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LA
JUNGLA
Se le ocurrió entonces mojar los papeles del embalaje
que había traído de Europa, y con ellos, pegando uno
sobre otro, preparó un gran panel. Dibujó toda esa
noche. A medida que avanzaba en su trabajo sentía que
aquel intrincado mundo allí representado era una
verdadera selva. En menos de veinte días pintó su obra
cumbre: La Jungla.
Antonio Núñez Jiménez
La
Habana
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La jungla,
1943
Gouache, 228 x 238 cm |
(…)
Llevaba un año en Cuba, y un día Lydia le preguntó:
– ¿Te quieres ganar 20 mil dólares? Pues pinta los
retratos de algunas señoras de alto copete.
Su situación económica era apremiante, y al principio
dudó. La tentación era enorme. Se lo comunicó a Helena,
y ella le dijo:
– ¡Jamás harás tú eso, Wifredo!
No pintó para los burgueses, y no lo hizo porque ya
había tomado su propio camino.
– De mí decían, en tono discriminativo, que era un
pintor negro. Ellos reflejaban su impotencia ante la
acción que yo había emprendido. Los burgueses son
demasiado débiles de espíritu para comprender el arte
verdadero. Puedo decir como Picabia: «Muero contento de
que mi pintura no haya gustado a la gente que detesto.»
Desde mi estancia en París tenía una idea fija: tomar el
arte africano y ponerlo en función de su propio mundo,
en Cuba. Necesitaba expresar en una obra la energía
combativa, la protesta de mis ancestros.
Se le ocurrió entonces mojar los papeles del embalaje
que había traído de Europa, y con ellos, pegando uno
sobre otro, preparó un gran panel. Dibujó toda esa
noche. A medida que avanzaba en su trabajo sentía que
aquel intrincado mundo allí representado era una
verdadera selva. En menos de veinte días pintó su obra
cumbre: La Jungla.
El fondo del cuadro, al principio, era un poco rojizo.
Pierre Loeb, muy conocedor de pintura, le advirtió que
ese tono no armonizaba con el tema. Volvió a pintarlo
hasta alcanzar un verde azulado, mucho más acorde con la
naturaleza cubana.
Loeb ha testimoniado que «en los tres años que llevo
viéndole vivir y siendo su testimonio renovado, asisto
al nacimiento de una obra que, día a día, se hace más
legible y más misteriosa. Más legible pictóricamente y
más misteriosa en el terreno espiritual, puesto que
nada, en la actualidad, nos recuerda los signos ya
trazados. Si ocasionalmente se nos aparece el recuerdo
de alguna forma, ésta ha sido objeto de una
transposición tan acentuada, mezclada a tantas otras
formas, que nos hallamos realmente en presencia de una
obra difícilmente emparentable con las del pasado».
Fernando Ortiz hizo algunas interpretaciones del
fenómeno económico y social en la temática de La
Jungla. Se han hecho otras, pero Lam me ha dicho:
– En La Jungla se plasma la revancha que se
impone un pequeño país del Caribe, Cuba, contra los
colonizadores. Puse las tijeras como símbolos de un
corte necesario contra toda imposición extranjera en
Cuba, contra todo coloniaje. Ya éramos grandes y
podíamos marchar solos: he ahí las tijeras.
Lam había visto muchas esculturas africanas en Europa y
conocía la conmoción intelectual que allí produjeron.
Aquellas piezas escultóricas habían revolucionado el
arte occidental. Al verlas pensó en los negros
desarraigados de su continente, despiadadamente
esclavizados, y en cómo en pleno siglo XX seguían
explotando su espíritu, su arte.
– En La Jungla los mitos africanos están en
función activa dentro del paisaje cubano del cañaveral.
Todo el destino de Cuba, hasta el presente, ha pivoteado
en torno al cultivo de la caña y sus resultados
económicos.
A través de mis conversaciones con Picasso comprendí que
es necesario llevar toda manifestación intelectual a una
verdad.
Con esa convicción pinté La Jungla, como un
combate contra el gusto y los conceptos que tenía la
burguesía cubana sobre la plástica.
Creo que Alain Jouffroy ha acertado al expresar que
La Jungla fue el primer manifiesto plástico del
Tercer Mundo.
Los críticos reconocen la potencia de las estructuras de
Lam, porque siempre se ha expresado sin
convencionalismos formales. Esto se advierte claramente
en su cuadro Los que esperan, en el que se
refleja el sentimiento de los llamados «primitivos». Es
un cuadro significativo, que Alain Jouffroy utilizó como
portada en su libro Lam. Benjamín Péret, poeta
surrealista y crítico de arte, dice que Lam participa
como cubista en el movimiento surrealista. El propio Lam
nos dice:
– Se me ha considerado como un pintor de la Escuela de
París, un pintor surrealista, o no importa qué otra
tendencia, pero nunca como un representante de la
pintura que realmente hago y en la que creo reflejar, en
gran medida, la poesía de los africanos que llegaron a
Cuba, poesía que aún guarda escondida en sus cantos
mucho dolor. He puesto mi emoción en función de la
plástica, siempre a partir de una excitación poética.
Lo que Lam percibía del cubano y de su idiosincrasia era
una mezcla de muchas civilizaciones transculturadas. En
su pintura ha plasmado esa poesía del pueblo cubano que
tiene mucho de África en sus negros y mulatos. Pretendía
hacer una narrativa poético–plástica equivalente a los
cantos populares y ceremoniales. Eso lo llevó a hacer
una serie de cuadros que culminó con La Jungla.
Lam manifiesta que trata de hacer poesía con su pintura,
«porque la poesía es la lengua más antigua y elocuente
de los hombres».
Pintaba La Jungla sumido en el más grande
ensimismamiento. Cuenta que cuando vio por vez primera
el Martirio de San Mauricio, de El Greco, obra
que considera «la maravilla de las maravillas», le
preocupa que el gran maestro lo hubiera pintado después
de cumplidos los 40 años; entonces, él tenía 22. Cercano
a los 40 se dijo: «Llegó el momento de hacer algo
importante.»
– Para pintar La Jungla utilicé al máximo las
enseñanzas que me proporcionó el estudio de los
clásicos. Y si ese cuadro goza ahora de una
consideración universal, se debe a que no fue pintado
con despreocupación, sino gravemente, con todo mi
esfuerzo. Hice mi trabajo como un rito, apoyado en las
experiencias adquiridas en España y en Francia. En él
puse toda mi capacidad de análisis, que nunca estuvo en
contradicción con mis sentimientos. Mi interés por el
arte africano y el polinesio, que me sirvieran de
inspiración y desencadenaran una serie de motivaciones y
de frecuentaciones inconscientes, no obedeció nunca a
razones sentimentales. Yo quería proseguir el penetrante
camino emprendido por estas artes primitivas, aunque sin
olvidar el rigor constructivo que observaron en sus
obras Poussin y Cézanne.
Mientras pintaba, le dolía ver que para algunos, si algo
era cubano no valía nada. Eran los tiempos en que a
cualquier creador extranjero se le publicaba todo, se le
hacía propaganda, lo homenajeaban. Entonces pensaba:
«Nunca he visto un país más alejado de su propia
realidad que el mío.»
En esos días de penuria, para sorpresa suya, Lam vio su
nombre junto a los de Fidelio Ponce y Víctor Manuel, ya
que el Gobierno les ofrecía una beca, al considerar a
estos tres pintores como los más representativos de
Cuba.
– Yo no lo tuve en cuenta, pero Helena, con su
disciplina europea, me dijo que debía enterarme. Fui a
ver al Ministro de Educación: inútil gestión. Allí me
encontré con un amigo de Sagua, y después de largas
discusiones con secretarios y amanuenses, entramos al
despacho casi con violencia. El Ministro, con evidente
sorna, nos preguntó qué deseábamos. Le expuse mi
curiosidad sobre el asunto. Me contestó que él había
hecho esa proposición, pero que aún no había nada en
concreto. Luego supe que esas becas las estaban cobrando
unos cachanchanes políticos.
Vendió La Jungla por 300 pesos para poder comer
aquí en Cuba. El cuadro después viajó a Nueva York. El
pintor tenía un contrato con el hijo de Henri Matisse,
Pierre, propietario de una galería en la calle 56 y
Madison Avenue. Actualmente el valor de este cuadro es
incalculable. En 1979 estuvo en una exposición de Lam,
en un museo de Copenhague. De ahí fue a Oslo y después
al Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Primordialmente se identifica a Velásquez con Las
Meninas; a Goya con los Caprichos y los
Disparates. A Lam se le conocerá como el pintor de
La Jungla.
(…)
Tomado de Wilfredo
Lam, Editorial Letras
Cubanas, 1982
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