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SALÓN PARAÍSO
Virgilio Piñera
Pedro llegó a casa muy excitado.
Sentándose, o mejor desplomándose, en la butaca
Chippendale que tanto le gusta, se aflojó el nudo de la
corbata
—evidentemente le faltaba el aire—, al tiempo que
agitaba los brazos y abría la boca, emitiendo sonidos
inarticulados.
—¿Qué sucede? ¿Alguna catástrofe?
—¡Ni pensarlo! —pudo al fin decir. Y entonces, de un
tirón—: Acabo de ver la maravilla del siglo. A ti, que
odias salir de noche, no te quedará más remedio que
ir...
—¿Adónde... ?
—Al Salón Paraíso.
—¿Y qué dan de tan maravilloso en ese salón?
—¿Dar? Nada. No, espera; sí, dan..., dan un espectáculo.
—¿Con striptease y todo eso?
—No, hombre; dan... Será mejor que vayas tú mismo. Si te
digo lo que dan, no dejarás de pasmarte, pero pienso que
te debe coger desprevenido como a mí.
—¿Te metiste allí como bala perdida?
—Estaba muy triste, y, como dice la letra de ese tango:
“Salí a la calle desconcertado, sin saber cómo hasta
allí llegué...” Sobre una pizarra decía: “Sin
interrupción, de seis de la tarde a doce de la noche.
Duración del espectáculo: una hora. Una vez comenzado,
se prohíbe el acceso a la sala.”
—Te sigo oyendo.
—Pues miré el reloj. Faltaban cuatro minutos para las
ocho. Compré la entrada y...
—¿Y qué más?
—Una hora de maravillas.
—Enuméralas.
—Mira —y Pedro se levantó—; no voy a enumerarte nada. Si
quieres, vas; y si no quieres, no vas. Son las diez y
treinta y cinco. A las once comienza de nuevo. Tienes
tiempo. Queda en esta misma calle. Ahora me marcho. Te
llamaré mañana.
Pensé: “Pedro no es nada tonto; tal vez, un exaltado;
pero como me conoce bien, nunca me molestaría con
anuncios de striptease o de cuadros pornográficos... Ese
espectáculo tiene que haberle causado una profunda
impresión que, a lo que parece, no se puede transmitir
verbalmente.”
Mientras pensaba en esto, los minutos transcurrían. Ya
eran las diez y cincuenta. De pronto, me puse el saco y
corrí al Salón Paraíso. Saqué la entrada y penetré en un
pequeño vestíbulo. Un ujier se me acercó:
—¿Quiere ver el show vestido o desnudo?
Y, ante mi cara de estupefacción, añadió:
—Si lo quiere ver desnudo, entre allí y desvístase; si
lo prefiere disfrutar vestido, pase por acá y sitúese en
el mirador que más le guste...
Estuve por largarme. Olvidándome de la admiración de
Pedro me dije: “Lo de siempre, la pornografía, la
solución fácil.” Ya le iba a preguntar al ujier por la
naturaleza del espectáculo, cuando me dijo, no sin
cierta brusquedad:
—Se desnuda, se queda vestido, o se marcha.
Sin responderle, entré en el lugar que me indicara para
los desnudos... Era una cabina de dos metros por dos,
con varias perchas para colgar la ropa. Tan sólo eso.
¡Ah, no! De pronto, vi un cartelito sobre una puerta:
“Acceso a la sala.” Como mi madre me echó al mundo, la
empujé.
Del mismo modo que el espectro de todos los colores,
puestos sobre un disco, torna al blanco si hacemos que
éste gire a gran velocidad, del mismo modo, la
deslumbrante, enceguecedora luz que iluminaba el Salón
Paraíso, dejándome momentáneamente ciego, me sumió en
las tinieblas. Y así como el ojo de pronto advierte en
su propia pupila un punto rojo, así también, en medio de
las tinieblas y pasados unos instantes, vi —ya no sé si
en mi propia pupila o dónde— varios puntos rojos.
Dejándome guiar por ellos, llegué al fin a uno que no
era otra cosa que algo así como una banqueta. No bien
pude abrir los ojos —mis pupilas, al chocar con aquella
fulguración, con aquel rapto satánico consumado por la
luz desorbitada, se habían sentido como traspasadas por
flamígeras espadas de arcángeles aún no imaginados—, no
los alcé, temeroso como estaba de nuevas “heridas”, sino
que, bajándolos, los puse sobre mi propio cuerpo.
Pero no logré verme. Toda forma se había eclipsado. Sin
exageración podría afirmar que mi cuerpo era tan sólo
porción y prolongación de la luz desorbitada. Si me lo
sentía —sobre todo, por los apresurados latidos de mi
corazón—, en cambio, no me lo veía. Lo que hasta ese
momento fuera centro, áncora a la que desde nacido me
acogiera, ahora, por haberlo la luz incorporado a su
materia, se evaporaba, lo mismo que se evapora un cuerpo
amado cuando deja de querernos. Y en la absoluta,
torturadora necesidad en que me encontraba de verme el
cuerpo, mientras más miraba, menos me veía, y a medida
que veía menos, más me desesperaba.
Pese a saber que el espectáculo duraba una hora, la luz
desorbitada tuvo la virtud de hacerme perder la noción
del tiempo. No es que no pudiera calcularlo: habiendo
entrado en el salón a las once, considerando que de la
puerta a la cabina debí de consumir dos minutos, que los
consumidos en intentar vanamente ver mi cuerpo raptado
por la luz serían alrededor de cinco, mi reloj no podía
marchar más allá de las once y media. Pero junto a esta
medición mecánica del tiempo, sentía que ese otro que no
marcan los relojes, el tiempo que llevamos dentro, y que
no es otra cosa que la duración de nuestra propia vida y
de la vida que nos rodea, no me seguía acompañando ya.
Al igual que mi cuerpo, me había sido arrebatado por la
luz desorbitada. Me hallaba en la embarazosa situación
de quien, estando en una habitación a oscuras y sin dar
con el conmutador de la luz, se siente excluido del
mundo a causa de una pérdida momentánea del sentido de
la orientación. Sabe que al fin dará con el conmutador,
pero el tiempo transcurrido hasta encontrarlo lo llevará
a ser un puro objeto, como los que se encuentran en el
cuarto.
Entonces pensé si alguien más que yo se encontraría en
el lugar. Era de presumir que otros disfrutaban de la
maravilla. Pero el silencio de muerte que reinaba en el
Salón me llevó a creer que yo era el único espectador.
Con el fin de cerciorarme, tosí ligeramente. Al
instante, y a unos pasos, alguien me hizo sentir su
presencia mediante una especie de resoplido. Y como una
transmisión en cadena, en distintos puntos del Salón
surgieron toses, suspiros, respiraciones fatigosas y
hasta, incluso, murmullos ahogados, semejantes a una
orquestación inesperada.
Mas reinó de nuevo el silencio. Ahora la ansiedad, tal
vez el placer, o el éxtasis quizá, podían alentar en
cada uno de nosotros, de acuerdo con la capacidad de
sentir el espectáculo.
Si lo era o no, habría que ponerse de acuerdo: hasta el
momento no lo era en absoluto, si nos atenemos a la
palabra show empleada por el ujier. Llevábamos una media
hora en el Salón Paraíso, y nada de lo que constituye un
show había dado señales de vida —ni coristas, ni
reflectores, ni chanteuses, ni, por supuesto, música. En
cambio, si por espectáculo entendemos algo que en vez de
recaer en los sentidos apela al intelecto, entonces el
Salón Paraíso nos ofrecía uno inusitado. Podía
equivocarme y, a lo mejor, tendríamos un fin de fiesta
con un cancán infernal e irrisorio. No se molesta ni se
le hace pagar un elevado precio al público para tenerlo
tan sólo una hora expuesto a una luz enceguecedora. Si
el empresario del espectáculo no quería defraudar a su
público; si su sentido comercial era, como es de
suponer, práctico, estaba en la obligación de
proporcionar algo infinitamente más “caliente” que el
insoportable calor producido por millones de bujías.
En el instante en que hacía estas juiciosas reflexiones
sentí, más que vi, no una amortiguación de la luz —se
mantenía tan intensa como al principio—, sino un
parpadear de una fracción de segundo. Y si digo “sentí,
más que vi” es porque mi cuerpo, sustituyendo a mi
órgano de la visión, hacía las veces de éste, semejante
a los insectos que, privados del sentido de la vista,
avanzan o retroceden, esquivan el peligro o se procuran
el alimento por medio de sus antenas. Es decir: mi
cuerpo, todo él antenas táctiles, se sintió tocado por
ese parpadeo.
Por lo que al instante sobrevino, he pensado después que
no se produjo tal parpadeo. Quizá todo se redujo —al
menos para mí, pues ignoro si el resto de los
espectadores pasó por este trance— a que mi
subconsciente se “fabricó” tal parpadeo como mecanismo
de defensa. ¿O se produjo como premonición de la nueva
fase en que iba a entrar el espectáculo? Nunca pude
saberlo.
El caso es que, y para recurrir a una imagen, la divina
luz del Paraíso dantesco, que nos asimilaba a su
materia, si no divina al menos tan arrebatadora,
centuplicó su luminosidad. No sólo sentimos nuestros
cuerpos definitivamente hechos de luz, sino que flotaban
también en ella, al igual que los corpúsculos que forman
su masa. Como la luz, perdimos la noción de tiempo y
espacio. Y perdí más —quizá a su vez los otros—, perdí
la noción de saberme vivo entre los vivos, en espera de
estar muerto entre los muertos. Como la luz, era eterno.
Sin tiempo, sin espacio, sin memoria, sin añoranza.
Pero el Salón Paraíso, lo mismo que su iluminación, eran
resultado del esfuerzo humano. Tan sólo espectáculo de
una hora de duración al cabo de la cual seríamos
arrojados de nuevo a las riberas de la vida cotidiana.
Empero, la eternidad había pasado por nosotros. ¿Qué
tiempo de eternidad? Como no tiene tiempo mensurable,
vale decir: toda entera. De modo que, dentro de
fundamentos estrictamente comerciales, sin que el
empresario se hubiera propuesto regalarnos una congrua
porción de éxtasis, a pesar suyo y del carácter
sensacionalista del espectáculo, no sólo nos regalaba la
congrua porción, sino todo el éxtasis de la eternidad.
¿Sería el caso preguntarse si en su cabeza anidaban
otros pensamientos que los de tesaurizar afanosamente?
Porque, bien mirado: ¿qué le ofrecía al público? Tan
sólo oleadas de luz. ¿Pensaría que derramarla a raudales
era toda una “sensación”? ¿Nos imaginaba hartos de ver
siempre los mismos shows? ¿Qué se enriquecería con este
espectáculo?
De vuelta a casa, estas preguntas, y otra, la más
importante, me tuvieron en vela el resto de la noche. La
pregunta importante era: “¿No sería un engañabobos
asistir otra vez al Salón Paraíso?”. El ser humano
rechaza lo infausto a tal punto, que comete la
puerilidad de enunciar en forma de pregunta lo que es
certeza desoladora. El espectáculo era de tal naturaleza
y calibre, que nos era dable verlo por una vez
solamente. Que así lo hubiese concebido el empresario, o
que el ingrediente del éxtasis fuese un suplemento
azaroso, no hace al caso. Lo cierto es que tal éxtasis,
por el hecho de depender del elemento sorpresa, cesaría
automáticamente al fallar ésta. Volver al Salón Paraíso
sería algo infinitamente grave: la maculación y la
consiguiente pérdida del éxtasis, no tan sólo una
pérdida de tiempo.
De tal éxtasis, semejante a una amputación brutal, fui
arrancado. El parpadeo que precedió al redoblamiento de
la luz había sido, como la llama a punto de extinguirse,
el aviso de su postrera y más brillante iluminación. Ese
parpadeo llevaba, en su señalamiento, la advertencia de
lo ineluctable: “Brillaré intensamente —diría la luz—,
luego me apagaré para siempre.” Pero no se apagó de
golpe. Empezó a decrecer por grados, pasando sin
transición de la luz redoblada a una iluminación que,
aunque brillante todavía, permitía ver claramente, y sin
ofuscamiento, a personas y cosas.
Sacado brutalmente del éxtasis, pensé, con harta
ingenuidad, que de un momento a otro seríamos anegados
de nuevo en él. En vilo, y mientras me preparaba para el
nuevo chapuzón en la luz, paseé la vista por la
concurrencia. Ahora veía cuerpos lechosos que, en su
inmovilidad, parecían medusas incrustadas en un banco de
coral. Tendiendo la vista, alcancé a distinguir las
cabezas de los que habían preferido disfrutar el
espectáculo desde el mirador. Tan inmóviles como los
desnudos del Salón, semejaban formar parte de la
decoración del lugar.
Como si temiera una revelación fatídica, no miraba donde
debía mirar: a lo alto, a ese espacio que se me antojaba
inefable y del cual dimanaba la luz. Por fin me decidí.
Del techo colgaban cientos de lámparas que iban desde la
gran araña hasta la provista de un solo bombillo. Y
justo en el momento en que me puse a observarlas, y como
si hubieran estado aguardando por mis miradas, chocaron
suavemente unas contra otras, produciendo una especie de
murmullo en el que me parecía adivinar esta exhortación:
“De acuerdo con tu luz, elige entre nosotros tu lámpara
votiva...”.
Mi enfebrecida imaginación me llevaba a divagar. Quizá
chocaban mecánicamente, movidas por una corriente de
aire o por la mano del hombre. Pero yo las dotaba de
intelecto, en mi patético afán de encontrar respuesta.
Y aunque fuese tan sólo puro azar, al mirar más
atentamente descubrí en el centro del techo una araña
que, por sus dimensiones colosales, parecía decirme:
“Seré lámpara votiva de aquél cuya alma sea tan luminosa
como yo...”. “Seré lámpara votiva de aquel cuya alma sea
tan luminosa como yo...”.
Me absorbí en su contemplación. A medida que, fascinado,
la observaba, se hacía más y más colosal. El techo, al
mismo tiempo, se me aparecía como una de esas típicas y
arrebatadoras apoteosis del Tiépolo.
Lenta, pero ininterrumpidamente, las luces se fueron
amortiguando. Bajé la vista y de nuevo la paseé por el
Salón. Apenas distinguía los cuerpos reclinados en los
asientos. ¿Acaso el empresario había proyectado sumirnos
en las tinieblas para, de golpe, prender todas las luces
y anegarnos otra vez en el éxtasis? No pude hacer una
nueva conjetura. El Salón se sumió por entero en las
tinieblas. Cuando mis ojos se acostumbraron a la
oscuridad, distinguí al fondo una lucecita expirante.
Era, sin duda, la llama de una vela. Por lo que pude
apreciar, se hallaba en el suelo. Me incorporé para ir
en su dirección y tratar de encontrar la salida, pero no
me dio tiempo. Una ráfaga helada atravesó el Salón
Paraíso, y la lucecita se extinguió. Al parecer, había
terminado el espectáculo.
1975
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