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EL CONCILIO DEL REALISMO Y LA UTOPÍA

"Estamos iniciando una tarea de rescate y de reflexión, una tarea en la que habremos de conciliar el realismo y la utopía, el sentido práctico y la posibilidad de soñar. A esa tarea los convocamos", palabras de clausura del evento teórico en la I Bienal de Arquitectura.


Graziella Pogolotti |
La Habana


Durante muchos años viví en la Habana Vieja. Me acompañan los recuerdos de los olores de la ciudad, el olor agrio del puerto, donde en los almacenes se corrompían las papas y las cebollas de importación, el perfume barato de las barberías que se anunciaban con sus enseñas multicolores, y al final de la tarde cuando cesaba el tráfico de la ciudad y el trabajo doméstico, el último de los vendedores atravesaba las calles con el intenso perfume de nuestras flores blancas, las mariposas. A esa hora todos acudían a los balcones y se entablaba el diálogo de un lado a otro de la calle, los muchachos se agrupaban en las esquinas y algunos sacaban las sillas a las aceras para apropiarse de la brisa ligera de la noche. El espacio público y el privado, nunca muy separados el uno del otro, se confundían entonces. La calle se convertía en otro ámbito del espacio privado, en un ámbito de la convergencia de todos, en un espacio compartido. 
También rumores distintos acompañaban ese momento de quietud. Era la música del bolero que se escuchaba en las vitrola de los cafés al aire libre, el diálogo de las radionovelas que traspasaba las paredes y las ventanas: esa ciudad es otra y sin embargo es la misma, porque el espacio de la ciudad es el espacio privilegiado de la cultura, atravesado por el tiempo. Es un espacio construido, pero que no está hecho de materia inerte. La ciudad tiene sus fantasmas, tiene su alma y por lo tanto tiene su memoria. Así fue descubierta por los románticos en el siglo XIX que vieron su noble rostro, el atractivo de su modernidad, y la belleza de su mundo sumergido. Es la ciudad de los poetas, de Hugo y de Baudelaire, pero también entre nosotros ha sido la ciudad de los escritores y de los artistas, los escritores y los artistas que han contribuido a construir su imagen, a forjar su alma y también a crear su mito. Por eso lo que hoy nos ha convocado aquí, en estos días de intenso debate, ha sido lo que Lezama llamó el azar concurrente, y también los grandes acontecimientos de la historia, durante la cual vivimos y que contribuimos también a hacer.
Los años difíciles por los que ha pasado nuestra economía en el último decenio, contribuyeron a poner en evidencia las cicatrices de la ciudad, parecían irse quebrando sus muros, se producían derrumbes, las calles, que siempre habían estado llenas de baches, tal como las evocara hace sesenta años Carpentier, parecían acrecentar esos agujeros profundos, y ese rostro adolorido de la ciudad pasó a la obra de los artistas plásticos y también a la de los escritores. Esa situación convocaba a un llamado al orden, a que nosotros nos volviéramos hacia nuestro entorno, nos preguntáramos por su destino, por su futuro, e hiciéramos más intensas las búsquedas de soluciones, y sin embargo el tema de la ciudad no había estado silenciado, ni tampoco se había acallado el pensamiento de los arquitectos y de los urbanistas. Pero existía además un fenómeno que parecía deberse a un milagro, y era que en aquellas circunstancias críticas La Habana Vieja empezaba a salvarse.
Sus valores habían sido descubiertos por primera vez en los años veinte, lo hicieron entonces los escritores, los artistas, los historiadores de la arquitectura. Pero ese interés estaba reducido a un grupo limitado, no habían pasado a ser conciencia de todos. Por el contrario, muchos de sus habitantes, movidos por aspiraciones de modernidad, deseaban que desapareciera para que sobre sus cimientos surgiera una ciudad nueva y fue tomando cuerpo en tanto una aspiración que parecía ser cada vez más irrealizable. La nostalgia aumentaba cuando a la vez la ciudad vieja parecía estar condenada a la destrucción. Se sabía que para recuperarla hacía falta enormes inversiones y, sin embargo, la voluntad tenaz de recuperarla encontró fórmulas que conciliaba el realismo y la utopía, las soluciones prácticas y los sueños.
La Habana Vieja se ha ido restaurando, se ha ido refuncionalizando, sin dejar de ser por ello una ciudad viva. Es una ciudad que va encontrando un nuevo sentido, no solamente para sus visitantes, no solamente para aquellos que la admiran, sino también para todos aquellos que viven en ella, que viven en ella hoy día orgullosos de su ciudad y dispuestos a contribuir a su salvación. Porque una ciudad es obra de todos, es obra de los constructores, es obra de los urbanistas y planificadores, es obra de aquellos que construyen su vida espiritual y es obra de aquellos que, quizás sin saberlo, lo hacen a través de su existencia cotidiana, a través del ir y venir por sus calles, identificadas con nombres que van adquiriendo un valor misterioso, y en el caso de La Habana se conservan empecinadamente.
La Habana Vieja conserva esos nombres cargados de sentido, evocadores, como pueden ser Aguacate o Empedrado, Tejadillo y Cuarteles, Obrapía, Amargura e Inquisidor, y nació y fue más nueva esa ciudad que en un libro de poemas Fina García Marruz llamó La Habana del Centro. Fue una ciudad que pareció construirse en torno a un fonograma de virtudes, y sus calles conservan esos nombres. El de Virtudes Lealtad, Amistad, Industria y Perseverancia, como efectivamente industriosos y perseverantes tienen que ser quienes la conservan, la cuidan y la transforman. Luego vinieron las épocas del anonimato en que la vocación de modernidad se tradujo en nombrar las calles por números y letras, en que el pragmatismo logró adquirir la primacía sobre los sueños de otros tiempos. Y así se fueron haciendo el Vedado y Miramar, barrios que ayer eran la encarnación de la modernidad, y que hoy constituyen parte de esa memoria histórica, porque lo que vale en esta ciudad, hoy lo sabemos, no es solo su centro histórico, es toda ella, construida a través del tiempo. Y como se van dejando sucesivas capas geológicas en la constitución de la tierra, parecen superponerse unas a otras y, sin embargo, existe entre ellas una estrecha intercomunicación .
Viendo la ciudad que se agrietaba, y observando por otra parte sus posibilidades de salvación, hace cuatro años la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, recogiendo el sentir de sus miembros, colocó el tema de la ciudad en el debate contemporáneo. No teníamos las soluciones prácticas a la mano, pero sabemos que era indispensable remover conceptos, auspiciar el debate, convocar a todos a la búsqueda soluciones. Y este proceso, desencadenado en medio de una coyuntura, se ha seguido desarrollando en estos años, ha encontrado un lugar en algunas de nuestras revistas culturales, ha encontrado espacio para el debate público, ha puesto en circulación las ideas, ha sometido a debate algunos proyectos, y hace muy pocas semanas, en vísperas de esta Bienal, se produjo un taller sobre la arquitectura de la ciudad en el cual fueron analizados muchos de los proyectos existentes, algunos con posibilidades inmediatas de ejecución, y otros que quizás habrán de tardar mucho mas. Pero la necesidad urgente no es solo encontrar las soluciones prácticas, sino también la de elaborar conceptos, la de seguir desarrollando un pensamiento teórico atenido al conocimiento de los valores y significados de nuestra tradición histórica, y atenido también al debate contemporáneo en el mundo. Porque ciertamente, en medio del debate de cada época, fue creciendo la ciudad. Esta ciudad, capital de una Isla situada como llave del Golfo y antemural de las Indias Occidentales, se fue haciendo paradójicamente entre las necesidades de defenderse y, por lo tanto, de construir un poderoso cinturón fortificado
El intercambio estuvo impuesto por su condición portuaria y su posición geográfica. Estaba entre el acá y el allá, entre el antiguo y el nuevo mundo, en el cruce de las flotas y de los barcos mercantes que la conectaban con la América, en ese trasiego humano y de mercancía que favorecía el intercambio de las ideas, la constante vocación de modernidad, esa es la situación ahora, otra vez. La Isla se defiende y al mismo tiempo está en el centro del debate del planeta. 
Defender la ciudad es defender la identidad cultural frente a un mundo de globalización homogeneizante. Este mundo parece confirmar aquello que alguna vez dijo un pintor célebre: Los sueños de la razón engendran monstruos. Aquel pintor que murió solitario porque había sido un iluminista, y por tanto un portador de las ideas de la Enciclopedia y la Modernidad. Como todo gran artista, intuyó los peligros a los que podía conducir el desarrollo de la vertiente puramente racionalista y tecnocrática de este iluminismo. Y esos peligros han estado presentes en este mundo y están cada vez más presentes. Muchas ciudades en ese desarrollo monstruoso han perdido su identidad y sobre todo han perdido su dimensión humana. 
Ahora, en los albores del siglo XXI, cuando toca intentar una mirada hacia el porvenir, resulta indispensable hacer el diagnóstico del presente, entender qué es lo que hemos ganado y qué es lo que hemos perdido, en esa permanente lucha por la emancipación del hombre. Hemos ganado porque, efectivamente, las distancias se acortan y el intercambio resulta más expedito. Hemos perdido porque también las fronteras se levantan, y la diversidad de las culturas está amenazada dentro de este enorme espectro de problemas. Nos toca acotar uno esencial: de qué manera, mediante qué fórmulas podremos salvar la dimensión humana de las ciudades. Esta ciudad nuestra, que pareció detenerse en el tiempo, ha preservado esa escala humana. Defender su pasado, el más remoto y también el que se llamó moderno, es una manera también de defender el futuro. 
En estos días de intenso debate, hemos dado continuidad a temas y preocupaciones que vienen desde tiempo atrás y que ahora afloran y toman fuerza. Estamos iniciando una tarea de rescate y de reflexión, una tarea en la que habremos de conciliar el realismo y la utopía, el sentido práctico y la posibilidad de soñar. A esa tarea los convocamos. A continuar junto a nosotros desde el día de hoy, en un diálogo que no habrá de tener interrupciones. Y los convocamos a todos ustedes, y a todos los amigos de una ciudad hecha por el hombre y para el hombre, a nuestro próximo encuentro dentro de dos años, en el 2004, para seguir debatiendo apasionadamente el destino de nuestras ciudades, el destino de esta ciudad y, por lo tanto, el destino de todos los hombres que viven en un universo urbano, en un universo que aspiramos a hacer armónico y solidario. Los convocamos a defender ciudades que sean hechas de piedras, de concreto, de nuevos materiales, pero que sigan siendo el espacio en el cual crece el alma de sus habitantes, el espacio en el cual se establece el diálogo entre el espíritu y la materia, entre el arte y la técnica.

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