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El
cuento de La Jiribilla
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TARÁNTULA
Atilio Caballero
Habían preguntado por el camino más corto para llegar hasta la carretera. Sin volver la cabeza para orientarse en el nuevo rumbo sugerido, dieron las gracias y algunos cigarros al informante, que se quedó
allí, viéndolos torcer en dirección contraria a la indicada. Un hombre y un caballo en la punta de una loma, como un gigantesco monumento ecuestre que los tres volvieron a ver, ahora desde otra perspectiva, cuando bajaban bordeando el arroyo. Cargaban dos mochilas casi vacías y en la ropa, llena de tierra, se veían algunas costras de fango endurecido: ropa de ciudad reciente. El hombre sobre el caballo se ajustó el sombrero frente al sol, pensando que no llevarían más de una semana por aquellos lugares.
Lugares donde ellos desentonaban. Con los helechos gigantes, con el musgo de las piedras, con la sombra que conserva la humedad en la tierra. Los dibujos tatuados en los brazos no se correspondían con el diseño característico de las mariposas locales. Sus pisadas, más que deslizarse, resbalaban por el terreno, pero esto era parte de la fiesta, y ellos la disfrutaban.
Porque no estaban en ningún sitio reconocible, aunque tampoco perdidos. Simplemente no se permitían orientarse; divagar era tan importante como resbalar, como reírse por cualquier motivo: no les importaba que el hombre hubiese señalado hacia el oeste; eso más bien los hacía reír. Reírse y viajar: no existen dos razones más importantes para lanzarse a una aventura, a un descubrimiento o a un reencuentro.
Ahora tenían hambre, y pensaron que sería bueno detenerse y comer. Pero dentro de las bolsas, nada. Ni agua. Estaban tan radiantes, tan olvidados de todo que no recordaban la última vez que habían comido, cuando devoraron el fondo de las latas, el ripio de galletas, el ron, y vaciaron la cantimplora donde quedaba un buche para cada uno. El sol comenzaba a lacerar la piel diseñada, a infiltrarse entre las hojas de los árboles, formando haces tubulares que dibujaban un cono perfecto sobre la tierra húmeda, definiendo a transparencia del lugar.
Bajo la luz todavía oblicua el hombre sobre el caballo los vio sentarse, escarbar dentro de las bolsas, empujarse, rodar. Y reírse: el eco de los gritos percutía en las laderas cercanas y también viajaba. De una de las bolsas, aparentemente vacías o ligeras, extrajeron un envoltorio grande hecho con papel de estraza; de un bolsillo el bloc de notas, que al ser leído, el eco de las montañas hizo que las palabras viajaran hasta el hombre sobre el caballo: "Prospecto. Lechuga salvaje. Crece en las pendientes rocosas. Las hojas se cortan después de la floración y se ponen a orear en lugar seco y oscuro. Además de nutritiva, remineralizante, analgésica, laxante o hepática, contiene
Lactucarium, sustancia de efectos muy parecidos a los del opio. Como antiafrodisiaco se usa contra la ninfomanía, y puede llegar a ser tóxica en fuertes dosis. En forma de tabaco, contiene el 50% menos de alquitrán que los cigarros ordinarios." Luego fumaron y volvieron a reír, hasta quedar inmóviles en el último pedazo de sombra que ya desaparecía.
El descenso parecía interminable. Cantaban Call me a dog y resbalaban, en una secuencia larguísima, por una pendiente de piedras, como el lecho de un río seco y vertical. Al llegar abajo caminaron hasta la casa que estaba al final del pequeño valle. Por sus piedras al fondo, de noche podría parecer un castillo gótico, nunca las formas filiformes, los arcos estilizados de un minarete. Desde la punta de otra pendiente, su silueta contra el sol, el hombre encabalgado contemplaba aquella casa: techo de yagua, paredes de palma con agujeros para dejar pasar la luz, fango alrededor. Y dentro porque a sus voces nadie respondió: dos sillas desencajadas, una cortina que parecía hacer de biombo entre nada y nada, un horcón salomónico, una colchoneta, algunos platos, dos gallinas y una mesa grande. Y sobre la mesa una esplendorosa Remington. Cubierta con un nylon rosado.
Detrás de la máquina -sin explicarse cómo porque allí no había
ningún espacio-, emergió la figura de una mujer. El vestido parecía una sábana amarillenta con algunos orificios para los brazos y la cabeza. El pelo largo y enredado. Las ojeras como dos mariposas de noche, que miraban sin decir nada.
-Queremos-agua-señora-por favor. No hay. Por allá pasa un remanso. Algo-de-comer. No hay. En el monte se puede encontrar. ¿Nada-nada? No hay. ¿Y-qué-comerá-hoy? Frijoles y qué le importa. Disculpe-señora-disculpe-eh... Y otro largo, largo silencio, pero no tanto como para impedir que ellos volvieran a reírse.
-Váyanse- dijo la mujer.
El hombre de la punta de la loma... intuyó que algo podría suceder, y su caballo descendió algunos pasos. Su suspicacia era disparatada, pero él no sabía. Aquellos tres pararon de reír, y uno dijo pues bien señora, si no quiere darnos nada y el agua no se le niega a ningún cristiano ni a-su-peor-enemigo- (otro) ...entonces-nos-llevamos-la-máquina-de-escribir. La salvadora satisfacción del trueque, pues la ofensa
-así lo entendían ellos- es un mal inmerecido y por tanto intercambiable.
-La máquina no- respondió la mujer.
-¿Por-qué-la-máquina-no? Hablaban siempre en ráfagas. Pero ella los tendía
-Porque es la máquina de Bukowski.
Todo lo demás -alucinaciones, accidentes, libaciones, hambre, hongos, y botánica- pasó a ser anécdota secundaria. Ellos tenían una vaga idea de algunas cosas, pero al descendiente de polacos casualmente lo conocían. Citaban sus historias, lo traían al caso como referente importante para definir una postura, en fin, lo admiraban en la risa. Que otra vez contagió a todos. Señalaban la máquina con el dedo y se reían. Pero el rostro serio de la mujer eclipsó las carcajadas. Y...
-¿cómo-aquí?/ quién-la-trajo? / en-este-monte-consorte,/ así que-la-máquina-de... de-quién-dijo?
-De Bukowski, repitió la mujer. De Charles Bukowski. Ni sé cómo se usa. Aún así, no la cambio por nada.
-¿Y-por-qué-señora?
-Es asunto mío.
Su respuesta tenía la seguridad del que aprecia algo, aunque sin saber exactamente por qué. Ellos dedujeron que si no la usaba y había sido..., Bukowski y no les daba nada de comer
-todo eso dicho en otra ráfaga que ella tradujo con
claridad- entonces se la llevaban. ¿Qué sentido tenía esa máquina allí? Ella dio un grito; arrancaron el nylon rosa y metieron la máquina en una mochila. La mujer volvió a gritar, mientras ellos escapaban saltando.
"Parecen bufones": Esto fue lo que pensó el hombre al verlos salir de la casa, erguido sobre su caballo y otra colina, a la que ahora no llegaron los ecos. Una salamandra movía la cabeza, pero él no hizo caso. Bajo el techo con alacranes la mujer gritaba
-"producía su picadura grave melancolía"-, daba golpes en la madera de las paredes
-"que solo se disipaba agitándose mucho" -clamando por su pertenencia como una heroína de teatro griego suspira por el hombre muerto.
Tomar conciencia de la adquisición los hizo rastrear con nitidez y presteza un sendero. Enseguida desembocaron en un ancho camino de tierra, por el que los vieron desaparecer el hombre y su caballo, seguros de que pronto llegarían a la carretera que lleva hasta el pueblo.
Mientras descendían, notaron que los rostros eran muy parecidos a los pocos encontrados durante toda la semana. Observándolos, esos rostros les hicieron recordar, vagamente, algunos sucesos que ya entonces comenzaban a parecer lejanos en el tiempo, acaecidos a otros tal vez. Ahora se repetían con mayor frecuencia, envueltos en un rumor que les hizo echar de menos aquel silencio ambiente dejado atrás que si necesitaban. Ruido de motores simples como estruendo de aviones. Polvo de una tierra seca, donde el sol castigaba vertical sin los matices que arriba propiciaba el entramado de hojas. Y las miradas fijas, recelando del forastero. Dos horas de viaje bastaron para la brusca transformación. Pero ellos, eufóricos aún o radiantes llevaban su tesoro, en el éxtasis remanente de la última talófita, y lo importante era salir de allí, llegar cuanto antes a donde eran conocidos.
En el lugar donde podían tomar un ómnibus descubrieron, al revisar sus bolsillos, que no quedaba ni sombra de dinero. Extraño. Arriba nunca hizo falta. ¿Cómo desapareció, si lo habían dividido previendo precisamente el extravió? El autobús, tal vez el único del día, estaba por partir, y no podían perder tiempo.
Vender la máquina. No. Vamos-a-venderla. No-no. Esos-prietos-de-allí... ¿Cómo no van a comprarla? Pero-es-la-máquina-de... Precisamente. Quiero-decir... ¿Y tú piensas que ellos saben quién era...? Cincuenta pesos. Cien. Cien o nada... Y eso fue‚ como remover la pereza: ¿cien pesos por ese dinosaurio? Un rayo de sol se reflejó en la superficie dorada de la boca negra. Y ahora eran ellos quienes estaban serios o confundidos ante la risa espasmódica de los otros. Estos-tipos-están-peor-que-nosotros.
-O-mejor, pensaron ellos. Ochenta-socio-y-no-bajo-más, lo que multiplicó las carcajadas de los prietos alegres, y su tono. Mira-que-esta-máquina-es-la-de... ¿Comé que tú dice que se llama el ruso ‚se? No parecía haber arreglo. Otra noche allí los haría pasar directo del éxtasis a la pesadilla, mucho más en este nuevo lugar, que no tenía que ver con nada. El motor del ómnibus se había puesto en marcha, y subían los últimos pasajeros.
-Cómprenla. Esa es la máquina de Bukowski.
Los morenos habían quedado con la mirada fija sobre las cabezas de ellos tres. La voz llegaba desde atrás, desde lo alto, y obró como un ensalmo en el ánimo de los especuladores.
Nadie más habló. Ellos agarraron el dinero y saltaron sobre el ómnibus en movimiento, que dio una vuelta en redondo y volvió a pasar por donde mismo habían estado unos segundos antes. Con los rostros aplastados contra los cristales traseros, vieron, entre la nube de humo y polvo, alejándose, tres figuras sentadas en la tierra, una máquina de escribir y un caballo.
Nota:
Tomado de Tarántula, Editorial Letras Cubanas,
2000
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