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EXPRESO CUBANO A MANHATTAN (II)
Intento fructuoso de enlazar la cultura cubana y
latinoamericana con el cosmopolitismo neoyorquino, el
Havana Film Festival, en su tercera edición, significó
otra fresca pincelada de color y fragor cubano a los
habituales rigores del verano en La Gran Manzana Pero no
solo el cine cubano estuvo de plácemes. También la
música.
Joel del Río|
Nueva York
Enviado
Especial
Películas cubanas de
antes y de ahora: Miradas, Miel para Oshún
y Video de familia junto a Manuela, El
siglo de las luces, Mujer transparente, Quiéreme y verás y
Las doce sillas, fueron
exhibidas con éxito considerable de público y crítica en
la tercera y más reciente edición (abril 18 al 27) del
Havana Film Festival de Nueva York. Lo de “éxito
considerable” es algo más que una frase complaciente
para rellenar un lead, porque en términos concretos
nuestros filmes encontraron un espacio modesto, generoso
y aprovechable en el mismo corazón de una ciudad cuyos
periódicos consagraban sus primeras planas al escándalo
de los prelados pedófilos, y sus espacios de promoción
cinematográfica al inminente estreno de Spider Man.
Particularmente, Miel para Oshún y Video de
familia provocaron cordiales aglomeraciones y cines
colmados en las varias ocasiones en que se exhibieron,
amén de los debates apasionados, las interrogantes
prestas, y sobre todo la emoción que desataron ambas
cintas en muchos hispano-neoyorquinos presas de la
nostalgia, de la necesidad del reencuentro o de la
voluntad de aflojar tensiones y apostar por la
comprensión.
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Humberto Solás |
Las películas de este
Festival, no competitivo, encontraron sede en los muy
céntricos Clearview Cinemas, en el Cantor Film Center o
en el Bronx Museum of the Arts. Los encuentros,
recepciones y coloquios acontecían regularmente en el
prestigioso National Arts Club, de Gramercy, y los
cincuenta filmes de doce países
─incluidos
largos y cortometrajes de ficción, documentales y
animados─ se
exhibieron durante nueve días, y se diseminaron por
cuatro importantes avenidas de Manhattan, una del Bronx
y otra en Queens, asentamientos donde radica la mayor
parte de las diversas comunidades latino-neoyorquinas,
público natural, que no el único, de este evento.
La inauguración tuvo
lugar precisamente en el Clearview Cinema, de la Calle
59, con Miel para Oshún, que provocaría ─amén
de las colas en sus varias exhibiciones─
súbitos estallidos de emoción, lágrimas y muy favorables
comentarios del público. Al fin y al cabo, mil veces ha
dicho su director que intentó realizar no más que una
película sencilla, emotiva y popular. Con creces vio
cumplidos sus objetivos también en Nueva York. Cuando le
preguntaron sobre el significado del título del filme,
aclaró que “los cubanos practicamos sin problemas una
religiosidad que funde, y confunde, el catolicismo, las
creencias africanas y el espiritismo. Entre los
creyentes, la miel es señal de aprecio a Oshún,
sincretizada con la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.
Por tanto, el título viene a ser una invitación a
endulzar la nación, mientras la trama de la película
detalla un viaje a la identidad, a las raíces, un viaje
que culmina precisamente en Baracoa, la villa primada.
El filme propone la unidad de todos los cubanos, los de
afuera y los de adentro de la Isla, y más que todo
exalta la solidaridad y el arraigo a la cultura, a la
historia, al patrimonio, como valores imprescindibles a
cultivar por los cubanos de adentro”.
La obra de Humberto
Solás fue uno de los ejes temáticos del Festival, pues
además de que la inauguración se consagró a su más
reciente filme, el célebre director cubano recibió
también el homenaje del evento mediante la exhibición de
Manuela (aquí la honra se hizo extensiva a sus
protagonistas Adela Legrá y Adolfo Llauradó) y de
El
siglo de las luces, la grandiosa y fidelísima
versión de Carpentier a la que, de seguro, le llegará su
momento de revalorización a todos los niveles. En el
homenaje que le dedicaran, Humberto Solás hizo gala de
su proverbial e insondable cultura, al reconocer que “en
algunas etapas he sido incomprendido, incluso
vilipendiado por algunos, ahora se prefiere la
exaltación de mi obra, que no es más que el resultado de
mi personal obsesividad, fe, tozudez y también del
coraje, de mi fidelidad a iconos culturales como José
Martí, Lezama Lima, Alejo Carpentier, Virgilio Piñera,
Servando Cabrera Moreno y Wifredo Lam”. Una extensa
entrevista con el director, referida a todos estos
tópicos, ocupó más de media página en la sección
cultural de The New York Times el 18 de abril, pero no
solo participó Solás en su condición de clásico vivo,
sino que también con concentró la atención en los
debates sobre cine-literatura y en el relativo al
impacto de las nuevas tecnologías (“las cámaras
digitales para el cine latinoamericano marcan la
diferencia entre tener algún cine y no tener
absolutamente ninguno”) y, además, presentó formalmente
el Festival de Cine Pobre, que él preside, y que tendrá
la primera edición en Gibara, durante el mes de
noviembre.
Junto al consagrado,
los cineastas noveles. Tal parece haber sido la divisa
de Carole Rosemberg y Pedro Zurita, directores
ejecutivos del Havana Film Festival a la hora de
conformar un evento que alcanza cada vez una presencia
más nítida y definitiva en la inabarcable marea de
opciones culturales neoyorquinas. La obra de Solás
alternaba en los predios festivaleros con la Enrique
Álvarez (Miradas), Humberto Padrón (Vídeo de
familia) y Ian Padrón (Motos), mientras la
prensa se disputaba la conversación con Adela Legrá y
Enrique Molina, o reconocía “en vivo” el rostro, y las
opiniones, de las protagonistas de Miradas
(Jacqueline Arenal, Raquel Casado).
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Humberto Padrón |
Los cineastas e
intérpretes cubanos asistieron a numerosos encuentros
con la prensa y el público que resultaron nobles y
emocionados, otros fueron tensos y provocativos. Por
ejemplo, a Humberto Padrón, el joven realizador de Vídeo de familia, (un mediometraje inspirado en el
estilo del movimiento danés Dogma 95, que contiene la
filmación “realista” de un video-carta a un emigrado) le
preguntaron si su película estaba a favor de los cubanos
que decidieron permanecer en la Isla, o de aquellos que
optaron por el exilio en Estados Unidos. Sin inmutarse
en lo más mínimo, totalmente convencido de lo que decía,
respondió que él y su película no estaban en contra de
nada ni de nadie, pero sí muy a favor de la familia
cubana, de la comprensión, del acercamiento, de la
tolerancia y la aceptación, pues como ya se sabe, esta
obra no solo se refiere a la relación
emigrados-residentes en Cuba, sino que también aborda
temas como el homosexualismo, la rigidez y la doble
moral.
En el National Arts
Club, un hermoso edificio en Gramercy, acogedor y
victorianamente decorado, ocurrió el Encuentro con los
directores, donde cualquiera que fuera el enfoque de las
interrogaciones, terminó discutiéndose sobre los caminos
y el futuro del cine latinoamericano. El chileno Sergio
Castilla (Te amo Made in Chile) apuntó el
desconocimiento que existe en nuestros países respecto
al cine que realizan los vecinos de cultura muy similar,
con lo cual se genera un desconocimiento de la identidad
semejante que en nada contribuye a fortalecer la propia;
el colombiano Lisandro Duque (Milagro en Roma,
Niños invisibles) lamentó la reducción de fondos
para el cine generada por el conflicto que vive su país,
y a renglón seguido sentenció que las coproducciones con
países europeos significan la desnaturalización del cine
nacional mediante productos que catalogó de
“excrecencias continuadoras del mito del buen salvaje”.
Al respecto, Solás
discrepó, pues según su parecer, la coproducción es una
fórmula que puede contribuir con las pequeñas
cinematografías latinoamericanas, pero su resultado
artístico final depende de la eticidad del realizador, y
de su capacidad para negarse verticalmente a toda
concesión simplificadora. Eliseo Subiela (El lado
oscuro del corazón, Las aventuras de Dios)
esbozó un panorama del cine argentino insistiendo en la
diversidad de estilos, generaciones y propósitos, pero
no eludió el hecho de que ahora mismo se ha estrangulado
una gran cantidad de proyectos de los más jóvenes, y que
una buena parte de las películas nacionales no llegan
siquiera a ser estrenadas. No obstante, el autor de Hombre mirando al sudeste expresó su voluntad de
sumarse a las nuevas tecnologías abaratadoras del
proceso productivo con tal de continuar el cine
latinoamericano, como excepción cultural, al modo en que
lo han entendido sus grandes creadores.
Las intermitencias y
manquedades de nuestras cinematografías, según el
argentino-mexicano Fabian Hofman (Pachito Rex),
tienen que ver más con las crisis económicas y con el
empobrecimiento generalizado, que con los efectos de
Internet y de la globalización, en tanto el brasileño
Renato Falcao (La fiesta de Margarita) asoció la
endeblez del cine en su país a la carencia de un sector
empresarial fuerte y competitivo que lo apoye
sostenidamente en términos de distribución y
comercialización, pues las películas salen como
proyectos personales, éticos de sus autores, sin el
apoyo de una infraestructura publicitaria, lo cual les
impide competir en buena lid con las superproducciones
norteamericanas, por más que les interese al público
local. Los cubanos Enrique Álvarez (Miradas) y
Ian Padrón (Motos, Luis Carbonell después de
tanto tiempo) insistieron, el primero, en la
necesidad de recuperar ese aliento mítico, esa energía
para perseguir la utopía que caracterizaba nuestro cine
en los años sesenta, mientras Padrón compartió con el
público tres sentencias: se recurre demasiado a
las justificaciones para no hacer cine, hay demasiado
interés en impresionar al mundo fuera de nuestras
fronteras, y se piensa demasiado en el futuro y
muy poco en el presente, en hacer las obras que demandan
el aquí y el ahora.
De
Cuba,
no solo
cineastas y actores convirtieron la primavera
neoyorquina en una
estación todavía más pintoresca y
cosmopolita. Junto con las imágenes, en una convergencia
casual, arribaron también a Nueva York importantes
músicos nuestros. Amaury
Pérez (catalogado por los
fundamentalistas de Miami, junto a Silvio Rodríguez y
Pablo Milanés como uno de los tres artistas más
“fusilables” y “asesinables” de la Isla) alcanzó
impresionante éxito en su concierto único En un
rincón del alma... Acuérdate de abril, junto con
Alberto Cortez, en el repleto teatro United Palace, de
Broadway. Esta presentación de ambos hacedores de la
llamada Canción Pensante, desbancó en taquilla la
presencia simultánea de Christian, Talía y Ricardo
Montaner, todos estos reunidos el mismo día y hora que
Cortez-Amaury, pero en el Madison Square Garden. El
autor de canciones como Acuérdate de abril y Dame el otoño fue entrevistado por varias cadenas de
radio y televisión latinas, como Telemundo y Univisión,
y si bien no abundaron las interrogaciones sobre su
obra, su poética, o la manera en que entiende la música
pop, en alguna de tales comparecencias no faltaron
preguntas frívolo-ridículas estilo ¿es usted jefe de
protocolo de Fidel Castro?, o ¿usted y su amigo Fidel hablan
de mujeres cuando se reúnen? Pero en general, según me
relató el mismo Amaury, hubo mesura, amor por Cuba y
ansias de conocer mejor la verdad de la Isla. Pocas
horas antes que Amaury, también habían inundado la
atmósfera neoyorquina Ibrahim Ferrer y Chucho Valdés. El
primero se entronizó en el Beacon Theatre, Chucho ya es
un habitual del famoso club jazzístico Blue Note.
Los American Friends
de la Ludwig Foundation of Cuba (organizadores del
Havana Film Festival), todos los amantes de la
hispanidad en general, y de lo cubano en particular,
tuvieron acceso a una primavera neoyorquina con las
cuatro esquinas confirmadas a fuerza de cercanía, arte y
buena voluntad.
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