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"¡AHORITA LES VAMOS A DAR SU REVOLUCIÓN!"
Enrique Ubieta |
La
Habana
Hace apenas algunas semanas, la prensa mexicana hizo pública una secuencia inédita de fotografías tomadas el 2 de octubre de 1968. Son imágenes terribles: en los cuerpos sin vida de los estudiantes masacrados en la Plaza de Tlatelolco vemos heridas de bala y de bayoneta, abiertas con saña profesional. Entre los muertos hay niños de 15, de 17 años. Agentes de civil, dispersos en la multitud, les dispararon a quemarropa. En los edificios cercanos, los francotiradores apuntaron a sus cabezas llenas de sueños. La cifra oficial de disparos desconcierta: 15 mil. Se emplearon tanques, un helicóptero, armas sofisticadas: una operación de exterminio contra manifestantes desarmados que no podían escapar del cerco tendido. "¡Ahorita les vamos a dar su Revolución!", exclamaron los asesinos. Días atrás, los provocadores infiltrados habían exhortado a los estudiantes a portar armas, pero los líderes del movimiento rechazaron la iniciativa. Esos provocadores ayudaron después a los esbirros a identificar a sus compañeros escondidos en los departamentos vecinos. Ajax Segura fue uno de esos provocadores.
"Ese 'dos de octubre no se olvida' -me escribía una entrañable amiga mexicana, a propósito de las revelaciones hechas-, los pinches gringos cerraron toda posibilidad de un sistema diferente en nuestro país, al imponer el terror, e introducir el miedo que duraría generaciones y se transformaría en rabia e impotencia. Sí, fueron ellos, ahora se sabe que el entonces presidente Díaz Ordaz le reportaba a la CIA. ¡¿Cómo es posible?! Y ¿sabes?, mi niño nació 'el dos de octubre no se olvida' de 2000. ¿Qué México le dejaremos a él?, más todavía ¿qué Mundo?"
Aquel asesinato masivo no fue obra del PRI, es decir, no de una agrupación política, hoy sustituida en el gobierno de la nación. Fue obra de un sistema amenazado, de hombres concretos que antepusieron sus intereses personales a la vida de otros hombres, los intereses de una nación extranjera a los de la propia. El dinero no tiene patria. El poder del dinero se enmascara en partidos. En pequeña escala, ese ensañamiento sofisticado, preciso, nos recuerda otros actos punitivos de mayor envergadura: las guerras de Irak y de Afganistán, por ejemplo. Los nombres de los ejecutores y de los partidos cambian, pero no la intención, la alevosía del crimen, la impunidad del más fuerte, la traición de los cobardes y de los oportunistas. En estos días he recordado con repugnancia el nombre de Ajax Segura.
II
Para borrar de la mente humana la inoportuna utopía de los oprimidos, se asesina periódicamente a los humanos que la enarbolan. La propaganda unipolar suele asociar la violencia al ímpetu revolucionario. Pero la violencia es históricamente contrarrevolucionaria. Ante la pérdida de la razón, el Poder acude a la fuerza. Los revolucionarios han tenido que usar también la fuerza de sus brazos para defender sus verdades y sus vidas, pero cuentan siempre con una fuerza mayor, la de las ideas. Los hombres pueden ser desarmados, las utopías no.
En ese empeño fracasan los ideólogos de la desesperanza. Jorge Castañeda, un ex comunista, pretendió borrar su efímero pasado con la invención de una historia desmovilizadora que construyó sobre mentiras y medias verdades. Su libro
La utopía desarmada se alimenta del odio que sienten los que ni creen ni aman, por los que creen, aman y fundan. No contento aún, y confiado de encontrar una venta asegurada en el aniversario redondo que el mundo conmemoraba, escribió una biografía
contra el Che. ¡Hay que desmitificar los ídolos!, gritaba. Si yo tengo las piernas cortas, pensaba de sí, no puedo admitir que existan hombres de piernas largas.
Hace unos días presenté mi libro La utopía
rearmada, que trata sobre la presencia de los médicos cubanos en Nicaragua, Honduras, Guatemala y Haití. Es el testimonio personal de un cubano que recorrió durante once meses selvas y montañas, aldeas y ciudades de cuatro de los más pobres estados de América junto a los médicos de su país pobre y bloqueado, en los años finales del siglo. En realidad, no es un libro teoricista el mío. Pero muestro en él la vitalidad de una Revolución que, diez años después de la desaparición de la Unión Soviética, sigue creando mundos nuevos y abriéndole espacios a la esperanza. La vida tiene respuestas mejores. Castañeda me recuerda a Segura, en su afán de servir a los enemigos de su pueblo, de traicionar y de traicionarse.
"Aquel no fue el fin -le contesté a mi amiga mexicana-. La historia no conoce finales. Es posible la traición y el odio, pero también es posible la fidelidad, el amor. Tenemos que luchar por la posibilidad mejor, por la única capaz de salvarnos como seres humanos. Conozco a muchas personas egoístas e insensibles en este mundo. Pero una sola que irradie luz es suficiente para seguir luchando, y yo te conozco a ti: tú eres mi México querido, el que acogió a Martí y a los expedicionarios del Granma, el México de la esperanza, la certeza de que México no ha muerto. Tu niño recibirá ese legado, el de esos muchachos asesinados en Tlatelolco 'el dos de octubre no se olvida'".
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