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El
cuento de La Jiribilla
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LOS FANTASMAS DE SADE
Ernesto Pérez
Chang
Doy a la consideración de los lectores dos
versiones
sobre la existencia real de Rose Keller. La primera
pertenece a Marianne Laverne y es una reconstrucción
hecha por el erudito inglés Edward Henry Sade a partir
del borrador de una carta que Marianne dirigió a Claude
Sohier, Comisario de la Policía de París, implorando
clemencia ante la orden que este diera de apresar a la
matrona Mlle. Janelle. La segunda la transcribo tal como
la recojo de puño y letra de Marguerite Coste quien
adjuntó el “Testimonio sobre la vida neblinosa de Rosa
Keller” como postscriptum de su testamento. Ambas
historias, aunque difieren en algún que otro asunto,
están narradas de la manera más espaciosa, sutilmente
detalladas y con todas sus elegantes y escandalosas
holguras. En la primera quizás sobresalía demasiado la
intensión de Edward Henry Sade, último descendiente del
Marqués de Sade, de purgar su blasón; por tal motivo he
develado algunos nombres a la vez que he prescindido de
notas y precisiones históricas con que el erudito
acompañó la publicación de su trabajo en el Annual
Report of Cambridge University Press, de
1992. En cuanto al documento de Marguerite Coste quien,
junto a Marianne, al parecer acompañó a Rose Keller
durante su autoexilio en Colonell Hill, un pueblo en un
islote coralino de las Bahamas, hace apenas un par de
semanas ha sido declarado apócrifo por Michelle Brown,
jefa del Fondo de Manuscritos de la Biblioteca
Británica, porque alega que un papel firmado en 1952 no
pudo haber sido redactado en Colonell Hill, ya que la
ciudad adoptó ese nombre en 1954. En desacuerdo con
Michelle Brown, Beatriz Soustelle-Coste, hija de
Marguerite y depositaria en 1967 de los manuscritos, ha
respondido con un extenso artículo publicado en el
Britain Journal of Literature, que reproduce las
actas de fundación de Colonell Hill donde se aclara que
el nombre es el mismo de los inicios de la colonización
del islote.
Respecto a las cartas de Marianne Laverne, en 1994 el
Archivo Nacional de París se negó a reconocerlas ya que
en las carpetas de registro de la correspondencia del
comisario Sohier, no aparecían asentadas, sin embargo,
el descubrimiento posterior de un centenar de borradores
de cartas que habían estado sepultadas en las bodegas de
un palacete de Châlons-sur-Marne –ciudad donde murió
Marianne Laverne– corroboró la hipótesis de Edward Henry
Sade acerca de la personalidad introvertida de Marianne
quien, al verse imposibilitada de exteriorizar sus
pensamientos, los vertía al papel en forma de cartas. De
modo que al dirigir simbólicamente sus escritos a
determinada persona, el acto –aunque no se consumase–
suplía una conversación real. A pesar del hallazgo, el
testimonio de Marianne Laverne continúa en el
descrédito. En mi caso, he decidido ignorar las
controversias en torno a un asunto tan diabólico. No me
interesa demostrar la veracidad o falsedad de unas
historias que, si apócrifas, solo habrá que
reprochárseles el no poder servir como documento al
erudito; si auténticas, entonces el lector tendrá ante
sí un soberbio chisme o, simplemente, un mero ejercicio
de escritura.
Carta de Marianne Laverne al Comisario de la Policía de
París.
Colonell Hill, Bahamas, jueves, 12 de septiembre de 1953
Sr. Claude Sohier, Comisario de París:
Mi nombre es Marianne Lenoble, pero consiento que todos,
incluso usted, me llamen Marianne Laverne, porque así se
nombraba mi tatarabuela, la famosa prostituta de París
que en 1772 se vio involucrada, junto a Marguerite
Coste, en un ridículo proceso por ciertos crímenes
sexuales cometidos por el Marqués de Sade. Tal vez usted
conozca los detalles de aquel juicio porque,
casualmente, fue su tatarabuelo de usted, Claude Antoine
Sohier, quien los condenó a los tres a ser ejecutados y
quemados en efigie. Creo que tal representación,
al salvarlos de una muerte real, obró diabólicamente en
nuestra existencia porque, a casi dos siglos de los
hechos, nosotros, los descendientes, no somos otra cosa
que la imagen especular de nuestros ancestros.
Le escribo porque Rose Keller ha muerto. Fue
precisamente el lunes, horas antes de que llegara a
Nassau la orden de arresto y extradición por asesinato
que usted enviara a las autoridades de Bahamas. Rose
Keller –cuyo nombre verdadero es Rose Renaudet-Keller–
fue hallada muerta en los arrecifes de Acklin, un islote
al Este de Crooked. Había sido violada tal como ella
misma predijo en unas anotaciones en su Diario personal,
del cual le reproduzco un fragmento al final de esta
carta. Lo hago más bien porque allí Rose explica por qué
abandonó París.
Sé que usted ha dado órdenes de apresar a Mlle. Janelle
porque la cree cómplice de asesinato, le advierto que
está cometiendo un grave error. Mlle. Janelle es un ser
infeliz, una mujer algo tonta que no sabe nada acerca de
estos asuntos que, en cambio, sí nos involucran a usted,
a mí, a Marguerite Coste, a Rose Keller y a los
descendientes del Marqués de Sade. Mlle. Janelle,
reitero, es inocente. De igual modo afirmo que Rose
Keller no es una asesina, más bien ha sido una víctima.
Le recuerdo que Rose Keller, la tatarabuela de la actual
Rose Keller, también fue una víctima del Marqués de Sade.
Antes de 1768 era una pobre y respetable viuda que se
ganaba la vida como mandadera. Después de esa fecha
sobrevino la desgracia: meses de juicio, prisión,
abusos, amenazas y finalmente no encontró otra salida
que vivir de su cuerpo. Casi dos siglos después, para
Rose Keller, la tataranieta de Rose Keller, el destino
en nada cambió.
¿Hay algo más que agregar? Nada de importancia. Solo que
usted deberá comprender que, si existe un asesino en
esta historia, no se trata de un ser contra el mundo,
sencillamente es un asunto personal.
Fragmento del Diario de Rose Keller
[...] París-Bahamas, invierno-primavera de 1948
Al cerrar los ojos una mañana de frío invierno en París,
tras una vigilia intranquila, decidí renunciar a la
nieve y a las noches casi tan blancas como las de San
Petersburgo, que poco a poco, sin clientes, comida y ni
siquiera calefacción, se me habían convertido en
altamente fastidiosas.
En los pocos ratos en que lograba atrapar el sueño bajo
la miseria de una manta raída, me catapultaba a floridos
trópicos donde el sol de mil trescientos grados sobre
cero, las frutas de colores encendidos y carnosas y
luego las noches de balcones abiertos sin temor a
helarme, balcones por donde corren vientos suaves,
cálidos vientos de salitre y espuma olorosa a nuez de
coco y café, las noches bien oscuras, oh, sí, bien
oscuras... me regalaban algo tan parecido a la felicidad
del beduino que luego de atravesar el desierto deriva en
un glaciar.
Durante el insomnio, horas añosas en que las ventanas
rotas me soplaban el hielo encima además de la perpetua
claridad, lamentaba el no poder hacer algo por mi pobre
estufa apagada (una vieja cazuela con tizones) y
solidificaba, a causa de la ventisca, el río de lágrimas
que emanaba de mis ojos mientras lamía como desayuno la
roca en que se había transformado el té mezclado con
alcohol. A duras penas lograba levantarme a media mañana
y maldecía la necesidad de calzar unas botas gastadas y
unos harapos no mejores para ir a regatear medio franco
de carbón en el antiguo depósito de la Plaza de la
Concordia. Y, pues, por esas pequeñas cosas que dicen
derivadas del final de la guerra y que yo atribuyo al
frío y a las noches tan blancas (así como las gentes de
estas islas atribuyen sus desgracias al calor, los
ciclones, la insularidad y el trópico), y porque
ciertamente ya no sentía amor por el proyecto de morsa
futurista en que poco a poco yo derivaba, una mañana en
que París me dio lo mismo que Yoknapatawpha, y el Sena
me pareció lo mismo que el agua corriente de un inodoro,
recogí tarecos y recuerdos, recuerdos y tarecos (ambos
inclusive) y decidí marcharme pero necesitaba un
pasaporte y dinero.
Pues esa mañana, a pesar de un insoportable allegro
de tripas vacías, me llené de valor y fui a visitar a
una gentuza misteriosa, correveidiles de una mafia
incipiente y local, para pedirle rogarle suplicarle
implorarle que me facilitaran algún dinero con la
estrategia del “más tarde te pago con intereses”, pero
eran cifras mayores para un pasaje de avión y podrán
imaginar cómo se multiplicaron las condiciones y cuánto
tuve que hacer y deshacer, abrochar y desabrochar,
vestir y desvestir para convencerlos de que cumpliría
(jajá) con el trato y, aunque sobraron las amenazas y
los cientos de ojos como buitres se posaron sobre mí
para evitar una posible fuga, logré, con el pretexto de
ir a recoger macrolepiotas al bosque, salir de la ciudad
pero dos hombres me detuvieron tan solo a unos cuantos
metros del aeropuerto, me obligaron a entrar a un auto
y, ya dentro, uno de ellos me golpeó en la nuca y perdí
el sentido. Cuando desperté me encontré atada de pies y
manos a una silla en medio de un taller abandonado, frío
(aunque menos que mi pocilga en La Concordia), sucio y
tan oscuro que decidí aprovechar la ausencia de luz para
dormir. Los dos hombres conversaban sentados frente a
mí, se pasaban una botella sin etiqueta, fumaban unos
cigarrillos azules que ellos mismos prepararon. Uno de
ellos, al ver que yo había movido la cabeza, llamó a un
tercero que parecía el jefe: se llamaba Gastón Sade. Los
tres comenzaron a reírse o para intimidarme o para darme
envidia de sus dientes torcidos y negros. Aun así,
decidieron escupirme a la cara. Sabía que me escupirían
la cara, cuando hay tres hombres frente a una mujer
amarrada, y coincide que los cuatro están en un garaje y
uno de ellos tiene una cuenta por cobrar a la infeliz,
entonces póngale el cuño que no faltarán los
escupitajos, habrá tantos que solo si eres buena
nadadora podrás salir con vida. Pero no bastaron los
salivazos, ni alguna que otra cachetada, ni el jalón de
pelos, ni la navaja amenazadora que sabía yo –era como
si lo hubiese soñado– que terminaría por cortar el
vestido y no la piel. Uno a uno se fueron subiendo sobre
mí y la verdad es que yo no quisiera contar lo que me
hicieron pero... Pues el primero, Gastón Sade, me cortó
la mitad del vestido con la navaja y la otra mitad
terminó de romperla con las manos. Como yo sentía la
amenaza de la hoja afilada decidí no hacer resistencia
pues cualquier movimiento brusco podía enfurecerlos o
desviar el curso del cortante... así que Sade apartó los
trapos y al ver que no podía separar mis piernas porque
ellos mismos, de muy imbéciles, las habían amarrado,
escupió sobre mi peludo y así mismo saltó sobre mí, y la
silla donde yo estaba se fue de espaldas y me golpeé la
cabeza y de nuevo quedé inconsciente. Cuando recobré el
sentido, la escena había empeorado. Sade intentaba
abrirme la boca para introducirme lo que no debía pero
yo necesitaba respirar y cabeceaba de tal modo que
rozaba con los labios la punta de aquello y entonces
Sade, lejos de enfurecerse, excitóse más y más y
pretendió ahogarme apretándome el cuello mientras me
exigía “Es una orden” que engullera lo que no debía
engullir a causa de mi asfixia. Por suerte el roce
constante de mis labios hicieron salir el chorro de
liquescencias fétidas e hirviente que fue a acumularse
en mi ojo izquierdo como si fuera una lágrima espesa, y
de ese modo, el Jefe desistió de propósitos tan
absurdos, pero el mal solo disminuyó por un momento pues
un segundo hombre se prendió a mi peludo como una
sanguijuela y ya venía el tercero para sustituir al Jefe
que se había retirado a una esquina para fumarse un
cigarro azul y servir de espectador frente a la escena.
El tercer hombre se obsesionó con mi oreja. Después de
una decena de frías lengüetadas se encaprichó en hacer
pasar lo que de ningún modo era posible pasar por el
angosto orificio de mi sensible oído y aún así gritaba,
con un aliento insoportable, que alcanzaría el tímpano y
llegaría hasta la hipófisis o dejaría de llamarse El
Gancho, pues así le decían al tercero. Yo intentaba
convencerlo de que aquella maniobra para él sería
frustrante mucho más que para mí dolorosa, pero él
continuaba sordo a mis razonamientos (tal vez cierta
envidia lo hizo prenderse a mi oreja) y con la furia de
la obstinación tiró de uno de mis aretes y me desgarró
el lóbulo. Pero la cosa no terminó ahí. Al ver que era
imposible su empecinado proyecto de penetración
auricular me dio un puñetazo en el mismo ojo donde
fueron a parar las deyecciones de Sade y acomodando las
nalgas en mi cuello comenzó a sobarse aquello que no
pudo ser colado en mi oído para hacerlo vomitar sobre mi
cara que al poco rato de estar ese monstruo encima de mí
se volvió morada, casi negra, por la falta de aire.
Gracias a que Sade lo apartó con una patada, pude volver
a respirar pero solo lo suficiente para no morir en ese
instante pues al mandarín se le había antojado dejar de
ser un espectador pasivo y, cuando terminó el cigarro,
reasignó nuevos roles sobre mi cuerpo y entonces la
sanguijuela pegó su asquerosa boca a mis labios, y la
boca de no sé quién que era imposible ver fue a pegarse
al trasero de la sanguijuela quien aceptó aquello sin
asombros ni quejas y Gastón Sade penetró entonces mi
peludo mientras lamía muy ojiblanco las posaderas
pálidas y pecosas de no sé quién de baritonales
quejidos. A pesar de aquel nudo que se prolongó por más
de una hora, logré sobrevivir.
Los cuatro gemíamos. Yo, por supuesto, gemía de dolor.
Pero también fingía para entretenerlos porque si hubiese
gritado ellos habrían hecho algo demasiado violento por
callarme y ahora no estaría haciendo este cuento.
Después que aquellos tres bandidos ensayaron cuanta
combinación les fue posible concebir con su precaria
matemática del cuatro, decidieron restar uno a aquella
mala suma y se apartaron los muy trinitarios perversos
para continuar las combinaciones entre ellos y, mientras
tanto, se olvidaron de mí y de la navaja del Jefe que
había quedado abandonada a solo unos metros de estas
manos que, aunque estaban amarradas pudieron, con mucho
esfuerzo, alcanzarla y milímetro a milímetro logré
cortar primero los amarres de los puños y luego los de
los pies.
Dolorida, pulverizada, y con la oreja infranqueable
hecha un mar de sangre así como mi peludo estaba
convertido en una ruina pegajosa, logré ponerme en pie.
Aquellos tres habían olvidado –mafiosos incompetentes–
que debían someterme al menos a un interrogatorio, que
no podían abandonarme así, de ese modo, que lo correcto
hubiera sido continuar golpeándome, o vigilarme o
fundirme en un tacón de cemento y arrojarme al Sena por
“malapaga” o por burladora de truhanes, para los efectos
es lo mismo. En cambio, el trío se aovilló en un toma y
daca de placer que no le permitió ver cuando, tan solo a
unos metros, yo me arreglaba el pelo, me limpiaba como
podía los restos de cualquiercosahúmedayfétida pegada a
mi cuerpo, eliminaba los trapos rotos en que se había
transformado el ya ruinoso vestido y escogía entre las
ropas de la amantísima trinidad alguna que me sirviera
para huir bien lejos, fuera del alcance de aquellos que
jugaban al trébol en flor.
Me encaminé al aeropuerto, pero esta vez con un poco más
de dinero porque dentro de las ropas de los mafiosos
había encontrado algunos francos y hasta las llaves del
automóvil donde me habían raptado. Así, pues, hundiendo
el acelerador hasta los infiernos pude agilizar mi
partida. Cuando llegué, el avión hacia las Bahamas había
despegado, y como la señorita que me atendió me había
notado muy nerviosa quiso ayudarme transfiriendo mi
pasaje para el próximo vuelo que sería dentro de cinco
días pero al ver que esa opción lejos de serenarme me
había puesto peor, me habló de la posibilidad de volar
hacia Tanganika donde podía cambiar de línea y
finalmente alcanzar las anheladas islas. Para qué
decirles que di saltos de felicidad y hasta quise
abrazar y besar a la muchacha pero ella, tal vez porque
me sintió algo pestilente, extendió los brazos para
guardar una distancia prudencial y me deseó buena
suerte.
A las 4:00 PM, hora local, anunciaron el aterrizaje en
Dar es-Salam. Y no puedo negar que aquella ciudad, o más
bien la sonoridad del nombre, me hicieron sentirme como
en un cuento de Las mil y una noches. Cuando bajé
del avión, el ridículo de mis vestiduras apenas se hacía
notar entre tantas personas envueltas en la producción
de más de mil textileras. Según la muchacha tan amable
del aeropuerto de París, mi estancia en Dar es-Salam
solo excepcionalmente llegaría a las tres horas porque a
las 6:00 PM, hora local, debía tomar un TanganikAir
rumbo a Nassau, y si me sentaba tranquilita en un rincón
del aeropuerto hasta la hora de salida, no tenía por qué
pasarla tan mal.
A las 5:30 PM, hora local, decidí ir al buró de
información del aeropuerto para averiguar sobre el
TanganikAir de las 6:00 PM, hora local. Allí me
recomendaron leer los anuncios en la pizarra pero por
más que busqué no logré encontrar nada y por eso retorné
al buró para reclamar orientación pues, le dije con
autoridad de cliente: “Para eso usted está aquí”. El
hombre me miró, arqueó las cejas como si dudara de mi
estado mental, le secreteó algo en alemán al compañero
de al lado y este me pidió el pasaporte y a los tres
minutos estaba yo detenida en la oficina de inmigración,
desnuda de pies a cabeza y haciendo pasarela ante una
pareja de Dobermann que me olfatearon a su antojo
hundiendo sus húmedos hocicos en cuanto agujero
encontraron. Ciertamente olía yo muy mal, porque los
perritos comenzaron a aullar descontroladamente y solo
después que me permitieron un baño para eliminar las
manchas de sangre y semen –que previamente fueron
fotografiadas y examinadas por un perito, muy parecido a
los perritos– pudieron calmarse aquellas bestiecillas
peludas y curiosas.
A las 6:00 PM, hora local, cuando se suponía que yo
estuviera dentro de mi TanganikAir de cara a Nassau, en
cambio me vi atrapada en un cuartucho pletórico de
moscas, sentada frente a una mujer malgeniosa y
empelucada que me extendió un lápiz para que llenara un
cuestionario sobre mi vida pasada, presente y futura. Le
dije que podía hablarle de las dos primeras pero que me
excusara si omitía los aspectos sobre la tercera porque,
sinceramente, créame, le dije, lo único que tengo en
mente es el suicidio y me puse a llorar de tal modo que
al cuartucho acudieron dos mujeres vestidas como agentes
de aduana para darme algún consuelo en vaya usted a
saber qué lengua tan rara que apenas entendí que no me
entendían y que por tanto era en vano el ensayo sobre un
posible entendimiento humano en aquel lugar... pero
lograron calmarme mientras me acompañaban a un lúgubre
calabozo al final de un pasillo que parecía, por lo
inclinado y caluroso, descender a los infiernos.
En la celda no había iluminación a no ser la poca luz
que llegaba de unas lámparas de aceite que tal vez
estuviesen en el pasillo para ayudar a las ratas y a los
mosquitos a orientarse, y de ese modo hacernos la vida
un poco más insoportable a los diez o doce que estábamos
detenidos por diversas sospechas. A las 2:00 AM, hora
local, yo aún intentaba dormirme sobre un montón de paja
que, en forma de cama, habían acumulado en una esquina.
Daba vueltas y vueltas y, a causa de mi voluntad de
trompo, a veces me hundía en el montón y tenía que
levantarme para acomodar las pajas y reintentar algo lo
más parecido a un descanso. En una de esas veces que
resurgí del fondo del montículo noté, por unas sombras
que se movían por el pasillo, que alguien se acercaba.
Efectivamente, un ruido de pasos cesó justo delante de
la reja de mi celda y luego alguien entró tras un
cascabeleo de llaves: “Me envía Wilhelm von Sade,
levántate y sígueme”, ordenó una sombra en un francés
casi perfecto, y como eso me inspiró confianza hice todo
lo que se me pidió. Me levanté, seguí a la sombra, me
monté con ella en una camioneta y conté al menos dos
horas de viaje por una selva oscura. No hablamos nada.
Cuando llegamos, la sombra me indicó que bajara. La
seguí a una cabaña de troncos cerca de la cual corría
agua pues podía sentir el ruido. Entramos, había una
semipenumbra. En el centro de la cabaña estaba sentada
una mujer hombruna, blanca, fea y que tenía la cabeza
rapada así como las cejas y el pubis. Estaba desnuda al
igual que una muchacha negra que servía un líquido
sospechoso en unas tazas. Desnuda como la sombra que se
había apartado de mí para librarse del uniforme de
aduanas. La señora calva era, sin dudas, la misma
malgeniosa que me había ordenado llenar aquel
cuestionario. Los rostros de las otras me eran
familiares, tal vez fueran aquellas dos guardias que me
encaminaron a la celda.
En principio no hubo violencia. Creí haber advertido que
me invitaban de buena fe a beber una taza de algo
licuoso que me supo amargo pero aun así lo bebí todo
porque tenía un hambre de más de tres días y si, como
podía imaginar por las miradas de aquellas tres mujeres,
me esperaba una nueva jornada como la que había tenido
en París, necesitaba al menos de un sorbo de agua para
equilibrar energías y resistir un próximo tren. La
suerte, en apariencias, consistía –me dije– en que
aquella nueva trilogía carecía por naturaleza de
elementos eréctiles y contráctiles con los cuales
empeñarse en raras y retorciditas penetraciones, pero
estaba muy equivocada pues la rapada –que le gustaba que
la llamaran Wilhelm von Sade–, mientras las dos secuaces
se disponían a sostenerme por los brazos después de
haberme desnudado, sacó de un nicho iluminado por un
anillo de velas un alargado tótem de madera pulida que
tendría más o menos tres cuartas de largo por dos
pulgadas de diámetro, y arremetió contra mi peludo. Y
como sabía por los ruidos consabidos que estaba en medio
de la selva y a quién sabría cuántas millas distante del
mundo civilizado, la emprendí a gritos porque la rapada
Wilhelm me fastidiaba con unas lengüetadas como trapazos
y con aquel tarugo infértil que ni siquiera se había
dignado embadurnar de aceite. Pero, precisamente, como
estaba en la selva, reflexioné que solo durante el
amanecer –si aún continuaba con vida– sería posible
planear una fuga y por tanto era inútil cualquier
esfuerzo por librarse de aquellas mujeres y me dejé
llevar por mi mala suerte. Tal vez por eso, al
percatarse aquellas dos que me sujetaban que yo no hacía
resistencia, me dejaron caer en el piso e inmediatamente
se repartieron mi cuerpo como mejor pudieron.
Resignación. Yo meditaba sobre mi existencia mientras
sucedía todo aquello. Llegué a pensar que mi destino en
el mundo era aquel de ser violada, tal como el destino
de otros habría sido o es ser artista, monje, santo,
panadero, cosmonauta, inflador de zepelines, rey o
limosnero, el mío era ser violada una vez en París, otra
en Tanganika y más tarde quién sabe si en Taichong,
Jerusalem, Islamabad o en Plutón. ¿Debía sentirme feliz
con mi destino o debía luchar por cambiarlo? Imaginé que
hacía muy mal en volar hacia las Bahamas pues allí tal
vez terminaría mi vida abandonada en los arrecifes,
siendo pasto de peces y cangrejos; que si debía morir
debía ser allí mismo donde en ese instante, como una
historia que se repetía, alguien trataba de colarme por
el oído un tótem quién sabe si milenario y me volvían a
desgarrar la oreja que ya había dejado de sangrar y me
pulverizaban el pubis, y se defecarían en mi cara, se
orinarían en vaya usted a saber dónde pues ya no sentía,
por el dolor. Tal vez debí haber escrito en aquel
cuestionario sobre mi vida futura que pretendía
esforzarme por ser la mejor víctima de todas, la Gran
Ramera ejemplar con riesgosas misiones en Tanganika y en
la Patagonia, pero que mi máxima aspiración era llegar a
ser violada por unos carabaneros en el desierto del Gobi
o fungir como el aliviadero universal de las Tropas
Aliadas.
Mientras yo pensaba estas cosas, las secuestradoras se
habían quedado dormidas y no sintieron la llegada de los
pigmeos de la Tribu del Lago. Al principio, cuando dos
de ellos se asomaron a la puerta de la cabaña, me
parecieron marcianos y como estaban pintarrajeados de
verde y amarillo, aún más confirmaron mi idea de que
aquellos no eran seres terrenales. Y como en mis
reflexiones yo había decidido dejarme llevar por la
moira, dejé que aquellos enanos me arrastraran fuera
de la cabaña junto a las tres mujeres que por el susto
parecían soltar las gargantas ¡con tales gritos de
terror! Y pues como gritaban tanto, allí mismo dos de
los enanitos verdes sacaron sendos cuchillos de jade y
desmontaron las cabezas de las gritonas como quien
rebana tres pepinos. A mí no me hicieron lo mismo
porque, en primer lugar, yo no me llamo Psique Zenobia
como la del cuento de Poe y, segundo, porque me dejaba
conducir sin ningún tipo de aspavientos además, ¿qué
diferencia había entre unos carabaneros del Gobi y unos
pigmeos de la Tribu del Lago?
Por el río, y en canoa, el viaje fue peligroso pero
rápido a pesar de que algunos intrépidos pigmeos habían
remado hasta la orilla para cazar cocodrilos e
hipopótamos. Más o menos a las 12:00 AM, hora local
–intuí que eran las doce por la posición del sol–,
llegamos a la aldea de los enanitos verdes.
Allí me recibió un hombre dos centímetros más alto que
el resto. Por la estatura y por algunas plumas de
extraño modo atravesadas en los cachetes y la nariz,
deduje que debía ser algo así como un líder y, por
tanto, me alivié pensando que el tal se encargaría de
ordenar un tanto las cosas y si lograba la comunicación
con el plumífero, resolvería que me llevara de regreso a
Dar es-Salam donde ya se habrían dado cuenta de mi
secuestro y con mil perdones a causa de las presiones de
la cancillería francesa o de la mafia que ya estaría
ansiosa por recuperarme para... ¡Zas...!, se encargarían
de hacerme llegar a mi destino. Así, soñaba con que el
pigmeo me embarcaría en primera clase en un TanganikAir
rumbo a Nassau, y allí en África paz y en las Bahamas
gloria, pero no fue así. Tal vez no haya sido peor, mas
resultó otra de mis desventuras.
Después de morderme la nariz para, en el agujero dejado
por un colmillo afiladísimo, clavarme una pluma de
codorniz, el pigmeo Jefe –que todos llamaban Tokú Sadé–
ordenó que me condujeran a una choza de cañas forrada
con bosta de vaca. Más tarde me percaté de que, como mi
dolorido peludo sangraba por los traumas de anteriores
batallas venéreas, aquellos enanitos verdes habían
pensado que yo estaba bajo los efectos de la Luna y como
en aquellas latitudes existe la creencia de que el
menstruar es signo de mal agüero, decidieron encerrarme
junto a diez mujeres más que a causa de no bañarse
cualquiera puede imaginar que tal olían. Allí tuve que
disputar un espacio para dormir y un trozo de raramasa
para comer. Al cabo de cinco días llegaron dos hombres
armados con lanzas y me arrastraron hasta los pies de
Tokú Sadé quien tal vez al verme tan pálida y
desfallecida ordenó que me dieran de comer por lo cual
me trajeron un pedazo semicrudo de carne de hipopótamo y
una bebida amarga hecha de los troncos del plátano.
Aquel día dormí mucho y por la tarde algunas mujeres me
acompañaron a darme un baño en el río. Me peinaron, me
cambiaron la pluma de codorniz por una bien larga de
faisán y por la noche –hado fatal– casi me lanzan al
lecho de Sadé que si de estatura le faltaba, de otros
lugares le sobraba y tanto que me hizo pasar muy mala
noche, aunque en la desgracia algo me hacía feliz: había
logrado pasar de tres a uno –aunque este uno hacía por
tres–, y esto era algo muy parecido a la piedad divina.
Cosa de números. Como piedad divina fue también que más
o menos a las 2:00 AM, hora local, la tribu decidiera
mudarse al Norte del Lago porque allí la caza sería
mucho más abundante y el verano más apacible. Y como yo
estaba dormida –al menos eso fingía– y Tokú Sadé no
había gustado mucho del toma y daca –tal vez me
encontraba excesivamente alta y quejosa (no era mi
culpa, yo intenté cuanto pude para no defraudarlo)–,
decidieron abandonarme a la orilla del Lago para que, en
sacrificio, me comieran los cocodrilos, pero yo esperé a
que se alejaran y cuando supuse que no me veían, corrí
como venado y me subí a un árbol a esperar que saliera
el sol.
Me desperté al caer del árbol. Suerte la mía que estaba
trepada sobre una de las ramas más bajas y la caída no
fue un problema mayor que las magulladuras anteriores.
Me ayudé con un bastón, recogí algunos plátanos verdes
que pudieran servirme de alimento y eché a andar
siguiendo el curso del río pues, ¿acaso las ciudades,
como París, no se erigen a la orilla de estos? ¿Y en
caso de no ser así, el río al menos no se encargaría de
llevarme al mar? Apenas hube avanzado dos o tres
kilómetros río abajo, sentí un ruido de motores. Apuré
el paso, corrí, di gritos de ¡Auxilio! para llamar la
atención y gracias a ello pude llegar a tiempo donde dos
hombres preparaban una avioneta rumbo a las provincias
del Oeste para finalmente, tal vez dos días más tarde,
llegar a Dar es-Salam porque debían recoger unas
mercancías, fumigaciones, semillas y otros materiales de
agricultura... les aseguré, pues hablaban un poco de
francés, que ellos eran mi salvación y también les conté
en breve de mis desventuras desde mi llegada a Tanganika.
Ellos parecían haber comprendido y me invitaron a subir
al artefacto y me prometieron dejarme en Dar es-Salam
pero con la condición de... y en ese momento aceleraron
los motores y aumentó el ruido y no pude oír sus
condiciones y como mi objetivo era llegar a Dar es-Salam,
cualquier cosa a cambio me pareció poca, así pues nos
elevamos sobre el lago, las selvas, las montañas y
cuando el piloto logró estabilizar el aparato dejó los
controles al ayudante y vino a mí, que en ese momento me
entretenía con los reflejos del sol en los espejos de
agua y observaba las nubes que penetrábamos cuando sentí
que algo duro pretendía hundirse en mi dolorido e
hipertraumatizado peludo que en aquellas nuevas
circunstancias, sin duda alguna sabía predestinado a
tales lances ya sea en la tierra o en el aire, sea cual
fuere el elemento. Como me removí y le hice un poco de
resistencia, el piloto se puso algo furioso y me amenazó
con lanzarme de la avioneta y como me percaté de que
volábamos a una altura respetabilísima y pues me
vinieron a la mente Tokú Sadé, Gastón Sade y las tres
comandadas por Wilhelm von Sade y los carabaneros del
Gobi que debía enfrentar en un futuro de consagración,
le dije: “Está bien, adelante” y así fueron turnándose
piloto y copiloto hasta que no pudieron más porque se
acercaba el momento del aterrizaje en las provincias del
Oeste.
A partir de allí todo fue mucho más fácil, precisamente
porque no opuse resistencia a mi destino. Aquellos
mismos pilotos que pensé me dejarían abandonada, a los
pocos días fueron a buscarme porque no querían hacer la
ruta hasta Dar es-Salam con el aburrimiento tan usual de
sus otros viajes y hasta me prometieron que ellos se
encargarían de mantenerme con comidas, alojamiento y
ropas, pero yo les inventé una historia sobre un padre
desconocido y una madre difunta, del encuentro de ambos
sobre un puente iluminado, en París, sobre mis planes de
buscarlo a él en las Bahamas y ellos, piloto y copiloto,
casi estuvieron a punto de echarse a llorar. Por eso me
dejaron ir cuando llegamos a Dar es-Salam, y hasta me
regalaron dinero para comprar un pasaje de primera clase
en TanganikAir y me dijeron adiós cuando subí la
escalerilla. Yo les prometí volver pero antes debía
cambiar algunas cosas en mi vida... mas eso pertenece a
otra historia. [...]
Testimonio sobre la vida neblinosa de Rose Keller
Por Marguerite Coste, Colonell Hill, 1952
La verdadera historia de Rose Keller comienza a la
salida de un bar de París, exactamente durante el cruce
de una plaza tan desolada como las que vemos en los
cuadros de Giorgio de Chirico: una oscura explanada
silenciosa la convida. Sin sentir que la han llamado,
Rose Keller penetra despaciosa, ufana en nuevo
laberinto derretido, y súbito sobreviene el desplome
dentro de un torbellino de ocres pestilencias
fermentadas. Por un río negro y subterráneo navegó la
noche, la madrugada y también la mañana del día último
en que despertó a la orilla de un estuario, rodeada de
cangrejos ya dispuestos al asalto y carcomido el rostro
por las ratas y los peces.
Inclinada sobre las aguas como un Narciso, Rose Keller
se negó a aceptar que aquel rostro siniestro oculto
entre las algas y el cieno era el mismo que ella gustaba
de maquillar frente al espejo durante
las tardes de goce pleno en que lograba la elegancia de
una Rrose Selávy y entendió, con gran dolor, que ahora,
convertida a fuerza de infectas dentelladas en una
presencia espantosa, no le alcanzaría con apelar a un
sombrero de alas empavesadas de tul sobre la frente, ni
al carmín escarchado en los pómulos (de una angulosidad
testosteromenal casi imborrable) ni al perfume de
violetas ni al polvo de canela ni a las sedas porque
ahora la cara se le había vuelto complicada para los
asuntos del travestismo con ese caldo de mordidas y
otros ensañamientos que le habían propinado los demonios
ocultos en las cloacas.
Su mundo habitual se había deshecho en solo unas
horas miserabilísimas. A duras penas había podido
emerger de las aguas a causa de los tantos huesos hechos
triza durante su descenso en el vacío. Sentíase como un
Cristo recién clavado en la cruz, como una hormiga bajo
las patas de un diplodoco, presentía que su destino y el
mundo le habían jugado sucio, que le había tocado
perder, que estaba muerta en vida y que no habría
resurrección posible a no ser en la venganza, en la más
justa revancha que le exigía esa incertidumbre amarga
que le angustiaba: ¿Por qué la habían golpeado de ese
modo? ¿Quién era aquel ser tenebroso que le había
tendido una trampa en las profundidades de las
alcantarillas? La ingenuidad de esas dos preguntas sin
respuestas se disolvía en el odio naciente. Cada vez que
se inclinaba sobre el espejo de aguas para ver aquella
su nueva tez deplorable, transpiraba hiel, la misma
hiel, tan contagiosa, que le había inoculado algún
salteador, pero, se preguntaba constantemente, ¿cómo
podía vengarse de quien la había golpeado, si la
oscuridad ni siquiera le permitió definir su silueta
macabra? Rose Keller lloró de rabia, gritó maldiciones a
los cuatro vientos pero sus lágrimas solo alcanzaron a
unirse a las aguas quietas del estero.
Necesitaba aliviar la rabia que sentía. Ahora le era
inevitable dejar de aborrecer ese mundo sin respuestas,
silencioso, del cual comenzaba a malvivir su lado más
perverso. La humanidad le pareció detestable, la
humanidad se le había instalado entre ceja y ceja,
también los peces eran aborrecibles, los cangrejos, las
aguas del estuario, su rostro carcomido, la luz del
sol...
Fue la esperanza del desquite quien le dio fuerzas para
huir de las aguas que ya, al final de la tarde, habían
comenzado a subir tal vez confabuladas en una
conspiración universal de aniquilamiento. No se dejaría
vencer ni por los hombres ni por los elementos, no ahora
que clavaba las uñas en la arena para mejor reptar hasta
los hierbales, en dirección a la muralla de pinos que le
daría cobijo durante la convalecencia. No deseaba acudir
a los auxilios hipócritas de cualquier desconocido, le
invadían la desconfianza y el temor a la falsedad de un
alma supuestamente compasiva, veladamente criminal,
despótica, sádica.
Si, por casualidad, un bañista o un pescador se acercaba
a su escondite, Rose Keller, artífice del camuflaje,
recurría al mutismo, a su recién adquirida naturaleza de
ostra. Si la proximidad llegaba a ser demasiada,
entonces imitaba, como efectivísimos repelentes, el
cascabeleo de un vipérido o el zumbido de una abeja o
las resonancias ultratúmbicas de un espectro. Así logró
aislarse largas jornadas de mosquitos fastidiosos, de
repugnantes dietas a base de batracios, roedores e
insectos; jornadas durante las cuales crecieron barbas y
melenas, tufos y harapos, sarnas y piojos, granos y
herpes, ronchas y llagas purulentas y, aunque no lo
creas, jornadas en que recuperó la reciedumbre de los
huesos y en que cicatrizaron las heridas en el rostro.
En la ciudad la habían dado por muerta y Rose Keller
estaba consciente de haber sido borrada del mundo de los
vivos. Hasta le entusiasmaba el hecho de saberse así,
olvidada por todos, porque ausente, no prevista en los
planes del gentío, podía actuar con libertades de
ensueño. Mientras se recuperaba, había sopesado las
ventajas y los inconvenientes de su nuevo modo de
existir y aunque la idea sobre la vileza del mundo
circundante y la necesidad de la venganza no variaron en
lo más mínimo, concluyó, en cambio, que su tragedia, sin
dejar de ser lamentable, ocultaba en sí elevados
propósitos de positiva envergadura, los cuales
intentaría sacar a flote. Es cierto que extrañaba sus
empavonadas de talco, sus noches de maybelline y
lentejuelas, que aun barbada, melenuda y piojosa,
suspiraba por los vestidos de moaré y los implantes que
tuvo que pagarse para dejar de ser él, que
lloraba por las pelucas y los tacones que tal vez
estarían bajo el polvo de un armario en cualesquiera de
los camerinos del teatro donde ella, Rose Keller,
actuaba en calidad de Gran Diva. Aquella mañana en que
llegó a sentirse completamente recuperada de los golpes
y de las mordeduras, al salir del herbazal y ver su cara
reflejada en las aguas del estero, gozó feliz al
comprobar que no estaba tan descompuesta como supuso el
día posterior a la emboscada. Y entendió que si rebajaba
solo unos centímetros su cabellera bravía, su crin
hirsuta, no llegaría a ser la misma de antes pero, al
menos, lograría el milagro de ser un hombre nuevo y no
un monstruo de las tinieblas. Es cierto que, sin llegar
a ser muy indiscreto, cualquiera divisaría a diez metros
de distancias lo bien chamuscada y carcomida que estaba
su faz de tarascón pero una fina labor de yeso, un buen
repello y atauriques bajo una capa de látex bien
aplicada, borraría las huellas de su pasado terrible.
Pero el regocijo que invadía a Rose Keller aquella
mañana en que recurrió al espejo de aguas, no se lo
debemos únicamente al mero hallazgo de la posibilidad de
un Narciso repellado y redivivo sino a que la noche
anterior a ese despertar radiante, sus oídos
concurrieron a la conversación de ciertos paseantes
nocturnos. Al sentir la cercanía de los pasos, Rose
Keller se dispuso a aplicar el consabido repelente pero
una intuición le invitó a contener los silbidos y le
aconsejó que escuchara con atención. Los paseantes
discutían sobre la muerte de una tal Marguerite Coste.
Se peleaban sobre culpas e inocencias. Repartían
acusaciones y enumeraban hipótesis sobre el paradero del
asesino, un tal Henry de Sade que, acusado de cometer un
abominable crimen sexual, se había dado a la fuga
después de haber lanzado a su acusadora, Marguerite
Coste, a la alcantarilla. ¿Cómo era posible tanta
coincidencia? ¿A quién se referían cuando hablaban de
“Marguerite Coste”? ¿Acaso Henry de Sade era un asesino
en serie? ¿O es que, engañado por la oscuridad de la
plaza, Henry de Sade se había equivocado de víctima y en
vez de arrojar a las cloacas a Marguerite Coste había
echado mano al primero que pasó por el lugar, es decir,
a Rose Keller? ¿Cómo podían estar seguros, aquellos dos
vagabundos, de que el “muerto” era Marguerite Coste y no
Rose Keller? ¿Alguien se había pronunciado oficialmente
sobre el asunto? A Rose Keller le importaba poco las
respuestas a todas esas preguntas (y a muchas más), sin
embargo, el diálogo fortuito de los nocherniegos arrojó
luz sobre el oscuro objeto de su venganza: Henry de Sade.
Sin cometer el grave error de revelar su verdadera
identidad, Rose Keller abandonó el retiro y volvió a la
ciudad para dar comienzo a su desquite. Ya sabía que
Henry de Sade se había ocultado en un laberinto de
cloacas, que la aventura de perseguirlo por aquellos
recovecos era colocarse en una situación similar a la de
los guerreros que acudieron a dar caza al Minotauro. Su
guerra sería de maña contra fuerza pero no por ello
dejaría de haber sangre. El torrente carmín, se lo había
prometido a ella misma, inundaría la ciudad, abonaría el
país de punta a cabo con trozos y destrozos, haría del
rojo el color nacional pero no se lanzaría a verter la
púrpura de los cuerpos sin haber trazado antes un plan
infalible que le asegurase la total impunidad. Oculta/o
en los disfraces más disímiles, vería rodar las cabezas
de sus víctimas, emplearía infinitos juegos de máscaras
y los noventa y nueve nombres de Dios para presentarse
ante las gentes de las cuales deseaba ver el fin porque,
a pesar de saber sobre quién debía vengarse, es decir,
sobre Henry de Sade, intentaba extender la vendetta
hacia los responsables de antiguas deudas por saldar que
nada tenían que ver con su descenso a las profundidades
cloacales. Juraba, por ejemplo, que descuartizaría a
quienes en el auditorium le habían abucheado después de
una lectura de los poemas que ella firmaba como Rrose
Selávy, pues Rose Keller intentaba ser poeta y, en
consecuencia con su porfiado deseo, dos noches por
semana recitaba ante personas de una terquedad similar,
pero resulta que sus declamaciones se tornaban cada vez
más desastrosas a consecuencia de la paralexia que
padecía desde niño, es decir, una “ceguera verbal” que
le hacía sustituir las palabras de un texto que leía por
otras desprovistas de significado y, sin darse cuenta,
convertía sus discursos en un amasijo babélico, en algo
menos que un engendro dadá, en un triste y desafortunado
mariposeo glótico que transformaba su espectáculo en una
comedia retórica, en un carnaval semántico, en una
fiesta prosódica, en un aquelarre fonético. Pero estos
fracasos en los recitales solo ahora despertaban velados
rencores en Rose Keller porque en su momento las
reacciones no pasaban de la ira pasajera que se diluía
en sus otros quehaceres artísticos que le enardecían el
orgullo y le disipaban la pena de ser un poeta
“incomprendido”. Cuando Rose Keller hacía la pasarela
disfrazada de Rrose Selávy y cantando alguna canción
bohemia, los aplausos del público le bastaban para
seguir viviendo en espera del próximo desfile bajo las
luces tornadizas de un reflector que le realzaba el
brillo a su enchapado de lentejuelas negras y doradas,
que le hacía ser el centro de un teatro que fuera la
única diversión en aquel París ya muerto, mojigato (a
causa de la guerra), y donde comenzaba a anidar el ave
de la medianía y el aburrimiento.
Ahora, frente al teatro, la nueva Rose Keller recordaba
un pasado reciente y feliz, unos días de gloria y
triunfo. Estuvo a punto de pedirle a los celadores que
le dejaran entrar a los camerinos, deseaba ver por
última vez los vestidos, los maquillajes que había
dejado sobre el tocador, a las chicas con las cuales
solía bailar el cancán pero comprendió que un día
después de su desplome había dejado de ser Rose Keller y
que Rrosé Selávy estaba muerta, oportunamente muerta y
esa situación exaltaba su vileza, lo hacía derivar en la
bestia más espeluznante.
Turbada por un remolino de evocaciones, Rose Keller dio
media vuelta y anuló sus intentos de reconstruir el
pasado. No era recuperable. Su nuevo rostro le confería
una vida nueva y no resultaba prudente andar por el
mundo proclamando una resurrección de la cual no
obtendría ventaja alguna. Procuraría gozar de su nueva
estampa, asumiría su naturaleza de ángel caído, su faz
de kilicágono irregular. Ese mismo día, por la noche,
Rose Keller comenzó la venganza.
Sabía que en medio del estuario se alzaba un palafito
donde cierto pescador había construido una cabaña. El
hombre era un ser ermitaño cuya muerte no preocuparía a
nadie, mucho menos en aquella playa, el único lugar de
la isla donde un cadáver podía pasarse días a merced de
las sombras de un cocotero. La casucha, solitaria, isla
dentro de una isla, era una excelente guarida para
alguien que pretendiese una maniobra de exaltada
perversidad. El problema –muy menor– consistiría en
apropiársela. Los pescadores son gente muy diestra en el
arte de blandir arpones y navajas, y un combate cuerpo a
cuerpo era nada aconsejable, más bien una locura, un
suicidio para un asesino inexperto y primerizo que
incurriese en el descuido de atacar de frente. Ya lo
había dicho, la solución estaba en oponer maña contra
fuerza. Así que Rose Keller decidió acudir a la vieja
táctica del caballo de Troya y, haciéndose la moribunda
justo a las puertas de la cabaña, reclamó las atenciones
del pescador que, víctima de su bondad, le dio entrada a
la bestia y... la casa cambió de dueño solo por el
irrisorio precio de unas dos o tres cuchilladas en las
espaldas del ingenuo.
El próximo paso consistía en encontrar a Henry de Sade
que, o bien se había marchado de la ciudad o, al igual
que Rose Keller, se había transformado en un ser
distinto con identidad nueva e incluso con un rostro
recién estrenado, tal vez. Le tocaba ejecutar la parte
más difícil de su inmenso plan de muertes pero su
experiencia con el pescador le había hecho evidente la
necesidad de hacer del crimen una práctica cotidiana
porque no siempre las víctimas florecían tan cándidas y
ufanas en cualquier esquina; las había difíciles de
atrapar, escurridizas; las había, incluso, tan
victimarias como su asesino, perversas, insólitas,
saltarinas, líquidas, aceitosas, abrasivas,
intermitentes; unos días se levantaban destripadoras y
crueles y otros amanecían dóciles y repulsivamente
manipuladoras y blandas como la baba de la babosa boba.
En principio debía hacerse de unos cuantos instrumentos
que le facilitaran el trabajo porque la muerte no
siempre debía consistir en meras manufacturas:
estrangulaciones, golpes en las sienes y en la nuca,
patadas en el hígado. Para variar, estaban las navajas y
las cuchillas de afeitar, los punzones y las agujas
hipodérmicas untadas de ponzoña, también las sogas, los
cristales rotos, los sables y las guadañas, las pistolas
y el arcabuz, en caso de no tener a mano algo mejor como
un cañón o una aplanadora.
Una deprimente escasez de recursos le obligó a
conformarse con un cuchillo oxidado y un cortaplumas,
suficiente para un aprendiz de carnicero. Pasó la tarde
intentando darle filo a sus aperos de matanza y a la
caída del sol comenzó el entrenamiento. En la playa, tan
desolada, no le fue posible tropezar con un buen
material de estudio, por eso prefirió colocarse al
acecho en una zona intermedia entre la ciudad y la
costa. Precisamente en un lugar que en sus días como
Rrose Selávy ella frecuentaba casi siempre en compañía
de bugarrones que se excitaban con las formas
travestidas que habían visto bailar cancán sobre el
escenario. Sabía Rose Keller que velaba en las
coordenadas idóneas para disponer una trampa y no tuvo
que esperar mucho tiempo para estrenar sus dos máquinas
de muerte. De todos modos, aunque el lugar resultaba
perfecto, la noche siguiente desplazó el teatro de
operaciones hacia el centro de la ciudad, porque
ciertamente ella no pretendía la abundancia sino la
variedad pues solo allí se ocultaba el magisterio.
Primero probó emboscándose en la oscuridad de un parque
mas no hubo novedades, después se le ocurrió operar al
amparo de la última hilera de butacas en un cine y el
resultado fue una maravilla. La música, los parlamentos
y la risa del público ahogaban los estertores de la
víctima. Los silencios y el ir y venir de las personas,
la luz de una linterna, la presencia tan próxima de un
masturbador cinéfilo, le obligaban a la mesura en el
obrar, a la pulcritud sigilosa, a la maniobra ofídica.
El holocausto era un concierto. Unas veces el
zafarrancho y otras la parsimonia. ¿Por qué no había
disfrutado así, pleno de inhibiciones, con
anterioridad?, pensó Rose Keller mientras
circuncidaba una garganta con el filo del cortaplumas.
En un mes había experimentado una apoteósica
transformación. De gusano arrojado a las cloacas había
pasado a crisálida tenebrosa, a tétrico lepidóptero
nocturno con alas de cianuro. Había adquirido la
costumbre de preguntar, cuchillo en mano, a cada una de
las víctimas si, ¿de casualidad usted conoce a un tal
Henry de Sade? De ese modo poco a poco fue
acercándose a la verdad, se aproximaba paso a paso a la
presa más codiciada, a la pieza fundamental de aquel
juego arriesgado. Algunas versiones le aseguraron que
Henry de Sade aún permanecía encerrado en las cloacas o
que se había exilado en cualesquiera de los poblachos
interiores de la Francia. Muy pronto supo de la falsedad
de tales revelaciones y se limitó a hurgar en los
rincones de la ciudad, pero la alimaña había
multiplicado sus identidades y le hacía difícil al
cazador la posibilidad de un acierto. Henry de Sade
dejaba a su paso un rastro confuso. Sus huellas se
evaporaban; su olor era variable, unas veces nauseabundo
y otras delicado; sus siluetas inconstantes; su
naturaleza gasiforme; su sombra, casi inexistente, mera
transparencia espectral; más cauteloso que una sabandija
funesta. Rose Keller tuvo miedo y decidió aplazar la
búsqueda por un tiempo.
Encontró su oportunidad cierta noche en que una compañía
de fama pueblerina se presentaba en función única. Allí
estaban reunidos todos los Henry de Sade posibles, era
el momento ideal para aplastarlos de una vez. Rose
Keller no podía echar a un lado aquella oportunidad
irrepetible de cumplir con su obra mayor: el desastre,
el desvanecimiento. Cuando la platea y los palcos
estuvieron repletos, cuando las luces de la sala se
apagaron para que se replegara el telón, cuando todos
los Henry de Sade se alistaron a roncar por el fastidio
del primer acto, cuando los reflectores iluminaron la
escena, entonces ocurrió la gran explosión y los palcos
y el techo del edificio se vinieron abajo, las primeras
filas de butacas saltaron por los aires dejando un
reguero de carnes y huesos por el suelo que parecía
ondular al ritmo de otras sucesivas detonaciones. Una
ola de polvo y fuego cubrió las cuatro esquinas de la
sala y consumió los decorados de la escena. Las personas
intentaban huir pero las puertas resultaron bloqueadas.
Llovían las piedras y el yeso al rojo vivo, un tropel de
cuerpos encendidos corría de un lado a otro en un vano
intento por apagarse, algunos caían para terminar
aplastados por los hierros retorcidos y los trozos de
paredes, la sangre se confundía con el rojo del fuego y
con el de las cortinas y las alfombras. En apenas dos
minutos el edificio estuvo en ruinas y las voces de
auxilio habían cesado. Solo el crepitar de las llamas y
la risa de Rose Keller dominaban el silencio.
Después del siniestro, Rose Keller se vio obligada a
continuar con sus crímenes. Por alguna vía llegó a
enterarse de que, para su frustración, de todos los
posibles Henry de Sade que habitaban la ciudad, cuatro
de ellos no habían asistido al teatro la noche del
incendio. ¿Ahora qué debía quemar, la ciudad, los
barrios periféricos, los poblachos miserables, la
Francia en pleno, incluso Europa en su totalidad?
¿Quemar las aguas? ¿Enfrentar los elementos conjugados?
Sería un mal presagio y Rose Keller era una criatura muy
supersticiosa.
Consideró que la salida más fácil era dar con la
verdadera identidad de Henry de Sade y no andar por
París dándole candela a cuanto lugar diera cobijo al
asesino. Solo debía seguir bien de cerca a los cuatro
sospechosos y a lo sumo en un par de años determinaría
cuál de ellos resultaba digno del sacrificio. Para
lograr la cercanía al cuarteto de Henrys de Sade, Rose
Keller comenzó nuevamente su vida de poeta. Aunque le
disgustaba la idea de regresar a esos antiguos tiempos,
debió rehabilitar sus facultades de juglar e hizo un
poco de vida pública. A los pocos meses ya había ganado
un nombrecillo, por supuesto que muy distante del de
Rose Keller, y una vez por semana ofrecía un recital
donde el público se desternillaba de la risa con la
chorizada de disparates que resultaba de esa ceguera
verbal que le hacía sustituir las palabras de un texto
que leía por otras sin sentido.
Henry de Sade era un ser asombrosamente astuto. Por eso,
cuando asistió cierta vez a uno de aquellos pandemonios
fonéticos de Rose Keller, en su mente surgió la sospecha
de que el humorista volandero que tenía delante no podía
ser otra que la Rrose Selávy, el travesti-poeta que
bailaba cancán y que cierta noche, precisamente el día
que él, Henry de Sade, había dado muerte a Marguerite
Coste, había desaparecido de un modo misterioso. Pero
sucedía que aquel no era el rostro de Rrose Selávy,
mucho menos la voz ni el modo de manotear. Aun así,
Henry de Sade presintió que algo raro estaba sucediendo
en aquella ciudad y, por azar –iluminación tan repentina
y oportuna como diabólica–, le dio por relacionar la
presencia de Rose Keller con los rumores que habían
llegado a sus oídos sobre asesinatos en serie y, además,
comenzó a parecerle muy extraño el incendio del teatro,
tan extraño como las miradas de helado verdor,
disparadas por aquel nuevo poeta que padecía una
paralexia similar a la de Rrose Selávy.
Henry de Sade, que hasta ese instante se había reído de
aquello que inconscientemente leía Rose Keller, dejó de
hacerlo y aprovechando que esta no lo observaba, se
levantó de su asiento y se marchó para su casa. La
ausencia de uno de los cuatro supuestos Henry de Sade se
hizo notar de inmediato. Rose Keller creyó ver en esa
retirada una prueba irrefutable de culpabilidad.
Interrumpió la lectura, se disculpó con el auditorio y
salió a perseguir a quien redoblaba los pasos para
distanciarse de su rastreador. Esa noche no hubo más que
persecución y vigilancia. El supuesto Henry de Sade,
previendo la crítica circunstancia en que se hallaba,
aseguró puertas y ventanas y se encerró en el cuarto con
doble llave. Bien entrada la madrugada, y habiendo sido
imposible penetrar en la casa, Rose Keller regresó al
palafito del estero.
Algunos húmedos jardines parecen pedir a gritos un
crimen, Rose Keller disfrutó esa idea, y no pudo
pegar un ojo en toda la noche. Recordaba cómo aquel
sospechoso de ser Henry de Sade se había adentrado en un
bosquecillo y luego en la casa. Era un lugar apropiado
para esconderse, tan apartado como el estero. Ella lo
esperaría allá, oculta entre los troncos de los árboles
o sobre las ramas más frondosas para, en el momento
exacto, lanzarse sobre la presa y aniquilarla. No lo
pensó dos veces (sino diez) y partió en busca del
supuesto Henry de Sade.
La víctima dormía sobre una estera a la sombra. Se
abanicaba semidesnuda, movía un brazo de un lado a otro
a pesar de no estar consciente de lo que hacía. Actuaba
como sonámbulo, roncaba como un cerdo (¿acaso roncan los
cerdos?), se babeaba sobre la estera y los pájaros le
cagaban la boca y la barriga. Rose Keller se escurrió
por entre la maleza y con la habilidad de una ardilla se
subió a un árbol cuyas ramas se extendían hasta la
víctima. Cuando estuvo sobre ¿Henry de Sade?, dio un
salto y le cayó encima del abdomen. La víctima despertó
sobresaltada y casi al borde de la asfixia le preguntó
con una ingenuidad casi infantil: “¿Quién eres tú? ¿Por
qué has hecho eso?” A Rose Keller no le interesaba
responder aquellas preguntas y se apresuró a sacar el
cortaplumas: “¿Tú eres Henry de Sade?” La víctima,
temblorosa y sollozante, solo atinaba a gritar ¡auxilio!
e imploraba que ¡no me mates! “¿Tú eres Henry de
Sade?”, volvió a preguntar Rose Keller y sin esperar
respuesta le dio un tajaso en el pecho a ¿Henry de Sade?
“¡No me mates! ¡Por favor, no me mates! ¡Yo no soy Henry
de Sade! ¡Henry de Sade se oculta en los suburbios!”
Rose Keller, furiosa, hundió la cuchilla dos y tres
veces en la barriga de ¿Henry de Sade? “¡Por favor, por
favor!”, gritó como un tonto, pataleó, se defendió,
lloró, berreó inútilmente hasta que el desmayo (o la
muerte) sobrevino.
Meses transcurrieron. Rose Kéller no podía continuar de
ese modo, viajando de la ciudad a los suburbios, de los
suburbios a la ciudad y de la ciudad al estuario. Si
atrapaba a una víctima en París y le preguntaba por el
paradero de Henry de Sade, entonces le respondían que
estaba en algún poblacho bretón; si la víctima era del
poblacho, daba por seguro que Henry de Sade se ocultaba
en París. Rose Keller estuvo a punto de echarse a
llorar, hasta quiso abandonar la aventura de atrapar a
De Sade para dedicarse por completo a la poesía. Solo el
hecho de haber reducido el número de sospechosos de
cuatro a tres la estimulaba a continuar su terrible
proyecto.
Al día siguiente volvió a recitar. Había la misma
concurrencia de siempre, incluso asistieron los
sospechosos, entre ellos aquel al cual había dado de
cuchilladas y que milagrosamente no había muerto. De
seguro las heridas habían sido poco profundas y allí
estaba, como si nada hubiese ocurrido; es más, ni
siquiera sospechaba del poeta disfrazado, y hasta
aplaudía aquellos versos disparatados por la paralexia.
Rose Keller supo que se había equivocado, sin embargo,
se dio cuenta de que el acuchillado no era el mismo que
había salido huyendo la otra noche. El verdadero Henry
de Sade estaba sentado como si nada al lado del falso
Henry de Sade aunque, tal vez por eso, se cubría el
rostro con una revista. Nuevamente Rose Keller
interrumpió la lectura y salió a perseguir a Henry de
Sade, corrió tras él a través de calles, callejuelas y
callejones, rebuscó en pasillos y ruinas, en hierbales y
baños públicos. Siguió a cuanta persona llevaba una
revista o un periódico en las manos, revisó
alcantarillas y depósitos de basura y, finalmente, no
encontró nada. Henry de Sade se había evaporado otra
vez.
Y fueron los días, los meses, los años y Rose Keller
continuó interrumpiendo sus lecturas cada vez que Henry
de Sade resolvía fugarse. ¿Por qué Rose Keller no
anunciaba una lectura falsa y atrapaba a Henry de Sade
en la entrada del auditorium? ¿Por qué había decidido
extender ese juego durante todo ese tiempo? Estaba
cansada, ya no le encontraba sentido a vivir
persiguiendo Henrys de Sade por todo París. ¿Así de
pronto? Tenía miedo. Había comprendido que Henry de Sade
era un ser mudable, una esencia de todos los males y no
bastaban la maña y la fuerza para destruirlo. Henry de
Sade, como Rose Keller, era un ser que mudaba de disfraz
constantemente y se tornaba inaprehensible.
Daría un último recital. Ese día la ciudad permanecía
bajo las sombras, las nubes se imponían sobre la ciudad.
Rose Keller dispuso los papeles sobre la mesa, el sonido
de la lluvia era favorable a los versos que deseaba leer
como despedida. Estaba resuelta a abandonar los
crímenes, al menos a menguarlos, a vivir como una
ermitaña en la cabaña del estuario o, mejor, abandonaría
París, se marcharía a las Bahamas. El cansancio se había
hecho evidente en la voz casi apagada. A media lectura,
Henry de Sade hizo mutis por el fondo pero Rose Keller
no interrumpió la lectura, continuó provocando la
carcajada de su público. Ya casi terminaba. A un paso de
encaracolarse en un abismo líquido, bajo la lluvia y los
truenos, Rose Keller dejó correr los chorros de una
verbosidad gasiforme. Al concluir el último poema se
levantó sin esperar los aplausos, cabizbaja avanzó por
uno de los laterales de la sala, buscó la salida. En el
público crecían los aplausos y las ovaciones. Rose
Keller salió a la calle. Caminó lento bajo un paraguas.
Desde una esquina Henry de Sade le hizo señas para que
le siguiera. Rose Keller no quiso volver a las
persecuciones, ciertamente estaba cansada, muy cansada,
tal vez porque sintió en lo más profundo de sí que su
entorno era puro tejido de infamias y significantes en
bruto y, de ser así, entonces su nueva existencia
resultaba torpe e inútil, obsoleta. Y se marchó, bajo la
lluvia, inconsolable y sola, a buscar, en el agua turbia
del estuario, el alivio de la muerte.
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