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NOTAS AL VUELO, NOTAS A TIERRA
A
partir de Cuba y el día después, antología de
jóvenes ensayistas cubanos.
La revolución es una condición infinita
del ser humano, no se agota en la geografía ni se
resuelve en las obsesiones clasistas. Solo los tontos o
los egoístas, como decía Martí, creen en el regreso a un
hogar, dulce hogar donde no pasa nada, al menos, en los
cotos del ego.
Omar Pérez |
Italia
(Cortesía de Cintio Vitier)
¿Por la precisión: cuál es la idea de revolución que
perciben estos escritores y cuál su compromiso con la
cultura de los libros de la cual son deudores? Acaso
ambos elementos: revolución y cultura pueden conformar,
al fundirse en la escritura misma, un esbozo de
tradición. Mas si la revolución, a la cual en estos
textos suele apuntarse como si se tratara de un mueble o
de una imposición, está muerta, no es material útil para
una verdadera tradición. Y en fin, a quién pertenece la
revolución sino al grupo humano por entero, más allá de
los ismos.
Y si la cultura de
los libros no tuviese relación con un proceso de cambio
llamado revolución, sino lo anticipa o estudia, cuál
sería, al efecto de una tradición, su propósito y su
legado, sino el de ser mero capital cultural o
divertimento ad sum delphini para el consumo de
aquellos que aún no desean acceder a lo que el maestro
Luz y Caballero llamaba “el pensamiento en erección”.
Justamente la
necesidad de equilibrio entre tradición y revolución
requiere del intelectual un ejercicio imaginativo que
rebase los lugares comunes del desencanto y la ironía de
salón, del escepticismo sin rigor filosófico ni
compromiso con el destino humano, del cinismo sin
espíritu de renuncia ni distancia crítica y, en fin, de
la crítica sin generosidad. ¿Cómo es que ahora los que a
sí mismos llaman radicales, solidarios con el poder
imperioso de las circunstancias, navegan a favor de la
corriente y, disfrazados de transgresores, buscan la
aprobación del mercado al cual pretenden acceder?
•
Me detengo ante una frase que pudiera, en el
contexto de un grupo histórico, definirme: “programados
para vivir en el comunismo”. ¿Programado, por quién?
¿Cómo podría un ser humano adulto, convencido de sus
posibilidades infinitas y de su lugar en el orden
cósmico, reconocerse en semejante operación? Decido no
participar, tampoco, de la queja hacia el estado–padre
que todo lo puede. No estamos en los años sesenta y
sabemos que no es de rigurosa obligación operar con el
Estado ni a su favor. Armonizar y no seguir, indicaba el
maestro Deshimaru.
•
Hoy sabemos. Dice
Iván, que es posible la aparición de “un humano que
puede hacerse, literalmente, a sí mismo”. Bien, pero
esta revelación es el núcleo de la tradición cubana del
XIX y persevera, junto a la idea de la renuncia, en
Varela, Luz y Martí con el llamado a que cada cual se
construya el edificio de su propia ciencia. Por otra
parte, el sueño de un mundo “sin dinero y sin clases”
que a algunos intelectuales irrita como perspectiva de
un mundo “sin clase”, subyace en el principio de toda
religión y toda verdadera filosofía. ¿Abandonarlo ahora?
A fin de cuentas, siempre fue un sueño difícil y, como
decía, desde la misma tradición, Lezama: “sólo lo
difícil es estimulante”. Realizar aquí y ahora ese sueño
y hacerlo fluir, silencioso, en todas las direcciones.
Esto, lo verdaderamente radical.
•
¿Y acaso las
“escuelas de la Revolución” han de parecer ahora más
férreas y autoritarias que las escuelas del Imperio?
Recordar a Kafka, a Rilke y a Musil; observar al MTI de
New York o a la School of Economics de Londres en el
intento de formar liberales a la defensa del más
fundamentalista de los materialismos: time is money. Sin
embargo, ¿money, is it time?
•
Antes de olvidar
Orígenes y para establecerse en un espacio crítico
que le haga justicia, los interesados podrían
preguntarse si estarían dispuestos y preparados para
edificar una experiencia semejante en nuestros días, que
no es otra que la de la fe en la razón poética y su
utilidad para aprender algo acerca de nuestro lugar en
la historia. El legado de Orígenes no ha sido aún
suficientemente asimilado y un mínimo de paciencia con
el pasado es indispensable si no queremos que el futuro
nos sea indigesto como para algunos lo es ahora el
presente.
•
“Abandonar el
pleistoceno cubano”. Vamos, que en Cuba había ya
Universidad cuando New York era apenas un potrero y, en
definitiva, el hombre nuevo es bien antiguo. Ni tampoco
hay en las páginas de la antología, salvo la referencia
a la práctica de zazen, una sola idea que pueda
traducirse en términos de transformación, un hoc age,
como gustaba de decir Lezama. Ya Deshimaru hubo de
insistir en este punto al señalar en la civilización
occidental su incapacidad para poner filosofía y
religión al servicio de la vida cotidiana, cuestión por
demás ya notoria a algunos pensadores del ya lejano
Renacimiento, como es el caso de Erasmo de Rotterdam. En
fin, que no estamos tan solos en el camino hacía el
despertar.
•
Y qué decir de ese
gay savoir que no es ni alegre ni sabio y que con el
suspiro de alivio del ego amenazado por lo gravoso de
toda transformación exclama: «y algún día la revolución
habrá acabado». La revolución es una condición infinita
del ser humano, no se agota en la geografía ni se
resuelve en las obsesiones clasistas. Solo los tontos o
los egoístas, como decía Martí, creen en el regreso a un
hogar, dulce hogar donde no pasa nada, al menos, en los
cotos del ego.
•
¿Se habrá de pasar
por alto la referencia de Victor Fowler a “las mentiras
que nos vimos todos obligados a decir”? Que cada cual se
haga responsable de sus propias mentiras y que en el
silencio de la honestidad individual se pueda creer en
lo posible de aquella digna creatividad que nunca
culpabiliza las circunstancias.
•
Habría entonces que
vislumbrar, forzosamente, según Rojas, «un orden
poscomunista» para acceder a la utopía. A esto se reduce
el compromiso con la imaginación; pobre en contactos con
la razón poética, rica en acuerdos con la razón
imperial, cierto tipo de pensamiento evoca la parábola
de las ranas que querían un nuevo rey para su charca.
•
¿Reconstrucción
nacional? He aquí que los filósofos se hacen deudores de
la jerga de los funcionarios imperiales. Resumiendo:
reconstitución del capital financiero y del libre
mercado y, como diría el bufón de Shakespeare, la
putería puede venir después.
•
No hay alternativa
elegante: la pretensión de que en Cuba “el intelectual
plenamente crítico solo puede ubicarse en la
marginalidad, la disidencia o el presidio” es incorrecta
y de naturaleza mercenaria. Será preciso desmentirla y,
por otra parte, revisar nuestros conceptos de “crítico”
y “radical”. Una visita a las etimologías podrá ser
saludable cuando ciertas apropiaciones del lenguaje
sirven para asegurarse una posición en medio del arcaico
cosmopolitismo imperial, empeñado en la transmisión
mediática de miseria espiritual y avidez material.
•
Reinserción cubana en
la modernidad: FMI, BMI, IBM, Nike, Coca Cola, NBA, etc.
•
¿“Patriotismo suave”?
Ningún “ismo” es verdaderamente suave. Por otra parte,
ninguna forma de amor ocurre como los cursos por
correspondencia, o las compras a crédito.
•
Según el tono general
de estos textos la recomendación para proyectar un
futuro cubano podría ser “menos inocencia y más
pragmatismo”, según reza en el artículo sobre
arquitectura. Curioso, porque es precisamente la
inocencia la que nos permite ver la realidad tal como es
e imaginar entonces el mejor de los futuros posibles, el
que solo se entrega desde la raíz. Pero se va perdiendo
el hábito de considerar lo radical como aquello que, sin
agredir, accede a la raíz de un fenómeno. Asimismo la
crítica, que en su antigua acepción de “juzgar como
decisivo” alude a un proceso curativo que se presenta
como inevitable, deriva, sin embargo, en el ajuste de
cuentas y la controversia competitiva. Nada que ver con
la alegre tenzone de los antiguos trovadores que, aunque
olvidada, participa del destino de la poesía occidental.
Incluso de la más visionaria, como sucede con el Dante.
En esta ausencia de alegría, que pretende solucionarse
con el mero choteo y el egótico encogerse de hombros, se
nota la falta de un impulso hacia la curación, de aquel
entusiasmo que impera en lo decisivo. Se habla en
general, no como participantes de una historia común,
sino como emigrados de un pasado remoto o como analistas
invitados. ¿invitados a dónde? Vendría bien aquí
entonces lo de “escépticos” por “observadores”:
extranjeros. Y a su propio futuro son ajenos.
Primavera 2002.
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