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BUSCANDO LA MELODÍA
Llegué a la fortaleza de San Carlos de la
Cabaña en busca de las palpitaciones mayores, que solo
provocan los amores y la buena música, porque desde el
22 de mayo se abrió allí la VI Feria Internacional
CUBADISCO 2002.
Bladimir
Zamora Céspedes
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La
Habana
Claro, como a lo bueno uno se
acostumbra enseguida, no pude menos que desconcertarme
al encontrar en la Cabaña,
aquellos grandes espacios con muy poco público. Tengo el
referente de la gran fiesta del libro que se produjo
allí en febrero y sé que acercarse en dimensión
cultural a ella es muy difícil. Comprendo también que
una cosa es con guitarra y otra es con bandola. Hacer
millones de libros, no es lo mismo que hacer millones de
discos. Pero en todo caso, creo con honestidad, que así
como las pequeñas familias no necesitan casas inmensas;
pues mientras esta cita alrededor del disco no levante
un volumen significativo, más que ayudarle, le afecta
funcionar en un área tan inmensa.
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A pesar de lo
desajuntados que están los diversos elementos que
componen CUBADISCO 2002, pasé una tarde feliz y lo digo
sin temor a parecer cursi. En cuanto pude estar al
amparo de la sombra de un jagüey, empecé a escuchar a
Ela Calvo, desbordando su filin maduro desde una
tarima, en donde se podían ver otros complicados en ese
movimiento, Angelito Díaz, el autor de Rosa mustia.
Cuando bajé no sé cuántos escalones y trascendidos arcos
y bóvedas, hasta volver a una calle de adoquines que
parecen nuevos de lo duro, pude abrazar, después de
largo tiempo sin verlo, a David Torrens. Me siento
orgulloso de amigos como él, que se la pasan casi todo
el tiempo trabajando en México y cada vez que puede
vuelve a su patio de Guanabacoa. Y que ni por los discos
grabados allá, ni por los premios ganados acá —laureado
en el apartado de pop en esta feria con el álbum Ni
de aquí ni de allá— ; deja de abrir su
rotundo cariño en cuanto te ve.
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Llegué a tiempo al
sitio en que se festejaba el cumpleaños treinta del
Grupo Moncada. Aquella agrupación que tantos vimos en la
colina universitaria, cuando todavía no estábamos
licenciados de nada. Sentía gusto de estar allí, porque
soy de aquellos que no temen alimentar la nostalgia.
Allí me llevé una sorpresa. La agrupación escogida para
amenizar el festejo era El Quinteto Rebelde. Quisiera
saber a quién puedo agradecer la presencia de estos
campesinos, que pusieron sus humildes recursos musicales
a las órdenes del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra.
Ayer, a petición de los presentes, volvieron a cantar
varios de los temas que originalmente se oyeron a través
de la radio creada por el Che.
Mi amigo Jorge
Rodríguez, premiado esta vez en el apartado de Antología
por el título El legendario Trío Matamoros me
presentó a Modesto López, un argentino que hace veinte
años fundó en México las Ediciones Pentagrama,
reconocidas hoy como la alternativa del gran mercado
comercial en ese país. En su espacio tienen cabida las
más auténticas proposiciones del disco, sea por la
defensa de las músicas más pegadas a la tierra, sea por
la hondura de los intérpretes. Fáciles que somos para el
diálogo los de su país y el mío, en pocos minutos ya
estábamos metidos en una conversadera de esas que pueden
no apagarse ni en el infinito. Valdría la pena que se
conocieran muchos de sus criterios alrededor del papel
más importante posible a jugar, de un cónclave como
CUBADISCO. Su larga experiencia como trabajador de
sellos independientes, le ha permitido tener claras
noticias de la enorme cantidad de ellos y también de la
significación cultural de los contenidos que manejan.
Tiene, a mi juicio razón, cuando dice que nuestra feria
debería convertirse en el espacio natural, en el cual se
pudieran reunir los representantes de estas pequeñas
entidades. Es natural pensar que la coordinación o el
mutuo conocimiento entre los sellos independientes
—quizá sea mejor decir alternativos—, podría propiciar
estrategias mediante las cuales enfrentarían con mucha
más ventaja la fuerza de las transnacionales.
Cayendo la tarde
regresamos a La Habana Vieja y seguí conversando con
Modesto, ahora en el Hotel Telégrafo. Gracias a eso pude
conocer al terceto Los Morales, destacadísimos cultores
del folclor mexicano y también a Paty Carrión,
compositora, cantante y guitarrista, que puede mover su
voz potente entre las rancheras y el jazz. De alguna
manera esto contribuía a engordar ese sentimiento de
tarde feliz, al cual me referí; pero aún habría más.
Cuando menos lo imaginaba, llegaron a nuestra mesa
Vicente Garrido y su esposa. No tenía mucho tiempo,
porque lo vendrían a buscar para actuar en el Teatro
Nacional. Fue, sin embargo, el suficiente para
emocionarme con la sencillez de este hombre, que a sus
setenta y ocho años es uno de los más importantes
compositores vivos de la lengua hispana. El autor de
No me platiques más, Todo y nada, Una semana sin
ti y tantas otras evocó aquella noche de 1932 en
que siendo un niño, conoció a Bola de Nieve, cuando
todavía era pianista acompañante de Rita Montaner, a
quien su padre le ofrecía una fiesta de recibimiento. Ya
al borde de despedirnos, confesó: “Bola de Nieve grabó
ese puñado de canciones, que se han hecho famosas con
los años, cuando ninguna otra persona creía en mí. Él me
abrió el camino. Me dicen, gracias Vicente por estar en
La Habana. Y yo les digo, no. Gracias Cuba, por haberme
dado un amigo como Bola de Nieve”. |