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TRILOGÍA CUBANA
(Fragmento)
Lisandro Otero
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El abogado Manuel
Estanillo se hallaba de pie en el bar Wall Street, en La
Habana Vieja, chupando unos ostiones que se disolvían en
su lengua con un sabor salino y acre, apenas atenuado
por la salsa de tomate: aquel molusco afrodisíaco lo
sumía en la gloria con su masa pulposa. Lo ayudó en la
bajada con un trago de añejo dorado que le proporcionó
un tibio sosiego. Reanudó el diálogo con el senador
Fabián Seguí en torno a su tema predilecto: los negocios
turbios del Tercer Piso de Palacio. El clan presidencial
era capaz de cualquier cosa con tal de asegurar su
disfrute del poder. El Tercer Piso propiciaba la fórmula
reeleccionista: ¡Grau por otros cuatro años!, como si no
hubiesen aprendido las lecciones de la historia: los
intentos sangrientos de perpetuación de Estrada Palma,
Menocal y Machado. Estañillo tenía contactos en los
tribunales y conocía los embrollos del Tercer Piso;
compiló varios expedientes voluminosos con pruebas
contra el ministro que compró el estadio deportivo de
Miami con fajos de billetes que sustrajo de los cofres
del Estado y trasladó en maletas en su avión privado.
Poseía pruebas de sus adquisiciones en Biscayne, en
Coral Gables. Había sido el consejero secreto para
maniobras impublicables; un especialista en dividir,
tentar a los adversarios, extenuar a los enemigos,
amenazar a los intolerantes, ultrajar a los dignos,
abatir a los insobornables. Y en pago, pudo realizar el
sueño de Vasco Porcayo de Figueroa y de Hernando de
Soto: apoderarse de la península de la Florida.
Estañillo se desahogaba: con lo que saquearon en este
país pudieron empedrar las calles de oro.
El negro se acercó a
Estañillo alzándose el faldón de la guayabera para
extraer una Astra cuarenta y cinco; haló del carro de
retroceso, montó una bala en el disparador y colocó la
boca del cañón en la nuca de Estañillo: al Tercer Piso
no le gustaban sus charlatanerías y así no iba a poder
seguir viviendo en este país. Fabián Seguí se apartó,
discretamente. Estañillo permaneció inmóvil. Detrás del
negro otros de guayabera vigilaban los accesos, pistola
en mano. Mejor que te calles, que no digas nada, dijo
burlonamente el negro, pero vamos a ocuparnos de que
olvides lo que sabes. Apoyó el pulgar en el percutor
alzado y presionó levemente el gatillo. El cráneo de
Estañillo reventó, dejando la masa encefálica esparcida
sobre el mostrador. Fabián Seguí oyó el disparo desde la
calle.
Hasta el último piso
del edificio López Serrano subía el clamor. Desde el
apartamento del senador Chibás se veía el público
aglomerado ante la puerta del edificio. Chibás salió de
su habitación y los dirigentes ortodoxos le siguieron.
Bajaron en el ascensor y Laura se apretó en una esquina.
Cuando apareció Chibás en la puerta del edificio los
vítores se redoblaron. El senador decidió ir a pie hasta
la radioemisora CMQ desde donde se difundiría su charla
semanal. La muchedumbre avanzó junto a él por la calle
Ele pero fueron interrumpidos en la esquina de Línea: un
cordón de guardias, ametralladoras en mano, impedía
continuar; autos patrulleros, atravesados en la calle,
obstaculizaban el paso. Chibás se subió a un camión del
Noticiero Nacional para arengar a sus partidarios.
Atardecía. Ráfagas
con balas trazadoras cruzaron el aire delineando estelas
de luz en el crepúsculo creciente. Se desplomaron
algunos heridos. ¡Calma, calma! ¡Puede haber una
masacre, no nos dejemos provocar! Junto a Laura cayó un
estudiante. Alzaron al muchacho y lo condujeron a un
auto que partió sonando el claxon insistentemente. Solo
al grupo de dirigentes se le permitió continuar con
Chibás. Las ventanas cerradas por temor a los disparos
se fueron abriendo y apareció gente que aplaudía con
entusiasmo al senador. Ahora Laura caminaba junto a él,
codo con codo.
Frente a la CMQ las
barreras policíacas se hicieron más numerosas. Subieron
la escalera de granito y acero y al acceder a la terraza
de entrada se vieron frente a los ministros y
funcionarios del gobierno, que acompañaban al senador
Masferrer. Laura distinguió, del otro lado, el rostro de
Fabián Seguí, quien también la vio a ella. Chibás
exclamó, con un gesto teatral: ¡Mi desprecio para el
gobierno de Carlos Prío!
Apenas veinte años
atrás, pensó Laura, Fabián habría estado de esta parte,
junto a quienes acusaban a los malversadores, junto a
los sediciosos, los insurrectos, los sublevados, los que
desobedecían y se rebelaban, los que querían cambiar la
vida. Veinte años había demorado en cruzar los dos
metros que ahora separaban a ambos grupos. Ella seguía
firme. El parecía azorado pero Laura intuía, con una
segura premonición, que él había perdido su camino y
nunca más lo hallaría.
¿Qué sucedió esta
noche? Fueron a comer al Mandarín y después bailaron en
el Atelier. ¿Cómo era posible que acudieran a un tugurio
como ese? Solamente conversaron. Terminarían
acostándose, tarde o temprano lo harían. Se encogió de
hombros. Intenté alejarme, como si hablase con una amiga
remota: quizás pretendía convocar su atención con esa
aparente displicencia. Recordé a Octavio: lo esencial no
es precisar si estuvo ya con otro o no, deja eso a los
celos enanos, debes determinar si la has perdido,
emocional y sicológicamente; si es así, lo otro seguirá
tan naturalmente como la noche sucede al día. En
definitiva ¿qué existía entre ellos? No sabría
definirlo: un cierto lirismo a veces, hasta un
arrobamiento que no parecía concretarse, podía decir
tonterías en su presencia, se sentía cómoda con él.
En la cocina me serví
un vaso de ron hasta el borde. Ella me aguardaba en la
sala, sentada en el sofá, envuelta en una bata de seda
turquí y con un ademán solícito, como si su cordialidad
se expresase dentro de una tradición hogareña, como si
nos sumiésemos, muy naturalmente, en la noche de
Walpurgis, como si no contase para nada mi devastación.
Constituíamos una pareja perfecta, así decían, no se
sabía dónde comenzaba ella y concluía yo. De repente se
me acumuló en el pecho toda la desolación del mundo y
comencé a gemir mientras las lágrimas me nublaban los
ojos. María del Carmen me observaba apesadumbrada: no
necesitaba a su lado a un pobre fantoche, a una
plañidera. Me eché hacia atrás en la butaca y me fui
adormeciendo.
Abrí los ojos con la
luz solar que entraba por el ventanal. En el río
comenzaba la actividad cotidiana con los lanchones
humeante cargados de arena que entraban ronroneando en
el estuario. En la habitación, María del Carmen dormía
envuelta en la misma bata turquí. Aún la sentía
demasiado adentro, era una víscera atada por arterias,
una extremidad dependiente de mis músculos, trenzada a
mis nervios; aún no había logrado amputarme ese órgano
que ya no me pertenecía, y no concebía ver esa criatura
construida con mis propios tejidos asimilándose a un
cuerpo extraño.
La desperté. ¿Qué
piensas hacer ahora? Fue al baño y la aguardé sentado al
borde de la cama; regresó con el rostro húmedo y
abotagado por la noche sin sosiego. Lamentaba mi
reacción, mi vanidad lacerada. Si se hubiese topado con
un trabajador anónimo me habría afligido menos. ¿No
sería un capricho pueril? Me dolía perder mis soldaditos
de plomo en un combate sobre un tablero. ¿Y ella?, ¿qué
fue de su apetito de absolutos, de su fe extraviada, de
sus rupturas familiares, de su desesperada construcción
de una nueva lealtad, de su rígido culto a la
eficiencia? Siempre creyó que los afectos desgastaban,
que confiar en otros era hacerse vulnerable. Todos los
ciclos se cumplen. El mío había terminado.
Abrí la gaveta
superior del armario donde siempre guardaba la Colt que
recogí en Girón. Allí estaba. Tiré del carro y escuché
el chasquido de los muelles al contraerse mientras la
bala se introducía teatralmente concebida, un cadáver a
sus pies, una aniquilación romántica; quizás sería más
adecuada una muerte aparentemente accidental: lanzar el
auto a toda velocidad contra un árbol. Siempre quedaría
la duda. Me llevé la pistola a la sien. No habló. Podría
apretar el gatillo, no demandaba, no demandaba mucho
esfuerzo. Esperé unos segundos, los ojos se me llenaron
de lágrimas nuevamente. Devolví la pistola a la gaveta.
Huí, ofuscado de mi insensatez. Subí al auto y permanecí
ante el timón sin abrir el encendido, inerte. Apoyé la
cabeza sobre el respaldo. El sol intenso de una mañana
sin nubes se asomaba por detrás de las piedras grises
del castillo de La Chorrera mientras la corriente se
movía tenaz, resistente, perdurable.
Tomado de Árbol de la vida, Ed.
Letras cubanas, 2001. |