La Jiribilla | CALLE DEL OBISPO                                                           
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER 

EL GRAN ZOO 

PUEBLO MOCHO 

CARTELERA 

BUSCADOR 

LIBRO DIGITAL 

•  GALERÍA 

LA OPINIÓN 

LA CARICATURA 

LA CRÓNICA 
MEMORIAS 
EL CUENTO 
EN PROSCENIO 
LA FUENTE VIVA 
Otros enlaces 
Mapa del Sitio 


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

 

VERSIÓN PARA IMPRIMIR

BAJANDO POR CALLE DEL OBISPO
MEMORIA PUNTUAL DE LA CALLE MÁS HABANERA IMAGINABLE

XVII - EL PRODIGIO

Reinaldo Montero
 

El pasadizo entre muros llega a Calle De San Pedro. Muerte de Maceo en el potrero de San Pedro. No más. Entonces que sea Calle Del Molinillo, con su molino cerca del muelle de Luz. Sí, Calle Del Obispo cumplió la promesa, se ha abierto como se abre la última puerta, y qué luz, luz y ruido, ajetreo cotidiano, sonido de ciudad en sus trajines.

Y en San Pedro el edificio de oficinas, el patíbulo lustroso. Te dan deseos de ascender al patíbulo en puntillas por el borde de la escalera, por el filo entre abismo y abismo, y no ensuciar. Y no. Que reviente el edificio completo, no tú. Te registras los bolsillos, sí, trajiste el telegrama admonitorio. /Presentarse urgente para definir su situación./ Pésimo verso. Después de este aviso pueden mandarte la policía. No tanto. O como dicen, te coge La Ley Contra La Vagancia. Hay tanto desempleo que ya esa ley no cuenta. ¿Y latigazos, oreja quemada o cortada, marca en la frente o en el carrillo, cárcel, ahorcamiento? No, simple cabra marcada. ¿Y para qué viniste hasta aquí?, ¿a decir delante del patíbulo, no voy a entrar? Eso, no dirás no voy a entrar, es simple, no entrarás. Decisión Habana.

Y San Pedro permite ver la bahía, el mar. Cruzas la calle, te paras frente al mar. Silencio. Aquí se detenía el obispo don Jerónimo de Lara para ver la expansión que es el mar.

Expansión que no es reventar de carga explosiva, ni estruendo con destrozo catedrálico. Expansión que es susurro, un suscitar palabras para llegar al gesto que quiso cambiar el curso de la isla, y las palabras empiezan por señor don Sebastián de Ocampo, usted que vino a poblar siendo natural de Galicia y criado de la reina Isabel La Católica, usted que acompañó a El Gran Almirante, que oyó discernir sobre certeza y conveniencia, sobre posibilidad y realidad entre El Almirante y el que fuera dueño de La Santa María y cartógrafo de mérito don Juan de la Cosa, porque con la frente de perseverar, Juan de la Cosa afirmaba que Ysla era de embrujo seductor, y don Cristóbal, clavado en sus trece, que Tierra Firme será o el embrujo seductor se trocaría en páramo embrujado y ni media palabra más, cortó El Almirante, que tenía a la tozudez y al orgullo como sus mejores aliados desde que comprobó los cálculos de Paolo Del Pozzo Toscanelli, y glosó la polémica con Nicolás de Cusa, y esgrimió cierto libro intitulado El Millón del maese Marco Polo, que solo la tozudez y el orgullo hacen posibles los grandes saltos, porque trazado lo tenía Toscanelli, pero había que saltar de la realidad de la traza, a La Realidad, y el rey de Portugal y sus irreales canónigos murmuraron nones a rutas utópicas por mares quiméricos hasta tierras aparentes, mas una buena idea favorecida por la tozudez y el orgullo hallará siempre lugar, como ocurre con los buenos textos en román paladino /Cual suele la gente fablar a su vecino,/ y en La Realidad, la idea de El Almirante encontró sitio, y muy luego usted, don Sebastián de Ocampo, avecindado en La Española, zarpó con dos naos para dirimir la discrepancia entre Colón y Cosa sobre embrujo seductor o páramo embrujado, y en cuanto tomó por la banda del Norte, supieron de usted el cacique Habaguano y su behíque, gracias a los chillidos de los muertos-murciélagos y a la calidez del vómito, y para deshacer cualquier duda, las caracolas se acomodaron muy claras frente al laberinto, el eco del guamo se deslizó con el andar húmedo de Caracaracol, las cabezas videntes lloraron en la cohibá, y también lo ratificaron el vigilante pétreo, las jutías de colas mustias y la más escandalosa lechuza de la noche, sí, usted, o alguien como usted, en el año que luego aprenderían a llamar de uno y cinco y cero y ocho, todos del Señor, iba a contemplar la más hermosa de nuestras bahías, e iba a entrar para hacer mansión, y usted puso en su cuaderno de bitácora, ordené bordear el peñón como morro que hay en la boca, entré por el canal bien protegido por una colina, llegué al seno de las aguas, y sepa don Sebastián, que Habaguano vio como usted echaba anclas, en el borde mismo de la isleta con palmas suaves y arenas intactas, y luego, allí mismo, en medio del bolsón de la bahía, usted pondrá en el cuaderno de bitácora, vi los bosques con cedros y caobas, que solo la providencia puede procurar tanta cosa conveniente, porque hasta mineral asfáltico hay, y cuando se disponía a dar las órdenes para iniciar el calafate, fue que vio a Habaguano en un risco, muy próximo al mar, como posado y esperando estaba, y vio que el taíno lo veía, y que hacía signos de paz, como diciendo soy bueno, y ahí usted se equivocó, don Sebastián, porque Habaguano hacía los gestos convenidos con Cemí en la cueva de registrar certezas, cueva por donde sigue respirando esta tierra que isla es, como usted comprobaría luego, cueva donde Cemí dijo, el extranjero admirará el prodigio y comprenderá que algo hay que él no alcanza, y respetará, y empezará a cambiar el curso de las cosas, y Habaguano avanzó una pierna y apoyó el pie sobre el mar, y el mar fue sustentante como piedra, y Habaguano dio otro paso, y otro, y otros, y se detuvo para que bien parado sobre las aguas lo viera el extranjero, como si usted, don Sebastián, no se supiera proteger con la incredulidad o el descrédito o ambos, ¿será truco de El Demonio?, y ni siquiera se tomó el trabajo de hacer la cruz, se cercioró de que los marinos andaban cumpliendo las tareas del carenaje, así que nadie más se había percatado de aquel taíno medio batracio, protegido tal vez por Gardaitas o Manannan o cualquier otro demonio, o simple imitador del gigante San Christoval, ¿o estará sobre un tronco de palma?, y luego, usted pondría en el cuaderno de bitácora, llamo a ese sitio Puerto De Carenas, y no vi ni un indio ni una sola almadía que llaman canoa, que hasta el día anterior vi las, algunas con fustes muy hermosos y labrados que era placer verlas, que así se protegió usted, don Sebastián, haciéndose indigno del prodigio, asesinando la verdad, y entonces Habaguano, por obra y gracia de Cemí en contubernio con la jodedora Mabuya, se disolvió como la respiración en el viento, y entró en la invisibilidad, ¿o no estaba claro que el prodigio no cambiaría el curso de nada?, ¿y cualquier gesto futuro, descomunal o mínimo, servirá para algo en esta tierra, que no es firme sino Ysla flotante, viento encarnado, fuego siempre a punto de extinguirse?, y Habaguano se hace visible ahora, de nuevo está apoyado sobre las aguas, y el mar no lo devora con suma suculencia, y de este lado de la bahía, tus ojos lo ven, y lo vieron antes los ojos de don Jerónimo de Lara cada tarde, para cada tarde callar el prodigio como calló don Sebastián de Ocampo, pero tú no callarás, tu vas a proclamarlo, que se sepa, el prodigio repetido de Habaguano es un gesto naciente por encima de incredulidades y descréditos, por encima de la isla que una y otra vez zozobra, cual páramo devoto de la levedad, también de la tozudez y del orgullo, ¿y para qué los esfuerzos?, ¿para qué el repetido anhelo?, que responda quien sepa de certezas y conveniencias, de posibilidades y realidades, ¿por qué el perenne asesinato de la verdad? Y la palabra verdad ocupa bahía, Habana, isla, silencio.

El prodigio ha concluido. Habaguano desaparece. Hay que concluir, y concluir no es solo ejercer la soberbia del reo que niega el patíbulo, concluir es sentarse en este muro salpicado de petróleo, porque la bahía se ha convertido en enorme charco prieto, sin siquiera una isleta de palmas, y el sol ahora mismo es un diablo demasiado alto para el gusto de don Jerónimo de Lara, y quizás hasta para el gusto de Habaguano, y el sol rechina, Sol-edad Habana.

Y al margen del patíbulo, ya no existe el patíbulo, ¿cuál es tu culpa, la que sientes con tanta fuerza ahora mismo, la que te será castigada en vida, la que seguirán escarmentándote en muerte? ¿Quién descenderá de la Colina Del Error, y se apoyará en tu cabeza, y no cabrán suplicas, y te morderá como perro y te aprisionará como serpiente, y no habrá piedad?

¿Por qué sonríe, señor?

Al carajo las voces de los ángeles ciegos, de los tiranos dormidos, de las páginas impresas en letra pequeña, ¿verdad, don Jerónimo, Habaguano?, ¿verdad? Verdad.

 Anteriores Bajando por calle del Obispo

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2002
 IE-800X600