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EL
TIEMPO DE LA ESPERANZA
Soy
incapaz de hablar de él en pasado. A veces, cuando
converso con gente seria, tengo que recordar que debo
referirme a él en pasado, no en presente. Para mí, hay
una especie de diálogo que no se ha interrumpido. No
podría decir cómo, ni qué, pero es una presencia. Una
presencia que no pesa, sin efectos negativos. Esa
presencia existe. Entrevista con Ugné
Karvelis.
Armando Chávez
| La
Habana
Julio Cortázar soñó en algunas de sus más de treinta mil
noches de vida, con una ciudad laberíntica, de la que
llegó a conocer los más ocultos rincones. Quizás, a tono
con sus relatos, anhelaba ser habitante permanente de un
mundo en el que ahora bastara cerrar los ojos para
entrar y reencontrarlo, a pesar de la muerte.
Para reconstruir esa ciudad, en medio de las brumas de
la vigilia, tendríamos que acudir a la memoria, los
mitos y la literatura. Sería una ciudad donde
coincidirían todos los días de Cortázar, desde su
nacimiento, en medio de un bombardeo de las tropas del
Káiser en Bruselas, hasta su muerte, en un hospital de
París.
En
ese amasijo de calles y edificios, habría congresos de
brujas, se escucharía música incesantemente, miles de
gatos se estirarían en los quicios de las ventanas, los
adultos podrían jugar sin sentir vergüenza y reinaría
una aparente locura y extravagancia ante la habitual
racionalidad e insensatez del mundo.
Algún lector volvería a esperar a Cortázar en el café
Old Navy, del boulevard de Saint Germain, donde escribía
durante varias horas en la mesa de un rincón, sin
permitirse pausas, ni poder escabullirse. Lo hubiera
delatado su cuerpo larguirucho, las manos grandes y la
voz con cadencia de erres arrastradas.
En
esa ciudad estarían, además, todas las casas que habitó
en París. Entre ellas el apartamento vecino de la rué de
Sevres y la casita en forma de espiral cerca de la Place
du Généram Beuret, donde conservaba recortes de noticias
insólitas, objetos inverosímiles y, según decía, hasta
un cuarto lleno de juguetes para tocar trompeta.
Al
doblar alguna esquina, aparecerían las barricadas de
mayo de 1968. Cortázar, entonces de cincuenta y tres
años, con melena, repartiría una vez más volantes para
entusiasmar a los adolescentes con fantasía y humor,
suficientes para desnudar los más grandes dramas sin
necesidad de tremendismos ni cursilerías.
En
una de esas muchas esquinas, en uno de esos cafés, en
uno de esos barrios. Julio Cortázar se cruzaría una y
otra vez, sin darse cuenta, con una muchacha lituana de
ojos claros, espigada y fugaz. Ugné Karvelis tampoco
tendría tiempo para mirarlo a él. La literatura se
encargaría de anudar varios años de idilio.
Si
en esa ciudad se fueran a escuchar las melodías
predilectas, no alcanzaría un mes. Durante noches y días
se hablaría del jazz y de Louis Armstrong con puntillosa
precisión de detalles. Si en un momento se oyera el
Quinteto en La Mayor, de Mozart, sabríamos que Cortázar
estaría a punto de morir.
Desde un martes a las diez de la mañana. Julio Cortázar
reposa en el cementerio de Montparnasse, junto a la
tumba de Baudelaire, cerca de Sartre y Vallejo en las
inmediaciones de las mismas calles por las cuales
caminaban los personajes de Rayuela , empecinados en
burlar la rutina, la soledad y el sinsentido de la vida.
En
ese mundo, que tratamos de rescatar de las remotas
noches de sueño de Cortázar, lleno de juego, locura,
poesía y humor, reinventable según el gusto personal, se
confunden seguramente contornos de Buenos Aires,
Barcelona, La Habana y el París más íntimo que nunca
aparecerá en las guías.
Casi cuatro décadas después de que la presencia
adolescente de Cortázar la intimidara por primera vez,
Ugné Karvelis emerge de esos sueños y vigilias. Acodada
en un café de La Habana, cierra los ojos y camina por
esos mundos, como si, aún, él la acompañara.
-Cortázar protegía mucho su
privacidad, tenía cierto umbral, una vida secreta. ¿Qué
quedaba oculto tras ese pudor, por qué la soledad?
-Hay gente que sólo se siente
bien rodeada de una gran cantidad de amigos. Julio nunca
fue de tertulias ni de grupos. Era un hombre de pareja.
Necesitaba un interlocutor, pero que no le impusiera una
atención constante. Necesitaba el silencio para todo y
especialmente, para trabajar o jugar. Siempre defendió
la idea del homo ludens, del hombre jugando.
Consideraba la capacidad de juego como la principal
diferencia del hombre de las demás criaturas del mundo.
En
lo político, le hubiera gustado integrarse a un grupo.
Pero no era parte de su carácter, por la vida que llevó
durante los años de juventud, cuando fue profesor de
secundaria en ciudades de provincia de Argentina, entre
ellas Mendoza. Vivía en soledad, sin ninguna compañía,
en pensiones muy baratas. Tuvo que ser maestro porque la
familia carecía de recursos para pagarle la universidad.
-¿Está de acuerdo con esa imagen
de hombre niño, de gran fantasía, humildad, modestia
extrema, y entregado al humor, quizás como un recurso
para tomar distancia del dramatismo excesivo de algunas
situaciones?
-Como todos los estereotipos, ese
corresponde y no corresponde completamente con la
verdad. La imagen de gran niño es un poquito falsa. Le
gustaba jugar y consideraba que, para un niño, el juego
era una cosa muy seria. Para él, también eran muy
importantes el reino animal y el vegetal. Durante horas,
podía mirar insectos o jugar con un gato. Eran algunas
de sus maneras de comunicarse con el Universo.
El
gusto de Julio por el humor es absolutamente cierto, de
alguna forma hay que defenderse. Vivimos una época muy
trágica. A veces, parecía que el tiempo de la esperanza
había llegado. Pero después vino el tiempo de la
dictadura. No sufrimos tanto en carne propia, pero sí
por los amigos. Pasamos muchos años luchando contra la
dictadura, intentando salvar a la gente. En esos
momentos, uno no podía vivir con una cara trágica todo
el tiempo. La única manera de salvarse es tomar la
distancia necesaria para mirarse a sí mismo con humor.
La
modestia también era muy importante en Julio. No le
interesaba ni necesitaba el dinero o los bienes
materiales. A lo mejor, una consecuencia de su infancia
pobre. No tenía ningún afán de comprar cosas caras. Al
contrario, adquiría cositas sencillísimas. Cuando
entraba a una papelería, no se le sacaba nunca más de
ahí. Íbamos con frecuencia. Soy un poco así, con
montañas de libritos, libreticas, lápices de todos los
colores imaginables, pasta para modelar y Dios sabe
cuántas cosas más. A él le gustaban mucho las cosas
bellas, el arte y la pintura, pero nunca se le hubiera
ocurrido comprar objetos o muebles caros, no estaba
dentro de su visión del mundo.
Con estos correctivos, más o menos, los estereotipos se
corresponden con el Julio real.
-¿La sostenida afición de
Cortázar por el jazz, de cierta forma, también daba
continuidad a su preferencia por lo surreal y la
improvisación en la escritura, como si fueran modos
parecidos de hacer en la música y la literatura?
-No estoy segura de eso. Soy muy
desconfiada, tanto como Julio, de las explicaciones
demasiado racionales, teorizantes y analíticas de
fenómenos tan vitales como el Jazz en la vida de él.
Era un apasionado de todo tipo de música. Todo el mundo
habla del jazz, lo cual es cierto, pero no era el único
mundo musical de Julio. Es muy difícil decir qué era lo
que le atraía de ese género musical. Yo tampoco sabría
decir por qué me atrae tanto e! jazz, a pesar de que
soy una apasionada de él, desde que al final de la
Guerra, a los nueve años, lo escuché por la radio y se
me pegó para siempre.
Julio de vez en cuando contaba cuánto había disfrutado a
Louis Armstrong en un concierto en vivo. El día que
murió Louis estábamos en una casita de campo. La noticia
fue un golpe muy fuerte para él. Después de cenar, puso
música de Armstrong. Yo salí al jardín. Comprendí que
tenía que dejarlo solo. para que viviera su luto. El
vínculo de Julio con la música era muy profundo, no se
puede racionalizar,
En
ese plano de las explicaciones teorizantes y analíticas,
de vez en cuando recibía cartas, de gente que preparaba
tesis y le preguntaban acerca de los temas más
increíbles, al estilo de cuál podía ser la influencia de
Celine en su obra. Julio me leía esas cartas y decía:
«Obviamente ninguna, punto.» Le preguntaban, por
ejemplo, cuál era su relación con la literatura rusa.
Esta relación era reducida. No era la literatura que
había leído y conocido mejor.
-¿Estuvo Julio consciente, desde
el principio del alcance que podía tener su obra en la
literatura latinoamericana, con sus juegos de fantasía,
humor, ternura, irreverencia contra la solemnidad?
-De lo latinoamericano, siempre
rechazó la excesiva seriedad en el comportamiento y la
expresión en público. Y ya estamos de vuelta frente al
hombre jugando. Las cosas que no traían algún elemento
lúdicro le parecían siempre muertas, entonces para qué
ocuparse de ellas. El destino de la literatura
latinoamericana como tal no era un problema que le
preocupara. Escribía sin pensar en ese contexto; el
mejor ejemplo, es casi un pleonasmo referirlo, es que
cuando escribió Rayuela pensaba que había hecho
un libro culto para el público culto de su edad. Ese
público no entendió absolutamente nada, no supo leer el
libro, mientras que, como sabemos, Rayuela se
convirtió en una obra idolatrada por la juventud. Un
fenómeno inesperado, inaudito, absolutamente
incomprensible para él.
A
mí me ocurrió lo contrario de la gente culta de la época
de Julio. Rayuela fue mi libro y el de mis
amigos. Ellos me dijeron: "Leyendo Rayuela ya lo
tenemos todo, es nuestro mundo". Yo no era tan joven,
pero tenía una mente joven. Llegué a París el mismo año
(1951) que Julio. Tenía dieciséis años y él, treinta y
uno. Sin encontrarnos, vivimos en los mismos
apartamentos, caminamos por las mismas calles, visitamos
los mismos cafés. La única diferencia era que, como no
soy argentina, no tomaba mate. Debimos de habernos
cruzado muchas veces en el mismo barrio. Años después de
su muerte, hablando con un amigo argentino que vivió en
esa época por allí también, descubrimos que, como
ninguno tenía ducha privada, todos íbamos, incluso, al
mismo baño público.
-¿Usted, como mujer,
alguna vez ha sentido el machismo de Cortázar, de
colocar a las mujeres en una especie de altar y musas de
los personajes masculinos? Él dijo que quizás en un
plano consciente colocaba a la mujer en una "situación a
la vez privilegiada y peyorativa, ambivalente".
-Yo sentí otra cosa. Sentí que
las mujeres en la obra de Julio están, por lo general,
condenadas, acaban mal, con una sola excepción, Ludmila,
en Libro de Manuel. Es el único personaje
femenino que no termina de manera negativa. Es el único
personaje femenino que se salva. Si mira con atención,
las mujeres en la mayoría de los casos son perdedoras o
matan. El machismo de Julio no era el machismo clásico,
de hombre aplastando o dominando a la mujer. Era un
machismo más profundo, mezcla de admiración y gusto por
la mujer. Y de cierta envidia, a lo mejor, por ciertas
posibilidades de la mujer de las cuales carece el
hombre. De alguna manera, eso se refleja en su obra. Es
una interpretación absolutamente personal.
-Jorge Luis Borges y muchos
críticos consideran que el fuerte de la obra de Cortázar
son los cuentos. Usted, con una visión más amplia e
integral, ¿está de acuerdo? Hay autores que prefieren
elogiar, sobre todo, la capacidad innovadora de Rayuela
.
-Entre los lectores de
Julio, hay algunos que prefieren los cuentos y otros,
las novelas. Casi pudiera hacer un estudio sociológico
sobre los integrantes de cada grupo. Son caminos y
procesos distintos.
Francamente, no diría que los cuentos son superiores a
las novelas, o viceversa. A mí, sinceramente, me
interesan las dos líneas de creación. Es un falso
problema comparar los dos ámbitos. La obra de un
escritor se compone de muchos elementos heterogéneos.
-¿Cómo considera al Cortázar
poeta? ¿Logró él vencer el persistente miedo y vergüenza
a considerarse poeta? Lamentaba que sus poemas no le
gustaran a sus amigos.
-Siempre quiso ser un gran poeta,
pero no lo era y lo sabía. Él escribió poemas a lo largo
de su vida, aunque no de manera continua. Pero como
tenía mucho sentido autocrítico, se daba cuenta de que
la mayoría de los poemas no estaban al nivel que hubiera
querido. Era un gran escritor de textos en prosa. Sin
embargo, logró poemas muy buenos, con cosas muy
interesantes. Para él, la poesía siempre fue una
frustración. Era un poeta frustrado.
Apasionado del teatro clásico y experimental, Cortázar
también sufría por no poder escribir una obra teatral.
En ocasiones confesó que quedaba automáticamente
bloqueado.
Sólo hay dos obras, si es que "Los Reyes" se puede
llamar obra de teatro. No estoy muy segura. La otra fue
escrita ya casi al final de su vida. "Piada a Phuajó",
un texto muy divertido. Aparte de eso, no creo que fuera
una obra teatral. En un festival de teatro de Austria,
fue montada por el director brasileño Augusto Boal y
gustó mucho. En mi opinión, es una especie de juego de
ajedrez más que una creación para teatro. Su mundo,
obviamente, no era el teatro. Si hay que dar o buscar
una explicación racional, proviene quizás de que,
justamente, Julio quiso escribir una literatura abierta,
darle al lector la posibilidad de organizar su propia
lectura a partir de los elementos que él entregaba como
autor. Y una obra de teatro no puede ser tan abierta, no
funciona en el plano teatral. Un texto de esa naturaleza
para ser bueno, tiene que obedecer, plegarse, a reglas
muy estrictas de progresión del argumento y evolución de
los personajes.
-Cortázar, poco antes de morir,
dijo que no conocía ningún aspecto negativo del llamado
boom de la literatura latinoamericana. ¿Cual es su
visión personal de la gestación e influencia posterior
del controvertido fenómeno literario?
-La supuesta fabricación del
llamado boom latinoamericano en Europa es una falsedad.
Por ejemplo, la traducción francesa de Rayuela se
publicó en 1967, dos mil quinientos ejemplares, pero
tardó prácticamente quince años en reeditarse. Ya eso es
una respuesta. Además, Rayuela nunca se publicó
en España durante el tiempo del franquismo, aunque casi
al final del régimen, nuestro amigo Jaime Salinas, que
entonces dirigía Alfaguara, negoció con la censura y le
dijeron que sí, con la condición de que se quitara una
frase: "Dios, el pajarito mandón". Y Julio dijo que no.
Rayuela quedó sin publicarse hasta después de la
muerte de Franco.
Algunas obras de Carlos Fuentes tampoco pudieron
publicarse en España. Entonces, ¿de qué boom fabricado a
partir de Europa podemos hablar? El boom correspondió a
dos fenómenos. Una especie de liberación o
autorreconocimiento de los escritores latinoamericanos,
que se atrevieron a romper finalmente con las reglas de
la Real Academia de la Lengua Española, por un lado; y,
por otro, con las formas impuestas por una cierta
tradición literaria europea. Los verdaderos artesanos
del boom no fueron los europeos, sino los lectores
latinoamericanos.
Hubo otra coyuntura, la existencia de una galaxia de
estrellas, por pura casualidad. En ese momento, hubo
varios escritores de muy alta calidad, con obras
diferentes, que iban en direcciones diferentes pero que
todos, a su manera, afirmaban el espíritu
latinoamericano. Los Jóvenes escritores que se quejan
del boom tendrían que pensar que en realidad esos
autores les abrieron los caminos, las puertas. El boom
fue una gran suerte, pero los escritores jóvenes de
ahora no se dan cuenta de eso y se dejan aplastar.
También ellos, como decía Julio, tienen que matar a
papá. Tienen que tomar las influencias y transformarlas,
del mismo modo que el cuerpo transforma los alimentos.
-Él gustaba de Baudelaire,
Stendhal, Flaubert, Balzac, los surrealistas franceses,
el humor de los prosistas ingleses. ¿Cuál fue el marco
literario de la relación afectiva de ustedes?
-Hubo muchas atracciones
literarias compartidas, incluso antes de conocerlos. Ya
dije que con mi primera lectura de un texto de Julio me
encontré con uno de mis amigos, Edgar Allan Poe,
Compartimos muchos poetas, entre ellos Yeats, aunque yo
soy menos fanática de él que Julio. En cuanto a Rilke,
él me dijo que yo era la única persona que le había
hablado de Rilke en París, en relación con Rayuela
, donde es una presencia obvia. Le expliqué que Rilke se
tradujo muy tarde al francés. Los franceses se demoraron
en conocer a Rilke.
Compartimos la mayoría de los gustos literarios. Era una
especie de onda. A veces, un libro gustaba más a uno que
al otro, pero no hubo discrepancias fundamentales. Los
dos fuimos grandes lectores en nuestra juventud. En mi
panteón personal tengo, desde la infancia, a Dostoievski,
sin tanta importancia para Julio, y él tenía algunos
escritores españoles, pero ahí termina la diferencia.
Supongo que la sensibilidad andaba más o menos por los
mismos ríos.
-¿Cómo era cotidianamente alguien
que decía que había nacido para "no aceptar las cosas
tal y como me son dadas"? ¿Buscaba lo fantástico, lo
anómalo, lo surreal?
-Era todo lo contrario, él
contemplaba lo surreal como algo normal. Si hubiese
visto entrar un elefante a un salón de reunión de
intelectuales, hubiese sido para él lo más normal del
mundo.
-Después de casi veinte años,
¿cómo fue regresar a Cuba, un lugar decisivo para anudar
su intimidad con Julio?
-Fue un encuentro melancólico y
alegre. En La Habana me di cuenta de que pasado y
presente son categorías inexistentes. Son una única y
misma cosa, para mí por lo menos. Él único momento de
gran melancolía, de gran tristeza me agarró cuando
estuve en la casa de Lezama Lima, un domingo de
diciembre, por la tarde, aniversario de su nacimiento.
Yo quise mucho a Lezama, fui muchas veces a Trocadero a
sentarme con él. Pero cuando llegué algo no funcionaba.
Había una atmósfera polvorosa, cerrada y triste. Faltaba
Lezama. Me marché de allí con una depresión total. Fue
muy raro. En La Habana, fui de un lugar a otro y me
parecía que me había marchado hacía semanas, pocos días.
Mi experiencia con Cuba siempre fue rarísima. Nada me
extraña más.
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-¿Cómo fueron los últimos tiempos
de Cortázar, cuando ya no tenía fuerzas ni siquiera para
subir una escalera? ¿Cómo asumió la cercanía de la
muerte alguien que la consideraba "el gran escándalo"?
-Estoy de acuerdo con Julio en
que la muerte es el escándalo supremo. Él vivió el final
de su vida muy mal. Confesaba que dormía, comía y
caminaba mal. Decía que todo estaba mal. Fue una muerte
lenta. Él se veía morir, sin poder impedirlo. Me daba
mucha pena. Es absurdo decir que alguien merece un
determinado tipo de muerte, pero hubiera preferido para
Julio una muerte rápida y sin conciencia del fin. Me doy
cuenta de que estoy de vuelta a Rilke, al que quisimos
muchísimo los dos. Rilke, en algunas páginas, habla de
que hay tipos de muerte que convienen a cada uno. Todo
es literatura y todo es vida. La vida es literatura, la
literatura es vida.
-Ha hablado en algunos momentos
de Julio Cortázar en presente. ¿Después de muerto,
siente su presencia, las pulsaciones secretas en las que
tanto él creía?
-Aún soy incapaz de hablar de él
en pasado. A veces, cuando converso con gente seria,
tengo que recordar que debo referirme a él en pasado, no
en presente. Para mí, hay una especie de diálogo que no
se ha interrumpido. No podría decir cómo, ni qué, pero
es una presencia. Una presencia que no pesa, sin efectos
negativos. Esa presencia existe. Cuando murió Julio, mi
hijo me preguntó por qué tenía las fotos de él puestas
cerca del teléfono. Y yo le respondí: "Déjalas, cuando
alguna gente aburrida me llama, en realidad miro a Julio
y sigo conversando con él"
Tomado de La Letra del Escriba, No. 9, agosto,
2001.
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