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ESPUMA
 
Rogelio Riverón | La Habana


Si atendemos a la compleja idea de que los libros, en propiedad, nos son dictados por algo superior; de que un escritor es apenas un amanuense, de que lo importante son las obras y no los autores, entonces el estilo es una trampa. Consistiría en la capacidad del escritor de abstraerse y a la vez hacerse inolvidable, de retirarse en tanto demiurgo y manipular desde la oscuridad los hilos que, en el libro, provoquen gestos que son suyos, y no de la lengua. El estilo es, en esencia, la vanidad del escritor.

En estos días me ha dado por recordar que los escritores-machos, a lo Hemingway, o los escritores-hembras, a lo Colette, pudieran llegar a dejarnos insatisfechos debido a ciertos tics implícitos en sus  propósitos, a la postre exclusivistas. El cántaro de cualquier élite, ha insinuado George Steiner, termina por cuartearse ante la fuente. Mi posición, también un tanto fundamentalista, ha sido desempolvada por la lectura de Espuma, el libro que me pidieron presentar y del cual hablaré gustosamente.

A pesar de que se inicia con un cortés insulto a los hombres, no se trata de un libro técnicamente feminista. Esa ambigüedad lo hace atendible, y he agradecido esa especie de narrador escurridizo, untado con el sebo de la heterogeneidad que impide (creo que esa debe ser la palabra) que tengamos presente su pertenencia sexual. Karla Suárez se ha propuesto sacar partido de lo inmediato, algo —lo sabemos— que requiere más coraje  que las desechables maneras del escándalo (quizás la  pieza titulada “Un poema para Alicia” se valga del tremendismo argumental, pero su propia construcción, basada en un narrador fantasma, en un confesor del confesor que tamiza los hechos y su absurdo implícito, la coloca en una dimensión helicoidal y retroactiva). La obviedad es, pues,  modelada en Espuma con una especie de tensión en la que vibra una sensualidad lenta, lentísima, que nos lleva y nos trae de los suburbios del Hombre, para decirlo con una imagen que sé rugosa, shakespeareana, romántica.

Once cuentos como once vestimentas para la realidad son la oferta de Karla, quien a través de sorprendentes asociaciones, de su personal cinismo, de una evasividad en función dramatúrgica que no recuerdo en muchos de nosotros, sus contemporáneos, construye un mundo que se basta para provocar muchos asentimientos. Puesto a nombrar, articularía otros títulos de este libro: “El ojo de la noche”, una pieza de figuras obligadas a repensarse, a un aislamiento que pueda reafirmarlas en sí mismas y que, sin embargo, siguen identificadas con el recelo;  “Aniversario”, donde la Historia deja de ser pictográfica y la ingenuidad nos permite ser de todo, incluso cursis, y las piezas breves que hacen de Espuma un libro salteado, mitad realista, mitad parabólico, puesto que parecen ellas mismas una alusión plural, un acertijo sobre la condición humana, parábolas en torno a la fe, la traición, la posteridad y el lado trágico de la creación artística.

Supongo que no sea de buen gusto hablar demasiado en este tipo de performance merecido, que consta de otras fases, pero sépase que no he pensado estas frases como quien hace una gestión burocrática. Sospecho además que hay libros, cuyo elogio mejor debe ser, no una disertación que haga poner los ojos sobre la presunción del presentador, sino, limpiamente, un poema que vibre en su misma frecuencia, que glose las locuras a que nos mueve. ¿Cuántas veces he escrito la palabra Espuma? ¿Cuántas la palabra Karla? ¿Lo que me gusta es el libro? ¿Es la autora, es decir, su estilo? A estas alturas todo puede mezclarse.

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