no es lícito en El Vedado. Lo autorizado en El Vedado no es permitido en Miramar. De cierto modo, asistimos a una "centro-habanización" de los antiguos barrios residenciales. Sus edificaciones vienen avanzando hasta la misma acera, mientras se "lisifican", es decir, apenas alcanzan una calidad en su arquitectura comparable a las de Alturas de La Lisa. Como siempre sucede, los que más pierden son los que más tenían que perder.

Hijos del desarraigo
-Con todo, usted ha dicho en algún momento: "La Habana cuesta, pero vale"...
Exacto. La propia escasez y los problemas llegan a aplastar a la gente. Algunos se preguntan: "¿Cómo vamos a hacer esto, con qué?" Cuando yo enuncié este concepto, tratando de significar todo lo verdaderamente valioso de la ciudad, me decían: "¡Estás loco! ¡Si casi no podemos con La Habana Vieja!"... Es preciso invertir los términos. En vez de una carga para el Estado, debemos descubrir en el trasfondo una oportunidad para obtener ganancias. Lejos de ver edificios despintados y desvencijados, pensemos en ellos como un recurso que puede pagarse a sí mismo. Y claro, por la vía del impuesto unos producirán para otros. Porque nunca Mantilla, por ejemplo, tendrá la misma demanda de Centro Habana, aunque siempre habrá algún turista aventurero deseoso de alojarse por allá.

La ciudad es el espacio donde se construye ciudadanía. ¿Existe entre nosotros una cultura e identidad urbanas?
En ese campo no andamos bien. Ni hay una cultura urbana extendida ni tal vez cultura ciudadana. El argumento resulta paradójico. La Revolución dio muchas oportunidades de estudio y de trabajo dentro y fuera de Cuba. La gente dejó la casa, y se descuidó un tanto la cuadra. En ocasiones se encuentran ciudadanos jóvenes, no precisamente delincuentes, expresándose, vistiéndose y comportándose como si lo fueran: han asimilado esos patrones culturales. Todo es fruto del desarraigo. A veces noto en la ciudad una especie de subcultura marginal, propia de "mutantes". Sus portadores ya no son ni obreros ni campesinos ni tampoco intelectuales. Un guajiro analfabeto del año sesenta sería más educado hoy que algún universitario. Pero el labrador cubano que dejó el campo y vino para la ciudad, ya no es ni campesino ni ciudadano. Es un híbrido. Asoma de nuevo el desarraigo. En nuestros días se habla de la masificación de la cultura. Mas durante años los conflictos culturales y sociales se abandonaron a la espontaneidad. Y cuando alguien desfolia un campo y se marcha sin atenderlo en lo adelante, ya se sabe: allí solo crecerán malas hierbas.

Según su criterio, ¿cuáles obras merecerían estar entre las siete maravillas construidas en la Cuba revolucionaria?
La ciudad Camilo Cienfuegos, más conocida como Habana del Este, es un hito. Sigue siendo la mejor urbanización posterior a 1959. Cuando se revisan sus costos -en aquella época parecieron altos, a Pastorita Núñez se lo reprocharon-, resultan risibles. La calidad del diseño y el acabado es óptima. Ha soportado cuarenta años. Está intacta. "Si la dejamos perder nunca conseguiremos algo igual", razonarían sus moradores. A veces el ahorro da pérdidas. Nada se gana si el mismo día del estreno ya es necesario apuntalar un edificio. Luego están: las Escuelas de Arte de Cubanacán, quizás la obra más divulgada del período revolucionario, que ahora serán concluidas y remozadas; la CUJAE (hoy ISPJAE), un producto magnífico, contemporáneo con las escuelas de arte; el conjunto monumentario de la plaza de Guantánamo, sin dudas el mejor dentro de esta tipología creada por la Revolución; el viaducto de La Farola, una obra maestra; el Parque Lenin de La Habana, costoso -hubo que sembrar los árboles-, pero de muy buen gusto; y otras obras menores, como algunos de los consultorios médicos, pequeños y bien pensados, y varios edificios de microbrigadas, en verdad pocos, levantados en los años ochenta. La buena arquitectura no solo se encuentra en las obras monumentales, llamativas y costosas. También se da en ejecuciones menudas e inteligentes. A fines de la década de los ochenta hubo un intento de recalificar la arquitectura, de devolverla al mundo de la cultura. Este fue uno de los temas centrales del último congreso de la UNEAC. La construcción es el medio, pero no el fin. La construcción es solo el vehículo a través del cual se materializa la arquitectura. No puede dictarle pautas a ella. Sería igual que si las pautas de la literatura las impusiera la poligrafía.

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