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Mientras agoniza
Arturo Arango
Mientras nuestra querida Serie Nacional agoniza, mermado
su interés por lluvias y posposiciones copiosísimas, por
el esplendor del Mundial a que ese otro deporte, acaso
menor, reiterativo, nos convoca cada cuatro años, y por
la ausencia de los dos equipos que más intensidad han
dado a sus finales (¿hay que decir los nombres?), me
entretendré esta semana en comentar algunos sucesos de
extramuros.
Y si estamos hablando de pelota, los extramuros por
antonomasia son las Grandes Ligas. Aquel campeonato
acaba de rebasar su primer tercio, y entre lo más
significativo que ocurre en él está el paso de ese gran
bateador dominicano que es Sammy Sosa, quien ya acumula
23 jonrones y parece dispuesto a retar la marca que
Barry Bond estableció el pasado año, y la enconada lucha
en que se empeñan los Medias Rojas de Boston y los
Yankees de Nueva York por la división Este de la Liga
Americana, al punto de que ningún otro equipo acumula en
este momento tantas victorias como ellos, a pesar de que
los primeros han padecido la baja, de Manny Ramírez (el
Víctor Mesa de las Mayores, al decir de Camilo Venegas),
y los de Nueva York la de Andy Petite, su tercer
lanzador en la rotación.
Pero hay, al menos, tres acontecimientos extra
deportivos que están animando también (a veces para mal,
a veces para bien) aquella Serie. Uno de ellos son las
complicadas negociaciones entre dueños y jugadores, que
parece conducirán, fatalmente, a una huelga, que ya se
anuncia para septiembre. Es decir, que allá también
lloverá, aunque de manera un tanto más planificada, como
aquellos dolores de cabeza que Roque Dalton padecía en
el socialismo.
Otro debate, acaso de mayor interés que esas
negociaciones, es el desatado por Roberto Canseco,
retirado oficialmente hace apenas tres semanas, quien
declaró que un porciento considerable de los peloteros
de las Grandes Ligas acudía sistemáticamente al uso de
esteroides. La tardía autocrítica de Canseco (después de
Kindelán, el cubano que más jonrones ha bateado en su
vida) ha puesto sobre el tapete el tema, espinoso en
aquellos lares, de la pertinencia, o no, de realizar
pruebas antidoping, y de si sus resultados deben ser
hecho públicos.
El tercero, que tuvo su epicentro el pasado mes, y que,
por el momento, parece apagado, es el que provocó la
noticia, filtrada en los medios, de que el receptor de
los Mets, Mike Piazza, era homosexual. Piazza se
apresuró a desmentir la información que, al parecer,
tenía su base en las declaraciones del editor de la
revista Out, Brendan Lemon, quien escribió que
estaba manteniendo una relación con un jugador de
Grandes Ligas. No dio el nombre del jugador, pero dijo
que era de uno de los equipos de la Costa del Este, y no
era la estrella de su equipo, pero era un buen jugador.
Contradictoriamente, Piazza sí la estrella de su equipo.
Más allá del chisme, lo interesante del caso fue dicho
en un excelente artículo de Bill Konisberg, publicado
por ESPN, del cual reproduciré algunos fragmentos:
Si Piazza fuera gay y
si hubiera decidido el martes para anunicarlo
públicamente, ¿hubiera significado el final de su
carrera? ¿Hubiera podido sobrevivir la presión y la
atención? Sólo dos jugadores, Glenn Burke y Billy Bean
han dado a conocer que son homosexuales, pero los dos
después de haberse retirado del béisbol. Lo mismo por
Dave Kopay y Jerry Smith, que jugaron en la NFL.
(...)
Para muchos de los
aficionados sería difícil asimilar que uno de sus
jugadores favoritos les gustan los hombres en vez de las
mujeres. Para otros, es un tema que no tiene un lugar en
el debate público. Y para los que son homosexuales, la
falta de jugadores que han admitido su sexualidad sigue
siendo un punto frustrante.
Y de acuerdo a los
estudios realizados por el Kinsey Institute que dicen
que el diez por ciento de la población es homosexual,
debe haber más que sólo un jugador homosexual. Hay 750
jugadores en las plantillas de las Grandes Ligas, si el
estudio es correcto entonces hay 75 homosexuales en las
Mayores en estos momentos.(...)
Entonces ¿por qué no
hay más gays en las Mayores? Obviamente, el jugador
perderá ingresos por la ventaja de su imagen, ya que
existe la percepción que el estadounidense no quiere ver
a un homosexual promocionado productos. Segundo, las
críticas que recibirá de los mismos jugadores y de los
aficionados en los campos.
¿Hubiera problemas
dentro del mismo equipo? Quien sabe. Quizás al principio
sí, pero después de un rato el resto de los jugadores se
van a dar cuenta que su compañero sigue siendo el mismo
que antes. Un día alguién tendrá el coraje de declararse
gay ante el mundo mientras que sigue jugando en las
Grandes Ligas.
¿Cuántos jugadores hay en nuestra Serie Nacional?, me
pregunto ahora. El silencio que, en este y otros campos,
mantenemos sobre este asunto, ¿favorece el respeto a la
intimidad de nuestras figuras públicas, o puede estar
dañando el reconocimiento auténticamente popular a
formas de la sexualidad aún marginadas, condenadas, en
amplios estratos de nuestra sociedad?
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