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BAJANDO POR CALLE DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE

VI- LA DIANA
Reinaldo Montero

La
Western Union. No, el abundoso almacén de géneros La Diana, con paredes de un viejo azul que no es el habanero, y enmarcada en óvalo, no la Diana Selene que besa en noche de Walpurgis, no la fecunda y primaveral Diana Dyctinna, favorita de Will Shakes, que llora en la fuente cuando siente alegría porque es una histérica, no el símbolo de la unción irritante del mundo físico y el divino en espíritus de noble inteligencia, intuición cortesana, expresión letrada, no la que es Diosa De Los Muertos y profetiza, que exige sacrificios humanos, no, el óvalo muestra a la simple Diana Cazadora, la de teta en déficit, que quizás algo oculta, tal vez una espada, y tampoco, esta Diana debe ser la paz, y más que cazadora, parece el blanco de las miradas que la codician. Diana accesible, Diana exhibicionista, convertida en espejo de la moda bajo la tutela de Ángel Arcos, el dueño, que parado en la entrada mira el trasiego de la calle como diciendo, entre y compre bajo el designio de mi Diana, caballero.

Ángel Arcos, asturiano, bigotes de manubrios, panza de prosperidad, amante de los grandes anuncios a la americana y de la prosopopeya. Por ejemplo, La Habana es la mejor población de Cuba, la mejor calle de La Habana es Calle Del Obispo, el más elegante establecimiento de Calle Del Obispo es La Diana, en consecuencia vaya al seguro, haga diana. Y Ángel Arcos con su aspecto rudo, con su aire de seguridad, sufraga la gacetilla El Bienhechor De La Familia, y aquí mismo, en los altos, tras La Diana y su óvalo, tiene casa y familia, y se dice que ha instalado no hace mucho un teléfono o conferenciófono, o teatrófono, que conecta al Teatro Tacón, y así puede escuchar zarzuelas en pantuflas y con cabeza ladeada, a la moda Rca Victor. Se sabe, al bienhechor le gusta comentar, mi tenedor de libros no es un tenedor cualquiera, es el señorito Abilio, el correcto componedor de sainetes del teatro Torrecillas. Ángel Arcos, de pie frente a su tienda, de completo uniforme, también proclama, soy coronel de Voluntarios.

En cuanto a los preparativos de invadir, van viento en popa, dice Enemigo Rumor, porque ya se han reunido tres mil hombres armados, y la cosa va a crecer como dicen que crece una bola de nieve, y Gómez arengó, luchemos con decisión y vigor para que la rapidez del triunfo no dé ocasión a nuevos cadalsos, y no os espante la destrucción del país ni la muerte en el campo de batalla, espantaos del porvenir de Cuba si España vence. Amigo Rumor trae que sí, que los bandoleros iniciaron de manera oficial lo que llaman con desatino La Invasión, y se acercan, pero es falso que las guarniciones de Voluntarios se pasan al contingente de delincuentes. Enemigo Rumor afirma que por las mañanas llevan el sol a la espalda y por las tardes, de frente, que vienen con el sol, y cantando, porque al llegar a una casona y plantar el campamento, notaron que en una hoja de ventana había un poema escrito por un rayadillo en loor a su patria, así que el poeta Enrique Loynaz respondió en la otra hoja de la misma ventana, y a esa letra le han puesto música, y dice así, /De Martí la memoria adorada, / Nuestras vidas ofrenda el honor, / Y nos guía la fúlgida espada / De Maceo, el caudillo invasor. / Alzó Gómez su acero de gloria / Y trazada la ruta triunfal, / Cada marcha será una victoria, / La victoria de El Bien sobre El Mal./ Amigo Rumor lamenta no recordar ninguna canción patriótica y a la vez decente.

Ángel Arcos parece que espera. En realidad siempre está esperando a las marquesas de Larrinaga o de Villalba, que son capaces de desembolsar doce mil pesos de una sentada, o la de Almendares, que aborrece el béisbol tanto como al pestilente río homónimo, o a las condesas de La Reunión o de Fernandina o de Sagunto, o a la cuarentona señorita de los Pedroso, o a la señora Ibáñez que gastó tres mil pesos en mantelería hace una semana. Ángel Arcos está seguro de que hoy vendrán todas, él mismo se ha encargado de echar a rodar la voz a la vieja usanza, hay solo doce espléndidos cortes de vestidos de a doscientos pesos, y la inauguración del Centro Asturiano, su centro, es dentro de una semana, solo doce cortes, señoras.

Al lado de La Diana, El Paseo, peletería con la última novedad de la culta capital holandesa, según su lema en naranja. Lastima que Sarah Bernhardt no comprara ahí sus famosos botines. Y al lado de El Paseo, una sombrerería a la que no se le distingue el nombre. Yo los visto, allí los calzan y allá los cubren, pudiera decir el capitán de Voluntarios don Ángel Arcos mientras se pasa una mano por la panza robusta. Y enfrente, La Babel, famosa babel de chocolates y pastelería fina. Para que se ceben, no les sirva la ropa y vuelvan a mí, diría Ángel Arcos. Te asomas a La Babel, y entre confitura y confitura también hay a la venta armas de fuego. Por eso La Babel es tierra propicia para urdir encuentros volanderos. Iriarte, el dueño, pariente del autor de esas fábulas con versificación correcta, lo ha dicho, /si el sabio desaprueba, malo / si el necio aplaude, peor./ ¿Y dónde están las mujeres? Ni una mujer en La Babel, en esta Habana. Y al lado la botica de Baret. Si la colisión de chocolates y balas trae complicaciones, ya saben donde encontrar remedio y discreción.

Un quitrín se detiene frente a La Diana. Ángel Arcos sonríe, van llegando. Presurosa la dama. ¿Cuál? Imposible saberlo. Las señoras de alta condición salen de su casa para no poner pie en tierra ni en tienda, escogen sin levantar las posaderas. Y qué feliz Ángel Arcos porque esta gran señora se dignó en venir. Lo común es que la enquitrinada mande aviso para que acarreen hasta sus habitaciones la mayor variedad a la mayor brevedad. Y tampoco se le envía cualquier dependiente. O va Ponte o va Antón, que consideran de trato exquisito. Ángel Arcos no cesa de sonreír aunque piensa en inconvenientes. Antón, por ejemplo, es tan conversador que dilata demasiado las transacciones. En cuanto a Ponte, alaba en demasía ciertos géneros en detrimento de otros. Es un tercero, Emilio, un descendiente de japonés, quien va y viene solícito, y no solo con los cortes codiciados, también muestra tafetanes, muarés, alemaniscos, encajes de Bruselas, el guarandol de a cinco pesos la vara, más un novísimo estampado de pinta fija /que no se va de entre las manos / ni en el undécimo lavado,/ como que ha venido de Bélgica. A don Arcos la sonrisa se le ha pegado al rostro.

Sobre La Babel de armas y confituras, sobre la socorrible botica, el hotel que fue residencia del conde de Casa Moré, hasta que vino a menos don Moré, y ahora la ocupa el brigadier Albear, hombre que se levanta antes del alba, así que lleva como dos horas de repasar los planos del acueducto. No, ya el acueducto ha sido construido. ¿En qué tiempo estás? Te percatas, a tu izquierda, en vez de una enorme tijera, que así se anunciaba Suárez de Calabria, hay sables cruzados, como cabe en una sastrería militar, porque la guerra ha impuesto elegancia en los trajes de Voluntarios De El Comercio, o Municipales, o De La Armada, y a hacer gritar viva España bien vestido.

A un paso de ti, dos Voluntarios De El Comercio, que son los más anticubanos, dicen. Ángel Arcos acentúa la sonrisa. Cuentan que ayer entraron en Arrioza Y Selma, se pusieron a un palmo del rostro de Stein y le susurraron, da un viva España que se oiga en el alcázar de Sevilla. Y Stein miró a Selma, que no vende uniformes militares porque su clientela no los compra, y Stein vio que Selma cerró los ojos y bajó la cabeza. Ahí fue cuando Stein decidió montar su propio negocio y atraer militares, civiles, hasta mambises, y gritó como para que le oyeran en Tierra Santa, viva España. Ahora Los Voluntarios corren, te pasan por al lado, se interponen delante de un coche, quizás el segundo que viene a visitar La Diana, y Los Voluntarios lo detienen, que griten allá adentro viva España. Y Ángel Arcos extingue la sonrisa. Mejor atiende a las idas y venidas de Emilio y a los reclamos y dudas de la dama. Los Voluntarios corren saltando charcos hasta otro coche, y así van subiendo Calle Del Obispo. Te dispones a seguir bajando.

Algo te llama la atención en medio de la calle. Rodeados por las diversas calidades del fango, donde predominan el aguanoso y el crema, un oficial se ha detenido frente a un joven, seguro estudiante. O me cede el paso o le arreo dos sablazos en el costillar, petimetre. Eres tú muy recomemierda. Y el oficial desenfunda la pistola, la rastrilla, alarga el brazo, dispara. No hubo ni un segundo de duda. Si hubo incredulidad en el rostro del joven, que cae al fango, encoge las piernas, ya no se mueve, ya no está tirado en la calle. El oficial y el arma y el estruendo también desaparecen. No ha pasado nada, ni asesinato ni disparo ni ofensas. No hay el menor rastro. Aquella fue una hora triste, una ciudad entera permaneció muda mientras un puñado pudo regocijarse en la matanza, y culpable fue la ciudad, y ruin, y cobarde, dice Manuel Sanguily al comentar otro crimen, de otros estudiantes. También El Delegado escribió sobre ese día y sobre Julio Sanguily, el hermano mayor de Manuel, que combatía atado al caballo, y vergüenza para los que no estuvieron a su lado, aunque después, cuando la preparación de la segunda guerra, Julio empezó con que el país quiere paz, fue un escándalo, y a Julio no se le podía tocar, y amenazó a Martí con achucharle a su hermano polemista, porque Manuel maltrata bien.

Los Voluntarios siguen subiendo. Ángel Arcos seguro ha vuelto a sonreír. No lo compruebas.

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