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ÚLTIMA CARTA A JULIO CORTÁZAR
 
Roberto Fernández Retamar | La Habana


Esta es otra carta que o llegará a su destino, que no
tiene destino.
Es absurdo compararla, cosa fácil, a una botella arrojada
al mar, a una paloma mensajera,
Porque no hay nadie al otro lado para recibirla,
Y podría seguir girando, astro perdido,
De no ser porque se extinguirá mucho antes, quizás apenas al
            nacer,
Tan amarrada se halla a lo que querría decir, a lo que querría
            recordar, a lo que está del lado de acá, a lo que en realidad
            ya no está en parte alguna.

Primero fueron búsquedas un poco desganadas y naturalmente
            infructuosas por el París de mediados de los cincuenta.
Luego, una reunión convenida de antemano, a la que no fuiste,
            en 1960, en un café de Trocadero (¡como la calle de
            Lezama!)
Íbamos a hablarte (¿a convencerte?) de la Revolución Cubana,
            Que acababa de empezar,
Y te había dado cita quien era entonces un común amigo
            querido de cuyo nombre me acuerdo muy bien,
Y que me gustaría que todavía fuera para mí un amigo querido:
            prefiero evocarlo en ese tiempo, en ese instante.
Creo que tú y yo nunca llegamos a hablar de esa reunión
            frustrada durante la cual vimos caer la noche sin ti como
            quien ve caer la nieve,
Y, sin embargo, pienso que de eso que no ocurrió nacieron
            tantas cosas!
Hay puertas, bien lo saben tus fábulas, que no deben abrirse
            antes de tiempo:
Es necesario esperar la sazón para esa apertura, para concurrir
            a la cita, empujar suavemente con la mano, entrar,
Y saber que hemos venido a esa (esta) casa para quedarnos,
Porque todo está allí patas arriba, que en este triste mundo es
            quizás lo único sensato que nos va quedando,
Y además, como en aquel Teatro Integral de Oklahoma, creo
Allí esperan la novia de la infancia, una trompeta o un muñeco
            perdidos, el bastón para el que hay primavera, cierto modo
            de soñar y creer en el sueño
Que sólo conocen la infancia, alguna poesía y la revolución:
Esa otra infancia poética con garabatos, proyectos para cuando
            seamos grandes y fuertes y.
En fin.

Así, en 1963 (ya lo has contado tú, ya lo ha contado casi todo el
mundo),
Maduro para atravesar la puerta como quien se desposa con el
            cielo o el mar,
O mejor con la pobre bella golpeada abrumada tierra plena de
mujeres y hombres hechos para ser felices y hermosos,
Llegaste a donde tanto se te había esperado.
No me refiero sólo a Cuba, desde luego, ni siquiera a nuestra
            América,
Sino a esa zona de la sorprendente realidad
Que estuvo casi media centuria todavía más pobre
Porque no estabas tú, quien había ido acarreando y creando
            tesoros sin saber que después ibas a repartirlos
(Como un mendigo grandullón que se los iría sacando
            distraídamente del bolsillo inexhausto)
A presos como Tomás Borge, a una muchacha que al cabo,
después de leerte, no se suicidó,
A quienes no van a dejar de ser jóvenes, ni de estar perplejos y
            batalladores
Ante la vida perplejeante.

Después, durante más de veinte años,
Fuimos un poquito menos pobres, en parte por las cosas que
            trajiste,
Por ti,
Por vos.
Al final (claro, sin saber, sin aceptar que era el final)
            empezamos a vosearnos.
Pero no por tu Buenos Aires querido, donde apenas estuve unas
            semanas, antes de conocerte,
Sino por la tierra que hiciste tuya en tus últimos años,
Por la que peleaste con la linda gallardía que era tu manera
            natural de pelear
(Linda aunque me parece que alguna vez te equivocaste
            molino,
Pero cada cual tiene derecho a molinear a su manera,
Con tal de no apearse del rocín ni avergonzarse del grotesco
            yelmo).

Y bueno, si  en 1963, llenos de tú y relámpagos y realidades y
            esperanzas,
Y sin una gota de barba los dos,
Al fin nos vimos, en La Habana, en una suntuosa escalinata que
            debía conducir
A una especie de toma de una especie de Palacio de Invierno,
Algo más de veinte años más tarde nos veríamos por última vez,
            en Managua,
Rodeados de vos, de voseos, de otros relámpagos, de otras
realidades, de otras esperanzas
(Iguales y distintos, iguales y distintos),
Con tantos años que ya era tiempo de empezar a tomar en
Serio o en carcajada la vejez y quizás hasta la muerte.

¿Eran esas las cosas en que pensaba, Julio, cuando entre el 13
            y el 14 de febrero de 1984
Volaba hacia París para verte por última vez, para ver cómo te
            enterraban?:
Lo que no pudo ser, porque, a pesar de nuestra angustiada prisa,
            tanto el avión de Tomás como el mío,
Quienes llevábamos tierra fresca de Nicaragua y de Cuba para
dejarla en tu tumba,
Llegaron, sobre el Atlántico, horas después
De que te hubieran devuelto a la insaciable.

No importa mucho, a la verdad, no haber visto lo que quedaba,
            de vos.
Eso que dejaron grande, magro y azorante en el agujero,
            no eras vos.
Qué van a creerlo los muchachos que te cuidad en tantas partes,
Los compas que, entre tiroteo y tiroteo, te leen en Nicaragua,
Los nuevos Tomás entre los barrotes de cuyas cárceles
Entrás como pájaro marino antes que el amanecer para
            decirles
Que este mundo tan raro va a ser mejor, mejor,
Y un día nos veremos desayunados todos,
Como dijo el padre Vallejo,
Que también se murió en París
Con América y los pobres del mundo metidos en los huesos,
Y musitando España, aparta de mí este cáliz.

Ahora vos te has muerto clamando:
                        “¿Vamos a dejar sola a Nicaragua en esta hora que es
                        como su Huerto de los Olivos? ¿Dejaremos que le
                        claven las manos y los pies?”

No, Julio, no te la dejaremos sola.
No puede ocurrir otra vez. También te debemos eso, esta
            promesa.
Ya es demasiado que a César, antes de enterrarlo en Montrouge,
Le hubieran dado lo que era de su César,
Y no le apartaran aquel cáliz.
A vos te decimos, entre los terrores de Montparnasse
            o donde estés,
Que bien sabemos que es en un colmenar de corazones,
Que en la nueva hora del Huerto de los Olivos,
El pueblo héroe que amaste
Como se ama a una mujer que es un pueblo
Tendrá a su lado el mundo,
Y no dejaremos que le claven las manos y los pies,
Muerto del alma, hermano queridísimo,
A nuestra Nicaragua tan violentamente dulce
Como vos.
 

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