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"La radio se introdujo mucho en la forma de ser del cubano, siempre fue como un apéndice. Cuando empezó la televisión muchos pensaron que iba a desbancar a su antecesora, pero la radio siguió siendo la compañía imprescindible", cuenta Esther Borja, una de las mejores intérpretes de la música cubana, particularmente vinculada a la historia de la radio en la Isla.

Raúl Garcés |
La Habana


Una de las habitaciones de su casa guarda el testimonio de presentaciones suyas en importantes escenarios de Estados Unidos o Argentina, libros repletos de recortes de periódicos con alusiones a su obra, premios otorgados por las más diversas organizaciones, desde la estatuilla que le entregara la Asociación de la Crónica Radial Impresa en 1946 –conservada intacta-  hasta un Girasol de cristal de la revista Opina que, paradójicamente, ya perdió sus pétalos.

Más de mil canciones en su repertorio, donde incluyera a compositores como Manuel Corona, Gonzalo Roig, Eusebio Delfín y, por supuesto, Ernesto Lecuona, confieren a Esther Borja un puesto prominente dentro de la historia musical de Cuba. Y, sin lugar a dudas, también dentro de la historia de las emisoras que difundieron sus obras.

-¿Que cómo llegué a la radio? En 1930 me mudé para  San Nicolás, entre San Lázaro y Laguna. Recuerdo que todavía estudiaba magisterio, y que ese año la Escuela Normal había sido cerrada por la huelga contra Machado, en la que participamos los miembros del Directorio Estudiantil. Dio la casualidad de que en los altos de mi nueva casa vivía Lavín, el dueño de la emisora del mismo nombre, quien un día me preguntó si yo era la muchacha que él escuchaba cantar. Yo, efectivamente cantaba, pero solo mientras barría y limpiaba mi casa para evitar la monotonía de las labores hogareñas.

“El caso es que él me invitó para que fuera a su emisora y yo acepté. Aquello sería muy importante en mi carrera artística porque me incorporé a un programa muy popular con la orquesta de Armando Valdés, que fue la primera en llevar boleros como La rosa de Francia o Aquellos ojos verdes a ritmo bailable. Allí cantaba también un mulato buen mozo llamado Fernando Collazo,  que tenía gran aceptación entre la juventud, y sobre todo entre las mujeres. Hay un dato curioso que da una idea de la situación económica del país por aquellos años: lo que me pagaban por trasmisión era un peso”.

“También hice conexión con una señora que tenía una hora de radio en El Progreso Cubano, que pasaría a ser después Radio Progreso. Como no vivía tan lejos de esa emisora, me iba en tranvía hasta allá, cantaba y regresaba caminando para ver las vidrieras y pasear un poco. Luego canté en una estación que quedaba en la calle Galiano, la CMCA, gracias a que una amiga, Teté Pérez, gran pianista graduada del conservatorio González Molina, fue nombrada directora artística de la planta. Cuando yo no tenía nada que hacer me iba para la CMCA y cantaba a cualquier hora, lo mismo al mediodía, que en la tarde, que en la noche”.

-Pero, ¿no había una programación establecida, con horarios fijados estrictamente?
-Existían los programas que tenían anunciantes, pero había horarios un poco más libres en que se ponía a gente que empezaba como yo. Para mí es muy importante esta etapa de comienzos de los años 30, porque en la emisora Lavín  conocí a Elisa, una de las hermanas de Ernesto Lecuona. Ella tocaba el piano acompañando a su esposo, quien era dueño de una sastrería de la calle Galiano llamada La Sultana. Él anunciaba su sastrería y al mismo tiempo cantaba gratis en la emisora.  Por otro lado, conocí en la CMCA a un joven que tocaba perfectamente la guitarra, de nombre Juanito Brouwer. Era el papá de Leo, y a su vez hijo de Ernestina, la otra hermana de Lecuona. Así que ya tenía por dos vertientes la conexión con una familia que sería muy importante en mi carrera.

-Ellos la introdujeron entonces en la familia Lecuona.
-Tanto Elisa como Juanito me celebraban frecuentemente al escucharme cantar, y me aseguraban que a Ernestina podía gustarle mucho oírme interpretar algunas de sus canciones. Pero pasaba el tiempo y ninguno de los dos se ofrecía para llevarme ante Ernestina. Entonces un día, de esos arriesgados que vive la juventud, decidí irme a pie desde San Nicolás y San Lázaro hasta Infanta y Estrella, con mi musiquita debajo del brazo, para que Ernestina me dijera si yo tenía porvenir o no en estos menesteres. Con tan buena suerte que cuando estaba cantándole el repertorio que llevaba, salió una viejita ciega que se nos acercaba tanteando el camino, y preguntó: "Ernestina, ¿quién canta?" "Tía Carmen –respondió ella--, es una jovencita que vino para que yo la escuche". "¡Qué bonito canta! Cuando Ernestico la oiga..." Y aquello me dio el aliento definitivo. Ernestina componía canciones muy bonitas, le gustó como canté, y me regaló un montón de música de ella y de Lecuona para que yo la interpretara. Me invitó a La hora Lecuona que ella tenía en El Progreso Cubano, y así me hice amiga de la familia. Creo que me tomaron mucho cariño. Prácticamente en el momento en que Lecuona regresó de España me graduaba yo de maestra, cumpliendo un trato que tenía con mi mamá. Yo quería ser artista y ella me pidió que estudiara antes una carrera. Ya había obtenido el magisterio cuando me oyó Lecuona, me dio el visto bueno, me elogió y me dijo que tenía que estudiar canto. Antes, había estudiado música porque mi mamá, sabiendo que en realidad ese era el fuerte mío, me había hecho estudiar también en el Centro Gallego.

-¿Cuánto tardó Lecuona en descubrir a su Damisela Encantadora?
-Al principio hice con él unas presentaciones en radio, más que todo por ganar los dos o tres pesos que se pagaban en aquel momento. Luego, en 1934, Lecuona fue a México y a su regreso me trajo canciones con versos de Martí que estrenamos en la sociedad del Liceo femenino.

“Cuando estaba en Cuba él hacía los conciertos típicos cubanos, donde presentaba siempre nuevos valores e interpretaba su música y la de otros muchos autores de nuestro país. Fue entonces que me invitó a cantar en el Teatro Nacional, hoy García Lorca, y me dijo: “voy a escribir algo especialmente para usted”. Es curioso que siempre me tratara de usted, a pesar de que fui la cantante más joven que debutara con él.

“Su propuesta motivó tremenda lucha en mi casa, porque mi papá pensaba que actuar en teatro era como dar un paso hacia la perdición. Finalmente conseguí su anuencia y le di mi respuesta afirmativa al maestro. Álvaro Suárez escribió la letra de la Damisela y Lecuona la música”.

-¿En qué año la cantó por primera vez?
-En el año 35, el 13 de septiembre de 1935.

-Supongo que perdió la cuenta de las veces que ha tenido que cantarla desde entonces.
-Me ha perseguido toda la vida. En Argentina fue una explosión extraordinaria, surgieron las tiendecitas damisela, los cocteles damisela, los zapatos damisela... recuerdo que en uno de mis viajes allá me estaba esperando una firma con un par de zapatos azul prusia, otro negro y otro carmelita. Fue una enfermedad o una epidemia.

-¿Qué piensa de la contribución que hizo la radio en este periodo a la difusión de nuestro patrimonio musical?
-Fue una época de resurgimiento de la radio y de los valores de nuestra música. A fines de los 30 y en los 40 emergieron muchos compositores de mi generación como Orlando de la Rosa, Bruno Tarrasa, Boby Collazo, Mario Fernández Porta, Julio Gutiérrez. Aunque fueron años en que yo paraba poco en Cuba, recuerdo en la radio gran diversidad de propuestas: música clásica en el Concierto General Electric, un programa popular como De Fiesta con Bacardí, otro en la Cadena Azul cuya orquesta la dirigía el maestro Rodrigo Prats, o Serenata Tres Flores, de CMQ,  en el que yo participaba.

-¿Y eran bien remunerados los músicos?
-¡Qué va! Salario alto no había ninguno. Yo estuve contratada por CMQ cuando regresé de uno de mis viajes y a lo sumo me pagarían 300 ó 400 pesos.

-Dicen que pasaba lo contrario con las figuras extranjeras, aunque su calidad a veces fuera dudosa.
-Eso era un gran negocio. Los patrocinadores las traían y las presentaban en la radio y luego en teatros como el de Radiocentro, mientras que los artistas cubanos quedábamos muy mal parados. Por eso los que teníamos oportunidad de trabajar en el exterior nos íbamos y cuando regresábamos tenían que pagarnos al menos un poquito más de lo acostumbrado.

-¿Había posibilidad de contratos en las emisoras pequeñas?
-Aquí para estar contratado había que trabajar en CMQ o en RHC Cadena Azul. En otras emisoras lo que hacía mucha gente era conseguir primero a los anunciantes y luego proponer los programas. Yo, por ejemplo, tenía en la CMK La Hora Agrícola Nacional. En una entrevista con el Ministro de Agricultura le propuse la idea y accedió a presupuestar un espacio que combinara consejos sobre temas agrícolas con música. Me busqué a un ingeniero agrónomo cuya esposa era doctora en Pedagogía y formamos un equipo. Ernestina Lecuona me acompañaba al piano y yo cantaba y traía como invitadas a algunas figuras.

“Como era una chiquilla, sin personalidad artística ni nada, nombraron de administrador y director del programa a Osvaldo Valdés de la Paz, quien era amigo del Ministro de Agricultura, pero en la práctica yo contrataba a los artistas y lo hacía todo. Por eso le digo a los que empiezan que hay que prepararse bien para la vida. Yo le agradezco mucho a mi madre, por ejemplo, que me exigiera hacerme maestra, porque eso me ayudó a pararme delante de un auditorio, hablarle a los alumnos “sin faltas de ortografía” y desarrollar mi cerebro para elaborar ideas con un fundamento cultural”.

-Sé que en sus intermitentes estancias en Cuba trabajó para la RHC Cadena Azul y la CMQ, así que podrá hablarme de sus dueños.
-¿Por quién empezamos?

-Por Amado Trinidad.
-Un enamorado de la radio. El dinero lo había hecho a través de los cigarros Trinidad y Hermanos, y cuando se retira de ese negocio invierte su capital en la RHC. Era un guajiro apasionado y listo, pero le faltaba una cosa fundamental que es el equilibrio. Cuando se enamoraba de las cosas iba por encima de lo que podía hacer. Pero así y todo le dio un impulso grande a la radio. Esa misma voluntariedad suya de pagarle a los artistas más que lo que pagaba CMQ, hizo subir nuestros sueldos. Yo fui una de las que me fui con él porque tenía necesidad de prosperar. Trabajé muchísimo en el programa McFactor, un musical que conducía y en el que tenía que estrenar algo cada vez.

-Goar Mestre.
-Era una persona educada en los Estados Unidos, con una mente capitalista todo el tiempo. No era la gente franca con la que una pudiera abrirse. Trabajábamos en el mismo ambiente y en alguna oportunidad coincidimos en las fiestas que había, pero nada más. Compartí con él cuando vino Cantinflas y aparezco en una fotografía sentada entre ellos dos. Nadie podía tocarle sus intereses.

-¿Recuerda anécdotas en torno al éxito que lograron algunos programas de la época?
-Una vez regresé de una presentación mía en Estados Unidos y fui a bañarme al círculo militar que quedaba al lado del Náutico. Entonces oigo a dos señoras que están conversando: “¡Imagínate! –le decía una a la otra--, fulanita y menganita no saben lo que están haciendo. ¡Pobre de Albertico Limonta!” Yo suponía que se trataba de una conversación entre dos viejas chismosas y en realidad estaban hablando de El Derecho de Nacer.

“Recuerdo a una amiga en Regla que me hizo ser testigo de su matrimonio. Yo hablé con mi chofer para que me llevara a la boda puntualmente, pero cuando llegué no había nadie. El matrimonio no se pudo efectuar hasta que pasó la novela, porque hasta la novia y el novio la estaban escuchando. Y yo esperando porque aparecieran. En el año 53 tuve la oportunidad de conversar en Mallorca con José Boula, el personaje que interpretaba a Rafael del Junco y nos divertimos muchísimo recordando su repentina mudez luego de que reclamara un aumento de sueldo”.

 -Hay quienes reducen el público de las novelas en aquellos años a amas de casa o al ejército de mujeres que trabajaban como sirvientas. ¿Usted qué cree?
-Que aquellas a las que yo escuché en el círculo militar no eran sirvientas. Eso lo oía todo el mundo aquí, hasta los hombres.

-¿Recuerda programas de trascendencia política? La hora de Chibás, por ejemplo.
-Tuvo un éxito extraordinario, porque desgraciadamente estábamos tan llenos de gente corrupta que cuando salía una persona limpia era como un mirlo blanco. La Hora de Chibás era esperada porque el pueblo cubano estaba necesitando tropezarse con gente honesta y seria, de lo contrario no habríamos llegado a esto que tenemos ahora.

 “Chibás era un hombre tremendamente cortés. Un día me invitó al  teatro Martí para ver a uno que, según le habían dicho, lo imitaba. Lo que tenía era un billete de cien pesos y con eso pretendía pagar la entrada. “¿Tú estás loco?”—le dije, “¿no te das cuenta de que el taquillero nunca ha visto cien pesos juntos?”. Yo pagué las entradas ese día, pero al siguiente él me mandó una caja de bombones”.

“Su muerte y luego su entierro estuvieron rodeados de una conmoción enorme. Fue terrible tener en Cuba una estafa tan grande como la que significó Ramón Grau San Martín, un hombre que salió del pueblo porque la gente lo suponía una persona decente”.

-Pero el que le siguió fue peor.
-Lo de Carlos Prío fue una cosa espantosa. Él visitaba mi casa, llegaba  y le preguntaba a mi madre si quedaba algo de almuerzo. Después que se hizo presidente no nos visitó más y la amistad, por fortuna, se rompió.

-¿Recuerda el espacio de Salvador García Agüero?
-Esa era la voz más linda que tenía la radio cubana.

-¿Le parecía mejor orador que Chibás?
-Era una cosa distinta. A García Agüero lo oían más los comunistas, la gente de su credo político.

-En 1946 usted recibe el premio de la Asociación de la Crónica Radial Impresa. Dicen que los miembros de la ACRI pedían dinero a los premiados...
-A mí nunca me pidieron dinero, supongo que ellos lo recaudaran de las entradas que vendían para los festivales anuales que se hacían en el Cabaret Montmatre o en el Coney Island. Sí había algunos periodistas que tenían revisticas y por sacar una foto tuya podían cobrarte 30, 40 ó 50 pesos, hasta que tú los parabas en seco y les decías que no estabas para ese brete. Pero a mí ni Paco Ichaso, ni José Manuel Valdés Rodríguez, ni Nena Benítez, ni Conchita Gallardo, ni Arturo Rodríguez, ni otros muchos periodistas de verdad que se dedicaban a hacer crítica musical,  me pidieron nunca un centavo. Eso más bien lo hacían aquellos que se dedicaban a preparar un cancionero, o una revistica que publicaba la fotografía del artista para hacerle publicidad.

-¿A qué razones usted atribuye el impacto que logró la radio cubana en estos años?
-Hay que tener en cuenta que la radio se introduce mucho en la forma de ser del cubano, siempre fue un apéndice del cubano. Cuando empezó la televisión muchos pensaron que iba a desbancar a su antecesora, pero la radio siguió siendo la compañía imprescindible. Yo he sido jurado de los festivales de radio y hay que ver  la cantidad de programas que vienen todos los años desde provincias.

“Es un medio muy amigo de los oyentes. Te lo digo porque estuve padeciendo un fuerte dolor en las rodillas y no podía dormir de madrugada. Después que pasaba el sueño fuerte provocado por el cansancio me despertaba y me convertía en una de las oyentes más fieles de Haciendo Radio. A las 5 de la mañana ya estaba esperando la Bayamesa. Sin conocer a Jorge Ibarra estaba enamorada de él, me encantaba, era mi compañero de dolores y angustias. Su voz era mi aspirina”.

-Esther Borja recorrió Argentina, Estados Unidos, Colombia, España y otros tantos países. ¿No extraña esas andanzas de teatro en teatro?
-La verdad es que no, yo tenía hambre de estar en mi país, en mi casa, porque siempre me pasé la vida con la maleta a cuestas.

-¿Qué le agradece a su etapa de vinculación con la radio?
-Una buena parte de mi desarrollo profesional, y que fuera y siga siendo mi compañía. Ahora tengo el radio al lado de la cama.

-¿Ya no canta?
-Ojalá pudiera, pero perdí la capacidad para emitir. Deben ser los años. Hay que resignarse a que los años pasen.
 

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