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LA ÚLTIMA CINTA DE KRAPP
“Tenía también muchas expectativas de conocer otros
grupos de teatro latinoamericanos que uno no tiene
muchas oportunidad de conocerlos y que me parecieron
gente muy interesantes como los integrantes del Teatro
de los Andes, por ejemplo. La gente de la Casa de las
Américas, realmente, han sido muy encantadoras, muy
cálidas, dentro de las limitaciones”. Entrevista
exclusiva con el actor argentino Pablo Ruiz, quien
visitó la isla a partir del recién finalizado Mayo
Teatral.
Fernando
J. León Jacomino|
La
Habana
En valoración reciente sobre el Festival
Mayo Teatral, celebrado entre el 10 y el 17 del mes en
curso y organizado por la Casa de las Américas,
llamábamos la atención sobre la novedad que nos negaban
gran parte de los espectáculos programados. Este rasgo,
del que ciertamente participaba una parte de la muestra
extranjera, primaba sobre todo en la oferta nacional, a
nuestro juicio menos atractiva y, en general,
representativa de lo mejor de nuestra escena durante el
pasado año. El público, no obstante, hizo suya la ya
habitual festividad teatral y cubrió con creces la
cartelera ofertada, acudiendo significativamente a las
siempre riesgosas funciones de entre semana.
Ciertos espectáculos, no obstante disfrutar de un mismo
y eficiente aparato promocional, contaron esencialmente
con un público de iniciados (léase gente de teatro), lo
que tiene una explicación posible, más allá de la
intencionalidad de las propuestas, generalmente
desconocidas, en su programación en espacios
habitualmente ligados a lo más experimental de nuestras
tablas. En esta corriente del evento se inscribió La
última cinta magnética, puesta en escena del
Sportivo Teatral de Argentina sobre la pieza original de
Samuel Beckett, programada para el Noveno Piso del
Teatro Nacional de Cuba (1).
Krapp, un anciano decrépito y artrítico, un personaje
absolutamente “arrasado”, (2)
habita, durante casi diez minutos sin pronunciar
palabra, la oscuridad de un rincón de aquel enorme
desván y se nos acerca no como un actor, sino como
alguien perteneciente a un mundo que sabemos hostil,
tenebroso y lleno de aplastantes recuerdos. Esa primera
impresión, que solemos traducir en actor orgánico más
elección de un texto enigmático y complejo más asombrosa
apropiación escenográfica del espacio, devela ya el
encuentro con una oferta muy peculiar, en medio de la
aplastante tiranía del texto que caracterizó a esta
edición del certamen.
Por el camino de aceptar la convención que es el teatro,
actor y diseñadora escénica nos ofrecen una metáfora de
ese momento último en que el pasado, incapaz de
explicarse por sí solo, acude a su propio pasado y
desencadena un ciclo tendiente al infinito y del cual,
si algo sale en claro es, justamente, la inviabilidad de
semejante operación para otorgar sentido y perspectiva
al presente. A este juego de cajas chinas se entrega el
personaje cuando escucha una grabación de hace varios
años en la que, a su vez, se escucha otra, aun más
vieja. Todo ello provoca una tercera grabación de ese
presente que, por su carencia de significado, ya forma
parte de aquel pasado eterno del cual no habrá retorno
posible.
Destacan en la puesta los momentos en que el personaje
medita, ingiere bananos extraídos de los más
insospechados sitios, o deambula por aquella especie de
circuito cerrado que es la habitación. Al empleo de la
palabra por parte del actor sobreviene cierta saturación
temática motivada por el ánimo de seguir ilustrando un
ambiente más que legitimado ya gracias a la interacción,
durante más de diez minutos, del personaje con su
entorno; lapso en el que no ha sido necesario pronunciar
palabra alguna. Uno se queda esperando otros matices en
la enunciación del texto que tiendan a destacar, más que
la circunstancia representada, el posible contraste
entre la voz que intenta resumir una vida y la otra que,
ya cristalizada en el tiempo, regresa a través de la
cinta magnetofónica.
Contrariamente a lo que una zona del público asistente
demostró con su progresivo y nada discreto abandono de
la sala, La última cinta... marcó la diferencia
dentro de la programación del evento y demostró cuánto
puede hacerse con apenas la imaginación y un arsenal de
trastos en desuso. La funcionalidad de la propuesta
escenográfica, en perfecta armonía con el actor, generó
atmósferas de lujo y trasmitió, sobre todo a nivel
sensorial, la peculiar circunstancia que atrapa al
personaje; intensidad que nuestro público iniciado no
supo apreciar a plenitud. Transcribimos aquí algunas de
las impresiones del actor Pablo Ruiz, ofrecidas al
término de la segunda función que ofreciera en el noveno
piso del Teatro Nacional de Cuba.
─
Me gustaría saber si en la intención de la puesta en
escena está el ánimo de manejar múltiples
personalidades, si te estás autoreferenciando, de alguna
manera, si te propones con la interpretación del texto,
orquestar una estructura arquetípica, hablar del ser
humano en general.
─
No, lo que siento es que el trabajo es como más
personal, trato de imaginar, o de pensarme a mí dentro
de unos cuantos años, tantos como este señor de setenta
años, unido a la cuestión de que esta persona ha elegido
como cierta postura en la vida y esa postura lo llevó a
quedarse solo. No es un trabajo sobre ningún arquetipo,
sino más bien es un personaje muy concreto, que es este
viejo que se ve, y que no pretende, como personaje,
hacer referencia a ninguna multiplicidad, sino que
indaga más bien en su persona. Por otra parte, yo creo
que el tema, es imposible que no tenga ese rebote, esa
resonancia sobre todo a partir de no reconocerse con el
paso del tiempo que es algo bastante central en la
pieza, en el sentido en que el personaje que nosotros
vemos no reconoce, o no quiere reconocer al que escucha
en la cinta y en esa cinta, al mismo tiempo, el
personaje que graba la cinta habla de otro de hace diez
años atrás, al que tampoco quiere reconocer. Este hombre
se burla todo el tiempo de su pasado y, al mismo tiempo,
a veces se pregunta si se ha equivocado o no.
─
¿Eres consciente de que
algunos espectadores abandonaban la sala durante la
función? ¿Habías contemplado esta reacción como una
posibilidad o lo asocias con el tipo de propuesta o con
la incapacidad de ese espectador para mirarse en el
espejo que propones? ¿Crees que ese público que se
retira pudiera estar incapacitado para comprender…
─
Su límite.
─
Exacto.
─
Mira, no me había pasado nunca esto de que la gente se
fuera; pero ayer, cuando hicimos la primera función,
que, por los tiempos de que disponíamos para el montaje,
resultó ser como una especie de ensayo con público, ya
percibimos algo. Digamos que es también característico
de un trabajo que quizás no es muy común por acá. Un
trabajo con algo tan contundente como que hay una cinta
de grabadora que habla todo el tiempo.
─
Y hay un tempo distinto
al habitual.
─
Sí, claro, hay un tiempo
apostando a que no pasa nada. Realmente no pasa nada
hasta el final donde el tipo empieza a hablar y empieza
a entrar en una situación más dinámica. Lo otro son
momentos de escucha, que es el planteo que hace Beckett
de esta obra. Hay momentos de escucha y momentos de no
escucha. Los de la escucha son los del principio, cuando
el personaje come una banana, cuando va a tomar algo al
fondo; y otra serie de momentos en que el personaje
escucha y trata de ver qué le pasa con eso. La situación
de la gente que se va, para mí es nueva. En Buenos Aires
quizás hay más costumbre de este tipo de espectáculos
más intimistas. Sin embargo, también allí hay opiniones
muy separadas entre sí, muy diferentes sobre este
espectáculo. Hay gente a las que le interesa muchísimo,
que se emociona muchísimo y hay gente a las que no le
interesa. Ese también ese el riesgo de esta puesta,
riesgo que la acompaña desde que fue escrita. Es un
riesgo bastante importante, un riesgo de lenguaje, es
optar por un lenguaje teatral muy radical.
─
Y te interesa recordarle al espectador que está frente a
una convención, que está en el teatro.
─
Si, es una convención, el teatro, sea cual sea el género
o el lenguaje, siempre es una convención. De hecho hay
algo que se dice que está pasando como si fuera verdad y
que todo el mundo sabe que no es verdad pero se
participa de esa convención para establecer el hecho
teatral.
─
Creo también ver una intención de hacer notar que el
tiempo de la historia no se corresponde con el tiempo
real, una intención de que el espectador piense que el
espectáculo es mucho más largo de los que realmente es.
─
No, no esta pensado eso, inclusive, en eso hay
diferentes percepciones, hay gente que lo siente muy
breve, hay gente a las que se hace largo.
─
A mí me pareció muy breve.
─ Y
lo es, dura treinta minutos.
─
A mí me pareció incluso más breve que de treinta
minutos.
─
Eso está bueno.
─
Me pareció mucho más
breve, supongo, porque en ese regodeo del personaje
parece como si no pasara el tiempo. Ahora, ¿cuál era tu
expectativa con este lugar? ¿consideras valiosa la idea
de encuentros como este, a salvo del comercialismo al
uso en todo el mundo?
─ La
expectativa era, sobre todo, la de confrontar este
espectáculo con otro público que no fuera el de Buenos
Aires. Tenía mucho interés en conocer Cuba, muchísimas
ganas de conocer a la gente que hace teatro en Cuba,
tuve la suerte de dar un taller, mediante el cual pude
entrar en contacto con actores jóvenes y con actores de
más desarrollo y fue muy bueno el intercambio. Estoy
bastante contento de haberlo mostrado aquí. Tenía
también muchas expectativas de conocer otros grupos de
teatro latinoamericanos que uno no tiene muchas
oportunidad de conocerlos y que me parecieron gente muy
interesantes como los integrantes del Teatro de los
Andes, por ejemplo. La gente de la Casa de las Américas,
realmente, han sido muy encantadoras, muy cálidas,
dentro de las limitaciones. Esto en un Festival que se
hace a pulmón. Ellos, con recursos mínimos, nos han
conseguido todo lo que necesitábamos, etc.
─
¿Y trabajas siempre
solo?
─
No, yo suelo trabajar con
grupo, estoy en el Sportivo Teatral (3)
y al mismo tiempo tengo grupos por fuera del Sportivo.
No, por lo general trabajo con otra gente.
─
Realmente, hay una gran contradicción entre el nombre
del grupo y la pauta de este espectáculo.
─
Sí, se trata de un
espectáculo atípico dentro del Sportivo Teatral. Surge
de la necesidad de hacer un homenaje a Becket, que para
nosotros es quizás el dramaturgo más importante del
siglo XX, tanto por la propuesta poética que desarrolla
como por sus obras, por su posición radical; y era
también una manera de hacer esta obra que siempre nos ha
parecido hermosa y que realmente teníamos muchas ganas
de hacerla.
─
¿Sportivo, ya en su modalidad de grupo, se caracteriza
por un trabajo excesivamente físico?
─
No, lo de Sportivo está
relacionado, más que nada, con el empleo del cuerpo del
actor.
─
¿Defienden una orientación antropológica para el trabajo
con el actor?
─
No, no es antropológica
para nada. Es casi como una broma lo del nombre del
grupo. Creo que esa sería una buena pregunta para
Ricardo Bartís, nuestro director.
─
Un buen pretexto para una próxima visita.
─
Efectivamente.
Notas
1–
Espectáculo que se presentó durante los días 16, 17 y 18
de mayo del 2002 en ocasión del Festival Mayo teatral de
la Casa de las Américas. Dirección: Ricardo Bartís,
asistente de dirección: Ricardo Félix Pérez, diseño
escénico: Gabriela Fernández
2– Tomado de las notas sobre el grupo
que aparecen en el catálogo del Festival y que a
continuación transcribimos. Krapp, un viejo
decrépito, artrítico, un personaje absolutamente
“arrasado”, transformado sutilmente en argentino a
través de su relación con el espacio, lo visual y sobre
todo con el lenguaje, entra a su desván atiborrado de
trastos en desuso, para convertirse en el timbre de la
voz humana o en un trasto más bajo la luz mortecina de
la lámpara de noche. Su poder de evocación se debate
entre la fragmentación de la vida y la fe en el fracaso
que propone la obra toda del autor irlandés, en la
paradójica ironía respetuosa, en las tensiones
tragicómicas con que se enfoca la obra de Beckett. La
fidelidad de la puesta de La última cinta magnética con
respecto al texto original, incluidas las acotaciones,
parece un acto de rebeldía del director hacia sus
procedimientos habituales.
3– Tomado de las notas sobre el grupo
que aparecen en el catálogo del Festival. El Sportivo
Teatral, de Buenos Aires, nunca ha funcionado como grupo
sino que se reúne en relación con ciertas coyunturas. La
poética de Bartís, según José Dubatti, es “una de las
más poderosas de los creadores del teatro argentino de
la postdictadura”. El suyo es un “teatro de estados” o
“intensidades”, centrado en la experiencia del actor que
guarda una relación metafórica con el orden de lo real.
Los miembros del grupo juegan con lo que no puede
justificarse racionalmente, se rebelan contra lo
representativo, contra lo que reduzca el teatro a la
historia y al carácter de los personajes, interpretados
“psicológicamente” en función de la narración. Sus
montajes, cuestionan estereotipos de lo argentino: la
necesidad de producir hitos, el culto al coraje, la
identificación entre política y ficción, la oposición
entre verdad y simulacro y la relación entre dinero y
locura.
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