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Sencillamente y para siempre
Muy
pocas artistas, cubanas o extranjeras, han conseguido
decir una canción con ese fraseo al mismo tiempo
adolorido y gozoso que distinguió, seguirá distinguiendo
para siempre, a Elena Burke.
Joel del
Río|
La
Habana
Las suelas de sus zapatos portaron el polvo enamorado de
mil escenarios, pero aquí volvía siempre cuando se le
hacía insoportable la lejanía, y regresaba una y otra
vez, siempre cantando, a La Habana de noche que seguirá
replicando su voz como uno de esos sonidos entrañables,
esenciales y eternos. Antes de partir para Japón, Nueva
York, París o México, y a su vuelta, Elena se las
ingeniaba para el reencuentro, que significaba escuchar,
siempre nuevas en su voz, las mejores canciones y
boleros de Marta Valdés, Portillo, Isolina, Frank
Domínguez, Pablo Milanés...
En sus conciertos, a
la altura en que llegaban “Mi son entero”, Llora, Duele
o A mis 22 años, ya el escenario era todo ella, que
cantaba mejor todos los días hasta el último. Porque era
de las excepcionales que prefería jugarse en cada
canción el pecho, hasta la última fibra de una garganta
ejercitada en el privilegio de un registro y un color
únicos.
Muy pocas artistas,
cubanas o extranjeras, han conseguido decir una canción,
un bolero, un tango (con perdón de quien lo crea de otra
manera) con ese fraseo al mismo tiempo adolorido y
gozoso que distinguió ―seguirá distinguiendo― a Elena
Burke. Pueden venir a la mente la Piaf, Mercedes Sosa,
Mina, Sara Vaughan; se dice le envidiaba sanamente la
tesitura a Yma Sumac y que no le gustaba su voz, pero
Elena fue, desde los años cincuenta hasta el siglo XXI,
un fenómeno absolutamente irrepetible. Nadie como ella,
cuando canta se confiesa, y las palabras se tornan
susurro o a viva voz, se yergue en reproches, o se
entrega vencida al amor reconocible, a la angustia de
darse hasta la alucinación y seguir murmurando Me
faltabas tú, Ámame como soy,
El último café, No puedo ser feliz, Lo
material, Y háblame...
Sin ser la cantante
que más público arrastró en Cuba, lejos de modas y del
tope de las listas de éxito, la Señora contó, y seguirá
contando, con la complicidad de un auditorio fiel,
gentes de tres o cuatro generaciones que vibran en su
misma cuerda, que en medio de la noche estival, sin una
sola nube, y ante un vaso de ron, solo precisan escuchar
Llanto de luna o Mil congojas; pero por
Elena, la única que parecía inventar el texto y componer
la música mientras encandilaba el oído de bohemios,
noctámbulos y enamorados.
La magia tiene
esencia escurridiza, inexplicable, y el hechizo de la
Burke trasciende la apariencia, lo racional, porque su
seducción se construía sobre la sinceridad imposible de
aprender a mirarse el alma cantando, y hacer que
retumbaran las paredes de teatros, clubes nocturnos y
cabarets, con el vigor de una voz entera, de proyección
impecable, atronadora o tierna según desgranara las
primordiales Para vivir o Tú mi rosa azul.
El público voceaba sin cesar los títulos de esta o
aquella canción. Elena se resistía, porque había ciertos
números que la “traqueteaban toda”, pero al final
regalaba lo que le pedían, complacía a todos,
improvisaba, jaraneaba con los deseos de la gente de
escuchar tal o mas cual texto, pero jamás traicionó la
infinita complicidad de sus devotos.
Con guitarra, a
capella, con orquesta de fondo, junto a La Aragón, las
D’Aida o Pablo, Elena se quedará aquí y seguirá de pie,
así, sencillamente y sin alardes. Damos fe de ello todos
los que estamos dulcemente condenados a conservar el eco
de una voz hecha de bronce y miel, especialmente dotada
para cantar aquello que decía “...y en cuanto a la
muerte amada, le diré, si un día la encuentro, adiós,
que de ti no tengo interés en saber... NADA”.
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