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LECUONA: EL GENIO Y SU MÚSICA.
Un libro que hace
honor a un símbolo de la cubanía
en el pentagrama.
Este libro echa por tierra las insinuaciones de
algunos que han tratado de colocar a
Ernesto Lecuona entre las filas de una exiliada
oposición política a la Revolución Cubana
y ve al Lecuona que exaltaron todos como un
representante de lo más genuino de la cultura que surgió
en Cuba de las raíces mismas de nuestra nacionalidad.
Noel Martínez Martínez
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Matanzas
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He
tenido la suerte de entrar en contacto con el que es,
sin dudas, el último de los libros publicados acerca de
Ernesto Lecuona. Y digo el último, porque han existido
algunos acercamientos acerca de este importante músico
cubano, lo cual no quiere decir que, aunque es uno de
nuestros más universales autores, haya sido un
privilegiado personaje en estudios biográficos o
musicológicos tanto en Cuba como en otros lugares de
Hispanoamérica.
Ernesto Lecuona y Casado, propietario de una vida de
entrega al arte y a la identidad de su Patria, ha sido
deficientemente tratado por muchos de los estudiosos que
se le han acercado. Y los deslices van desde
afirmaciones erróneas sobre su fecha de nacimiento,
ocurrida en agosto de 1895, hasta equivocaciones en
fechas, características de sus aportaciones musicales, o
relaciones familiares. Pero en algo coinciden todos y es
el probado hecho de ser Ernesto Lecuona el más universal
de los músicos cubanos en toda nuestra historia.
Emulo primero de otros grandes como lo fueron Cervantes,
Simons y Roig, pudo hacer crecer una vocación de cubanía
nacida de su contacto con la importante cultura negra de
su natal Villa de Guanabacoa, hasta lograr hacer entrar
esa música llegada desde África en los más selectos
salones del "gran arte" de Europa y América.
En 1895 la isla de Cuba comenzaba su guerra definitiva
por la independencia de España. Un periodista canario
que se asentara primero en Matanzas y después emigrara a
La Habana, para residir en la entonces Villa de
Guanabacoa, se sabía dueño de un futuro en las letras
cubanas.
Transcurrido el tiempo, sus hijos llegaron a hacerse de nombres imprescindibles
para la cultura de Cuba.
Pero la familia quedaría acéfala a inicios del siglo XX,
cuando el fundador de la misma, en viaje para reponer su
salud en Santa Cruz de Tenerife, encontraría la muerte
en su lugar natal, en una especie de llamado desde la
tierra que lo hizo ir a expirar al lugar soñado por
todos los emigrantes: al sitio donde se ha nacido. La
premonición de la estirpe, hizo que su hijo menor,
llamado como el padre, encontrara la muerte en aquella
propia ciudad en 1963, en lo que algún poeta ha afirmado
como la valía de la costumbre de no perder jamás "el
sueño heredado del tiempo".
El libro, del que tomo los anteriores y otros datos,
aborda estos temas y otros de la vida y la obra de
Ernesto Lecuona y es que adentrarse en la citada obra es
uno de esos privilegios que nos es dado por los
misterios de la creación. Con prólogos del ilustre
historiador cubano Eusebio Leal y del intelectual y
político canario Gerónimo Saavedra, la obra ofrece la
maestría de sus autores, el canario José Manuel
Castellano Gil y el matancero José Fernández Fernández,
fusión autoral que tiene la valiosa tarea de no dejar
morir esas inferencias comunes de nuestras identidades.
El texto es, además, una muestra de los deseos de
apostar a la cultura por parte de sus editores, La Caja
General de Ahorros de Canarias, en su colección Obra
Social y Cultural y que vale la pena que trascienda a
otros públicos, en razón de que este texto está
concebido como una pieza de coleccionista. Aunque
valioso, el intento de Caja Canarias de tener un libro
bien hecho e inmejorablemente editado, necesita nuevas
réplicas en otras casas editoriales, ya sean cubanas o
españolas, para que nuestros pueblos, destinatarios y
protagonistas de la cultura cubana y canaria, puedan por
esta vía recibir esa aportación musical del maestro,
rescatada de las sombras por las autorizadas firmas y la
búsqueda incesante de los historiadores Castellanos y
Fernández.
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LECUONA, EL GENIO Y SU MÚSICA es el resultado de una
acuciosa investigación biográfica, donde los marcos
hipotéticos que se demuestran van por caminos antes no
transitados. Es un Lecuona humano, con sus amigos, sus
virtudes, sus intenciones, su tiempo vital. Es ese
Lecuona que no sólo fue quizás la mejor mano izquierda
que se ha posado sobre un piano, o el más insigne de los
que interpretaron aquella pieza de Gershwin, Rhapsody
in Blue, o el aclamado intérprete pianístico que hizo
vibrar a París, Nueva York, Madrid o las capitales de
América hispana, es, también, el Lecuona que viajaba en
barco porque no soportaba los aviones o que se enamoró
de su casa en las afueras de La Habana y allí hacía una
vida de arte con sus aficiones humanas, tan sencillas
como las de otra persona que no tuviera una profesión tan
ilustre. Es el Lecuona que dio vida de pasión a piezas
de Bizet o de Liszt, pero que no olvidaba nunca en sus
conciertos incluir obras de lo más íntimo de la cultura
antillana, como para hacer saber al mundo refinado y
culto donde se movía, que en estos destinos remotos
también se hacía arte del bueno. Y en tal sentido, el
nacionalismo musical cubano tiene en Ernesto Lecuona a
uno de sus más insignes cultivadores.
Al reflejar a aquel músico en su tremendo sentido de la
patrimonialidad, el camino transitado por el libro nos
hace comprenderlo en sus inquietudes por la cubanía.
María la O, La Comparsa, Siboney y muchas, muchísimas
otras obras suyas, fueron el reflejo de haber bebido con
el alma en los lugares comunes, pero imprescindibles, de
lo más popular de la cultura cubana. Lecuona hizo
creaciones de lo que nos identifica hasta dotar de
sentido clásico a lo que un día naciera en el barracón
de un ingenio, en la pupila de un campesino isleño
cultivador de la tierra, o en los barrios marginales de
nuestras ciudades. Seguramente es este sentido del
análisis de los autores lo más dignificante y valioso de
la investigación, ver al Ernesto Lecuona que exaltaron
todos como un representante de lo más genuino de la
cultura que surgió en Cuba de las raíces mismas de
nuestra nacionalidad.
Este libro, aún no editado en Cuba, echa por tierra las
insinuaciones de algunos que han tratado de colocar a
Lecuona entre las filas de una exiliada oposición
política a la Revolución Cubana que triunfó en 1959,
haciendo un profundo análisis de las causas que llevaron
al artista a residir en Estados Unidos y España.
Pero
el libro no
sólo nos trae esta magnífica aportación histórica y
cultural. Además de la primera parte de la obra,
identificada por EL GENIO y que ofrece un novedoso y
bien pensado ensayo biográfico, el libro llega a una
segunda sección que se interna en el camino de la
utilidad, cuando aparecen las partituras de lo más
significativo de la creación del bien llamado MAESTRO.
En esa colección de partituras, muy bien seleccionadas,
están obras casi desconocidas o muy poco interpretadas
de Lecuona, incluyendo su música infantil, que el propio
compositor valorara como la parte de su obra “por la que
quería ser recordado”. La ternura de Bacanal de Muñecos,
Carrusel y de otras piezas, acompañan a las inmortales
Malagueña, Para Vigo me voy, y a otras que son parte de
lo más significativo de las referencias hispanas de su
creación, o de las obras del teatro lírico que tanto
cultivó Lecuona y otras de alto sentido culto y popular
que hoy son partes imprescindibles del acervo musical
cubano, tan de moda por estos tiempos. Y en este
sentido, la utilidad del texto escrito por Castellanos y
Fernández amplia sus horizontes llegando no solo al gran
público, sino que se convierte en un instrumento útil de
referencia para investigadores y músicos.
Ilustraciones de gran significación, partituras de
utilidad probada para extender en el tiempo la obra del
destacado músico, anexos con programas de sus memorables
conciertos, recordatorios de la música de Lecuona en el
cine, sus nominaciones a los Premios Oscar, menciones de
sus intérpretes favoritas, documentos aclaratorios de
datos que hasta ahora eran confusos y análisis adecuados
de la obra y el personaje, hacen de este libro una muy
especial biografía. Por demás, la cuidada edición, donde
destaca el trabajo de la empresa Color Relax y la
impecable impresión, nos hacen ver este libro no ya como
una obra más, sino como un digno esfuerzo que ha tenido
el resultado de poder tener a Ernesto Lecuona, casi a
los 40 años de su muerte, más cerca de lo que jamás
pensamos.
Ernesto Lecuona, hombre sencillo en su grandeza, nunca
imaginó tener una biografía como la que nos ha ofrecido
ese binomio de autores. Puede que, incluso, le hubiera
resultado incómodo un libro de tal magnificencia. Pero
hay una razón más para la existencia de esta obra que
dignifica a aquel personaje y es que, a grandes de la
cultura universal, como lo fue Ernesto Lecuona,
corresponden esfuerzos como este que hoy, para suerte de
todos, tengo entre mis manos y que espero encuentre en
Cuba un editor que la reproduzca para el amplio público
lector de la mayor Isla de las Antillas.
El libro, pues, además de las apreciaciones que antes he
descrito, se inscribe en el homenaje eterno de quienes
admiramos la obra y la vida del bien llamado MAESTRO.
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