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BAJANDO POR CALLE DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE

XIII - PALACIO DE LOS CAPITANES GENERALES

Reinaldo Montero
 

En el cielo hay sol avivándose, y más abajo faroles de gas. Los trajeron de Burdeos, te comenta un hombre a la manera habanera, la misma que usó Escoto antes de partir para sustraer la famosa carta. No es buena hora para mirar la llama temblorosa, piensas, nada dices. Qué atraso, ya eso está superado por lo que llaman luz eléctrica, que se enciende y apaga sin fósforos y sin soplar, y a distancia, mediante un objeto denominado conmutador de corriente. Y el hombre que comenta pasa, y pasa un pelotón de Voluntarios, van a relevar la guardia de Palacio con banda de música, marcialidad andaluza, y cantan, van cantando el pasacalle Niña Pancha, /Que esa cigarra / maestra de las labores / ya se le vio en la calle / tan renombrada / de Embajadores. / Los Voluntarios se alejan.

Y desde el medio de Calle Del Obispo, observas columnas desnudas que sostienen arquitrabes desnudos. Y al fondo, rodeado de maestros canteros y aprendices, hay un hombre con tricornio, encajes de Flandes, donaire que seguro llaman napolitano. No cabe duda, es mil setecientos noventa, y es el Capitán General don Luis de Las Casas, el tenaz vizcaíno que luego de guerrear con Portugal, de pasar seis años en La Louisiana, de servir en Rusia bajo las órdenes de algún Romanof, más campaña de Argel, sitio de Gibraltar, toma de Menorca, viene a vérselas con este caos de colonia ,que La Perla De Las Antillas tiene que ser eso, una perla. Parece que don Luis, en este instante, calcula a ojo la monta de un arco trilobulado, el ornamento más exquisito imaginable en materia de cantería, si se tiene en cuenta la indocilidad de esa piedra conchífera y porosa. Ni el más ilustre maestro de obras pudiera exhibir la mitad de su arte con cantos tan groseros, ha dicho alguna vez. Y también ha dicho que un gobernador es como el albañil, que con instrumentos da la medida y la galanura. Y cuánto falta por hacer en esta isla, no dice, se cuida mucho de decirlo. Y de pronto, don Luis se siente observado, y te mira. Le sostienes la mirada. Qué vicio habanero, ese de mirar derecho. Y el ingenio de palancas y poleas va elevando el pedrusco que será el orgullo de El Palacio De Los Capitanes Generales. Il Palazzo, de risa, quién ha visto casa palaciega en roca viva, como esculpida en diente de perro, o especie de cueva, y sin pintura porque sería el summum del oprobio darle color a este mar de oquedades y asperezas, por poco dice. Lo entiendes, la lenta Europa no supo de la piedra expuesta hasta bien entrado el diecinueve, así que un hombre fiel a los gustos del minuto, tiene razones para no entender. Algo replican los ojos de don Luis.

Los que aman las agudezas prefieren discutir, a mí me gusta concordar, y en cuanto a Cuba, por si te interesa, aún encuentro resistencia en un reducto de mi alma, me siento atormentado por pasiones contrarias, y para más desazón, cuando observo la casa que tienes a tu espalda, no evito admirar la combinación de falso despiezo con líneas incisas sobre el repello, y cómo me agrada el azul de la cenefa que rodea el balcón, el blanco sin mácula de las paredes, los meandros que presagian la ondulación de las tejas, me gusta esa casa, mucho, pero solo mirarla, no es residencia para hombre de rango, que el alto cargo exige alto sitio donde colocar alto sitial, por eso necesito un palacio de fábrica sólida que promulgue, aquí dentro está, que desde fecha tan lejana como mil quinientos cincuentiséis años del Señor, dispuso Nuestro Real Soberano que fuere La Habana residencia oficial de los gobernadores de La Ysla, por ser lugar de reunión de las naos de Yndias y la llave dellas, y tal parece que nadie se había detenido a pensar en uno de los usos más corrientes de la palabra residencia, así que estoy erigiendo la casa de gobernación en esta ínsula de dejadez, aunque no llegue a palazzo, y mandaré que editen un periódico, aunque empiece por ser hoja callejera, y afinaré esa sociedad científica que anda por ahí, aunque los naturales de esta colonia no sepan ni con qué letra empieza la palabra ciencia, y con esas, mis obras, haré que el siglo diecinueve cubano se adelante diez años, y ahora, que observo con cuidado el aplome con la caja muraria, me parece dudosa la monta del arco, quizás debieran reforzar el arquitrabe antes de adosar argamasa, qué horrendo, esta piedra chusca es digna de amurar cárceles, no casa palaciega, y sí, al fondo instalaré la cárcel, porque además de periódico y alguna oscura idea de lo que es ciencia, en los siglos venideros este país necesitará mucha cárcel.

Y los muros se interponen entre don Luis y tú. El palacio es un hecho. Y a un costado, la puerta del Cabildo, para que vayan bien hermanados gobernatura y casa consistorial, regencia y cháchara. Y cada miembro de ese ayuntamiento, a sentarse en cómodo sillón, con pajilla, madera combada, y el escribano atento, presto a caligrafiar lo que Sus Señorías dispusieren, y a amontonar después lo dispuesto papel sobre papel, que así se ha hecho, al menos desde mil quinientos cincuenta, porque el amontonamiento anterior, se convirtió en humo. Respiración Habana.

Ahora lo notas, han colocado dos cuerdas que impiden el trasiego de la calle, por tanto está el Cabildo sesionando. Que nada moleste mientras la mitad duerme y la otra mitad distribuye entre durmientes y despiertos las contribuciones, hubiera comentado Enemigo Rumor.

¿Y qué dicen estos tres viejos que no cesan de cabildear, ni siquiera ahora que debe hacerse silencio frente a El Palacio De Los Capitanes Generales?, ¿o estás en otro tiempo?

La historia es calcomanía y fariseísmo. No la vivida. La vivida y la por vivir. La historia es Gómez entrando a esta Habana el veinticuatro de febrero, y diré más, yo fui un autonomista convencido, aunque ustedes pudieron darse cuenta en nuestras muchas conversaciones a lo largo de años, que siempre simpaticé con los mambises, eran unos buenos muchachos. Qué caro nos cuestan. Siga usted. Y ahora Gómez ha dicho, vengo a poner mi corazón para que surja, con el esfuerzo de todos, La República de Cuba, ¿comprenden?, esa frase me incluye, me da una oportunidad, si, todo en mi fue y en mi patria será. No sé si son sentimentales o simples cambiacasaca estos cubanos. No me importan sus ofensas, siento en mi pecho la llamada de un deber mayor, porque la historia vive, anda por las calles, es Gómez, y es también Sanguily, y es Juan Gualberto, que fue el hombre de confianza de José Martí. No me venga a hacer la apología de un negro. Martí le escribió a ese negro, mi corazón usted lo sabe de memoria, como que no tiene más que ver el suyo. Dios los cría. Siga usted. Juan Gualberto era el eje de los conjurados habaneros. Lo dicho. ¿Ustedes supieron de la peña mambisa del café Europa? Yo, sí. Yo, jamás. Existió, como existieron las tertulias de El Fígaro, donde celebraban aniversarios de batallas. Qué atrevimiento. Como ahora lo hacen en El Anón Del Prado, porque habrá paz, Patria todavía. La patrie ou la mort. Siga usted. Y cuando la muerte de Martí, La Habana Elegante sacó su retrato, sin pie de foto, claro, y en la crónica social de ese día, las burlas entre líneas tuvieron lo que se llama un sabor amargo, y en cuanto a Juan Gualberto, qué manera de moverse en las sombras. Sin mucho esfuerzo el negro. Más respeto. Caballeros, por favor. Y Manuel Sanguily, arrestado, y Manuel de la Cruz, renunció a libros, a sus papeles, aunque estaba exhausto por la tuberculosis. Suena demasiado romántico. Es demasiado cierto. Siga usted. Y Enrique José Varona fue a dirigir el periódico Patria a Nueva York, y Esteban Borrero… Ese Borrero fue descendiente del conquistador Pizarro, pero de casta no le viene al galgo. Permítame decir que aparte de heredero de cualquier cosa, no he conocido persona de más talento que Esteban Borrero, y es padre de seis mujeres de valía extraordinaria, en especial Juana, la segunda, que algunas de las composiciones de esa joven llena de ansias, están entre las más sugestivas escritas en castellano. ¿Poetas?, ¿poetisas?, la peste, ¿y en Cuba?, déjeme reír, que según don Marcelino Menéndez y Pelayo, que debe tener cayos en los dedos de pasar hojas, en esta isla se hacen versos sonoros que pueden fascinar en la recitación y aún en la primera lectura, pero carentes de valor intrínseco. Los españoles son un caso, en la enciclopedia Espasa-Calpe, copy right 1917, depósito legal 1966, colofón de imprenta 1972, aparecerá aún, José Martí, cabecilla y literato cubano. Esta conversación no es seria. Serio es que Esteban Borrero fue mambí des-de adolescente, y que Juan Gualberto… No saque más al negro, cada vez que lo veo con jipijapa, traje de dril y leontina, Virgen Santa, un negro miembro de La Asamblea De Representantes, por suerte no frecuentamos los mismos lugares. Pues ese negro y Manuel Sanguily van a elaborar La Constitución para la futura República, y despedirán al extranjero. Los trabajos de Hércules serán bobería. Búrlese, pero es cierto, han planeado una jugada de altos quilates, conseguirán un empréstito en los Estados Unidos para licenciar al Ejército Libertador ofreciendo como garantía las rentas aduanales de la futura República, y así precipitan el tránsito a la independencia, porque los prestamistas no pararán hasta arrancar a McKinley el cumplimiento de la Joint Resolution. No está mal pensado, estos hijos nuestros han heredado luces. Lo que no me gusta es la idea de licenciar al Ejército Libertador. ¿Está en contra de desarmar a la canalla? Siga usted. Temo que junto con las armas se extinga el sueño de tener República. Me maravilla su capacidad de amoldarse a los tiempos y al lenguaje de los tiempos, usted, como autonomista, tuvo que considerar a Martí un delirante, en el mejor de los casos un iluso, y lo argumentaba con frases del refranero más castizo, y a Gómez lo trataba de viejo decrépito y extranjero, y a Maceo de mulato bandolero, Virgen santa, qué cosa más terrible es envejecer, qué rara virtud es la constancia. Creo que he tenido demasiada paciencia. Por favor, cálmense.

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