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LA MUERTE DE LAS AVES
Virgilio
Piñera
De la reciente hecatombe de las aves
existen dos versiones: una, la del suicidio en masa; la
otra, la súbita rarificación de la atmósfera.
La primera versión es insostenible. Que todas las aves
—del cóndor al colibrí— levantaran el vuelo —con las
consiguientes diferencias de altura— a la misma hora
—las doce meridiano—, deja ver dos cosas; o bien
obedecieron a una intimación, o bien tomaron el acuerdo
de cernirse en los aires para precipitarse en tierra. La
lógica más elemental nos advierte que no está en poder
del hombre obrar tal intimación; en cuanto a las aves,
dotarlas de razón es todo un desatino de la razón.
La segunda versión tendrá que ser desechada. De haber
estado rarificada la atmósfera, habrían muerto sólo las
aves que volaban en ese momento.
Todavía hay una tercera versión, pero tan falaz que no
resiste el análisis; una epizootia, de origen
desconocido, las habría hecho más pesadas que el aire.
Toda versión es inefable y todo hecho es tangible. En el
escoliasta hay un eterno aspirante a demiurgo. Su
soberbia es castigada con la tautología. El único modo
de escapar al hecho ineluctable de la muerte en masa de
las aves, sería imaginar que hemos presenciado la
hecatombe durante un sueño. Pero no nos sería dable
interpretarlo, puesto que no sería un sueño verdadero.
Sólo nos queda el hecho consumado. Con nuestros ojos las
miramos muertas sobre la tierra. Más que el terror que
nos procura la hecatombe, nos llena de pavor la
imposibilidad de hallar una explicación a tan monstruoso
hecho. Nuestros pies se enredan entre el abatido plumaje
de tantos millones de aves. De pronto todas ellas, como
en un crepitar de llamas, levantan el vuelo. La ficción
del escritor, al borrar el hecho, les devuelve la vida.
Y sólo con la muerte de la literatura volverían a caer
abatidas en tierra.
1978
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