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VIDA DE FLORA
Tú tenías grandes pies y un tacón
jorobado.
Ponte la flor. Espérame, que vamos juntos de viaje.
Tú tenías grandes pies. ¡Qué tristeza en el aire!
¿Quién se mordía la cola? ¿Quién cantaba ese aire?
Tú tenías grandes pies, mi amiga en seco parada.
Una gran luz te brotaba. De los pies, digo, te brotaba,
y sin que nadie lo supiera te fue sorbiendo la nada.
Un gran ruido se sentía en tu cuarto. ¿A Flora qué le
pasa?
Nada, que sus grandes pies ocupan todo el espacio.
Sí, tú tenías, tenías la imponderable amargura de un
zapato.
Ibas y venías entre dos calientes planchas:
Flora, mucho cuidado, que tus pies son muy grandes,
y la peletería te contrata para exhibir sus hormas
gigantes.
Flora, cuántas veces recorrías el barrio
pidiendo un poco de aceite y el brillo de la luna te
encantaba.
De pronto subían tus dos monstruos a la cama,
tus monstruos horrorizados por una cucaracha.
Flora, tus medias rojas cuelgan como lenguas de
ahorcados.
¿En qué pies poner estas huérfanas? ¿Adónde tus últimos
zapatos?
Oye, Flora: tus pies no caben en el río que te ha de
conducir a la nada,
al país en que no hay grandes pies ni pequeñas manos ni
ahorcados.
Tú querías que tocaran el tambor para que las aves
bajaran,
las aves cantando entre tus dedos mientras el tambor
repicaba.
Un aire feroz ondulando por la rigidez de tus plantas,
todo eso que tú pensabas cuando la plancha te doblegaba.
Flora, te voy a acompañar hasta tu última morada.
Tú tenías grandes pies y un tacón jorobado.
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