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BAJANDO POR CALLE DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE

XV - PERIODIQUEROS Y ESCRIBANOS

Reinaldo Montero
 

Un periodiquero se acerca, oye cómo dice McKinley. Los tres viejos se detienen, le compran un periódico.

¿Qué dice? No traje los espejuelos. Yo sí, y dice, mister McKinley, en su noble afán de desarmar a los cubanos, y en acto humanitario, regalará tres millones. Entonces la táctica fracasó. La Asamblea insistirá en el préstamo. Su admirado Gómez ha dicho que seguirá los consejos de McKinley para cooperar con la paz en Cuba. No puedo creerlo, en el Liceo de Matanzas, en la velada en honor a Gómez, se abrazaron él y Juan Gualberto. Se abrazan, y por la espalda Sanguily se burla de la rústica prosa del soldado. La distancia entre El General En Jefe y La Asamblea es insalvable, solo faltan los improperios. Llegarán. Han llegado, oigan, Gómez declara que los partidarios del empréstito son hombres viles, que él no va a permitir que se trafique con el hambre de los servidores de La Patria. A mí me tienen sin cuidado estos asuntos, pero yo pensaba que Gómez le debía respeto y obediencia a La Asamblea. El Viejo es intocable, y La Asamblea, con impertinencia, pidiéndole adhesión absoluta, ¿estarán locos? No, señor mío, están comandados por un negro y un gacetillero, y a que no imagina lo que dijo su ídolo. No tengo cabeza para imaginar nada. Me limpio con La Asamblea. Dicen que Sanguily citó a Gambetta en su disputa con el asesino de comuneros, conde de MacMahon, aquello de o someterse o dimitir. Es peor, es más que un insulto. Si hace falta un general para fusilar a Máximo Gómez, aquí está ese general, dicen que dijo José Lacret Morlot. Es el fin. Escuchen, La Asamblea destituye a Gómez del cargo de General En Jefe, y El Viejo responde, extranjero como soy, no he venido a defender la causa de la justicia como un soldado mercenario, y nada se me debe, me retiro satisfecho de haber realizado cuanto he podido, y si el pueblo de Cuba me necesitara de nuevo, que cuente conmigo. Hombre, no llore. Entérese, McKinley está contento con el inesperado regalo de Filipinas, y cree asegurar el obsequio que es Cuba enviando la suma prometida a Gómez, que la distribuirá en breve y devolverá lo que sobre. Se jodió La República. Vamos, cálmese.

Estimado compatriota, desde que La Asamblea me depuso, no he escrito más en el Diario que llevo desde el sesentisiete, cuando entré en la conspiración de Bayamo, no me pregunte porqué. Estimado amigo, mire cómo circula la moneda norteamericana, cómo los pitiyanquis lucen cualquier cosa que venga de allá, cómo La United Fruit acaba de adquirir por cien dólares una finca de cien caballerías. Estimado compatriota, la falta de ideales está acabando con el alma cubana, el sentimiento que fue delicado, se trueca en vulgaridad, el arte de la vida cívica se ha vuelto oficio pedestre, y yo sé lo que es el alma cubana, recuerdo que El Delegado me contó que en Tampa, por las mañanas, salía una anciana arrebujada en su mantón camino del taller, se sentaba a la mesa del trabajo hasta que oscurecía, y cuando a la semana cobraba la poca labor que podían sus manos, en un sobre ponía unos pesos para un pariente que estaba preso en Ceuta, y en un segundo sobre otro poco de dinero para uno que estaba enfermo en Cuba, y en un tercer sobre hacía entrar diez centavos para ayudar a la independencia, así era el alma cubana, y ahora hasta dicen que esas palabras de Martí, solo buscaban esquilmar más aún a los tabaqueros.

Oye cómo dice Sanguily.

¿Qué dice? Siempre se me quedan los espejuelos. A mí nunca, y dice, atravesamos un período trágico. No siga. Escuchen, podré reconocerme derribado, pero jamás me harán decir que no es mi dama la más hermosa que ojos humanos vieren. Usted que frecuenta El Anón De El Prado, dígale a Sanguily que un desconocido lo admira. No se lo diré, me dará pena ver que escucha, quiera sonreír, y no pueda. Me congratulo de haber venido a Cuba, de conocerlos, seguro que con fuerte acento ligur, Colón pudo decir en toscano, questa è la più bela terra che occhio umano vedrebbe. Exageraba, como su padre, el comerciante genovés, que piropeaba siempre su mercadería. A que en carne enlatada de los propios yanquis se irán los setenticinco pesos de limosna que da McKinley a los mambises para que inicien Una Nueva Vida. ¿Es cierto que empezarán mañana a repartir? Lo dicen los rumores. Entonces es cierto. Pensando mejor, la historia no es calcomanía ni fariseísmo, es estafa.

Estás en el cruce con Calle De Baratillo, la llena de quincallas, que también llaman Calle De La Contaduría y Calle De La Manzana De Oro, porque los impuestos de los tenderetes hay que pagarlos puntuales en la casa pintada de ocre, aquella que exhibe una manzana sobre la puerta. Y Baratillo es también calle de oficios, de escribanos oficiosos bajo el amplio soportal que es el fondo de la casa del conde Santovenia, que prefirió poner la fachada mirando al mar, no a calle tan barata. Y en definitiva la casona se convirtió en hotel Santa Isabel, y al instante en solar El Reverbero, y la cristalería de los medios puntos se hizo añicos a golpes de desidia, y por los fustes de las columnas, por los muros, hasta por el artesonado, inscripciones de enamorados fervientes, que no ves, como no ves las lucetas rotas. Hay limpias arcadas y vidrios sanos en la casa condal, y no porque haya pasado Eusebio, El Leal Reconstructor, que ya pasará, sino porque aún no ha ocurrido el colapso.

Y a la sombra del soportal, ves a los escribanos frente a sus mesas, atendiendo a demandantes y a enamorados. Ahí están Martín Calvo De La Porta con pelo abundoso y barba rala, el mismo que transformó a Zelma en Selma, y Juan Bautista Borroto con pelo abundante, que convirtió a Bazzi en Bazi, y Diego de Espinosa con sus calzas verdes y su firma repleta de lacerías, que nada transforma ni convierte, sino que pasa el tiempo espiando su sombra, versificando su propia deformidad, y ya que no puede ser un amante, a testimoniar en sonetos su odio a los placeres frívolos. Y hay otro que no identificas, que se ve muy solo, muy concentrado, garabateando como si le dictaran, y en el borde de su mesa, un gato atento a la danza de la pluma, que parece esperando para saltar a la página y pisar, o tal vez sentarse para volver inservible la página completa, gato muy husmeador y prejuiciado, muy relector y receloso, gato implacable que tal vez se engrife, salte a esconderse quién sabrá dónde, demoniaco gato habanero, no de Lausana, que quizás sea una bruja, no, tiene cola, las brujas nunca logran conformar la cola, gato tal vez con suerte ni negra ni blanca, que ronda en los ojos de alguna mujer, y espera por un juicio, y teme ser lanzado al mar, y nada hace por evitarlo, y luego ni siquiera nadaría, y a ratos pulula por este trozo de Calle del Obispo, burlándose de la voracidad de los vehículos, hasta que algún perverso le corte la cola para hacer una limpieza, o para pasarla por una boca con boquera, o por un ojo con orzuelo, o un mal día al gato puede que lo macheteen y acabe en fricasé, que el hambre no cesa, o quién sabe si el gato se confunda, y coma biajaca turbia, y ensucie mucho, y él mismo tape su porquería antes de desaparecer, y será triste para ese escribano falto de ayuda, que luego evocará el modo circunspecto en que su gato movía la cola, ah, si al menos hubiera sonreído antes de irse, como el gato de Cheshire, y a los pies debe estar un sapo atento al resto del mundo, o atiende al gato, o al garabateador, aunque no ves el dichoso sapo. Hay más escribanos que tampoco conoces, que debieran tener su hora de gloria y su gato. Por ahora déjalos así, con las cabezas inmersas en sus labores. Debes seguir bajando.

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