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UN TESTIGO, UN OBSERVADOR,
UN JUGLAR
(Prólogo a la Trilogía de Lisandro Otero,
Editorial Letras Cubanas)
Frente al mar, en Varadero, y muchos años después frente
al mismo mar, pero junto a los arrecifes que miran al
fortín de La Chorrera, la mirada de Luis Dascal deslinda
principio y fin, en ambos momentos, entre una
insoportable lucidez y el saber que se había
desvanecido aquella sensación de comenzar la historia.
Se trata de la entrada y la despedida, respectivamente,
a una trilogía de novelas crecida casi en tres décadas
de escritura y que integran La situación (1963,
Premio Casa de las Américas), En ciudad semejante
(1970) y Árbol de la vida (1992), una epopeya
narratoria con la que Lisandro Otero (La Habana,1932) no
sólo se asoma a las convulsas últimas décadas del siglo
XX cubano, sino también, junto a la retrospección, una
saga de multiforme aliento que se explaya en numerosas
historias y aprovecha diversos procedimientos de contar.
Ahora, por primera vez, aparece recogida en un solo
volumen.
Hilo conductor de este conjunto es el itinerario vital
de un personaje, que va desde la Cuba de 1951 hasta los
años posteriores al triunfo revolucionario de 1959. La
“biografía” de Luis Dascal –o mejor: su
“educación sentimental”, para referirlo de acuerdo
con la propuesta de Gustave Flaubert para su “héroe”
Fréderic Moreau, testigo de inflamadas coyunturas donde
se entrecruzan la plaza, el salón y la alcoba-, deslinda
los ambientes de la burguesía cubana, a la vez que
retrata la crisis republicana a mediados del siglo
pasado, y desde ella, pasando por la lucha
insurreccional, hasta llegar a la apoteosis de la
Revolución y el destino del protagonista en un tiempo
que ha trastocado todo lo suyo. Es así que, la mirada
de y sobre Luis Dascal, a la manera del
espejo de Stendhal, se va paseando por el camino y sus
más variados accidentes.
A lo largo de aquel recorrido –el de la luna de cristal
azogada donde se refleja la vida, que el autor de El
rojo y el negro tenía como clave del oficio de
novelista-, no sólo el presente establece sus dominios,
sino que además el pasado se visita desde aquel para
fijar sus orígenes. En ese orden, las tres novelas
advierten solicitudes en correspondencia con sus tiempos
y procesos de escritura. Más cerca del montaje a la hora
del cine y con un lenguaje directo, La situación
entrega en Un padre de la patria, junto con la
genealogía de un prohombre de la república y su
descendencia -esta última de marcada importancia para
el devenir del protagonista-, los hechos que
circunscriben su estirpe. En ciudad semejante
facilita con El nacimiento de una nación, el
repaso por la Historia con mayúsculas, desde una
pesquisa por archivos y hemerotecas que se convierte en
reconstrucción memorialista. Por su parte en Árbol
de la vida los acontecimientos pretéritos se
recrean con sagacidad, para no únicamente quedar ligados
con la trama en la actualidad que va revelándose, sino
también determinar una exuberante zona de la novela, en
la que los sucesos y personajes desplazan la mirada
desde los ámbitos coloniales en los comienzos del siglo
XIX hasta las primeras décadas de la centuria posterior.
De esa manera el contrapunteo desarrolla una trama en
la que ambos tiempos se complementan.
Definido por el propio Lisandro Otero como “mi
Trilogía Cubana”(1),
este volumen, al contener veintinueve años de labor
suya, permite una comprensión tan verídica como
abarcadora del escritor y su proceso de evolución. El
despliegue narrativo al que asiste el lector en esta
ocasión, va desde un estilo directo, donde confluyen el
diálogo tradicional, la atmósfera vivaz y la
disposición cinematográfica, como advierten La
situación y En ciudad semejante, hasta la
opulencia verbal donde la memoria de la ficción
deslinda sus plenitudes en Árbol de la vida. Se
trata de un camino que abre con la fascinación del
novelista joven ante recursos disímiles, y cierra con
la madurez en su totalidad expresiva para certificar una
vocación cumplida. Como quería Balzac, la vida privada
de la nación se pone de manifiesto en estas páginas como
el mejor destino de la novela.
Quien mejor puede fijar la entraña misma de esta
trilogía, desde el interior del personaje que la
conduce, es su autor cuando advierte: “En La
situación, Luis Dascal, una especie de Julián Sorel
criollo, es demasiado lúcido para aceptar sin reservas
la sociedad en que vive y demasiado ambicioso para
desistir en su aspiración de alcanzar un lugar en ella.
La trama de En ciudad semejante lo envuelve en
las tensiones de una insurrección y lo impregna de
aquella pureza de los inmolados en el curso de la
gesta. En Árbol de la vida se produce una
regresión a la incredulidad de la cual partió. En mi
obra narrativa siempre ubico a un sujeto en medio de una
situación adversa que lo castiga. Es una alegoría de
los embates que sufre el individuo frente a las
corrientes de la historia”(2)
Sin embargo, no solamente la trilogía aludida constituye
la ocupación del escritor en el período apuntado, en lo
que corresponde al género. Otras novelas suyas ven la
luz en esos años, para corroborar que su inclinación no
se restringe a desarrollar el proyecto iniciado con
La situación, pues además puede escribir otras
historias que ahondan en las inquietudes argumentales
elegidas y con propuestas tan diversas como
demostrativas de su arsenal fabulador. En esa sucesión
se apuntan Pasión de Urbino (1967), General a
caballo (1980), Temporada de ángeles(1984) y
Bolero(1986), títulos que no sólo admiten
lecturas independientes –tal cuales son- sino también el
hecho de ficciones inusuales en el horizonte de la
literatura cubana, y en ciertos casos algunas de las
cotas más altas del empeño narrativo de Lisandro Otero.
Asomarse a aquellas novelas resulta una tarea
imprescindible para el más completo conocimiento del
orbe construido por el autor de esta trilogía, sin
olvido del goce que suponen como proposiciones
narrativas de cuidada factura. Allí están presentes las
coordenadas que llevan a los desvelos más recónditos
del novelista: los placeres del cuerpo y las angustias
del espíritu enfrentados a los procedimientos y
solemnidades de un horizonte imperativo en Pasión de
Urbino, una de las mayores narraciones cubanas sobre
las posesiones del amor y sus arbitrariedades; la
sátira más desembarazada para hurgar en las miserias
políticas y no pocas veces casi folklóricas de las
dictaduras latinoamericanas en General a caballo;
la reflexión sobre las relaciones del hombre con el
poder y la Historia, a partir de la Inglaterra del
siglo XVII y los convulsos días de Cromwell con la
lucha entre monárquicos y parlamentarios, en
Temporada de Angeles, con intensidad y esplendores
verbales que la convierten en una de las grandes novelas
de la literatura cubana; y la creación artística no como
santuario donde se dan cita sublimidades y extrañezas,
sino como dolor cotidiano entre acritudes y banalidades
que lleva a la destrucción de un músico popular en
Bolero. Crecidas mientras se desarrollaba el
proyecto inaugurado con La situación, las novelas
referidas, tan espléndidas en la diversidad de su
materia como tan extremadas en la disposición de su
escritura, bien podrían atestiguar un destino de hacedor
de ficciones, en el caso de que no existiera el volumen
que ahora el lector tiene consigo. Al definir el sentido
que guía la destinación de sus novelas, es el propio
Lisandro Otero quien ha expresado: “En mis palabras
he tratado de establecer una relación entre el individuo
y la historia. El ser, infinito y vulnerable , no
establece su presencia a menos que aprenda a amarrar los
vientos. Puede ser ingerido o prevalecer, todo depende
de la magnitud de su obsesión. La literatura es una de
las formas del conocimiento; en la medida en que el ser
histórico se admite a sí mismo crecen sus raíces”
(3)
De aquellas raíces nace la floresta a cuya sombra ahora
se encuentra el lector, con la posibilidad de tener en
un solo tomo algo más que tres novelas decisivas de un
nombre cardinal en la vida literaria de Cuba. Y es que
la summa alcanzada es la consecución de una de
las utopías narrativas más ambiciosas del siglo XX
cubano, por lo que ella abarca en tiempo y espacio, y
por lo que ella deslinda en memoria y lenguaje. Aquí se
distiende un fresco de grandes proporciones que recoge
acontecimientos históricos, políticos y sociales,
entrecruzados con vidas, conquistas y derrotas
privadas, en un viaje a lo largo de dos siglos por las
entrañas del país, desde sus balbuceos hasta la
exaltación de su sino para referir con pareja atención,
grandezas y miserias en lo público y en lo íntimo. De
hondo alcance es la indagación que emprende el
novelista en los destinos humanos, de allí la visión
que revela el proceso de la Historia sin excluir sus
contradicciones. Esto último de forma más acentuada en
Árbol de la vida.
Al llegar a la novela que clausura la trilogía, el
itinerario del héroe se completa, y también el del autor
en lo que concierne a la travesía realizada. Las
maneras de narrar explayadas señalan las apetencias
formales en el devenir del oficio y presuponen las
etapas que ha transitado el novelista, desde las
influencias de autores norteamericanos como Hemingway y
Dos Passos, en cuanto a estilo y montaje respectivamente
en La situación; pasando por las bodas del
periodismo y la literatura que se advierten en la fluida
capacidad de observación y la prisa expresiva de En
ciudad semejante, hasta desembocar en la prosa de
espléndida desenvoltura y las excelencias en el uso del
lenguaje que distinguen a Árbol de la vida.
Parejo a ello, la relación del escritor con su linaje
literario en las épocas que fijan la aparición de los
tres títulos, puede establecer las claves de
simultaneidad compartida entre la trilogía y sus
equivalentes, tanto en recursos expresivos como en
asuntos abordados
Al visitar ejemplos que refieren lo anterior, se observa
que La situación sale a la luz el mismo año que
Gestos, de Sarduy, y La ciudad y los perros,
de Vargas Llosa, y tan sólo unos meses después que La
muerte de Artemio Cruz, de Fuentes, mientras que
En ciudad semejante colinda en ser publicada con Canción
de Rachel, de Barnet; en tanto Árbol de la vida
es contemporánea de Santo oficio de la memoria,
de Giardinelli, y El fiscal, de Roa Bastos. Se
trata de coincidencias que informan sobre un aire de
familia en nada ajeno a la vocación de narrador
latinoamericano que afirma a Lisandro Otero para ubicar
su nombre –y desde la raíz misma de su obra- en un
concierto mayor. Por ello, el acontecimiento de estas
tres novelas reunidas por primera vez en un solo
volumen, próximo al 70 cumpleaños de su autor –el 4 de
junio de 2002-, se acrecienta y es regalo por partida
doble: del empeño editorial y del autor para una lectura
insoslayable.
Adentrarse en estas páginas, donde la historia seduce
para confirmar que el calado del presente no es posible
sin la aplicación del pasado, es una aventura que revela
como pocas en el territorio de la ficción, las huellas
del largo y difícil camino de la nación. En ellas no
faltan las señales cariñosas que nombran a los mayores
en la ascendencia cubana del género: los ambientes
habaneros de Carpentier en El siglo de las luces
son recorridos por Toribio Dascal, y sus andanzas en los
parajes de la trata negrera lo acercan al mundo de Pedro
Blanco, El negrero, de Novás. Son dos botones de
muestra entre muchos más que aseveran la rancia estirpe
de esta saga.
Alguna vez decía Lisandro Otero que no aspiraba a ser
otra cosa que “un testigo de mi tiempo, un observador
de la época, un juglar que pregona la historia”(4).
Con esta trilogía, aquellas aptitudes alcanzan su mejor
definición, para probar los usos de la pasión verbal
como razón de ser. Sólo queda acompañar a Luis Dascal
desde ese domingo 26 de agosto de 1951, para emprender
una peregrinación narrativa frondosamente cubana.
Eugenio Marrón
Holguín, y octubre de 2001
Citas:
1, 2 y 3 : Lisandro Otero, la
magnitud de su obsesión, entrevista realizada por el
autor de este prólogo, y publicada en La letra del
Escriba, septiembre 2001, número 10.
4 : Cuestionario de
Ciro Bianchi a Lisandro Otero, 6 de septiembre de
1989 (archivo personal de Lisandro Otero)
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