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LOS ROSTROS DEL TIEMPO
Posada sobre Guillén

 
Posada ha hecho algo más que una biografía de Nicolás Guillén: ha relatado, en cierta medida, una biografía de la poesía, del país mismo. Tenemos ante nosotros los rostros de varios tipos de épocas. Las épocas de la vida: joven–viejo; y las épocas de la historia. La historia que arranca con las iniciales rebeldías heroicas y llega a la Revolución triunfante y sus años sucesivos, años pletóricos en la historia de la nación.

Adelaida de Juan |
La Habana


Medio centenar de dibujos para medio centenar de imágenes de un escritor: he ahí una original biografía de uno de los mayores poetas de nuestra América. En ellos vemos cómo Nicolás Guillén ha recorrido, dejando su fuerte impronta, la historia contemporánea de Cuba. Sus poemas nos hablan de esta historia, sus “prosas de prisa” nos las han comentado en la prensa cotidiana, sus charlas nos las han ilustrado con frecuente ocurrencia. Así, su particular modo de ver se ha constituido en una parte integradora de nuestra vida desde hace décadas. Esa vida ha sido aquí el tema de caricaturas de Posada, a partir de una serie de caricaturas personales que recorren la vida de Guillén desde su juventud. Lo más interesante de esta iconografía dibujada es su carácter interpretativo antes que descriptivo de la figura del poeta. No busquemos aquí solo la sucesión de caricaturas que se ciñen a reproducir en uno u otro sentido los rasgos físicos del personaje retratado ni tampoco una ordenación rígidamente cronológica. Veremos, eso sí, las facetas múltiples del Guillén poeta, del Guillén conferencista, del Guillén en la época de la Guerra de España y, luego, de la batalla de Girón, del Guillén joven y del Guillén de la melena blanca, del Guillén pensativo y del Guillén de la carcajada abierta, del Guillén malicioso y del Guillén meditabundo.

Otro salto de Posada en estos, sus dibujos monotemáticos (en apariencia). Remitiéndose a una antigua –que no arcaica– tradición, crea un Guillén con figura de abeja: abeja guerrera, con aguijón defensivo/ofensivo, con cambios de carácter según la situación. En la gran línea de la caricatura personal y costumbrista, este recurso de machihembrar la imagen humana con la animal fue frecuente, aludiendo, quizás, a una remota tendencia de asimilación por el hombre de los poderes de animal determinado. Resulta, pues, significativo que Posada haya recurrido a la abeja (siempre con su aguijón preparado), para ciertas representaciones de Nicolás. Sin olvidar que Guillén también se asimiló el apellido Bakongo, Posada ve a Nicolás como una abeja africana –en ocasiones se acerca más a la avispa– que, al tiempo que crea un tipo específico de música con su zumbido y su baile ritual, es un pequeño y eficaz guerrero. El Guillén–avispa puede ser, simultánea y sucesivamente, un rumbero con su vestimenta tradicional y un Quijote a punto de emprender una nueva y, al mismo tiempo, reiterar batalla; un músico con su guitarra pulsada y un combatiente dentro del avispero agigantado y convulso.

Este es el más evidente de los símiles con que Posada trata a Guillén. Otros hacen una referencia metafórica a la obra poética de Nicolás. Mencionemos tan solo al Nicolás como un negro curro; ¡cuánta mutación diferenciadora de este personaje de ahora con aquellos dibujados (magistralmente, es cierto) por el vasco integrista del siglo pasado, Víctor Patricio de Landaluze! Pero este negro curro –al igual que su antecesor; pero con intención bien distinta– asume burlonamente el disfraz y, por medio de él, logra desmitificar una tipología denigradora del negro. Nicolás, en el dibujo de Posada, asume un traje; solo así podrá destruir el papel que sus enemigos pretendían que él desempeñara para su disfrute peyorativo.

En otra representación metafórica, Nicolás aparece como la Niké en la proa de un barco cubano, identificado como tal por la bandera nacional. Ese papel lo ha desempeñado históricamente en más de una ocasión a lo largo de su vida. En diversas circunstancias, Nicolás ha representado el papel de avanzada, tanto en la política como en la cultura cubana. Justo resulta entonces que Posada haga alusión a los troncos raigales evidentes en la obra de Guillén: es la figura clásica de origen helénico, y también es –y aquí reside su esencial sincretismo– el negro curro y el criollo que crece al ritmo de la rumba de cajón. Es el americano que hojea un libro delicado en las casetas de los bouquinistes al borde del Sena y es; al propio tiempo, el calesero altivo y desafiante. Es una de las voces caribeñas que se alzaron en el Congreso de Intelectuales en Valencia advirtiendo del peligro que todos corríamos con la agresión a la República española, y es un andaluz del siglo XVIII, musical y andariego. Es el exiliado político que se refugia, bufanda gaucha al cuello, en la América del Sur, y es el hombre canoso a quien un niño le ha puesto la pañoleta de pionero de la Revolución cubana. Es un joven elegante a la moda de la época, apoyado en el barandaje del barco que lo lleva a las grandes capitales, y es, un poco menos joven pero aún juvenil, el miliciano armado para la defensa de su pequeña Isla. Es, en fin, el hombre complejo que ha entrado de lleno en las situaciones históricas que le ha tocado vivir, asumiéndolas en lo mejor de sus capacidades.

No solo en este aspecto multifacético ha retratado Posada a Guillén. Hay otro contrapunto, complementario y no menos agudo, que perfila el carácter y la vida del poeta; alude precisamente el decursar de esa larga y rica vida. El ritmo de ese momento se acompasa, para revelar la unidad y la diversidad entre los extremos del Nicolás joven, del Nicolás maduro y del Nicolás mayor, ya colmado de múltiples responsabilidades y reconocimientos. El joven cajista de imprenta nos sonríe, las manos en los bolsillos, de cara al presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, vestido con la clásica guayabera y necesitado ya de espejuelos. Un Nicolás suave de pelo plateado alimenta serenamente a una paloma, mientras un Nicolás monumental, representado con trazos brutalistas, en camisa de mangas cortas, nos sonríe con cierta severidad. Un Guillén con el trago en la mano –¿en la Bodeguita del Medio?– se enfrenta a un Guillén que levanta un dedo en gesto admonitorio. El Nicolás Guillén maduro quien porta el uniforme y las armas ante la agresión de su Patria refleja el rostro del joven militante comunista de expresión severa y combativa. El hombre delgado de pocos años que, sentado en un taburete, mira tristemente el vacío mientras cruza sus manos al frente, está viendo, simultáneamente, al hombre ya entrado en años que sonríe trago o conferencia en mano, mientras se sabe poeta mayor, dueño de su tierra, el hombre que al fin puede exclamar “¡tengo lo que tenía que tener!”.

Posada ha sabido crear esta visión comprensiva de Nicolás Guillén. Eludiendo la fácil tentación de un recorrido cronológico de la iconografía, ha logrado hacer un ensamblaje creador de la misma. Las caricaturas dialogan entre sí, como acabamos de apuntar, y en ocasiones se burlan o son críticas unas con respecto a otras. El negro curro del manglar puede así vacilar (mofarse con ironía) al conferencista que corre el peligro de deslizare hacia la absurda pomposidad. En muchos casos, el diseño provoca este contrapunto que lleva indefectiblemente a desinflar la falsa solemnidad que pudiera acechar al desprevenido. Nicolás, en el jardín, vistiendo camisa o guayabera caribe y pantalón oscuro, observa con atención al Nicolás calesero, al Nicolás curro, al Nicolás rumbero, no para negarlo, sino para asumirlo en su justo lugar. Este desdoblamiento actor/observador, ejecutor/contemplativo es una clave importante para la comprensión de esta biografía por imágenes que se nos presenta.

Para elaborar estos cambiantes rostros de Guillén, Posada ha empleado preferentemente el recurso de esbozar el cuerpo solamente por medio de líneas y de trabajar el rostro con efectos de claroscuro. Posada como extraordinario dibujante que es, explota al máximo las posibilidades de la silueta que a veces solo sugiere el volumen del cuerpo de su retratado, para que nuestra mirada cómplice aporte aquello que ha omitido voluntariamente. Los rostros, sin embargo, suelen recibir un tratamiento diferente. Las líneas entonces se multiplican, se entrecruzan, se combinan con zonas sombreadas, y forman una madeja expresiva de múltiples connotaciones. El contrapunto entre ambos modos de crear potencia, en cada uno, la fuerza de su proyección visual y su capacidad. Apuntemos tan solo el movimiento, real y virtual, que le da a cada posición presumiblemente asumida por Guillén; no solo aquellas caricaturas en las cuales permanece en las variantes posibles entre la figura de frente y la de perfil, sino también una visión realmente notable por su virtuosismo en el manejo de los recursos del dibujo.

Nos referimos a una caricatura en la cual Guillén, presentado como una suerte de andaluz del siglo XVIII, en violento escorzo, nos da la espalda casi del todo. El humor agudo de Posada –aquí en sintonía con el Guillén– le suma a esta figura, no solo la guitarra, sino los espejuelos que usualmente lleva Nicolás.

Posada ha enriquecido la iconografía a partir de la documentación fotográfica y del conocimiento personal. Este enriquecimiento, por una parte, se centra en la figura misma del poeta: su rostro cambiante, que va de la severidad contenida a la sonrisa abarcadora, que transita las etapas desde la juventud a la vejez activa; que recoge gestos expresivos de los cambiantes estados de ánimos. Esto se conjuga con un elemento expresivo de suma importancia: las manos que en ocasiones se ocultan en los bolsillos del pantalón; en otras yacen con elegancia en algún mueble; en aun otras sostienen los papeles que sirven de apoyatura a la palabra hablada; en otras, en fin, trazan diversos arcos de gesticulación necesaria para el énfasis de la idea en proceso de exposición o, más frecuentemente, para la belleza absoluta de la palabra.

Estas manos, por otra parte, en ocasiones florecen con atributos significativos. En varios dibujos, se trata de la lanza del Quijote, transmutada a veces en el aguijón de la avispa/abeja, y siempre un arma de defensa y sobre todo, de afirmación de lo justo en su justo momento. En otros, sostienen la palma real, árbol símbolo de Cuba cuyo penacho ondea en el escudo nacional. En aun otros, son las palomas que –para los conocedores de la anécdota vital inmediata– son reales, y, al propio tiempo, nos remiten a una iconografía de la paz deseada. A veces las manos, como hemos dicho, pulsan una guitarra y a veces sostienen esa arma que pueden ser los papeles y el lápiz o se cruzan en ademán de quietud. Nos detenemos sobre todo en un dibujo en el cual la mano parece salir del espacio, se adelanta hacia el frente, para compartir del modo extraño el lugar en que estamos nosotros. Es una mano que, por ese gesto conminatorio, nos indicará una condición demoníaca y desoladora a la vez, presente en la zona más intensa de la poesía de Guillén.

Como ese hilo rojo usado para identificar una soga extendida a todo su largo, sentimos que Posada ha calado en algunas honduras no siempre evidentes de la persona de Guillén. A partir de estas versiones dibujadas del poeta, nos quedamos con la visión de un hombre jovial y triste, activo y reflexivo, disfrutador y severo, sobrio y frívolo, todo a la vez. Pero, especialmente, quedamos con la imagen de un hombre, como decíamos, desolado, imagen no revelada con facilidad. Detrás de esa amplia y reiterada sonrisa de Nicolás Guillén acecha una tristeza sin fin; detrás de su genuina afabilidad de camagüeyano delicado se esconde una melancolía furiosa; por ello, la paloma que sostiene en sus manos se transmuta en lanza o aguijón, en palma o palabra escrita.

Posada ha hecho una biografía por medio de imágenes. Pero pensamos que Posada ha hecho algo más que una biografía de Nicolás Guillén: ha relatado, en cierta medida, una biografía de la poesía, del país mismo. Tenemos ante nosotros los rostros de varios tipos de épocas. Las épocas de la vida: joven–viejo; y las épocas de la historia. La historia que arranca con las iniciales rebeldías heroicas y llega a la Revolución triunfante y sus años sucesivos, años pletóricos en la historia de la nación. Nicolás Guillén aquí no aparece como un personaje tallado en una sola faceta, sino con todos los caracteres complementarios de un hombre que ha vivido plenamente.

Posada me ha contado que, en la Bodeguita del Medio, en La Habana, lugar de reunión favorecido por Guillén, el poeta acostumbraba a solicitar de los músicos una canción mexicana cuyo final repetía la frase “pero sigo siendo el rey”. Late, sin duda, una raigal tristeza tras esa frase, tras ese “pero”. Sin duda, también se manifiesta una suerte de afirmación (“sigo siendo”) que va más allá de lo meramente personal. A lo largo de estas imágenes de Guillén visto por Posada se dibuja un ser complejo e importante.

La última caricatura (¿retrato?) de esta colección de Posada nos presenta a Nicolás Guillén, con su amplia sonrisa, que ahora se va a despedir, pero que camina, no hacia el pasado, sino de frente, hacia nosotros, hacia el presente, hacia el futuro. Bienvenido seas, Nicolás, ahora y siempre.

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