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BAJANDO POR CALLE DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE

Reinaldo Montero
 

II

LA TIERRA DE JAUJA

Vas a bajar por Calle Del Obispo, pero antes observas la primera casa, ahí está la N°124, la de don Juan, casa modesta donde vive el hombre que un día se agachó para leer si la inscripción al pie de la estatua de Carlos III proclamaba que había sido hecha por Cánovas, porque cien años de orgullo habanero aseguraban que el monumento era tan de Cánovas como la Venus, y la inscripción dijo, me hizo Cosme Velázquez, escultor gaditano, y don Juan se estremeció, reveló el desencanto. Conmoción Habana.
Y cruzas la esquina de Calle Del Obispo con la llamada Calle Del Caído, por el infeliz que cogiendo goteras dio contra los adoquines…, Sufrir caídas y recaídas, tu caso. ,…y también llamada Calle De Don José Bernaza, el panadero, dueño de tahona muy principal. Aunque la panadería de Bernaza estaba, está, por Teniente Del Rey, o Calle Ferro De Duncan.
A seguir bajando por Calle Del Obispo, despacio, que el cadalso espere, que no espere el Monasterio de Santa Catalina, el Hospital de Paula, la Ecofil, La Inesita. Y si hay Inés hay Don Juan. Ya pasaste su casa. Aquí hay otro célebre Juan, que transformó las azoteas habaneras en jardines, y no lo registra La Historia. Quizás sea aquel que viene caminando. No, ese es el librero Graupera. Y el librero se detiene fuente a la tienda El Clip, y se eclipsa, y ante ti aparecen libros en completa confusión, sobre tablones montados en burros. Pasas la vista. Discursos Políticos de Vicuña Mackenna, con insultos por la gloria de Chile, y algo de Juan Montalvo, también con insultos, menos. ¿Y qué libros insultarían a esta exultante Habana? A Pie Y Descalzo de Ramón Roa, Episodios De La Revolución Cubana de Manuel de la Cruz, Desde Yara Hasta El Zanjón de Enrique Collazo, así que no pueden ser vistos, y no los ves, lo que no quiere decir que no los tengan. Tampoco das con Los Oradores De Cuba de Manuel Sanguily, ni con Los Negros Brujos de Fernando Ortiz, ni con el Manual Del Perfecto Fulanista de José Antonio Ramos, ni con tus libros, los que ya has escrito. Vanidad Habana.
¿Qué es lo que más le gusta al criollo de esta tierra?, pues las sociedades de recreo donde juegan, bailan, beben, así que dígame, ¿de qué modo sus cuerpos pueden ser robustos y aptos para el trabajo? El trabajo es un castigo. Yo pregunté en serio. Creo que él le respondió con seriedad.
Han hablado tres hombres bien vestidos, que miran libros, como tú, que ahora te sorprendes. Tratado De La Inteligencia de Francastoro, Tractus Posthumum De Melancholia de Hércules de Sajonia, Historia Del Hombre de Luis Vives, Tetrabiblos de Tolomeo, Libro De Los Espectros de Loyer.
Un tinglado tan excelso merece expansión, convertirse en barraca techada, en librería de Pote, incluso alcanzar su hora de gloria con el pomposo nombre de La Moderna Poesía.
A pesar de lo mal que se alimentan, el negro es lo más vigoroso de esta isla. Pobres negros. Pobre isla.
Y se alejan los tres caballeros. Los sigues a prudente distancia.
Cuidado. Miras al suelo. Calzado, calzado vario a lo que usted dé, dice un viejo nervioso hasta el tembleque, medio sepultado por la tonga de zapatos. ¿Qué quiere?, insiste. Quieres que te deje escuchar la conversación de los tres caballeros, no dices. A lo que usted dé y entienda o pueda, ¿qué quiere? Insistencia Habana.
Das unos pasos, lees, Ediciones Montero. También es una librería, minúscula, como la casa de música y almacén de pianos de Anselmo López, más bajando.
¿Y los tres que conversaban? A caminar. Y el Sol. …,No es nombre de tienda. ,…
hay un sol horizontal frente a tus ojos, y ciega si se obstina. La mañana es la hora de los sueños verídicos, dijo quien supo. Y cuando quitas la vista, el sol llena el aire con violetas más verídicos que cualquier sueño. Ese mismo sol será un diablo dentro de poco. ¿Cuánto es poco? Un poco son tres ratos. En el primer rato llegarás al edificio de oficinas. En el segundo rato, pasará lo que tiene que pasar. En el tercero, regresarás a la calle para que El Diablo De Sol diga, es hombre achicharrado, y de su incineración no tengo culpa. Sol inocente, hasta cándido, este, que toma impulso en paredes verdes, azules, rojas, que se suceden a lo largo de la calle. Y el mayor empujón lo recibe de muros blancos, que contrastan con toldos de colorines. Y bajo los toldos, que en esta hora aún nadie agradece, mercancías apiladas en confusión, peor que los libros y los zapatos, mercancías que el sol hace fulgurar. Brillantez Habana.
Escándalo de luz, más que de sol o color, es La Habana. ¿Ahí es donde congenian Habana y belleza?
Alguien tropieza contigo. Disculpe. Porque el habanero es amable hasta donde le permite la premura, y hospitalario incluso más allá de lo que otros se permiten. Obsequiosidad Habana.
Alcanzas a los tres hombres que conversan.
Entré a un barracón de esclavos en el sur de La Habana, era cuadrado, de techo bajo, con horcones gruesos, piso de tierra, compartimientos sin puertas dividiendo el espacio. Qué olor, ¿no? Qué olor, sí, y qué horror, me dijeron que las negras ocupaban unos cuartones y los negros otros. Es así. A la noche, después de encerrarlos con llave, susurran en sus lenguas, a pesar del toque de silencio, y poco a poco aquello se va volviendo un océano de gimoteos.
Los tres caballeros se detienen.
Usted que ha venido al país queriendo entender, ¿qué le va pareciendo? Lo noto, en esta isla hay un trasfondo de desdicha, de nación que no confía en sí misma, donde el pasado y el futuro siempre parecen mejor, como si esta tierra fuera súbdita del tiempo, y el tiempo ordenara partir o regresar.
Un caballo, otro charco. Y te pegas al letrero que dice La Humada. El caballo pasa. Un carretón salido de no se sabe, también pasa.
Creo que es muy pronto para que usted saque conclusiones, ni siquiera poéticas, que son las más cómodas. Él me preguntó. Lo que ha echado a perder el país es el negro, no le da a usted seguridad siendo esclavo, y menos siendo libre, porque se pierden del trabajo tan pronto ganan algún dinero, y solo vuelven a hacer algo cuando se ven con una mano alante y la otra atrás. A los negros libres, los prefiero por encima de los blancos. Ah, qué bien, una idea novedosa, disparatada. El único inconveniente que veo en el negro, es su afición a fumar en la plantación, por el peligro de incendio, y como cada día ese defecto está más enraizado también en los blancos, lo tomo como fatalidad del trópico, una más. Solo un negro da mejores resultados si lo comparamos con un mulato, que eso sí es lo último de lo último. Pensando mejor, prefiero incluso a las negras, que a los negros. El disparate convertido en locura, las negras follan más que los hombres, y al rato las ve usted hinchadas, convertidas en inutilidades vivientes. Defecto que resulta a la larga una ventaja. Si no malogran. A mis negras libres, yo les pago el mismo sueldo que al mejor trabajador blanco…, Me imagino que las tenga más sonrientes que si estuvieran vendiendo violetas en La Puerta Del Sol. ,…porque las negras son puntuales hasta lo puntilloso, hacen el trabajo muy bien, y fuerzan con sus mañas diabólicas a que sus maridos cumplan como Dios manda. Señor mío, para cortar caña, no voy a discutir quién es el más apropiado, porque siendo labor de brutos, tuvo que ser inventada para los negros con sus negras y sus negritos, ahora bien, si se requiere cargar la caña en las carretas, o arar, o zanjar, o reparar guardarrayas, busque canarios o peninsulares, primero porque están acostumbrados a ese tipo de faena, segundo porque no tienen tantos vicios, y tercero porque el blanco es, ya lo dice la palabra, blanco.
Enfrente está el café La Cebada, con su famoso refresco. No, no quieres, ni tampoco la soda que hacen en la dulcería Crusellas. Los tres caballeros han echado a caminar. Los alcanzas.
La campana, a las cuatro, y los cortadores se levantan, toman café, y al clarear ya van saliendo para el campo, hasta que den las once, y ahí los hago regresar, para el almuerzo, y luego, a dar machete desde la una hasta la noche. Lo difícil es que reine silencio en el batey después de comida, porque aparte del follar, el negro es muy aficionado a la música y al baile, y no queda más remedio, hay que darles licencia, igual pasa con el juego, es inútil prohibirlo. Me ha impresionado la imagen de El Mayoral a caballo, armado de un látigo, indignaría a cualquier Sociedad Protectora de Animales. No, a los negros casi no se les castiga, sino cogen el monte, y un esclavo en buenas condiciones vale mil quinientos pesos, y cada día sube la mercancía, así que una huida es un descalabro. No me explico a qué tanto humanitarismo y tanto jaleo, ser esclavo de ingenio es preferible a seguir salvaje en África, y además, en verano trabajan solo doce horas. Tengo entendido que los naturales de este país se han declarado a favor de la abolición. Yo más natural no puedo ser, y mi fortuna es negra. No le llame naturales, dígale mambises, aunque hay excepciones. Me han dicho que los chinos contratados por ocho años llenan el vacío desde que se acabó la libre importación de negros. El tráfico de asiáticos es muy lucrativo, mire, un chino no vale más de cincuenta pesos en China, y se vende a quinientos en Cuba. No son buenos para la caña, no se someten como los negros, son más peligrosos. Yo diría vengativos. ¿Tendrán idea clara de la injusticia que se comete con ellos? No juzgue con tanta severidad. Me han dicho que la mayoría muere antes de que expire el contrato. ¿Quién le ha dado esas estadísticas?, ¿el enemigo? Se lo dijo La Habana, aquí no hay secretos. Virgen Santa, si llegan a triunfar los mambises, negros y chinos nos pasarán a cuchillo, y gracias a nosotros, los maniguales de esta isla se han convertido en La Tierra de Jauja.
Y en la fachada de la casa que tienes enfrente, resplandeciendo bajo la luz dorada, hay pájaros y culebras en una jungla de guirnaldas con frutas y flores, más un hombre que corta leña, mientras una mujer, seguro su mujer, lava en el extremo de la derecha la ropa que debe ser de la semana, y a la izquierda, viejas que juegan siló, y arriba lo dice, La Tierra De Jauja, y más allá, en sucesión de fachadas sin fin, colores y más colores, y destacándose, un azul muy puro. Azul Habana.


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