|
HOMBRE DE NUESTRA AMÉRICA
Cortázar fue un intelectual que escribió y actuó en una
época del pasado siglo que algunos consideran utópica o
idealista pero que fue en realidad de heroísmo, de
compromiso y de conciencia –que aunque parezcan términos
pasados de moda no estaría mal resucitarlos en la actual
sombría situación del mundo.
Basilia
Papastamatíu
|
La
Habana
Con esta primera entrega del Premio
Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, precisamente el
día del aniversario 88 de su natalicio, estamos
recordando a ese gran escritor y gran amigo que
revolucionó la literatura con su singular libertad; que
desarticuló la realidad tal como se nos aparece para
sumergirnos en sus facetas más inesperadas e increíbles;
que no obedeció a ninguna estética establecida, sino que
hizo sus propias reglas y experimentos en el juego
creador. Y así nos regaló, para nuestra sorpresa y
maravilla, desde Bestiario hasta Los premios,
Rayuela o el Libro de Manuel entre muchos
otros textos.
Cortázar era argentino y también francés, pero sobre
todo y ante todo un hombre de nuestra América. Lo
curioso es que –como me confesó un día–, ya estando en
Francia descubrió verdaderamente a la América Latina,
como si hubiera necesitado tomar esa distancia.
Y del continente, en primer lugar, se identificó y se
solidarizó con la Revolución cubana. Más tarde también
hizo suya la causa del sandinismo nicaragüense. Otro
escritor argentino, César Fernández Moreno, refiriéndose
a Cortázar, escribió que “los que como él hemos vivido
fuera del país, necesitamos una patria, no podemos vivir
sin ella. Y cuando no podemos vivir con ella, volcamos
ese amor vacante en otros proyectos de patria. Pero solo
uno de esos proyectos es verdadero: el de la patria
grande, el de la América Latina.”
Cortázar fue un intelectual que escribió y actuó en una
época del pasado siglo que algunos consideran utópica o
idealista pero que fue en realidad de heroísmo, de
compromiso y de conciencia –que aunque parezcan términos
pasados de moda no estaría mal resucitarlos en la actual
sombría situación del mundo.
Cortázar no se conformaba con ser nada más que un
escritor, Solo se podía sentir bien si cumplía sus
deberes solidarios como latinoamericano.
Su último paso por Cuba fue justamente en una breve
escala de tránsito viniendo de un viaje de apoyo a
Nicaragua, pocas semanas antes de su muerte. Fue como un
viaje secreto porque venía tan deprimido y enfermo que
no quiso que nadie lo viera así. Sin embargo, seguía
incansablemente pensando cómo ayudar, qué hacer y decir
por Cuba y Nicaragua.
Pero Cuba no era para él solo su Revolución, sino
también su cultura, sus amigos, su literatura, su
música, su paisaje. Como escribiera Ugné Karvelis, quien
durante una larga y decisiva época de su vida fue su
compañera:
“La Habana nos quedó para siempre como una patria en
común, juntos o separados (...) Si saben ver,
reencontrarán a Julio vestido con su ‘cara de sol’, a la
vuelta de una callejuela de la Habana Vieja, se sentarán
a su lado sobre el muro del malecón... Si saben
escuchar, lo oirán a través de Silvio Rodríguez o de
Pablito Milanés... Lo oirán tararear, si aman el cielo y
el mar, si miran pasar las muchachas bonitas bajo los
árboles del Prado, “Amor a la Habana”, uno de los aires
que le son tan queridos.”
Y esto explica por qué Ugné quiso que este Premio de
Cuento, que ella concibió y auspició como una
contribución para el desarrollo de las letras
iberoamericanas, fuera convocado en Cuba, por Cuba.
Para nuestra tristeza, si bien Ugné vivió su creación y
su convocatoria, su brusco fallecimiento le impidió la
alegría de estar hoy con nosotros en este acto de
premiación. Por eso, esta celebración junto con Cortázar
se la dedicamos a ella, con toda nuestra admiración y
gratitud.
Palabras de la escritora Basilia Papastamatíu,
coordinadora general del Premio Iberoamericano de Cuento
Julio Cortázar,
el día 26 de agosto en el 88
aniversario de su natalicio.
|