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UNA OBRA VIVA
Roberto
Fernández Retamar
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La
Habana
He venido con sombrero para rendir, desde la cabeza,
homenaje a Julio, y me emociona pensar que hoy hubiera
cumplido ochenta y ocho años. No voy a hablar de la obra
de Cortázar, porque todos la conocemos y por eso estamos
aquí –es una obra excepcional que realmente removió
nuestra literatura–, sino que voy a hacer algunas
alusiones a lo que los franceses llaman la pequeña
historia.
Debo la amistad, que llegó a ser muy grande, de Julio a
la Casa de las Américas. Yo no estaba todavía allí:
estaba en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba
cuando en 1963 vino como jurado de la Casa. Julio fue a
la Unión y allí nos encontramos. El año que viene hará
cuarenta años de ese encuentro, que tan importante y
decisivo sería en mi vida como, en general, la presencia
de Julio fue tan decisiva para tantas y tantos de los
que estamos aquí, y para muchísimas y muchísimos más que
han sido alimentados por su obra.
Después vi a Cortázar en su casa en París, de nuevo en
Cuba, en Nicaragua, lo vi muchísimas otras veces. Como
se sabe, cruzamos una larguísima correspondencia, la
mayor parte de la cual, en lo que toca a Julio, fue
publicada en el número que la revista Casa le
dedicó a raíz de su muerte. Pero yo quisiera, dado lo
que explicó Basilia en sus palabras tan justas, que
también se dedica este acto a la memoria de Ugné
Karvelis (quien me decía muy graciosa que cada vez que
se encontraba con un cubano y él averiguaba que era
lituana, el cubano le hablaba del poeta Lubicz Milosz,
porque es el único poeta lituano que los cubanos hemos
leído mucho, naturalmente en francés o en las excelentes
traducciones de su obra que hizo al español Galtier);
quisiera, repito, añadir que también la Casa de las
Américas fue decisiva para el encuentro entre Ugné y
Julio. Y una persona en particular desempeñó un papel
hasta ahora desconocido. Voy a hacerlo público en este
momento. Julio estaba en Cuba, en Varadero, donde
conmemorábamos el centenario de Rubén Darío. Fue
realmente una reunión muy linda, que se llamó
Encuentro con Rubén Darío. Pasamos allí días muy
felices, y Julio, que había venido para una reunión de
la revista, o como jurado, o lo que fuera, se incorporó
a este Encuentro con Rubén Darío. Y se determinó
que algunas otras personas fueran más tarde a Varadero.
Adelaida se había quedado en La Habana, y le pidieron de
la Casa de las Américas que acompañara en automóvil a
Varadero a una editora que había venido a Cuba. Era Ugné
Karvelis. Fueron haciéndose amigas de La Habana a
Varadero, y al llegar, Adelaida le presentó a Julio
Cortázar. De manera que la pequeña historia es muy
singular. El papel de la Casa de las Américas, tanto en
uno como en otro caso, fue efectivamente muy grande.
Por eso nos dio tanta alegría el proyecto de este
premio, que nos comunicó Miguel Barnet, y nos da alegría
que sea convocado conjuntamente por el Instituto Cubano
del Libro y por la Casa de las Américas. Como se verá
cuando se dé a conocer el resultado de este primer
concurso, hay una razón más para que la Casa se sienta
contenta. Un concurso que de seguro hubiera hecho feliz
a Julio a quien le interesaban tantísimo los jóvenes, y
que cada vez que venía a Cuba estaba rodeado de ellos,
quienes se sentían muy identificados con él. Incluso he
contado la anécdota de la muchacha que se iba a
suicidar, pero leyó a Cortázar y decidió no suicidarse y
seguir en esta nave de los locos.
Nada más tengo que decir, sino reiterar la gratitud
porque se haya pensado en la Casa de las Américas para
coauspiciar este premio; agradecerles a ustedes su
presencia, y agradecer a quienes corresponda que la
extraordinaria obra de Julio siga viva.
Muchas gracias.
Palabras del
escritor Roberto Fernández Retamar en la entrega del Premio
Iberoamericano
de Cuento
Julio Cortázar 2002,
el día 26 de agosto en el 88
aniversario de su natalicio.
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