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BAJANDO POR CALLE DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE
 

III
LOS SACRIFICADOS

Reinaldo Montero

Los tres caballeros se detienen en el cruce con la calle que va hasta el Hoyo De La Alta Misa, al fondo de la Iglesia del Ángel, que a partir de ahí es Calle De La Condesa De Bayona hasta lo que llaman Palo Hediondo, y cada uno de esos tramos, que mezclan nobleza y mierda, son la completa Calle De Don Raimundo Borges Villegas. Desigualdad Habana.
No hay cola para helados, como esperabas. No se venden paleticas, ni ves la cochambre de papeles. Delante de ti, una casa de cambio, lo dice la fachada. A cuánto se ha puesto el dólar, también dice.
Hace poco leí que ya es lícito creer que la tierra es redonda, lo afirma una bula papal. Lo ve, es lo que se llama un natural del país, se burlan de cuanto hay. Y de cuanto habrá.
Los tres conversadores siguen detenidos en el cruce con Calle De Villegas. Es mucho el trasiego de carruajes, caballos, hasta reses que van de puerta en puerta conducidas por su lechero para ordeñar a la orden. ¿Y por dónde andan las mujeres? La Habana indolente y masculina, sin mujeres en la calle. ¿Será cierto que una mujer escucha insultos a cada paso si salen a otra cosa que no sea por la mañana a misa? Pudiera ir por la noche al teatro, acompañada por algún caballero que en los entreactos la abandona y sube al escenario para conversar con las actrices. ¿Así serían los días habaneros? También hay bocas frutales, perfume en las ensenadas de los pechos, cabellos peinados hebra a hebra, guiños de carruaje a transeúntes en los paseos por El Prado, durante la retreta, que es otra de las diversiones, y cuánta polvareda sobre encajes y lazos.
La Habana siempre ha sido una ciudad de putas, vamos a echarle la culpa al puerto y a las flotas que convierten la putería en una necesidad. Lo que ha dicho se suma al celemín de humillaciones. La Habana y sus habaneros, ¿por qué se agrian en vez de convivir?, ¿por qué se encelan en vez de hacer camino juntos?, pobre tierra partida en dos. Recuerde que yo no soy habanero. Se nota, me canso de notarlo. Bueno, tranquilidad.
A la izquierda, unos niños con ojos desorbitados. En la juguetería El Anteojo se exhibe un tareco mecánico que llaman El Ladrón De La Gioconda. La gracia es que el muñeco parece que corre con el célebre cuadro bajo del brazo hasta quedar exhausto e indiferente, y hay que volver a dar cuerda. Los niños no se cansan de mirar. Nadie lo compra. Sigues bajando.
Por aquí vivió el padre Félix Varela. Círculo De Ajedrez, proclama una fachada, así que ya pasó el tiempo de armar partidas en la botica de Canuto Valdés.
La belleza no estriba en la apariencia, sino en la idea que la sustenta, coinciden el padre Varela y el maestro Tarrash. Sí, la belleza de La Habana no tiene que ver con lo que es común tomar por bello. La Habana es bella y sucia. Bella hasta lo inmundo. Un ejemplo, esta calle estrecha, de pésimo empedrado, de bacherío profuso, que es polvo y arroyo y pantano y de nuevo polvo, según se vayan alternando sol tórrido y lluvias torrenciales. Hediondez Habana, si se quiere, y también su belleza. Pero en definitiva, ¿qué idea sustenta la belleza de La Habana? Tras el escándalo de luz, más que de sol o color, ¿habrá un oculto amor al ejercicio del patíbulo, a los sacrificios?
Los sacrificios solo demuestran que alguien cometió un grueso error, coinciden el padre Varela y el maestro Tartakower. Tú, el sacrificable. ¿Dónde comienza el error? Recuerdas que alguna vez un periódico puso con gran destaque, /mejorar las característica de los burros / forma parte del trabajo de la granja Vanguardia Socialista./ Mejor dejas de rebuznar.
En cualquier fonda puede usted encontrar almuerzo bueno y limpieza. Y prontitud. ¿Prontitud?, para nada y para nadie.
Y tú y los tres conversadores pasan frente a lo que debiera anunciarse como Sastrería Stein, por don Stein, el pariente lejano de un político alemán que hizo reformas liberales en Prusia. No, todavía el judío Stein trabaja en Arrioza Y Selma, cuadras más alante. Debe faltar poco para que Stein abandone a esos dos sastres y a la fe hebraica. Qué desolación renovada en el viejo Selma por la ida de Stein y la negación del Talmud. Cuando llegó a La Habana, y qué curioso, luna en hebreo es Lavanah, de Lavan, que es blanco, y leves son los pasos que van de Lavanah a La Avanah a La Habana, que para Selma es también blanca, pues cuando llegó a la blanca Habana, un escribano le trocó por ese, la zeta de su abuelo Zelma, espléndida zeta que había sido estampada en atlas marítimos y en grabados que ilustran La tragedia de Macbeth, merced a la imprenta del zaragozano Ibarra. Dios, sin lealtad ni fe ni memoria, en el templo del alma reina la profanación, diría Selma, o Zelma.
Y frente a la sastrería que aún no existe, que ahora es un taller de corte y costura que regenta una gruesa catalana que gusta tararear áreas de tenores, hay un oficial con uniforme de gala, comandante del Séptimo Batallón de Voluntarios, lo dicen las insignias, y a su lado otro comandante, con pantalón de lienzo vasto, chaqueta de algodón azul, sombrero de paja de alas anchas con escarapela blanca, porque va vestido de campaña, hasta reemplazó la espada por un machete. ¿Y qué conversan esos dos?
Me he pasado un año en esta colonia recorriéndola de Este a Oeste, sufriendo su atmósfera infecta, durmiendo al raso, comiendo alimentos pasados, y créame, en ese tiempo no he tenido ni un combate a voluntad, porque es algo intangible una batalla cubana, no le he visto el pelo a un solo insurrecto. Le creo. Qué insensatez ir de operaciones a la caza de un enemigo que no da la cara. Es adversario despreciable, sin honor, lo sé también por mi propia experiencia, que los años hacen que sea más rica que la suya, y cómo hablan de Campos De Cuba Libre, de La Tierra Del Mambí, embustes. Embuste de guerra. La ganaremos, cómo no, porque mire, los mambises blancos, en su mayoría, han sido muertos o se han presentado, así que los únicos que quedan por ahí son negros. Usted no entiende. Cómo no voy a entender que se lamente de haber pasado un año persiguiendo fantasmas negros. Hace tiempo me preguntaba, ¿qué hacemos aquí?, y ya tengo respuesta, aquí defendemos a unos pocos propietarios de esclavos, y ni de esos esclavistas, ni de nada en esta tierra, España saca provecho. Hay aciertos estériles, como hay errores fértiles, joven, y el provecho es claro, hemos acrecentado nuestro sano orgullo, aunque nos cueste millones, que más vale honra sin barco que barco sin honra. No entiende nada. Veo que está usted desmoralizado, así que le daré un consejo, si el lema mambí es Independencia O Muerte, repita usted cada mañana lo que dicen los españoles de pro, Patria Y Gobierno. Estoy harto de patrioterismo, como miles de oficiales y soldados, solo pienso en salir de esta guerra. Demasiado joven para tanto desencanto. Demasiado viejo para aceptar el fracaso. No lo reto a duelo porque usted es un pobre perro que no vale la pena ni silbarlo, vaya a que lo zurzan.
Y frente al taller de corte y costura, donde aceptan encargos de remiendo y zurcido, la casa de Pedregal, de ese hombre apacible que vende semillas lo más baratas que puede. Y al lado, la casa de modas de Madame Puchau, la esbelta dama que morirá de apendicitis porque un famoso médico francés le diagnosticó cólico miserere. Y enfrente, El Buen Turco, un bazar atestado de tapices, jarrones, alfombras, frascos de esencias, jabones de canela, y mucha más tarequería agarena, para crear ambientes que evoquen a damas damascenas con culos de piedra fina, a hermosas huríes ondulantes, a suspiros de Pierre Loti y su Aziyadée, a Madame Crisantemo. Y al lado, el consultorio del afamado doctor Montané, sobrino de quien vendió un par de botines a la Bernhardt, y el facultativo rectificó el diagnóstico a la Puchau, demasiado tarde. Y arriba, en un primer piso, el apartamento que será de Servando, el pintor de habaneras, guajiros y heroicidades eróticas, donde ahora vive el decorador Quintín Valdés, tan ocupado por estos días en dar lucimiento de buen ver, como dicen los periódicos, a los salones de la Capitanía General, porque se espera el arribo de la infanta Eulalia, el miembro de mayor rango de La Familia Real que ha zarpado de España rumbo a América desde que el mundo es mundo. Y vino La Infanta, lució entre otras galas un vestido azul con encajes blancos y cinta roja, qué escándalo, y tuvo que convivir con el bosque de objetos incongruente de Quintín Valdés, porque el decorador quiso ponerlo todo, y lo puso todo, y tal abarrote dio dolor de cabeza a Eulalia, y la jaqueca amenazaba con hacerse crónica cuando La Infanta advirtió la manera de caminar de los cubanos, y de otras maneras también tomaría nota, y la cabeza por poco se le parte, hasta que se fue, qué alivio, también Alivio Habana.
Y un cuadro de Armando Menocal se expone en los bajos, lo ves, Los Tres Mosqueteros, lo dice, y dentro de dos meses lo verán en París, aunque no lo diga, y los académicos pasarán por encima de Monet y sus extravagancias para darle el Primer Premio. Y alrededor de los cuatro correctos mosqueteros, cuatro desnudos femeninos a trazos lánguidos, como siempre hace Eusebio Palma, como siempre hará Servando. Y las ocho figuras contrastan con un observador adolescente, que se ha detenido muy cerca de ti. Tiene cara de guajiro pintado por Servando, pero viste de quinto. Sí, este joven pudiera ser un mi abuelo que perdiera batallas, que no pudo librarse de la guerra porque la redención en metálico ascendía a mil quinientas pesetas, ¿de dónde sacarlas?, y ahora pasa la vista por Los Sucesos Más Inolvidables De La Historia Universal, serie litográfica sobre el olvidado Gambetta. Gambetta defiende a Delescluze y enarbola el periódico Le Réveil, Gambetta diputado y jefe de la oposición, Gambetta partiendo de París en globo para organizar la defensa contra prusianos que arengó un pariente de sastre, Gambetta en la cámara francesa rindiendo homenaje de desagravio a Thiers. Y el quinto masculla, siempre la política, y uno de bestia, porque de cada dos, no regresa… Y el quinto se traga la lengua, y ahora, más que mirar, admira hasta el mareo los fragmentos del único paisaje que son las marinas y más marinas de los hermanos Chartrand. Y ahí lo dejas, empalagándose con una isla de costas melancólicas, sin plagueros, sin fiebres, sin mambises.

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