|
LA CONDECORACIÓN
Virgilio
Piñera
Cuando cumplí los quince años —momentos
en que iba a desempeñar mi primer puesto como humilde
empleado— mi padre me hizo un singular regalo. En ese
día me llamó a su cuarto de enfermo. Con voz cansada por
los años, me dijo:
—Hijo mío, he caminado toda mi vida. Mucho antes de
cumplir los años que hoy tú cumples, empecé a caminar
por esas calles. Primero lo hice de mensajero: así
empezamos y terminamos los de nuestra familia; más tarde
ocupé un puesto en una oficina; años después me casé con
tu madre, fui maestro de escuela, quise mejorar y visité
los despachos de los ministros; vinieron los hijos, las
necesidades fueron mayores y el caminar se hizo más
encarnizado. Cuando caí finalmente en este sillón para
no levantarme más, maté las horas recordando el
movimiento de mis piernas durante largos años por las
calles de la gran ciudad. Recordando y recordando,
viendo a mis piernas en tales años por tales calles,
pensé que la única justificación de estas tristes
andanzas habría consistido en poder saber el número de
kilómetros recorridos por ellas. Piensa que tengo un
gran remordimiento, una deuda sagrada conmigo mismo. ¡Si
al menos yo hubiera podido, frente al fracaso de mi
vida, presentar una atenuante a la culpa; leer con voz
alborozada en este cuarto de la muerte el numero exacto
de kilómetros recorridos por estas piernas! ¿No crees
que sería como una especie de apoteosis?
Se miró las piernas; yo lloraba enternecido. En ese
momento entró mi madre y viendo mi cara bañada en llanto
preguntó si yo había cometido alguna falta. Mi padre,
con celestial sonrisa, le aseguró que se equivocaba, que
mi llanto se debía al natural temor que todos tenemos
frente a una situación desconocida. Una vez que ella se
hubo retirado, mi padre abrió el cajón de un mueble que
tenía a su alcance. De allí extrajo un objeto circular
muy parecido a un juguete.
—Veo en tu cara que piensas que voy a obsequiarte un
juguete. No. Nada de eso. Debes tener muy presente que
lo único que te será permitido de hoy en adelante es
caminar y caminar. Caminarás sin descanso hasta caer
vencido en la carrera. No quiero ocultarte nada; si te
hablo claro, si parezco cruel es porque quiero salvarte
del remordimiento en los días postreros. Mira —y me
alargó el objeto—. He aquí tu justificación.
Tomé con manos temblorosas aquel misterioso artefacto,
no más grande que un reloj de bolsillo. Como éstos,
tenía una esfera, pero sobre ella no aparecían dibujados
los números. Desconcertado, le di vueltas y más vueltas
entre mis dedos. Por fin, mi padre, viendo mi
consternación, dijo:
—Es un cuentamillas.
Y no sin cierto orgullo añadió:
—Lo he fabricado con mis propias manos. Mira, cada paso
que den tus piernas será medido por este eficaz invento.
—Se quedó un momento silencioso y al cabo prosiguió—: El
día que tus piernas no tengan que arrastrarte más, bien
porque el tiempo las haya vencido, bien porque un
accidente te clave definitivamente en el lecho, bien
porque un golpe de la suerte te favorezca (pero no, esto
último no es posible, la suerte no se ha hecho para ti),
ese día, digo, descorre esta tapa que ahora yo levanto —vi
como sus huesudos dedos levantaban, en efecto, la tapa—,
y podrás leer el numero de kilómetros que tus piernas
han caminado en tu vida. Tus dudas, tus angustias se
calmarán con lectura tan reveladora: ¡entonces podrás
morir justificado!
Caí de rodillas y abracé sus piernas. Aunque era muy
joven y no podía medir exactamente el tamaño del drama,
no por ello me entristecía menos la definitiva condena
de mi padre, condena aún más acerba si se tiene en
cuenta que, al mismo tiempo, obraba él mi completa
justificación.
Me ordenó que me desnudase (y digo que me lo ordenó,
pues en ese momento su voz fue como la de un rey que
exigiese vasallaje). La orden era tan terminante que me
quité las ropas.
—Hijo mío —y me contempló largamente, dejando resbalar
su mirada hasta mis piernas—, en esta fecha solemne de
tus quince años, yo te condecoro con la orden del Gran
Fracaso —y diciendo y haciendo me puso en el lado del
corazón, atado con una correa, el fúnebre artefacto.
Respiró hondamente, y como para terminar con una escena
que debía serle sumamente penosa, añadió estas últimas
palabras con voz entrecortada:
—Y no olvides dar cuerda al aparato todas las mañanas.
Que ése sea tu primer acto del día. Desde ahora forma
parte de tu propio ser. Y ahora, vete tranquilo a
caminar...
1956
|