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EL ALMA DE LA CANCIÓN
Aquella voz y aquella presencia llenas de gracia
criolla, de legítimo talento y de esa picardía que solo
las isleñas de su estirpe conocen, van a hacer mutis
para siempre de todos los escenarios.
Palabras pronunciadas a las 8:30 a.m. en
los funerales de la cantante Elena Burke, el martes 11
de junio de 2002.
Nancy Morejón |
La
Habana
La muerte de
Elena Burke era una muerte esperada y no por esperada
deja de ser un hecho desgarrador, doloroso,
irreversible. No hay vuelta atrás. Aquella voz y
aquella presencia llenas de gracia criolla, de legítimo
talento y de esa picardía que solo las isleñas de su
estirpe conocen, van a hacer mutis para siempre de todos
los escenarios. Sin embargo, su recuerdo conforma ya
una hermosa fábula en la que alienta su leyenda como
artista y como persona. Una voz desde las aguas más
hondas de los ríos antillanos fluye ahora, para
siempre, como un surtidor incesante de la historia de
nuestra canción en cualquiera de sus modalidades.
Nacida en La Habana, un 28 de febrero en 1928, Elena
Burke atravesó las más depuradas expresiones de la
escena cubana cuyos comienzos se remontan a los años
cuarenta cuando integrara el célebre conjunto llamado
Las mulatas de fuego. Tiempo después, habiendo
cantado en los “aires libres” del Prado habanero, Elena
se incorpora a uno de los más importantes cuartetos
nacionales, el de Orlando de la Rosa. Ya desde
entonces, su vínculo con la canción romántica es
definitivo. Así las cosas, en 1956 entra a formar
parte, junto a Moraima Secada y las hermanas Haydeé y
Omara Portuondo, de aquel acontecimiento que devino el
cuarteto de voces femeninas más universal de nuestro
ámbito, el célebre Cuarteto de Aida que fundara la
pianista Aida Diestro. Simultáneamente al vertiginoso
éxito del Cuarteto, Elena cantaba en pequeños clubs
citadinos, en rincones inusitados, en innumerables
reuniones entre amigos y, en esa ola de espontaneidad,
nacían las primeras manifestaciones del movimiento del
filin en cuyo seno iba a nacer una atractiva reina, una
mujer llamada a cautivar a todo tipo de públicos hasta
convertirse ella misma en la historia de la canción
cubana de nuestros días.
Con una sencillez inverosímil, Elena se daba a querer.
Infinidad de adjetivos y epítetos han tratado de
definirla: “Su Majestad Elena Burke” o “La Señora
Sentimiento”, entre los más difundidos. El pueblo, con
su sabiduría milenaria, la ha definido mucho mejor:
Elena. Así la hemos nombrado todos los días en las
avenidas de La Habana, en los puertos de mar o en
cualquier sitio del planeta o de la Isla donde se haya
encontrado.
Elena nació a la fama como la intérprete más fiel del
filin. El lado romántico de los cubanos alcanzó en su
voz el mayor de los esplendores. Fue ella, de hecho,
quien resumiera la esencia de aquel decir tan habanero,
tan cubano, tan novedoso. Durante los años sesenta,
escuchar a Elena en lugares íntimos, pequeños, era
aprender a disfrutar de un modo de decir inédito, tan
único que no ha habido después cantante alguno capaz de
reproducirlo. Temperamental, inquieta como pocas, con un
afán perpetuo de creatividad, Elena supo ir buscando y
supo encontrar un estilo que, más allá de sus cualidades
vocales, le ha dado no solo el don de la expresión sino
una libertad tan palpable que le permite interpretar a
José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, Ñico
Rojas, Frank Domínguez, Piloto y Vera, Marta Valdés,
Meme Solís; e incluso, un repertorio que puede ir desde
un son montuno y una canción de cuna hasta las obras de
Adolfo Guzmán, Orlando de la Rosa, Candito Ruiz o Sindo
Garay. Fue a Elena a quien le oí las más hermosas
páginas de los mexicanos Vicente Garrido o Arturo
Castro. Fue a Elena a quien le oí por primera vez una
canción de Silvio Rodríguez y una guajira de Pablo
Milanés. No era nada casual sino la prueba más rotunda
de su condición de gran estilista que consiguió abarcar
cuanto registro existe en un pentagrama; porque ella
supo descubrir con su voz la maravilla de lo nuevo. Así
la vimos siempre: joven, audaz, animadora insobornable
de los reales talentos.
“Como un Rey Midas ella convierte en oro todo lo que
canta”, declaró alguien al presentarla en un concierto
de gala hace muchos años. Al servicio de la canción
cubana y su cultura, junto a su pueblo, Elena irrumpió
un día para quedarse. Su voz es una siempreviva.
Descanse en paz su cuerpo. Al resonar su canto en la
memoria de todos los tiempos, viva eternamente Elena
Burke, el alma misma de la canción.
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