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EN ESTE LADO OSCURO DEL ESPEJO
 
Pablo Armando Fernández |
La Habana


Ignoro qué sentido tienen estas palabras,
qué me inhibe decirlas o gritarlas,
Tal vez es que prefiero otras ya compartidas
en este lado oscuro del espejo.
Porque los muertos, Julio, tendrán siempre
que vérselas a solas con los vivos.

Súbitamente, incorruptible, el muerto
goza de todas las virtudes:
la inocencia del santo,
la visión del profeta
o la ofrenda del mártir.

Los vivos –de esta mitad oscura del espejo–,
inventan, reconstruyen o adulteran
su relación con el ausente.
Se reparten las ruinas y cenizas
de anécdotas fugaces.
Y la trunca amistad se instala en la memoria;
a salvo de voluntad hostil o del azar:
ya nada estropeará las labores del tiempo
por juntar lo que anduvo separado.

Todos aman al muerto y él a todos amaba
(claro, entre éste y aquél hacía sus distinciones
era obvia su elección, nadie lo dude).

Si hay algo de envidiar
es saberlo de muchos, favorito.
Los muertos, ¿se enterarán o no de estas contiendas?
Pero los vivos, implacables, nutren
sus ávidas ficciones.

Nadie elige su muerte, ni siquiera el suicida.
Sin embargo, uno gusta soñarla,
imaginarle ajenos cuerpo y cara
que seduzcan y ganen,
sin concederle parte en los asuntos
del día que consume,
o sentirla por dentro sin saciar sus antojos.

No sé qué me impedía hablar contigo,
qué luz del otro lado me cegaba.
¿Es acaso tu muerte ya cumplida
o la mía esbozada, en la tiniebla?

Hablamos de la muerte como se habla
de cosas que se pueden aplazar:
en espera de dejarla sentada en un café
o en la cama dormida mientras nos despertamos…
Mas de todas las muertes de tu propia invención,
yo escogería, Julio, la de Rocamadour.

Tomado de Casa de las Américas, No. 145–146, julio–octubre, 1984.
 

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