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BAJANDO POR CALLE DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE

Reinaldo Montero

I

PUERTA

No es la Calle Sierpes de Sevilla, ni la carrera de San Jerónimo de Madrid, mucho menos pudiera ser como las enormes Corrientes de Buenos Aires o Insurgentes de México, o como el breve callejón del muro, Wall Street de Manhattan por más señas.

Es una calle a la que le cambiaban el nombre. Fue Calle De San Juan, tal vez porque la gente subía por Santo Domingo a la Iglesia de San Juan de Letrán. Fue Calle De Los Plateros porque desde mil quinientos trece, hombres como Juan de Oliver y Jerónimo de Espellosa hicieron música, martillete en mano, para placer de los ojos. Fue Calle Del Consulado por el Real Consulado en tiempos de don Luis de Las Casas. Fue Calle Weyler por el capitán general don Valeriano, el bárbaro famoso que dijo, quien no está conmigo está sinmigo, y mucha y más grave barbarie cometió, y tanta, que un minuto después de evacuadas las tropas españolas, a arrancar de cada cruce las placas que chillaban Weyler, Weyler, Weyler. También fue Calle Pi Y Margall, por el republicano que en España defendió con tenacidad catalana la causa de la independencia de Cuba. Y al final, a la calle terminaron restaurándole su nombre, que desde el principio y por siempre, la han llamado y la llamarán, no de otra manera que Calle Del Obispo.

La calle tiene mil ciento dos varas cubanas, doce cuadras, ciento veinticuatro edificios, veintitrés viviendas. La calle posee agrimensor, Censor Regio de la Segunda Instancia del Tribunal de Comercio, Bibliotecario Supernumerario, Intendente Honorario, Obispos varios, y la mayor casa para venta de carbón cerca del menor de los especuladores de azúcar, la mejor chocolatería puerta con puerta con el peor fabricante de flores, y una importante imprenta litográfica al lado de un insignificante Oficial De Cuarta Clase Del Tribunal De Cuentas, más el consulado en La Habana de Buenos Aires donde duerme de día un celador del barrio del Templete, más el Real Colegio de Corredores donde estudia de noche un profesor de barbería y cirugía. La calle abunda en bachilleres, lampisteros, comisionistas, boticarios, cambistas, apoderados, síndicos, picapleitos, jugadores de baraja y parará, vendedores de lotería, oficiales de administración, maestros retratistas al daguerrotipo, agiotistas de bolsa, auxiliares de vistas, guardas de almacenes de averías, pintores de obras finas. La calle es pródiga en camiserías, cafés con cantina, lecherías, fondas, marmolerías, puestos de legumbres. La calle ostenta un Banco De Garantía De Créditos fundado con capital inicial de mil pesitos, que financia la prestigiosa fábrica de boinas que le queda a la derecha, la costurería con dos flamantes máquinas de coser que le queda a la izquierda, el excelente jaulario con su jaulero que le queda en los bajos, y la oficina de dos especialistas en trenes de aguadas para buques que ocupan el cuarto de la azotea. Y en nombres de comercios, la calle logra que se sucedan sin contradicción El Combate con El Gas frente a La Abeja Montañesa, La Fashionable y La Gran Señora frente a Josefita y La Guaireña, La Región De Oro a un costado de La Lluvia De Oro a un costado de El Oro frente a Dios Te Proteja, The Quality Shop y Uncle Sam's Nephew frente a Moctezuma y a La Nobleza Gaucha, La Villa De París y La Topografía Universal frente a El Faro Industrial De La Habana y a El Vigía Del Morro, y puede verse El Modelo Cubano en los altos de Los Nacionales, en los bajos de Algo Sabemos, y al lado de La Ornitología, y a un paso El Bosque De Bolonia, y de pronto La Flor Inesperada, y en seguida La Fortuna y la modesta quincalla Mi Fama Por El Orbe Vuela, que desde la puerta de Monserrate, hasta San Pedro, qué no encontrará sitio en Calle Del Obispo.

Sitio de la ciudad, esquina de Egido y Calle Del Obispo, justo donde se encontraba, donde se encuentra, la puerta de Monserrate en la muralla que terminaron siglo y cuarto después de colocar la primera piedra, para empezar las demoliciones cincuenta años después de colocada la última. Despilfarro Habana.

¿Va a entrar, señor?

Oír voces como la campesina francesa. ¿Alguien habló? Bah, una voz es algo inocente, más inofensivo que un diablo ciego, que un tirano dormido, que una página impresa en letra pequeña.

Señor, ¿entra usted por la puerta de Monserrate?

A tu espalda debe estar el patíbulo. No quieres mirar, y sí, volteas la cabeza, y por entre los troncos de los laureles de la India, lo ves, el patíbulo. Malum signum. Exacto signo. Terror Habana.

Tenías esperanza de que el patíbulo ya lo hubieran trasladado para La Punta. Al final de Calle Del Obispo te espera otro patíbulo, aunque no tan evidente como este.

¿Entra o no entra el señor por la puerta de Monserrate?

Y atraviesas el puente sobre foso, te acercas a la puerta que tanto gustó a don Miguel Tacón, cruzas uno de los arcos, el de la izquierda, que sirve de paso al tropel de caballos y gente, y ves la vieja ermita, la que erigió doña Magdalena y su primer marido. Y pegados a la muralla, diez o doce bajareques de guano, idénticos a los que cogieron candela durante el sitio de La Habana por los ingleses. Y barrida la ceniza, a volverlos a armar. Tenacidad Habana.

Se sabe, Maceo pensaba tomar Marianao, aproximarse a estos muros, dar candela de nuevo, y ocurrió la sorpresa de San Pedro. Otra tenaz, La Muerte. Y la vida ardiendo, ardiendo varias veces, porque a cada rato se incendia el pecho, y luego hay que barrer la ceniza, y más luego sentarse a reconstruir el alma, y así una y otra vez. Fénix Habana.

Cuidado, quítate, el hueco. Saltas, y el agua churripuerca da contra la cantería de la muralla sin salpicarte, y un coche pasa. Comienzo. Estallar de agua siempre te suena a inevitable comienzo.

Fue una berlina de las que salen raudas de O’Reilly a las horas en punto, y regresan con prisa del jardín botánico, o quinta de recreo Los Molinos, aplastando charcos por Paseo de Carlos III, Calle De La Reina, calzada de Galiano, costado del Teatro Tacón, hasta reventar el charco más hondo, éste, del otro lado de la puerta de Monserrate, y a bajar por Calle Del Obispo, siempre a la carrera, sin importarle transeúntes ni aceras angostas. Y levantando polvo, no rompiendo charcos, ves alejarse la berlina que se transformará en rippert con mulos de arrastre cuando instalen los rieles, y luego en wagons, y de ahí no hay más que un paso para llamarlas guaguas, y siempre indemne el amor a la prisa.

A la derecha, como dicen las guías de turismo, una bodega. Así que ya está la manzana de casas donde se asentará La Florida, y más tarde El Floridita. Hace veinte años solo había fango y cobertizos de llega y pon. Tampoco se ha prosperado mucho, es bodega poco surtida, se ve. Escasez Habana.

Lo que pasa, estos gallegos sacan más de los caballos que de los cristianos. Y ves atracados a la entrada de la bodega, un coche de punto y otro de lujo, y más allá un carretón de mulos. Y las bestias ejerciendo la igualdad, tragando sin disputa harina mezclada con agua turbia, casi sobre los sacos de granos. Democracia Habana.

Escuchas cómo canturrea un cliente frente al mostrador de la bodega.

Media de arroz, cuarto de carne limpia, ese tasajo no, el bacalao tampoco, dos de frijoles y dos de arvejas, a ver los macarrones, bien, no va la manteca, un cuarto de café sí, y la contra de azúcar, aléjame ese pan partediente, una de boniato, una de malanga, una de esos plátanos, y la contra de aceite, se ve feo el tocino, las coles sí, los tomates sí, media de nabos, ¿cuánto te debo?, dímelo cantando.

La bodega se ha transformado en La Piña De Plata, lo dice un cartel, y lo confirma la ausencia de caballos y sacos de granos. Así que hoy por hoy el rey de La Habana debe ser el Capitán General don Ramón Blanco de Peña Plata, pero ese militar con sable espléndido pasa y sigue. Lo que permanece es la reina, la piña, y sus mejores súbditos, que son el licor de piña, la ginebra con zumo de piña, el grueso vaso de agua con anís y panal fresco con trociscos de piña, el fuerte vermú voluntario con concentrado de piña, el suave vermú achampanado con agua de Seltz y endulzado con piña, el coñac ruboroso aromado con piña, y el aguardiente domado con guindas del piñal. Y para la donna que no se baja del quitrín, en La Piña De Plata hay frutas frescas, sorbetes de deliquio, malváceas divinales y el néctar-soda-frío que es tan helado que duele.

¿Qué prefiere el señor?

Prefieres seguir caminado, dar con las piñas de El Templete en el espacio que se abre al final de Calle Del Obispo, acercarte a tu patíbulo.

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