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TADEO
Virgilio Piñera
Al cumplir los
sesenta años, Tadeo realizó una recapitulación de su
vida. Y el saldo no resultó desfavorable. Buen
trabajador, buen padre y buen esposo, buen amigo...
Nunca una riña, ni siquiera lo que se conoce por “estar
peleado”. De verlo bonachón y consecuente, todos decían
que le faltaba espíritu crítico y que carecía del don de
la ironía. En varias ocasiones llegaron a sus oídos
estos comentarios, pero Tadeo, que era el buen humor en
persona y que en cierta medida tenía sentido del humor,
se apresuraba a decir: “Más vale ser de espíritu manso.
Así puedo ayudar a mis semejantes.”
De modo que, al cumplir los sesenta años, Tadeo podía
afirmar, con las limitaciones del caso, que era un
hombre feliz. Sin dudas comenzaba para él una vejez
dichosa.
Pero hacia los sesenta y cinco se produjo un cambio
capital en su vida; diríamos, aunque sin gran precisión,
un cambio anímico. Pese al sinnúmero de cosas que
escapan a nuestra comprensión, tratamos de todos modos
de definirlas, de ponerles su etiqueta; haciéndolo así,
nos sentimos en cierta medida tranquilos; quiero decir:
formalmente tranquilos.
Y tal cambio capital era de naturaleza tan recóndita,
que a primera vista se hubiera tomado por un caso de
locura. ¿Cómo es posible que un hombre, hasta sus
sesenta años ejemplo de mesura y orden, de tacto, se
desorbite y caiga de pronto, pura y simplemente, en el
exhibicionismo?
Ya estamos de lleno en la definición. Porque habría que
ponerse de acuerdo sobre si en realidad se estaba frente
a un exhibicionista. De este caso se lee en el
Diccionario de la Lengua: “Obsesión morbosa que lleva a
ciertos sujetos a exhibir sus órganos genitales. Y, por
extensión, el hecho de mostrar en público sus
sentimientos, su vida privada, los cuales se deben
ocultar...”
A reserva de exponer en detalle lo que con el tiempo
llegó a conocerse como “el caso Tadeo”, ninguno de sus
difamadores, ninguno de los murmuradores, ninguno de sus
acusadores —los hubo, y encarnizados—, se detuvo un
momento a pensar si eso que había cambiado bruscamente
la vida de Tadeo era, pongamos por caso, una exigencia
de su espíritu.
Pensamos esto los que habiendo sido sus amigos íntimos
seguimos su vida paso a paso. ¿Sería posible que Tadeo,
personificación del recato y del pudor, de la
continencia, se desorbitara pura y simplemente por
molestar? Nos negamos a aceptar tan insigne demostración
de pequeñez de alma. Por el contrarío, y a juicio
nuestro, su actual “rareza” responde a una verdadera
grandiosidad de alma.
Tadeo, casado desde los treinta años, tenía un hijo. Y
cuando se le manifestó aquella “rareza” que dio al
traste con su reputación, el hijo contaba veinticinco
años de edad. Una tarde en que la nuera y la mujer de
Tadeo habían salido de compras, el padre le dijo de
sopetón:
—Cárgame.
Creyendo haber oído mal, el hijo replicó:
—¿Qué...?
—Que me cargues.
—¿Te sientes mal?
—Al contrario, me siento bien. Pero si no me cargas me
sentiré mal.
El hijo, conocedor de la clase de hombre que era su
padre, se quedó muy confundido y sólo acertó a decir:
—Papá, deja eso.
Tadeo, de suyo tan comedido, se enfureció e increpó
inesperadamente a su hijo:
—Nunca hablo en broma. Jamás te he gastado una broma, y
mucho menos, una como ésta. No puedo seguir luchando
contra la necesidad de que alguien me lleve en sus
brazos.
Entonces, dulcificada súbitamente la voz, añadió:
—Cárgame unos minutos. Eso me calmará.
El hijo se veía frente a un abismo; el orden lógico
trastocado. Pensó en su tierno hijito, que apenas
llegaba al año y al que, como padre amoroso, gustaba de
llevar en sus brazos. Y su padre ahora, con sesenta y
cinco años, le pedía que hiciera lo mismo con él. Tan
turbado se sentía, tan confundido, que no supo hacerle
frente a la situación. Luchaba entre el debido respeto a
su padre, y esa idea —obsesiva ya— de que este había
enloquecido de súbito. No sabiendo cómo salir del paso,
dijo:
—Ahora no puedo. Tengo que ver a un amigo.
—Si no me cargas —repitió Tadeo— voy a sentirme mal.
Mira
—agregó luego como explicación—, esta necesidad la vengo
experimentando desde hace unos cinco meses. Sé que hasta
el último ser dotado de sano juicio me tomaría por un
demente. Sin embargo, no lo estoy. Si apartamos esta
imperiosa necesidad de que se me tome en brazos —y
añadiré, de que se me acune como a un niño—, mi vida y
mis actos son los de siempre. Sigo siendo el buen esposo
que tu madre eligió; el mismo buen padre que, desde que
tienes uso de razón, conoces...
Se quedó callado por un instante, y añadió con infinita
desazón:
—Qué quieres... Como dice la canción: “..la vida es así,
y no como tú quisieras”. Esta necesidad imperiosa se ha
presentado de golpe y porrazo. Si no la manifestara
abiertamente —como acabo de exponértela—, entonces sí me
volvería loco.
Hizo otra pausa y añadió casi llorando:
—He llegado a pensar que tal vez esté en el caso de
necesitar el ser consolado...
El hijo lo interrumpió:
—¿De ser consolado...? Las personas que más amas en este
mundo disfrutamos de excelente salud. Y, que yo sepa,
nunca te hemos faltado en nada. No veo por qué tendrías
que ser consolado.
—No es más que una conjetura. El hecho real y efectivo
es que necesito ser llevado en brazos.
Y, con una suerte de pudor, añadió:
—Sé lo grotesco de mi caso. Llevar en brazos a un viejo,
y a un viejo de mi corpulencia, sería motivo de
hilaridad universal. Represéntate la situación. Pido,
digamos, a un soldado, que me tome en sus brazos.
Digamos que acepte mi ruego. Ya estoy en sus brazos. ¿No
oyes las carcajadas de la gente, los comentarios? Y de
persistir él y yo, hasta nos tirarían piedras.
—Tú mismo lo ves, papá. ¿Y todavía insistes...?
—No temas. Completa la frase..., en tu locura. Pero,
hijo, aparta tal idea. Estoy más cuerdo que tú mismo.
Sólo que mi necesidad de ser llevado en brazos es
ineludible e impostergable. Como no tengo otra
alternativa, veo mi delicada posición y la estudio desde
todos sus ángulos.
—Consulta tu caso con el siquiatra.
—Ya lo pensé. Prefiero, a la curación, el mal.
—¿Y dices que no estás loco? Eres el primer enfermo que
no aspira a curarse.
—Un mal necesario —y el mío lo es— exige la curación, no
mediante el tratamiento siquiátrico, sino siendo llevado
en brazos. Estoy dispuesto a arrostrar befa y escarnio,
encarcelamiento y tal vez la muerte.
—Papá, nuestras conversaciones han versado siempre sobre
la familia, el país; acerca de nuestros respectivos
oficios; en fin, sobre todas esas menudencias que nos
ayudan a vivir. Pero nunca me hablaste en un lenguaje
que yo no entendiera. De no ser tú quien me dirige la
palabra, pensaría que me están tomando el pelo.
—Te respeto demasiado para tomarte el pelo. Mala suerte
si no entiendes mi lenguaje.
Se recostó a la pared, como quien está próximo a tener
un vahído.
—También sería posible que la gente comprendiera,
comprendiera como lo comprendo yo: si un ser humano me
pidiera que lo llevara en brazos lo haría gustoso. Y,
sobre todo, no lo angustiaría con preguntas. Ese es el
problema, hijo mío: la infinita comprensión.
Como asunto que debe ser resuelto en el seno del hogar;
como uno de esos secretos de familia, de esas vergüenzas
o estigmas que se esconden celosamente, miró el hijo a
su alrededor, miró a Tadeo, y con aire de contubernio
dijo:
—No tengo esa infinita comprensión, pero te debo respeto
y te amo. Mi conocimiento del mundo y de las gentes no
alcanza, no llega a esos abismos en que un padre
necesita ser cargado en brazos por su hijo...
—No solamente por su hijo: también por otras gentes
—aclaró, inesperadamente, Tadeo.
—Bien; para el caso es lo mismo —dijo, no sin cierta
irritación, el hijo—.
Si te debo respeto y amor, estoy dispuesto a llevarte en
brazos. Pero, papá, solamente en casa, y cuando ni mamá
ni mi mujer estén presentes.
Sonrió Tadeo, y acercándose al hijo respondió, con el
acento encantador de un niño:
—Me conformo.
Entonces el hijo, como el que apura su cicuta, lo cargó
y lo tuvo en sus brazos por espacio de unos cinco
minutos. Lo dejó luego sentado en una silla y salió a la
calle en busca de aire. Literalmente se ahogaba.
Pero Tadeo estaba necesitado de una arena más vasta.
Prescindiendo de cuanto podría llamarse “la reputación
de la familia” se lanzó, a los pocos días, en busca de
gentes que lo tomaran en sus brazos. Volvía a la casa,
las más de las veces, magullado, raída la ropa. Y cuando
intervenía la Policía, el hijo debía afrontar la
situación. Esto constituía materia para amargos
reproches.
Tadeo era inflexible e imperturbable. No le importaba
que cien personas se negaran a cargarlo, que otras se
burlaran o lo escarnecieran, si una al menos aceptaba.
Este hecho constituía para él tan gran felicidad, que
todo lo amargo, los gestos agresivos o la hostilidad de
los demás podían darse por bien empleados.
Para facilitar las cosas —que su peso no resultara
gravoso—, adelgazó rápidamente. A los pocos meses era ya
su propia sombra. Afirmaba que su espantosa delgadez
animaba a las gentes a tomarlo en sus brazos.
Se marchó finalmente de su casa. Dormía bajo los puentes
y comía sobras. Pero un adepto que ganara, que
gustosamente se prestara a cargarlo, y esos breves
momentos de exposición en los brazos de un semejante,
eran la justificación de su vida. Y tal vez, ya que
predicaba con el ejemplo, los seres humanos podrían
darse a la hermosa tarea de cargarse los unos a los
otros.
1977
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