La Jiribilla | CALLE DEL OBISPO                                                           
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER 

EL GRAN ZOO 

PUEBLO MOCHO 

CARTELERA 

BUSCADOR 

LIBRO DIGITAL 

•  GALERÍA 

LA OPINIÓN 

LA CARICATURA 

LA CRÓNICA 
MEMORIAS 
EL CUENTO 
EN PROSCENIO 
LA FUENTE VIVA 
Otros enlaces 
Mapa del Sitio 


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

VERSIÓN PARA IMPRIMIR

BAJANDO POR CALLE DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE

IX - PUERTAS CERRADAS
Reinaldo Montero

Sales del café Europa por la Calle Del Regidor Don Pepe De Aguiar, aquel que durante el sitio de La Habana por los ingleses mandó tropas apostadas en El Cerro, y aquí queda el testimonio hecho calle, calle que también llamaron De Las Damas. ¿Damas? Solo manejadoras fugaces, y ni una maestra acompañada por algún alumno o familiar que vaya camino de la escuela. Tampoco es la hora ni la zona para dar con alguna de las putas que se asoman a las ventanas de las cuatrocientas cuarenta casas de tolerancia, ni con las muchachas del asilo para huérfanas que a ratos son sacadas en exhibición, que de ahí provienen las cuatro quintas partes de las vacantes, aseguran los que saben. Y las señoras de su casa, con batas amplias y ligeras, a perfumarse para la intimidad del bisabis, ¿y qué ponerse para dilatar la figura durante el paseo de la tarde?, porque la carnosidad es el canon de belleza, ¿y cuál de los baños escoger ahora que terminaron los meses con erre y viene el verano?, ¿los baños de San Lázaro?

Johnson's Drug Store. ¿Aquí se reunió Garibaldi con conspiradores y pañuelo rojo al cuello?, ¿o fue en la farmacia de San Ignacio? Garibaldi se había entrevistado con Cirilo Villaverde en Yanquilandia, y acarició, palabra que siempre se usa para el caso, traer una expedición a Cuba, y por tantear el terreno, vino de incógnito, con su seudónimo de La Joven Italia.

Y un niño pasa corriendo, y otro, otros, y van entrando al colegio La Gran Antilla, lo dice un cartel con letras de pretensiones serias. ¿Así evitan la palabra Cuba? Y los niños tropiezan con los tres hombres que conversan, que te parecen muy avejentados, y siguen su carrera.

En este país se ha perdido la educación, el respeto, la decencia. Son niños. Son monstruos que el delirio maternal ha conducido a tiranos de la familia y en la calle siguen avasallando.

Y los niños no paran de entrar al colegio La Gran Antilla.

El Fígaro terminó de publicar La Buscona, y empezará El Preso, comenta un joven a tu lado con esa manía habanera de no indagar si lo que se va a decir in-teresa al que escucha. Lo miras solo un instante, como hiciste alguna vez con ese par de novelas zolescas de Eduardo López. Y mañana darán un almuerzo a Rubén Darío, por Azul. Lo imaginas en medio de paredes con cenefas Azul Habana, en el restaurante París. Pasado mañana le tocará su almuerzo a Fray Candil, que se va para España. Que coma paloma, que da sangre caliente y cálidos pensamientos, y que evite la cebolla y el ajo para que mantenga la palabra süave. Ayer fue la presentación de Lola Rodríguez en el teatro Tacón, y recitó versos calientes, ya usted sabe, /Cuba y Puerto Rico son / De un pájaro las dos alas, / Reciben flores o balas / En el mismo corazón,/ y Weyler dio una patada en el piso del Palco Presidencial, que se oyó, y dijo, esto es una burla, una ofensa, una provocación, que también se oyó, y en el palco lo acompañaba una de esas jóvenes que lucen vestidos blanco y azul con pelo suelto, y esa muchacha lo regañó con voz exquisita, puedes creer que no, que no hay ni burla, ni ofensa, y mucho menos provocación, cómo se te ocurre, y cerró el pericón y le asestó un tierno abanicazo en la pierna, que también se oyó, y el trácata del abanico contra la gabardina esfumó cárcel o cargos o ambos. La guerra convertida en plácida comedia, damas queriendo ser visitadas. Y cuando le vas a comentar algo, el hombre sigue su camino. Te le quedas mirando. ¿Y si es Escoto? Escoto, el lector de Castelar, va a casa de Pichardo, recoge una recomendación, parte para Yanquilandia, la exhibe ante la roja cara de Enrique Dupuy de Lome, el embajador de España en Washington, que está ordenando las primeras notas para su libro De Madrid A Madrid Dando La Vuelta Al Mundo, y mientras Dupuy de Lome la lee, Escoto sustrae una carta privada donde el embajador dice que el presidente McKinley es tan débil como populista, y The New York Journal la publica para el consecuente escándalo. ¿O ya comenzó la guerra con Estados Unidos? No, antes tiene que estallar en la rada habanera un acorazado llamado Maine, y antes Gómez debe iniciar la campaña de La Reforma, y antes morirá Maceo. Silencio Habana.

Y en silencio, a tu espalda, los transeúntes pasan. Cada uno con su peculiar esperanza impróspera, con la sospecha de que su humanidad revelada no es más que una pequeña parte de lo que le arde en el pecho, porque es mucho lo pospuesto, y demasiada la desdicha sucesiva, y quizás ya no quepa hacer nada, y menos si siguen corriendo los minutos, y miras al cielo, y una nube que parece gorrión, se va volviendo perro, y luego será otra cosa, hasta que un singular minuto desista de pasar.

Sigues bajando. ¿Por aquí no trabajaba el Fiscal de la Real Audiencia Pretorial de La Habana? Una tumba olvidable. Juicios, fiscales, cadalsos. Falta menos de media hora para llegar al edificio de oficinas.

Y Calle Del Obispo se llena de jóvenes de finos bastones y cuello al estilo autonómico, que es la novedad en elegancia. ¿Son socios del distinguido Casino Español, o del Club La Divina Caridad, o del Progreso De Jesús Del Monte? Lo único cierto es que ya ha sido proclamada La Autonomía. Y de punto en blanco, al margen de las modas en el vestir, no en la política, ves al culto don Luciano Pérez de Acevedo, que ama la frase de Antonio Maura, hay que examinar la situación vestido de blanco, y es tan canario y admirador de Galdós como Maura, y tan amante de las cosas del mar y de pintar acuarelas como Maura. Y un niño pasa corriendo rumbo a La Gran Antilla, y pisa un charco. ¿Dónde estás, Herodes?, dice don Luciano de blanco y fango, y así, maculado, desaparece.

Desaparece también el fanguisal. Ahora hay adoquines, y escándalo por el acero que ciñen las ruedas de los coches. Los habaneros tendrán que hablar más alto. Y escuchas por primera vez música. ¿Del salón sonoro de Anselmo López? Es música de instrumentos aplatanados, de tocadores de orquesta de bemba, de marimberos alcohólicos, de mariguaneros maestros de bailes sensuales y proscritos como el danzón, de faranduleros que orondos desentonan después de arrastrar una noche completa hasta la luz del día, culpa de El Suplicio De La Diosa del teatro Irijoa, y de los cuadros vivientes en sitio que saben los que saben. Oculta Habana.

Delante de ti aparece un viejo con vestiduras en verde y amarillo. ¿A usar su lengua viene? No soy mercader de enigmas, quiero trocar lo malo por lo menos malo, no creo en promesas imprudentes, te toca arrostrar palabras junto con esos visajes involuntarios que agradan a las putas, y no te tortures tratando de saber cómo son posibles ciertas cosas, vivir es ya demasiado, mi nombre es Orula. Y bajo el brazo de Orula, el tablero de las adivinaciones que se robó, según unos, o negoció, según otros, bajo una palma, según todos. ¿Puedo preguntar?, dices. Antes de que arrancaras a caminar esta calle, consulté, se me hizo clara la tempestad de discordias y odios que solo servirán para que el siglo que entra se entretenga sacando cuentas del desastre, sin entender esta Habana. Y Orula sigue su camino. Y detrás, pasan una hija de Ochún lacrimosa, y un santero de la regla de Ocha sonriente, y un cura sudado que maldice. Pasan mirándote, saben que en otro libro tendrán sitio.

Los adoquines se transforman en asfalto, y ante ti aparece un edificio que aplasta. Banco Nacional De Cuba, o The Trust Company Of Cuba, para pensar con propiedad, sin propiedad. Y mirándolo cruzas una calle que se llama De Cuba, Tautología Habana II.

Prefieres que se hubiera llamado Calle De La Campana, o De La Fundición donde estaba la maestranza y su campana. Y regresan los adoquines, el edificio se esfuma, da paso a la amplia casa del opulento gaditano don Joaquín, un negrero que acumuló riqueza con el tráfico clandestino de piezas de ébano. Pero ya ha muerto don Joaquín, ¿en qué tiempo estás? Escucha a los tres viejos que conversan.

¿Qué falta por padecer? Weyler va a decretar la Reconcentración. ¿Un nuevo desastre? Los habitantes de los campos, escudados tras el blasón de inofensivos, son insurrectos de fila, o se suben a las palmas para servir de centinelas, o colocan en los caminos palos inclinados como indicación secreta, o engañan a nuestras columnas con falsías astutas, por eso, se concentrarán con sus familias en los pueblos ocupados por nuestras tropas, y dentro de las líneas fortificadas, es el modo más eficaz para que se acabe la guerra, según explica Weyler. Empezará el hambre. Nunca un hombre fue tan bien escogido como el general Weyler para representar en estos tiempos a la España de Felipe II. Ni una choza romperá, con el oscuro de su techumbre, la monotonía del paisaje, ni una res pacerá en las praderas que convidan, ni un ave alterará con su canto la soledad, así ha dicho el poeta Weyler. Horrible para los de abajo y para los de arriba. Lo que nos cuenta es la ruina más completa. Lo será, lo es, acaba de salir el bando.

Y zanjas De Weyler circundando las antiguas murallas, gente hacinada en esos fosos. Las casuchas pegadas a la puerta de Monserrate parecerán palacios. Y una vez al día, a cocer el rancho con un hueso pelado y garbanzos flotando, y que los familiares de insurrectos no tengan derecho al piscolabis, que soldados de la patria pasan hambre. Los cuerpos magros hasta lo inverosímil, o abultados hasta lo inconcebible por la hidrohemia y los parásitos. Y los reconcentrados invadiendo las calles, buscando limosnas, sobras, buceando en los tachos de basura. Ahí los ves, ¿o esos buzos son de otra época? Espanto Habana.

He visto al ganado hambriento arrasar con los cangres de yuca recién sembrados, con el boniato agrio, con los retoños de la caña cortada en diciembre. Virgen Santa. También los soldados españoles son de ampanga, por donde cruza una columna, es como si pasara Aníbal con sus elefantes, ni la hierba vuelve a crecer. Lo de la hierba traumatizada era con el caballo de Atila, si no me equivoco. Lo que digo, señores míos, es que las columnas no persiguen mambises, sino el sustento. Mal que nos pese, es desafuero explicable. Explique también porqué al ganado imposible de cargar lo matan y desjarretan para que los calores lo pudran, y lo que les cuento es nada, lo que nos espera es de pánico.

Enemigo Rumor trae que Gómez dijo, cuando ocupamos aquel ingenio con tan portentoso laberinto de maquinarias, y aquel palacio que era otro dédalo de lujos y comodidades, confieso que quedé abismado, dudé de la pureza del principio que sustento, pero cuando llegué al fondo de la cuestión, y palpé al lado de aquella opulencia tanta pobreza, ah, tiempo miserable donde no fructifican hombres honrados, qué indignación, quemar era justo. Amigo Rumor dice que es increíble como hay gente aseverando que la caña coge candela por culpa de esta seca de El Diablo, cuando la culpa es de El Demonio Máximo, que es un pirómano.

No quedó nada, ni una casa en pie, ni las de mampostería, el pozo fue cegado con las piedras del brocal, lo he visto, sobrevivió si acaso una gallina que anda-ría echada vaya usted a saber dónde, las que picoteaban por el batey, ni las plumas, en fin, prosperará el anamú con tan buena sombra de vigas, hasta las empalizadas fueron barridas. Me imagino que haya barrido usted el respeto que sentía por Gómez. ¿Dije que lo respetaba?, jamás. ¿No habrán sido los plateados? Fueron los mambises, porque los que desertan para bandolerear sin control roban, no queman. Entonces solo los insurrectos acaban con la quinta y con los mangos. Cierto, no quedó ni mango verde. Mambí, bandolero, insurrecto, plateado, criminal, es lo mismo. De acuerdo. Cómo ha cambiado usted. ¿Cambiar yo?, jamás.

Y cruzas una calle que va a la iglesia y convento de San Ignacio de Loyola, que antes de ser vía hasta los ejercicios espirituales, fue Calle De La Ermita. Y en el espacio que ves, lleno de escombros, debía estar la imprenta de La Gaceta Oficial. Ya tuvo que ocurrir el incendio. ¿Y por qué no hay hervor de cantos de clausura? ¿Dónde está la cruz en la fachada /de las monjitas clarisas, / tan delgadas, / tan menudas, / cuasi poetisas?/ Solo ves la abaniquería Galatea de la obesa francesa Carolina Gardel. Porque el sopor del calor, de la calor, de los calores y de las calores, hay que traducirlo en zalamería, no solo en transpiración.

En cuanto pueden, los soldados que vienen de España se fingen enfermos. Blasfemia. Están locos, ¿juntarse en los hospitales con los infestados?, ¿entrar en esas antesalas del cementerio? Lo mismo pasa con los reconcentrados. Amigo extranjero, no hay medida más sabia que la reconcentración…, Eso sí es una blasfemia. ,…así lo ha dicho Weyler, quien blasfema es él. Qué de banderas negras en ventanas y balcones. Negras, rojas, amarillas, que no es solo viruela, también hay sarampión y fiebres extrañas. Y la viruela benigna que llaman china, el beriberi y la disentería, que no tienen gallardete, sino La Habana fuera una verbena sin fin. No he visto gente más bruta que los médicos, se empeñan en curar el cólera y el tifus a la europea, y ahí es cuando te matan. Conozco a un excelente curandero. Nosotros podemos darnos con un canto en el pecho, la regla en esta isla es morir por bala o por hambre o por pestes, y siempre joven. Siento un calor insoportable, mañana salgo de mi casa con una penca aunque sea de guano.

Maceo transpirando, porque El Coloso De Cuba, El Paladín, El Corazón Grande Y Sin Par sudaba, lo atestigua una chaqueta que se conserva, muy oscura en la zona de las axilas. Era un hombre. No es rumor, es verdad.

Y silencio de muerte. La muerte es Antonio Maceo muerto, son las mujeres que no has visto vestidas de luto, recibiendo insultos de Los Voluntarios, y es el sentimiento de catástrofe, más que de muerte, y puertas cerradas, espejos cubiertos. Y bulla ensordecedora, campanas al vuelo en iglesias y parroquias, gritería de soldados, que se acabó la guerra, que el negro murió, y un canto, lo escuchas. /Con las barbas de Maceo / hemos hecho las escobas / para barrer los cuarteles / de las tropas españolas./ Fue un hombre, fue, es rumor compartido por amigos y enemigos, así que es muy verdad.


 Anteriores Bajando por calle del Obispo

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2002
 IE-800X600