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LOS CUADERNOS DEL ÁNGEL

Ofreciendo a la brisa sus torneos viene La Jiribilla desde hace poco menos de un año. Pensada para soporte electrónico, esta publicación semanal ha sabido sortear con elegancia los estereotipos ideológicos y estéticos para brindar al mundo una idea abarcadora, ecuménica y profunda de eso que llamamos lo cubano. Lo interesante es que en el intento La Jiribilla no ha querido incurrir en penosas neutralidades, en movedizos conceptos históricos. Armada de un sentido de la cubanía que es, como pedía Martí, asimilación antes que aislamiento, tiene la suerte de pensar en la Cultura también como en un fenómeno complejo, que se retrae cuando la impregnan de superficialidad y florece cuando le reconocen su carácter profundo, su permanente signo de misterio.
Más que ágil, inquieta; polémica y arriesgada, esta revista digital no se queda en el simple tintineo argumental a favor de la Isla. Con una elegancia atrevida, sensual, cada uno de sus números invita al develamiento o a la polémica.
La glosa de una Cultura implica siempre el homenaje, pero a ese homenaje, en todo caso, le conviene la tensión, el cuestionamiento.
La Jiribilla, reconocido el camino, es más cubana por ser más lúcida, es, en contra de sospechosas perfecciones, un reflejo de la idea cósmica de la nacionalidad, que funde noblemente la ciencia y el mito, las bellas letras y el folclor, la religión y la historia.
 

En una operación sorpresiva, de contracorriente, como le es habitual, ahora la revista se asoma al papel e inaugura con este texto los Cuadernos de La Jiribilla. Se trata de materiales seleccionados con una idea novedosa, inquietante, si cabe la insinuación, y con la meta de permanecer. Ya se sabe que no es lo mismo el ciberespacio, donde los sentidos se sacian con letra, color y sonido, que el libro tradicional, canonizado por el ojo y la paciencia. Pero apostar a estos cuadernos, a pesar de no haber sido un propósito premeditado, pudiera verse como un signo de madurez, como una juguetona amenaza de profundidad. Juzgue una vez más el lector.

                                                                                           Rogelio Riverón

 

ASOMO A LA TEMPESTAD


Huracán, huracán, venir te siento, dice Heredia y lo acompaña una grácil figura de sutiles movimientos que al andar se agita, se inquieta, se entusiasma. Y arrecia el viento en infinitas ráfagas: silbido suave, ronco rugido. A todas partes van los ojos de la figurilla, ¡tan intranquila! queriendo atrapar al viento, asirse a él, montarlo, detenerlo. Se remueve la tierra, se abre, frutos deja escapar, dobla en arco la caña; agítase la palma ante los atónitos ojos de la inquieta. ¿Quién espolea el rayo que trae al fuego y que el aire atiza? ¿Quién hace caer el agua que desborda el río?, se pregunta, y está presta al auxilio, y es veloz para el consuelo. Y lo que angustia podía ser lo convierte ella en festín, venga otra vez Heredia y cante al huracán; pregunte Martí a la naturaleza embravecida; que dibuje Guillén un huracán de raza y la violación de Martinica; que cuente Carpentier del terror de Sofía; que Lezama agregue sus consejos y Boti exija al viento percibir su acento. Y en un portal camagüeyano, en una de esas tardes tempestuosas, que escriba la Avellaneda de deseos de venganza, que sea en la tarde, pues de la noche se ocupará Zenea. Que llegue Piñera y Rodríguez Feo, con Marré, Arrufat, Severo, con Fayad y Calvert, que entren todos trayendo un ciclón literario. Cuando llegue Fernando Ortiz, que realice los conjuros, que dirija el baile. Ya danza el huracán, con él La Jiribilla.

                                                                                               Jorge Ángel Pérez

 

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