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BAJANDO POR CALLE DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE

XII - MERCADERES & PLATEROS

Reinaldo Montero
 

Cruzas el fango, de nuevo fango, de una calle bulliciosa y de burgueses con narices hundidas en sus cuentas, pensando en mejoras para el sistema tributario, objetando privilegios, pidiendo que se abran las puertas a la libre concurrencia, deduciendo cómo teñir de negro las telas pasadas para que el comprador confíe, porque el cielo arreglará los destinos, pero el dinero compra la suerte, aunque proporcione un minuto de contento a cambio de la obstinación semanal, y bisuterías a cambio de la vida entera, y muy pocos racimos a cambio de destruir la viña. En fin, que pisas la Calle De Los Mercaderes, que también pudiera evocar a un hombre de buró corpulento, y ese hombre, después de disfrutar la fascinación cotidiana de las cifras, hace danzar su Mont Blanc sobre papel ecológico, que ahí han venido a parar, a seguir, los mercaderes. ¿Y qué escribe? Escribe que un cruzado fue moneda de Castilla con cruz en el reverso, no otra cosa, que un noble fue moneda equivalente a ocho peniques, no más, que el dinero es el mejor soldado porque siempre marcha adelante, que las ganancias crecen en virtud de las pérdidas, que la mujer del usurero tiene que parir divisas, que el ejército norteamericano es bien recibido porque el cubano considera cuanto venga de afuera como lo mejor.

A un lado, rápido, el charco. Saltas, y el agua no te toca. Y la berlina se de-tiene. El látigo restalla, los caballos reculan.

Es de las berlinas que regresan por Carlos III, doblan por Belascoaín, toman San Lázaro hasta el costado de la cárcel, entran a intramuros por la puerta de La Punta, a Calle De Cuba, a Empedrado hasta el costado de La Catedral, y mueren en Calle Del Obispo. Muerte.

Solavaya, dicen a tu lado, porque la berlina se ha convertido en carroza fúnebre tirada por tres parejas de caballos negros, y en el pescante, dos Zacatecas, que así llaman a estos empleados de pompas fúnebres, con sombreros bicornios y trajes de desecho venidos del virreinato de México, mandados junto con el tamal de maíz y el zapateo guajiro. Y la carroza echa a andar, y detrás pasa un milord, dos cupés, tres duquesas. Es muerto grande, de caravana respetable. Y ya, nada más pasa. La Habana queda. ¿Y quién ha muerto? Quizás sea alguien que sobrevivió a su gloria, a la pérdida de un hijo, a la existencia penosa como prisión, o como Paraíso si se compara con el temor que le infundía la muerte, o quizás sea alguien contra quien exclaman, ha muerto el perro, porque vivió en infamia, y la infamia lo sobrevive, y el cielo no lo llora, y en la muerte lo siguen golpeando, ¿o no arrecian disputas entre parientes por lo que acopió el insecto muerto?, que ahora parece un cordero, o quizás sea alguien que muerto es simple hombre en descanso, sin mérito ni demérito recordable, aunque haya desempeñado alguna vez algún papel, y ni un signo en el aire por este mendigo de la muerte, o quizás sea un niño, que dormirá en lo profundo de una tumba, demasiado muerto.

La Habana vive. La Habana que fue de nueve personas por edificio, de nueve-veces-nueve familias por cada treinta moradas, de siete veces nueve-veces-nueve casas a recibir agua del acueducto de Albear.

A mi modo de ver, La Habana no parece una ciudad española, y tampoco imita a ciudad europea o americana, y se le ve cierto encanto levantino, nunca oriental, aunque ande en la tónica de Damasco, de las ciudades del Asia Menor, pero no, La Habana es de casas abiertas, de salas sin vestíbulos, con sillones que se balancean parsimoniosos, invitando a sentarse, a remecerse. País de vagos e indolentes. Y en las paredes santos. Sí, porque el anticlericalismo prefiere las imágenes en casa, no en la Iglesia. No creen ni en su madre, ¿tengo razón?, mire cómo se ríe este. Lo que sí no se ven son libros, si acaso tendrán uno, o alguna pequeña colección, no biblioteca. Le explico, desde que España se asentó en esta tierra, tuvo por peligroso al hombre que lee. No exagere. No exagero. Lo que pasa es que aquí reina, por ley natural, la ignorancia y la ignominia, o sino observe al que acarrea ese bulto, que seguro contienen toda su hacienda, vea la cabeza inclinada, los ojos clavados en la tierra, postrado en cuerpo y alma, pregúntenle algo y le responderá con una frase servil. No puedo evitar admirar ese encanto de casa, las ventanas amplias, el medio punto en lo alto. Qué horror el tamboreo, la gritería. Es vida, La Habana hierve de bullicio, y cambia, en los teatros estrenan y estrenan, como si acabaran de descubrir el arte sin censura, en las calles la gente se mira al rostro, hay nuevos nombres, por ejemplo, el café Los Buenos Mambises, o el almacén de víveres La Libertad Plena. Con especialidad en importaciones norteamericanas. Y las mujeres saliendo de sus casas, cantando. Por cierto, no he conseguido ni una sola colección de canciones. Lo dicho, país de vagos e indolentes.

No ves ni mujeres, ni fiestas. Dónde se ha metido eso que cuentan de la alegría, de que dos personas sin conocerse se abrazaban, hasta se cargaban, y que aquello era un tira tira de sombreros al aire, un escándalo de pañuelos al viento. Claro, hoy no cabe tal alboroto, hoy es el día del traspaso de poder. La bandera de Estados Unidos se izará en lugar de la española. Prohibida cualquier manifestación de regocijo. Eso de que se grite viva Cuba Libre mientras se elevan barras y estrellas, cuando menos no hace sentido. La ceremonia deberá ser solemne, es decir, no alegre. Tristeza Habana.

Tristeza, trista sola. La tristeza del peregrino que cumple votos en Jordania de Jaffa a Jerusalén, o en La Habana de El Rincón a la Iglesia de San Lázaro, y siente bajo los pies descalzos arena o asfalto quemantes. La tristeza de una mujer que lava sus cabellos en día caluroso queriendo huir de sus íntimos vapores, y luego se pone al sol para secarse y el fuego se le aviva. La tristeza del halcón atrapado después de echar la última pluma, ahora encapirotado, soñando volares, o la del halcón inútil para la cetrería, que es lanzado por última vez con un silbido y queda por siempre buscando una presa falaz. Símiles y analogías rudimentarias. Falta un manojo de panacea y dos de olvido para purificar la Isla, y el compuesto contra el mal del Mediterráneo llamado Kala-azar, que hace fugar los humores, o la píldora de antimonio, de esas que van de generación en generación por los intestinos, y sobreviene la purga, y luego, a recobrarla en el orinal, a lavarla para la próxima vez, y así hasta el fin de la familia, del mundo, que conforme el antimonio purifica el oro, también purifica el cuerpo y el alma. No, la Isla no se puede arriesgar con auxilios de médicos homicidas, devotos de las probabilidad, y que vengan fármacos de boticarios, intervenciones manuales de enfermeros, cosmética de pompa fúnebre. Cuando la enfermedad se extrema, el único remedio es la disolución. Isla aprisionada, pez en la red, que también es emblema del apetito carnal, y de la impotencia.

Y dicen que una cometa, un papalote enorme con los colores y la forma de la bandera cubana, se empinó con la buena brisa por encima de la ceremonia, por encima de La Habana, y allá en el cielo permaneció.

¿Y ese señor Gómez quién es? Un hereje. Le enseñó las primeras letras un cura de pueblo que era amigo de la familia, aunque siempre ha dicho que la gente de sotana tiene ideas atrasadas. Hereje y desagradecido. En la curia hay de todo como en botica, mientras un capellán abofeteaba al reo que iban a fusilar, el padre Félix Varela tenía ideas con pantalones. Y se mantiene joven. ¿Quién? El mambí Gómez. Joven y siempre dispuesto a las fuertes impresiones, por ejemplo, en música prefiere el clarín y el tambor, ama los salones donde se limpia el armamento, y tiene por gran gala al traje de campaña. Hereje, desagradecido y maníaco, ¿y usted lo admira? Más bien lo compadezco.

Te asalta un ruido chillón y áspero, sonido de herramientas, ¿plateros?, ¿serán los hermanos Tabares, los venidos de México que viven en el N°7, antiguo 5½? No, ahí queda el taller de don Jerónimo de Espellosa, el viudo de la bayamesa Ángela María, que acaba de terminar una cruz de casi dos metros, cien libras de tejido de plata, cuatro años de trabajo, dos mil ducados de paga, y por culpa de las monedas mexicanas que cubren los clavos de la base y del propio don Jerónimo que no firmó, se la van a atribuir a plateros novohispanos.

Y ahora, antes de que parta rumbo a la iglesia parroquial de San Marcos en Tenerife, la cruz que puede ser vista en Icod De Los Vinos, es observada por gente del gremio. Ahí están Juan de Oliver, algo cansado, que contrasellar monedas cansa y apenas da para comer, y Diego Rodríguez, el mudo, que ni gesticula, y Diego Lara, el síndico que viene de hacer alguna bisutería para el monasterio de San Francisco, tan mala paga como son, y José Escobar, que vive por donde se levantará el hotel Ambos Mundos, así que lo pasaste, lo que no pasa es su custodia procesional con soles en ráfaga, que en España será imitada hasta la saciedad, cosa que a él le tiene sin cuidado, y está también el platero más antiguo de la isla, de nombre desconocido, que fue arruinado por el ataque de Jacques de Sores, que de no haber caído esa desgracia hubiera llegado otra, y dos esclavos, también sin nombres, aunque de manos diestras e imaginación rara, y están otros plateros que suenan menos, porque hay trescientas personas dedicadas a la platería. Se acabó el mirar, el barco espera, dice don Jerónimo y se aparta para que los cargadores enfunden la cruz en paño negro, la amarren con cordones de seda, la introduzcan en caja enorme, y adiós. Don Jerónimo está convencido, algo se fracturará, ojalá que en Tenerife haya un aceptable platero remendón, bah, qué importa, y mascullando esas preocupaciones desaparece taller adentro, sin caer en la cuenta de que olvidó estampar su firma. Desdén Habana.

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