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PORRO, "EL QUE DICE"
Yo soy lo que los alemanes llaman un "dichter", quiere
decir poeta, el que dice. Yo soy un arquitecto que dice
y mi problema es decir bien.
Rosendo Mesías González|
La
Habana
Hace aproximadamente treinta y cinco años se producía,
dentro del momento convulso y romántico que fuera el
triunfo revolucionario, uno de los acontecimientos de
mayor trascendencia en la historia de la arquitectura
cubana: las Escuelas de Arte.
Aquella obra sería definitoria en la vida del arquitecto
Ricardo Porro. Lamentablemente, el punto de partida que
estas indicaban no fue asimilado entonces en su
verdadera dimensión, ya fuera por ignorancia,
insensibilidad, tecnicismo a ultranza y hasta por
oportunismo. Probablemente ese sea el origen de la mala
suerte en que se vieron sumidas estas obras inconclusas,
paradigmas de la cultura revolucionaria
Esta entrevista intenta el acercamiento a un artista
cuya obra le valida para ocupar un lugar cimero en
nuestra cultura, aunque él prefiera más sentirse parte
de la universal. Difícilmente otro arquitecto en Cuba
haya "dicho", en su arquitectura como Porro.
Nacido en Camagüey en 1925, desde temprana edad tuvo una
formación católica y contactos con la cultura europea.
Estudia la carrera en La Habana y a pocos años de
graduarse viaja a Caracas, donde ejerce la docencia
hasta que triunfa la Revolución y regresa a Cuba.
Después del desenlace de las Escuelas de Arte se
traslada a París, donde reside desde 1966.Desde las
últimas décadas ha desarrollado la docencia en las
universidades francesas y en otras europeas. Igualmente,
Europa ha sido el escenario de la mayor parte de su obra
y, en particular, los barrios obreros de París.
RM: Su obra ha estado en el centro de la arquitectura
en los últimos treinta años. De un lado; analistas como
Pablo Portoguesse -el mismo que lo invitara a formar
parte de la Strada Novissima en la Bienal de Venecia,
1980, le considera un precursor del posmodernismo y
Charles Jenckg destaca su nombre en el árbol genealógico
de la posmodernidad al ubicarle en el grupo que él
denominara Metáfora-Metafísica junto a Ronchampy
Barragán, entre otros.
Resalta, también, la nominación al Premio Pritzker por
la Academia japonesa de Arquitectura en 1994. Sin
embargo, algunos críticos, especialmente desde Cuba, no
compartieron sus propuestas de los 60 y los 70, aunque
hoy afirmen haber rectificado este punto de vista.
Desearía conocer su percepción sobre estas opiniones.
Porro: Yo diría lo que dicen los franceses: "Je
menfiche pasmaldes critiques", quiero decir, me importan
tres pepinos los críticos. En general hay mucho crítico
malo. Puedo decir que soy inclasificable; es muy difícil
ponerme una etiqueta.
En realidad, jamás me ha interesado pertenecer a un
grupo, a un movimiento o a una tendencia. Yo hago lo que
siento que hay que hacer en un momento dado. Una vez
alguien me enseñaba unos edificios y me hablaba de ellos
haciendo un gran elogio, y yo no los elogiaba, al
contrario, encontraba que esos edificios no eran ninguna
maravilla y se lo hice saber a la persona, y entonces
esa persona me dijo: "el problema es que Ricardo Porro
es un arquitecto de vanguardia y esta gente no", le
respondí que yo nunca he tenido la más leve intención de
ser de vanguardia. No tengo ningún interés en que se me
catalogue, ni siquiera como arquitecto de vanguardia.
Yo soy lo que los alemanes llaman un "dichter", quiere
decir poeta, el que dice. Yo soy un arquitecto que dice
y mi problema es decir bien. Y que me pongan de
predecesor del posmodern o no predecesor del posmodern o
del deconstructivismo de Coop Himmelblau, me interesa
tres pepinos. Yo trato de decir bien y ahí me paro, y
muchos de los críticos -incluyendo a los que tenía en
Cuba-, eran muy malos.
RM: Cuando le hablaba, con toda intención del
posmodernismo, no me refería al posmodernismo como moda,
sino como actitud ante lo que generó el Internacional
Style y le pregunto si su obra buscó un nuevo camino,
una nueva manera de decir que rompiera con el arrastre
que trajo este.
Porro: No, mi obra buscó un viejísimo camino; el
camino de la arquitectura, que es una obra de poesía y
cómo hacer para que esa poética y la vida interna del
edificio se conjuguen y vayan juntos y creen un todo. Lo
que a mí me interesa es eso y eso es un método tan viejo
como las pirámides de Egipto, y puede ser el mismo
método de la Acrópolis de Atenas o el de Hagia Sofía,
puede ser el método de las cosas de Frank L. Wright, o
puede ser lo que yo hago. En el fondo, todo esto se
mezcla. Y es el mismo método, no hay diferencia; es un
método muy viejo.
RM: Un hito en su obra resultaron las escuelas de
Artes Plásticas y de Danza, realizadas a comienzo de la
década del 60. ¿Qué significado tienen para usted? ¿Qué
representan en el contexto de su obra?
Porro: Tienen el mismo significado que tiene para
cualquier hijo de vecino hacer el amor por primera vez.
Es una cosa tan intensa, tan exaltante que dudo mucho
que alguien se pueda olvidar de ese primer momento de
amor intenso que tiene en su vida; y a mí me pasa lo
mismo con las Escuelas de Arte, que fueron mi salto
mortal, que fue el momento en que dejé de ser un
alumnito de alguien y me convertí en mí mismo. Di el
gran salto mortal, entré en mi propio universo, hice
algo que fuera un poco yo. Decía Alberti "que el
inventor de la pintura es el Narciso que trata de captar
su imagen en la superficie de una onda". En cierta
medida; eso fueron para mí las Escuelas de Arte, capté
mi imagen en la superficie de una onda.
Hubo algo, siendo muy jovencito, que me impresionó
enormemente. Fue un libro que leí de Paul Valéry:
Euphalinos ou l' architect, Euphalinos o el arquietecto.
Allí está Phédre que habla una especie de diálogo
platónico sobre un arquitecto griego que se llamaba
Euphalinos y él decía: "en aquel momento me dijo
Euphalinos que él había hecho un templo a la imagen de
una chica que había conocido en Corinto, y que la había
transmitido en proporciones matemáticas". Esto lo leí
siendo muy joven, y me quedó en el inconsciente. Fue tan
importante para mí que traté de borrarlo del consciente,
y cuando hice mi Escuela de Artes Plásticas esto salió.
Yo hice mi escuela a la imagen de una mujer, más que de
una mujer, de una diosa, una especie de Gea. Yo hice un
templo. Mi escuela de artes plásticas tiene mucho de
templo a la imagen de una mujer, de la misma manera que
Euphalinos lo había hecho. Muchos años más tarde,
caminando por Quais de Seine, donde están los libreros
que venden libros viejos, me acerqué a uno y encontré el
libro de Valéry, lo llevé a casa y entonces me di cuenta
de hasta qué punto aquel libro había sido fundamental en
mi vida y me había enseñado lo que podía ser mi lenguaje
en arquitectura. Me había dado una lección de ese
lenguaje. El otro que fue fundamental en mi vida fue
Picasso, a quien conocí de joven. Lo frecuenté poco, no
quiero decir que yo era amigo de Picasso porque yo era
un chiquillo que tenía veintitantos años y Picasso era
un gran maestro, pero por esa cosa maravillosa de
humanidad Picasso me recibía y yo iba a su casa y
conversaba con él y él bajaba su nivel altísimo al nivel
de un pobre estudiante como era yo, que no sabía mucho.
Recuerdo que hablábamos de lo que podía ser una obra de
arte, del símbolo de la obra de arte y hasta qué punto
el símbolo era esencial en su obra. Innegablemente, eso
me fue dando vueltas en la cabeza y yo sabía que cuando
un Leonardo hacía un cuadro, el cuadro no era
simplemente lo que estábamos mirando, sino que había
algo mucho más allá, y es verdad. Uno mira la Gioconda
de Leonardo, y qué cosa ve. Uno ve a una abuela gorda,
mal vestida, que fue a Suiza y se sacó una fotografía
con los Alpes detrás. ¿Es esa la Gioconda de Leonardo?
Claro que no. Yo puedo hablar durante horas de lo que
hay detrás de ese cuadro; de lo que ese cuadro está
diciendo, de todo lo que se puede extraer de
significaciones de ese cuadro. Y, sin embargo, la
apariencia del cuadro es la de una pobre mujer que no es
especialmente bella, que fue a retratarse a un paisaje
de los Alpes. Y yo me di cuenta que en un cuadro había
un mundo detrás y que en la arquitectura hay un mundo
detrás. Toda mi experiencia europea, todos mis estudios
de Europa me condujeron a esto. Fue, si se quiere, mi
formación europea lo que me llevó a este tipo de
búsqueda de un lenguaje.
RM: ¿Cómo fue su reencuentro con las Escuelas de
Arte? ¿Cómo las encontró?
Porro: Tuve una lección. Sé que los seres humanos
nacen, viven y mueren, lo que nunca había pensado es que
las obras de arte podían nacer, podían vivir y podían
morir; y cuando vi las Escuelas de Arte entendí que las
obras de arte podían morir, efectivamente. Me han dicho
que hay un gran interés por restaurarlas y estoy muy
optimista con la posibilidad de que esas obras que han
sido, yo creo, sumamente importantes en la segunda mitad
del siglo XX sean restauradas.
RM: Usted ha realizado en los últimos años un número
significativo de obras, en París fundamentalmente.
Díganos qué tipo de obras son, para quiénes las
concibió. Quisiera también que estableciera los vínculos
entre estas etapas y la etapa de las Escuelas de Arte.
Porro: Lo primero que construí fueron pequeñas
casitas, en las alturas del Vedado o en Biltmore, sin
gran importancia, para clientes privados. Las Escuelas
de Arte son obras sociales, allí traté de pensar en lo
que es el poder de conversión del arte, hasta qué punto
la obra de arte puede influenciar a los otros. Ahora que
llegué a las Escuelas de Arte y vi a los chicos
trabajando en los cuadros me quedé maravillado con lo
que hacían, me parecieron extraordinarios, vi la manera
en que le daban sentido a esos cuadros, lo bien
compuestos que estaban. Yo me pregunto si efectivamente,
ese poder de conversión de mi obra de arte ha
influenciado a esos muchachos de una cierta manera.
Hablando de lo que una obra de arte puede hacer por los
demás innegablemente, que esta es una obra de arte
social. Hubo aquí un crítico de arte estúpido, que dijo
que era una obra burguesa y decadente y no sé cuántas
cosas más. Es un perfecto cretino. Esa no es una obra
burguesa ni decadente ni cosa que se parezca, es una
obra exaltante, dada a la gente de Cuba y no a los
cerdos sino a los hombres de Cuba. Salvo una obra que
hice en Europa, un centro de arte que hice en
Liechtenstein, una cosa privada, todo lo que he hecho ha
sido para el Estado; han sido obras sociales. Mis 40
viviendas en Stains son viviendas obreras, el colegio
que hice en Saint Denis no puede ser una obra más
social, es justamente para muchachos hijos de
inmigrantes, que viven allí. La obra de Montrevil, el
College Collonel Fabian es una obra inminentemente
social es un colegio eminentemente público para hijos de
inmigrantes y de obreros. Cuando realicé parte de la
ciudad universitaria de Cergy-Pon Toise, era para el
Estado, cuando realicé las viviendas sociales. En el
fondo, no he hecho más que obras sociales, qué son las
que más interesan.
RM: Su extensa cultura no solo se ha vertido en su
arquitectura, sé que también ha escrito. ¿Cuáles temas
ha abordado?
Porro: Lo que escribí fue para hacer entender a
los jóvenes qué significa significar en
arquitectura, qué significa hablar en
arquitectura, qué cosa es un lenguaje en arquitectura y
he hecho dos libros: Porro 1 y Porro 2. En
el primero están mis proyectos, tratando de explicitar
lo que quería decir con ellos.
En el segundo abordo el problema de las significaciones
en la arquitectura, los distintos aspectos del contenido
de esta. En todo lo que escribí, hice una cosa que los
artistas temen hacer, que es mostrarse, hablar
claramente de lo que hacen, de qué quiere decir lo que
hacen. Un Frank L. Wright, responde, Le Corbusier, no
habla; parece que hace una propaganda al club
Mediterráneo cuando se refiere al sol y a no sé cuantas
cosas más, se calla todo lo que hay de riquísimo en su
obra, no menciona el lado poético de su obra. Y Wright
hace lo mismo. En cambio, yo estimo que hay que darse a
los jóvenes, que hay que servir de comunión a los
jóvenes. No sé si lograré con eso que hago que algún día
aprendan a significar como significo yo, o como
significan todos los grandes arquitectos.
RM: Sus viajes de reencuentro con Cuba en los dos
últimos diez años han estado marcados por su labor
pedagógica. Hábleme sobre el Taller de Urbanismo de
Comunicación que impartió, a quién se dirigió, qué
resultados tuvo. ¿Cómo se desarrolló y por qué este
curso?
Porro: ¿Por qué hice esto? Porque yo soy un
hombre de amor. Voy a hacer una pequeña historia larga,
si no te importa. Había una vez una pobre mujer, en
Bidonville que vivía miserablemente y estaba en estado,
tuvo un niño en la situación más terrible de miseria, no
tenía con qué mantenerle, ni con qué ponerlo a vivir,
estaba muy triste y el niño nació.
Un viejecito que vivía en la casa de al lado, una casa
muy miserable, siempre la miraba con una gran sonrisa y
un día le dijo: "Señora, yo voy a hacer algo por usted.
Piense durante dos minutos qué le gustaría que yo le
diera a su niño y yo se lo voy a dar". Y ella se puso a
pensar que sea poderoso, pero dijo: "no, eso no es". Que
sea riquísimo, y dijo: "no, eso no es", y entonces fue
dando vueltas hasta que finalmente dijo: "que todo el
mundo lo quiera". Y el viejo dijo: "está concedido".
Efectivamente desde que el niño nació los vecinos se las
arreglaban para traerle la leche, para mantener a la
mamá. Y el niño fue al colegio y todos los compañeritos,
las otras mamás y los papás se ocupaban de él, hacían
cosas por él. Y el niño fue creciendo y se hizo cada vez
más importante, todo el mundo lo quería y todo el mundo
se ocupaba de él. Fue convirtiéndose en un hombre rico,
millonario y era de un poder terrible y de una especial
maldad, y no le interesaba nadie. Llegó a ser
poderosísimo y un día al hombre le dio una depresión
profunda e iba a suicidarse. Empezó a caminar y sin
saber cómo ni por qué, caminando por las calles de la
ciudad fue dirigiéndose a Bidonville y llegó al lugar
donde estuvo su casa, y al lado estaba el viejo en la
puerta de la suya. Y el viejo le dijo: "Sé que tienes
problemas". Él dijo: "Sí, tengo problemas." El viejo le
dijo: "Te doy dos minutos para que me digas qué puedo
hacer por tí, y lo voy a hacer". Él pensó y le dijo al
viejo: "yo quisiera poder amar". Entonces el hombre
empezó a amar y todo le iba mal, amaba más y todo le iba
peor.
Al final de su vida estaba muriéndose en un latón de
basura, pero amaba profundamente. Y hay que ser un
hombre de amor. Yo soy un hombre de amor, por eso vine,
por eso la primera vez hice las conferencias y pedí que
fueran para los jóvenes. A esas sesiones las llamé
"Cinco sesiones de Arquitectura". Y la segunda vez que
vine fue porque encontré que el urbanismo que se estaba
haciendo en La Habana era muy malo, vi algunas cosas y
me parecieron horrendas, el urbanismo tridimensional. Se
lo dije a mi amiga Selma Díaz y ella me dijo: ¿por qué
no vienes y haces algo por los jóvenes? Así que cogí un
mes de mi tiempo para hacer un taller de Urbanismo de
Comunicación, que fuera un urbanismo que incitara a que
la gente se vea, se amase. Yo estoy convencido que el
urbanismo de comunicación, puede provocarlo, que es el
urbanismo el que propicia contactos a todos los niveles
del uso de la ciudad para sus habitantes.
Mi experiencia con los jóvenes fue enriquecedora a más
no poder, me enriqueció mucho poder ver lo que los
jóvenes hicieron, los resultados fueron excelentes, me
he encontrado con una serie de proyectos de gran
riqueza. En un mes esos muchachos han trabajado como
unos locos, han hecho cosas sorprendentes, han dado todo
lo que podían dar de sí mismos y había una cantidad de
talento y de amor en aquellos trabajos que a mí me
sorprendió. Tengo que decir que cuando me fui de Cuba
tenía la sensación de que había tanta gente que me
odiaba, que no volvería nunca más. Y esta segunda vez
que vine, vi gente tan maravillosa, de gran dulzura para
conmigo. Este viaje ha sido muy importante para mi vida.
Muchas veces uno se aliena un poco con las luchas que se
tienen y quizás no reconoce que puede haber gente tan
maravillosa. En el segundo viaje encontré gente fabulosa
que no me lo esperaba.
RM: Si tuviera que indicarle a las jóvenes
generaciones los referentes que deben tomar de la
cultura cubana, ¿qué les diría?
Porro: Cada país tiene una tradición, tiene un
pasado. Lo que Frohenius decía que es el elemento de
contextura supraindividual, que plasma el espíritu de un
pueblo y que ese elemento hay que saberlo expresar y dar
en lo que uno hace, es su obra. Estimo que Cuba ha dado
ejemplos enormes de artistas: uno es Lezama Lima y el
otro es Wilfredo Lam, artistas de una calidad enorme.
Lezama Lima porque ha sido uno de los más grandes
poetas, que ha hecho una de las novelas más bellas que
se hayan escrito en lengua española en el siglo XX:
Paradiso. Difícil hacerla mejor. Wilfredo Lam,
porque es uno de los pintores más excelsos del siglo, si
uno se pone a ver quiénes fueron los pintores de lo que
se llamó movimiento surrealista -que yo tampoco metería
mucho a Lam en lo que fue el movimiento surrealista
porque creo que él es mucho más que eso- hay dos
pintores que me interesan más que otros. Uno es Max
Ernst y el otro se llamó Wilfredo Lam, y el resto lo veo
como en sordina. Para mí esos son dos de los pintores
más fuertes de ese movimiento que trató de expresar esa
manera en que Freud quería analizar el alma y explicar
la estructura del alma que se expresa a través del arte.
Yo creo que Lam fue el artista que mejor lo expresó, aún
más que Max Ernst. Lam escogió un problema eterno del
Hombre, que es el terror, los personajes de La Jungla
son personajes terribles que ponen la mano sobre la
tierra en medio de una vegetación tropical. Después hace
pajarracos terribles, que están flotando en el aire, la
primera etapa es el terror en la tierra, la segunda
etapa es el terror cósmico, las dos etapas son problemas
eternos del Hombre expresados de una manera
absolutamente genial, con una invención absoluta, con
una frescura total. Es innegable que es Cuba. Cuando yo
les digo a los jóvenes que se miren al ombligo, en
cierto sentido les digo que sean ellos mismos, y en gran
parte les recuerdo que ellos son cubanos y que tienen
una tradición y tienen un pasado, una mentalidad y una
manera de ser que no es la misma de un peruano, de un
francés o de un alemán. Y que ellos deben hacer como una
especie de introspección, de mirarse a sí mismos, y no
estoy diciendo que hay que ser chovinista, yo detesto el
chovinismo, lo que estoy proponiendo es ir a la esencia
de uno mismo, eso me parece que es muy importante.
Tomado de El caimán
barbudo, año 31, edición 284.
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