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El cuento de La Jiribilla

LOS FANTASMAS DE SADE

Ernesto Pérez Chang


Doy a la consideración de los lectores dos  versiones sobre la existencia real de Rose Keller. La primera pertenece a Marianne Laverne y es una reconstrucción hecha por el erudito inglés Edward Henry Sade a partir del borrador de una carta que Marianne dirigió a Claude Sohier, Comisario de la Policía de París, implorando clemencia ante la orden que este diera de apresar a la matrona Mlle. Janelle. La segunda la transcribo tal como la recojo de puño y letra de Marguerite Coste quien adjuntó el “Testimonio sobre la vida neblinosa de Rosa Keller” como postscriptum de su testamento. Ambas historias, aunque difieren en algún que otro asunto, están narradas de la manera más espaciosa, sutilmente detalladas y con todas sus elegantes y escandalosas holguras. En la primera quizás sobresalía demasiado la intensión de Edward Henry Sade, último descendiente del Marqués de Sade, de purgar su blasón; por tal motivo he develado algunos nombres a la vez que he prescindido de notas y precisiones históricas con que el erudito acompañó la publicación de su trabajo en el Annual Report of Cambridge University Press, de 1992. En cuanto al documento de Marguerite Coste quien, junto a Marianne, al parecer acompañó a Rose Keller durante su autoexilio en Colonell Hill, un pueblo en un islote coralino de las Bahamas, hace apenas un par de semanas ha sido declarado apócrifo por Michelle Brown, jefa del Fondo de Manuscritos de la Biblioteca Británica, porque alega que un papel firmado en 1952 no pudo haber sido redactado en Colonell Hill, ya que la ciudad adoptó ese nombre en 1954. En desacuerdo con Michelle Brown, Beatriz Soustelle-Coste, hija de Marguerite y depositaria en 1967 de los manuscritos, ha respondido con un extenso artículo publicado en el Britain Journal of Literature, que reproduce las actas de fundación de Colonell Hill donde se aclara que el nombre es el mismo de los inicios de la colonización del islote.

Respecto a las cartas de Marianne Laverne, en 1994 el Archivo Nacional de París se negó a reconocerlas ya que en las carpetas de registro de la correspondencia del comisario Sohier, no aparecían asentadas, sin embargo, el descubrimiento posterior de un centenar de borradores de cartas que habían estado sepultadas en las bodegas de un palacete de Châlons-sur-Marne –ciudad donde murió Marianne Laverne– corroboró la hipótesis de Edward Henry Sade acerca de la personalidad introvertida de Marianne quien, al verse imposibilitada de exteriorizar sus pensamientos, los vertía al papel en forma de cartas. De modo que al dirigir simbólicamente sus escritos a determinada persona, el acto –aunque no se consumase– suplía una conversación real. A pesar del hallazgo, el testimonio de Marianne Laverne continúa en el descrédito. En mi caso, he decidido ignorar las controversias en torno a un asunto tan diabólico. No me interesa demostrar la veracidad o falsedad de unas historias que, si apócrifas, solo habrá que reprochárseles el no poder servir como documento al erudito; si auténticas, entonces el lector tendrá ante sí un soberbio chisme o, simplemente, un mero ejercicio de escritura.

Carta de Marianne Laverne al Comisario de la Policía de París.

Colonell Hill, Bahamas, jueves, 12 de septiembre de 1953

Sr. Claude Sohier, Comisario de París:

Mi nombre es Marianne Lenoble, pero consiento que todos, incluso usted, me llamen Marianne Laverne, porque así se nombraba mi tatarabuela, la famosa prostituta de París que en 1772 se vio involucrada, junto a Marguerite Coste, en un ridículo proceso por ciertos crímenes sexuales cometidos por el Marqués de Sade. Tal vez usted conozca los detalles de aquel juicio porque, casualmente, fue su tatarabuelo de usted, Claude Antoine Sohier, quien los condenó a los tres a ser ejecutados y quemados en efigie. Creo que tal representación, al salvarlos de una muerte real, obró diabólicamente en nuestra existencia porque, a casi dos siglos de los hechos, nosotros, los descendientes, no somos otra cosa que la imagen especular de nuestros ancestros.

Le escribo porque Rose Keller ha muerto. Fue precisamente el lunes, horas antes de que llegara a Nassau la orden de arresto y extradición por asesinato que usted enviara a las autoridades de Bahamas. Rose Keller –cuyo nombre verdadero es Rose Renaudet-Keller– fue hallada muerta en los arrecifes de Acklin, un islote al Este de Crooked. Había sido violada tal como ella misma predijo en unas anotaciones en su Diario personal, del cual le reproduzco un fragmento al final de esta carta. Lo hago más bien porque allí Rose explica por qué abandonó París.

Sé que usted ha dado órdenes de apresar a Mlle. Janelle porque la cree cómplice de asesinato, le advierto que está cometiendo un grave error. Mlle. Janelle es un ser infeliz, una mujer algo tonta que no sabe nada acerca de estos asuntos que, en cambio, sí nos involucran a usted, a mí, a Marguerite Coste, a Rose Keller y a los descendientes del Marqués de Sade. Mlle. Janelle, reitero, es inocente. De igual modo afirmo que Rose Keller no es una asesina, más bien ha sido una víctima.

Le recuerdo que Rose Keller, la tatarabuela de la actual Rose Keller, también fue una víctima del Marqués de Sade. Antes de 1768 era una pobre y respetable viuda que se ganaba la vida como mandadera. Después de esa fecha sobrevino la desgracia: meses de juicio, prisión, abusos, amenazas y finalmente no encontró otra salida que vivir de su cuerpo. Casi dos siglos después, para Rose Keller, la tataranieta de Rose Keller, el destino en nada cambió.

¿Hay algo más que agregar? Nada de importancia. Solo que usted deberá comprender que, si existe un asesino en esta historia, no se trata de un ser contra el mundo, sencillamente es un asunto personal.

Fragmento del Diario de Rose Keller

[...] París-Bahamas, invierno-primavera de 1948

Al cerrar los ojos una mañana de frío invierno en París, tras una vigilia intranquila, decidí renunciar a la nieve y a las noches casi tan blancas como las de San Petersburgo, que poco a poco, sin clientes, comida y ni siquiera calefacción, se me habían convertido en altamente fastidiosas.

En los pocos ratos en que lograba atrapar el sueño bajo la miseria de una manta raída, me catapultaba a floridos trópicos donde el sol de mil trescientos grados sobre cero, las frutas de colores encendidos y carnosas y luego las noches de balcones abiertos sin temor a helarme, balcones por donde corren vientos suaves, cálidos vientos de salitre y espuma olorosa a nuez de coco y café, las noches bien oscuras, oh, sí, bien oscuras... me regalaban algo tan parecido a la felicidad del beduino que luego de atravesar el desierto deriva en un glaciar.

Durante el insomnio, horas añosas en que las ventanas rotas me soplaban el hielo encima además de la perpetua claridad, lamentaba el no poder hacer algo por mi pobre estufa apagada (una vieja cazuela con tizones) y solidificaba, a causa de la ventisca, el río de lágrimas que emanaba de mis ojos mientras lamía como desayuno la roca en que se había transformado el té mezclado con alcohol. A duras penas lograba levantarme a media mañana y maldecía la necesidad de calzar unas botas gastadas y unos harapos no mejores para ir a regatear medio franco de carbón en el antiguo depósito de la Plaza de la Concordia. Y, pues, por esas pequeñas cosas que dicen derivadas del final de la guerra y que yo atribuyo al frío y a las noches tan blancas (así como las gentes de estas islas atribuyen sus desgracias al calor, los ciclones, la insularidad y el trópico), y porque ciertamente ya no sentía amor por el proyecto de morsa futurista en que poco a poco yo derivaba, una mañana en que París me dio lo mismo que Yoknapatawpha, y el Sena me pareció lo mismo que el agua corriente de un inodoro, recogí tarecos y recuerdos, recuerdos y tarecos (ambos inclusive) y decidí marcharme pero necesitaba un pasaporte y dinero.

Pues esa mañana, a pesar de un insoportable allegro de tripas vacías, me llené de valor y fui a visitar a una gentuza misteriosa, correveidiles de una mafia incipiente y local, para pedirle rogarle suplicarle implorarle que me facilitaran algún dinero con la estrategia del “más tarde te pago con intereses”, pero eran cifras mayores para un pasaje de avión y podrán imaginar cómo se multiplicaron las condiciones y cuánto tuve que hacer y deshacer, abrochar y desabrochar, vestir y desvestir para convencerlos de que cumpliría (jajá) con el trato y, aunque sobraron las amenazas y los cientos de ojos como buitres se posaron sobre mí para evitar una posible fuga, logré, con el pretexto de ir a recoger macrolepiotas al bosque, salir de la ciudad pero dos hombres me detuvieron tan solo a unos cuantos metros del aeropuerto, me obligaron a entrar a un auto y, ya dentro, uno de ellos me golpeó en la nuca y perdí el sentido. Cuando desperté me encontré atada de pies y manos a una silla en medio de un taller abandonado, frío (aunque menos que mi pocilga en La Concordia), sucio y tan oscuro que decidí aprovechar la ausencia de luz para dormir. Los dos hombres conversaban sentados frente a mí, se pasaban una botella sin etiqueta, fumaban unos cigarrillos azules que ellos mismos prepararon. Uno de ellos, al ver que yo había movido la cabeza, llamó a un tercero que parecía el jefe: se llamaba Gastón Sade. Los tres comenzaron a reírse o para intimidarme o para darme envidia de sus dientes torcidos y negros. Aun así, decidieron escupirme a la cara. Sabía que me escupirían la cara, cuando hay tres hombres frente a una mujer amarrada, y coincide que los cuatro están en un garaje y uno de ellos tiene una cuenta por cobrar a la infeliz, entonces póngale el cuño que no faltarán los escupitajos, habrá tantos que solo si eres buena nadadora podrás salir con vida. Pero no bastaron los salivazos, ni alguna que otra cachetada, ni el jalón de pelos, ni la navaja amenazadora que sabía yo –era como si lo hubiese soñado– que terminaría por cortar el vestido y no la piel. Uno a uno se fueron subiendo sobre mí y la verdad es que yo no quisiera contar lo que me hicieron pero... Pues el primero, Gastón Sade, me cortó la mitad del vestido con la navaja y la otra mitad terminó de romperla con las manos. Como yo sentía la amenaza de la hoja afilada decidí no hacer resistencia pues cualquier movimiento brusco podía enfurecerlos o desviar el curso del cortante... así que Sade apartó los trapos y al ver que no podía separar mis piernas porque ellos mismos, de muy imbéciles, las habían amarrado, escupió sobre mi peludo y así mismo saltó sobre mí, y la silla donde yo estaba se fue de espaldas y me golpeé la cabeza y de nuevo quedé inconsciente. Cuando recobré el sentido, la escena había empeorado. Sade intentaba abrirme la boca para introducirme lo que no debía pero yo necesitaba respirar y cabeceaba de tal modo que rozaba con los labios la punta de aquello y entonces Sade, lejos de enfurecerse, excitóse más y más y pretendió ahogarme apretándome el cuello mientras me exigía “Es una orden” que engullera lo que no debía engullir a causa de mi asfixia. Por suerte el roce constante de mis labios hicieron salir el chorro de liquescencias fétidas e hirviente que fue a acumularse en mi ojo izquierdo como si fuera una lágrima espesa, y de ese modo, el Jefe desistió de propósitos tan absurdos, pero el mal solo disminuyó por un momento pues un segundo hombre se prendió a mi peludo como una sanguijuela y ya venía el tercero para sustituir al Jefe que se había retirado a una esquina para fumarse un cigarro azul y servir de espectador frente a la escena.

El tercer hombre se obsesionó con mi oreja. Después de una decena de frías lengüetadas se encaprichó en hacer pasar lo que de ningún modo era posible pasar por el angosto orificio de mi sensible oído y aún así gritaba, con un aliento insoportable, que alcanzaría el tímpano y llegaría hasta la hipófisis o dejaría de llamarse El Gancho, pues así le decían al tercero. Yo intentaba convencerlo de que aquella maniobra para él sería frustrante mucho más que para mí dolorosa, pero él continuaba sordo a mis razonamientos (tal vez cierta envidia lo hizo prenderse a mi oreja) y con la furia de la obstinación tiró de uno de mis aretes y me desgarró el lóbulo. Pero la cosa no terminó ahí. Al ver que era imposible su empecinado proyecto de penetración auricular me dio un puñetazo en el mismo ojo donde fueron a parar las deyecciones de Sade y acomodando las nalgas en mi cuello comenzó a sobarse aquello que no pudo ser colado en mi oído para hacerlo vomitar sobre mi cara que al poco rato de estar ese monstruo encima de mí se volvió morada, casi negra, por la falta de aire. Gracias a que Sade lo apartó con una patada, pude volver a respirar pero solo lo suficiente para no morir en ese instante pues al mandarín se le había antojado dejar de ser un espectador pasivo y, cuando terminó el cigarro, reasignó nuevos roles sobre mi cuerpo y entonces la sanguijuela pegó su asquerosa boca a mis labios, y la boca de no sé quién que era imposible ver fue a pegarse al trasero de la sanguijuela quien aceptó aquello sin asombros ni quejas y Gastón Sade penetró entonces mi peludo mientras lamía muy ojiblanco las posaderas pálidas y pecosas de no sé quién de baritonales quejidos. A pesar de aquel nudo que se prolongó por más de una hora, logré sobrevivir.

Los cuatro gemíamos. Yo, por supuesto, gemía de dolor. Pero también fingía para entretenerlos porque si hubiese gritado ellos habrían hecho algo demasiado violento por callarme y ahora no estaría haciendo este cuento. Después que aquellos tres bandidos ensayaron cuanta combinación les fue posible concebir con su precaria matemática del cuatro, decidieron restar uno a aquella mala suma y se apartaron los muy trinitarios perversos para continuar las combinaciones entre ellos y, mientras tanto, se olvidaron de mí y de la navaja del Jefe que había quedado abandonada a solo unos metros de estas manos que, aunque estaban amarradas pudieron, con mucho esfuerzo, alcanzarla y milímetro a milímetro logré cortar primero los amarres de los puños y luego los de los pies.

Dolorida, pulverizada, y con la oreja infranqueable hecha un mar de sangre así como mi peludo estaba convertido en una ruina pegajosa, logré ponerme en pie. Aquellos tres habían olvidado –mafiosos incompetentes– que debían someterme al menos a un interrogatorio, que no podían abandonarme así, de ese modo, que lo correcto hubiera sido continuar golpeándome, o vigilarme o fundirme en un tacón de cemento y arrojarme al Sena por “malapaga” o por burladora de truhanes, para los efectos es lo mismo. En cambio, el trío se aovilló en un toma y daca de placer que no le permitió ver cuando, tan solo a unos metros, yo me arreglaba el pelo, me limpiaba como podía los restos de cualquiercosahúmedayfétida pegada a mi cuerpo, eliminaba los trapos rotos en que se había transformado el ya ruinoso vestido y escogía entre las ropas de la amantísima trinidad alguna que me sirviera para huir bien lejos, fuera del alcance de aquellos que jugaban al trébol en flor.

Me encaminé al aeropuerto, pero esta vez con un poco más de dinero porque dentro de las ropas de los mafiosos había encontrado algunos francos y hasta las llaves del automóvil donde me habían raptado. Así, pues, hundiendo el acelerador hasta los infiernos pude agilizar mi partida. Cuando llegué, el avión hacia las Bahamas había despegado, y como la señorita que me atendió me había notado muy nerviosa quiso ayudarme transfiriendo mi pasaje para el próximo vuelo que sería dentro de cinco días pero al ver que esa opción lejos de serenarme me había puesto peor, me habló de la posibilidad de volar hacia Tanganika donde podía cambiar de línea y finalmente alcanzar las anheladas islas. Para qué decirles que di saltos de felicidad y hasta quise abrazar y besar a la muchacha pero ella, tal vez porque me sintió algo pestilente, extendió los brazos para guardar una distancia prudencial y me deseó buena suerte.

A las 4:00 PM, hora local, anunciaron el aterrizaje en Dar es-Salam. Y no puedo negar que aquella ciudad, o más bien la sonoridad del nombre, me hicieron sentirme como en un cuento de Las mil y una noches. Cuando bajé del avión, el ridículo de mis vestiduras apenas se hacía notar entre tantas personas envueltas en la producción de más de mil textileras. Según la muchacha tan amable del aeropuerto de París, mi estancia en Dar es-Salam solo excepcionalmente llegaría a las tres horas porque a las 6:00 PM, hora local, debía tomar un TanganikAir rumbo a Nassau, y si me sentaba tranquilita en un rincón del aeropuerto hasta la hora de salida, no tenía por qué pasarla tan mal.

A las 5:30 PM, hora local, decidí ir al buró de información del aeropuerto para averiguar sobre el TanganikAir de las 6:00 PM, hora local. Allí me recomendaron leer los anuncios en la pizarra pero por más que busqué no logré encontrar nada y por eso retorné al buró para reclamar orientación pues, le dije con autoridad de cliente: “Para eso usted está aquí”. El hombre me miró, arqueó las cejas como si dudara de mi estado mental, le secreteó algo en alemán al compañero de al lado y este me pidió el pasaporte y a los tres minutos estaba yo detenida en la oficina de inmigración, desnuda de pies a cabeza y haciendo pasarela ante una pareja de Dobermann que me olfatearon a su antojo hundiendo sus húmedos hocicos en cuanto agujero encontraron. Ciertamente olía yo muy mal, porque los perritos comenzaron a aullar descontroladamente y solo después que me permitieron un baño para eliminar las manchas de sangre y semen –que previamente fueron fotografiadas y examinadas por un perito, muy parecido a los perritos– pudieron calmarse aquellas bestiecillas peludas y curiosas.

A las 6:00 PM, hora local, cuando se suponía que yo estuviera dentro de mi TanganikAir de cara a Nassau, en cambio me vi atrapada en un cuartucho pletórico de moscas, sentada frente a una mujer malgeniosa y empelucada que me extendió un lápiz para que llenara un cuestionario sobre mi vida pasada, presente y futura. Le dije que podía hablarle de las dos primeras pero que me excusara si omitía los aspectos sobre la tercera porque, sinceramente, créame, le dije, lo único que tengo en mente es el suicidio y me puse a llorar de tal modo que al cuartucho acudieron dos mujeres vestidas como agentes de aduana para darme algún consuelo en vaya usted a saber qué lengua tan rara que apenas entendí que no me entendían y que por tanto era en vano el ensayo sobre un posible entendimiento humano en aquel lugar... pero lograron calmarme mientras me acompañaban a un lúgubre calabozo al final de un pasillo que parecía, por lo inclinado y caluroso, descender a los infiernos.

En la celda no había iluminación a no ser la poca luz que llegaba de unas lámparas de aceite que tal vez estuviesen en el pasillo para ayudar a las ratas y a los mosquitos a orientarse, y de ese modo hacernos la vida un poco más insoportable a los diez o doce que estábamos detenidos por diversas sospechas. A las 2:00 AM, hora local, yo aún intentaba dormirme sobre un montón de paja que, en forma de cama, habían acumulado en una esquina. Daba vueltas y vueltas y, a causa de mi voluntad de trompo, a veces me hundía en el montón y tenía que levantarme para acomodar las pajas y reintentar algo lo más parecido a un descanso. En una de esas veces que resurgí del fondo del montículo noté, por unas sombras que se movían por el pasillo, que alguien se acercaba. Efectivamente, un ruido de pasos cesó justo delante de la reja de mi celda y luego alguien entró tras un cascabeleo de llaves: “Me envía Wilhelm von Sade, levántate y sígueme”, ordenó una sombra en un francés casi perfecto, y como eso me inspiró confianza hice todo lo que se me pidió. Me levanté, seguí a la sombra, me monté con ella en una camioneta y conté al menos dos horas de viaje por una selva oscura. No hablamos nada. Cuando llegamos, la sombra me indicó que bajara. La seguí a una cabaña de troncos cerca de la cual corría agua pues podía sentir el ruido. Entramos, había una semipenumbra. En el centro de la cabaña estaba sentada una mujer hombruna, blanca, fea y que tenía la cabeza rapada así como las cejas y el pubis. Estaba desnuda al igual que una muchacha negra que servía un líquido sospechoso en unas tazas. Desnuda como la sombra que se había apartado de mí para librarse del uniforme de aduanas. La señora calva era, sin dudas, la misma malgeniosa que me había ordenado llenar aquel cuestionario. Los rostros de las otras me eran familiares, tal vez fueran aquellas dos guardias que me encaminaron a la celda.

En principio no hubo violencia. Creí haber advertido que me invitaban de buena fe a beber una taza de algo licuoso que me supo amargo pero aun así lo bebí todo porque tenía un hambre de más de tres días y si, como podía imaginar por las miradas de aquellas tres mujeres, me esperaba una nueva jornada como la que había tenido en París, necesitaba al menos de un sorbo de agua para equilibrar energías y resistir un próximo tren. La suerte, en apariencias, consistía –me dije– en que aquella nueva trilogía carecía por naturaleza de elementos eréctiles y contráctiles con los cuales empeñarse en raras y retorciditas penetraciones, pero estaba muy equivocada pues la rapada –que le gustaba que la llamaran Wilhelm von Sade–, mientras las dos secuaces se disponían a sostenerme por los brazos después de haberme desnudado, sacó de un nicho iluminado por un anillo de velas un alargado tótem de madera pulida que tendría más o menos tres cuartas de largo por dos pulgadas de diámetro, y arremetió contra mi peludo. Y como sabía por los ruidos consabidos que estaba en medio de la selva y a quién sabría cuántas millas distante del mundo civilizado, la emprendí a gritos porque la rapada Wilhelm me fastidiaba con unas lengüetadas como trapazos y con aquel tarugo infértil que ni siquiera se había dignado embadurnar de aceite. Pero, precisamente, como estaba en la selva, reflexioné que solo durante el amanecer –si aún continuaba con vida– sería posible planear una fuga y por tanto era inútil cualquier esfuerzo por librarse de aquellas mujeres y me dejé llevar por mi mala suerte. Tal vez por eso, al percatarse aquellas dos que me sujetaban que yo no hacía resistencia, me dejaron caer en el piso e inmediatamente se repartieron mi cuerpo como mejor pudieron.

Resignación. Yo meditaba sobre mi existencia mientras sucedía todo aquello. Llegué a pensar que mi destino en el mundo era aquel de ser violada, tal como el destino de otros habría sido o es ser artista, monje, santo, panadero, cosmonauta, inflador de zepelines, rey o limosnero, el mío era ser violada una vez en París, otra en Tanganika y más tarde quién sabe si en Taichong, Jerusalem, Islamabad o en Plutón. ¿Debía sentirme feliz con mi destino o debía luchar por cambiarlo? Imaginé que hacía muy mal en volar hacia las Bahamas pues allí tal vez terminaría mi vida abandonada en los arrecifes, siendo pasto de peces y cangrejos; que si debía morir debía ser allí mismo donde en ese instante, como una historia que se repetía, alguien trataba de colarme por el oído un tótem quién sabe si milenario y me volvían a desgarrar la oreja que ya había dejado de sangrar y me pulverizaban el pubis, y se defecarían en mi cara, se orinarían en vaya usted a saber dónde pues ya no sentía, por el dolor. Tal vez debí haber escrito en aquel cuestionario sobre mi vida futura que pretendía esforzarme por ser la mejor víctima de todas, la Gran Ramera ejemplar con riesgosas misiones en Tanganika y en la Patagonia, pero que mi máxima aspiración era llegar a ser violada por unos carabaneros en el desierto del Gobi o fungir como el aliviadero universal de las Tropas Aliadas.

Mientras yo pensaba estas cosas, las secuestradoras se habían quedado dormidas y no sintieron la llegada de los pigmeos de la Tribu del Lago. Al principio, cuando dos de ellos se asomaron a la puerta de la cabaña, me parecieron marcianos y como estaban pintarrajeados de verde y amarillo, aún más confirmaron mi idea de que aquellos no eran seres terrenales. Y como en mis reflexiones yo había decidido dejarme llevar por la moira, dejé que aquellos enanos me arrastraran fuera de la cabaña junto a las tres mujeres que por el susto parecían soltar las gargantas ¡con tales gritos de terror! Y pues como gritaban tanto, allí mismo dos de los enanitos verdes sacaron sendos cuchillos de jade y desmontaron las cabezas de las gritonas como quien rebana tres pepinos. A mí no me hicieron lo mismo porque, en primer lugar, yo no me llamo Psique Zenobia como la del cuento de Poe y, segundo, porque me dejaba conducir sin ningún tipo de aspavientos además, ¿qué diferencia había entre unos carabaneros del Gobi y unos pigmeos de la Tribu del Lago?

Por el río, y en canoa, el viaje fue peligroso pero rápido a pesar de que algunos intrépidos pigmeos habían remado hasta la orilla para cazar cocodrilos e hipopótamos. Más o menos a las 12:00 AM, hora local –intuí que eran las doce por la posición del sol–, llegamos a la aldea de los enanitos verdes.

Allí me recibió un hombre dos centímetros más alto que el resto. Por la estatura y por algunas plumas de extraño modo atravesadas en los cachetes y la nariz, deduje que debía ser algo así como un líder y, por tanto, me alivié pensando que el tal se encargaría de ordenar un tanto las cosas y si lograba la comunicación con el plumífero, resolvería que me llevara de regreso a Dar es-Salam donde ya se habrían dado cuenta de mi secuestro y con mil perdones a causa de las presiones de la cancillería francesa o de la mafia que ya estaría ansiosa por recuperarme para... ¡Zas...!, se encargarían de hacerme llegar a mi destino. Así, soñaba con que el pigmeo me embarcaría en primera clase en un TanganikAir rumbo a Nassau, y allí en África paz y en las Bahamas gloria, pero no fue así. Tal vez no haya sido peor, mas resultó otra de mis desventuras.

Después de morderme la nariz para, en el agujero dejado por un colmillo afiladísimo, clavarme una pluma de codorniz, el pigmeo Jefe –que todos llamaban Tokú Sadé– ordenó que me condujeran a una choza de cañas forrada con bosta de vaca. Más tarde me percaté de que, como mi dolorido peludo sangraba por los traumas de anteriores batallas venéreas, aquellos enanitos verdes habían pensado que yo estaba bajo los efectos de la Luna y como en aquellas latitudes existe la creencia de que el menstruar es signo de mal agüero, decidieron encerrarme junto a diez mujeres más que a causa de no bañarse cualquiera puede imaginar que tal olían. Allí tuve que disputar un espacio para dormir y un trozo de raramasa para comer. Al cabo de cinco días llegaron dos hombres armados con lanzas y me arrastraron hasta los pies de Tokú Sadé quien tal vez al verme tan pálida y desfallecida ordenó que me dieran de comer por lo cual me trajeron un pedazo semicrudo de carne de hipopótamo y una bebida amarga hecha de los troncos del plátano. Aquel día dormí mucho y por la tarde algunas mujeres me acompañaron a darme un baño en el río. Me peinaron, me cambiaron la pluma de codorniz por una bien larga de faisán y por la noche –hado fatal– casi me lanzan al lecho de Sadé que si de estatura le faltaba, de otros lugares le sobraba y tanto que me hizo pasar muy mala noche, aunque en la desgracia algo me hacía feliz: había logrado pasar de tres a uno –aunque este uno hacía por tres–, y esto era algo muy parecido a la piedad divina. Cosa de números. Como piedad divina fue también que más o menos a las 2:00 AM, hora local, la tribu decidiera mudarse al Norte del Lago porque allí la caza sería mucho más abundante y el verano más apacible. Y como yo estaba dormida –al menos eso fingía– y Tokú Sadé no había gustado mucho del toma y daca –tal vez me encontraba excesivamente alta y quejosa (no era mi culpa, yo intenté cuanto pude para no defraudarlo)–, decidieron abandonarme a la orilla del Lago para que, en sacrificio, me comieran los cocodrilos, pero yo esperé a que se alejaran y cuando supuse que no me veían, corrí como venado y me subí a un árbol a esperar que saliera el sol.

Me desperté al caer del árbol. Suerte la mía que estaba trepada sobre una de las ramas más bajas y la caída no fue un problema mayor que las magulladuras anteriores. Me ayudé con un bastón, recogí algunos plátanos verdes que pudieran servirme de alimento y eché a andar siguiendo el curso del río pues, ¿acaso las ciudades, como París, no se erigen a la orilla de estos? ¿Y en caso de no ser así, el río al menos no se encargaría de llevarme al mar? Apenas hube avanzado dos o tres kilómetros río abajo, sentí un ruido de motores. Apuré el paso, corrí, di gritos de ¡Auxilio! para llamar la atención y gracias a ello pude llegar a tiempo donde dos hombres preparaban una avioneta rumbo a las provincias del Oeste para finalmente, tal vez dos días más tarde, llegar a Dar es-Salam porque debían recoger unas mercancías, fumigaciones, semillas y otros materiales de agricultura... les aseguré, pues hablaban un poco de francés, que ellos eran mi salvación y también les conté en breve de mis desventuras desde mi llegada a Tanganika. Ellos parecían haber comprendido y me invitaron a subir al artefacto y me prometieron dejarme en Dar es-Salam pero con la condición de... y en ese momento aceleraron los motores y aumentó el ruido y no pude oír sus condiciones y como mi objetivo era llegar a Dar es-Salam, cualquier cosa a cambio me pareció poca, así pues nos elevamos sobre el lago, las selvas, las montañas y cuando el piloto logró estabilizar el aparato dejó los controles al ayudante y vino a mí, que en ese momento me entretenía con los reflejos del sol en los espejos de agua y observaba las nubes que penetrábamos cuando sentí que algo duro pretendía hundirse en mi dolorido e hipertraumatizado peludo que en aquellas nuevas circunstancias, sin duda alguna sabía predestinado a tales lances ya sea en la tierra o en el aire, sea cual fuere el elemento. Como me removí y le hice un poco de resistencia, el piloto se puso algo furioso y me amenazó con lanzarme de la avioneta y como me percaté de que volábamos a una altura respetabilísima y pues me vinieron a la mente Tokú Sadé, Gastón Sade y las tres comandadas por Wilhelm von Sade y los carabaneros del Gobi que debía enfrentar en un futuro de consagración, le dije: “Está bien, adelante” y así fueron turnándose piloto y copiloto hasta que no pudieron más porque se acercaba el momento del aterrizaje en las provincias del Oeste.

A partir de allí todo fue mucho más fácil, precisamente porque no opuse resistencia a mi destino. Aquellos mismos pilotos que pensé me dejarían abandonada, a los pocos días fueron a buscarme porque no querían hacer la ruta hasta Dar es-Salam con el aburrimiento tan usual de sus otros viajes y hasta me prometieron que ellos se encargarían de mantenerme con comidas, alojamiento y ropas, pero yo les inventé una historia sobre un padre desconocido y una madre difunta, del encuentro de ambos sobre un puente iluminado, en París, sobre mis planes de buscarlo a él en las Bahamas y ellos, piloto y copiloto, casi estuvieron a punto de echarse a llorar. Por eso me dejaron ir cuando llegamos a Dar es-Salam, y hasta me regalaron dinero para comprar un pasaje de primera clase en TanganikAir y me dijeron adiós cuando subí la escalerilla. Yo les prometí volver pero antes debía cambiar algunas cosas en mi vida... mas eso pertenece a otra historia. [...]



Testimonio sobre la vida neblinosa de Rose Keller
Por Marguerite Coste, Colonell Hill, 1952

La verdadera historia de Rose Keller comienza a la salida de un bar de París, exactamente durante el cruce de una plaza tan desolada como las que vemos en los cuadros de Giorgio de Chirico: una oscura explanada silenciosa la convida. Sin sentir que la han llamado, Rose Keller penetra despaciosa, ufana en nuevo laberinto derretido, y súbito sobreviene el desplome dentro de un torbellino de ocres pestilencias fermentadas. Por un río negro y subterráneo navegó la noche, la madrugada y también la mañana del día último en que despertó a la orilla de un estuario, rodeada de cangrejos ya dispuestos al asalto y carcomido el rostro por las ratas y los peces.

Inclinada sobre las aguas como un Narciso, Rose Keller se negó a aceptar que aquel rostro siniestro oculto entre las algas y el cieno era el mismo que ella gustaba de maquillar frente al espejo durante las tardes de goce pleno en que lograba la elegancia de una Rrose Selávy y entendió, con gran dolor, que ahora, convertida a fuerza de infectas dentelladas en una presencia espantosa, no le alcanzaría con apelar a un sombrero de alas empavesadas de tul sobre la frente, ni al carmín escarchado en los pómulos (de una angulosidad testosteromenal casi imborrable) ni al perfume de violetas ni al polvo de canela ni a las sedas porque ahora la cara se le había vuelto complicada para los asuntos del travestismo con ese caldo de mordidas y otros ensañamientos que le habían propinado los demonios ocultos en las cloacas.

Su mundo habitual se había deshecho en solo unas horas miserabilísimas. A duras penas había podido emerger de las aguas a causa de los tantos huesos hechos triza durante su descenso en el vacío. Sentíase como un Cristo recién clavado en la cruz, como una hormiga bajo las patas de un diplodoco, presentía que su destino y el mundo le habían jugado sucio, que le había tocado perder, que estaba muerta en vida y que no habría resurrección posible a no ser en la venganza, en la más justa revancha que le exigía esa incertidumbre amarga que le angustiaba: ¿Por qué la habían golpeado de ese modo? ¿Quién era aquel ser tenebroso que le había tendido una trampa en las profundidades de las alcantarillas? La ingenuidad de esas dos preguntas sin respuestas se disolvía en el odio naciente. Cada vez que se inclinaba sobre el espejo de aguas para ver aquella su nueva tez deplorable, transpiraba hiel, la misma hiel, tan contagiosa, que le había inoculado algún salteador, pero, se preguntaba constantemente, ¿cómo podía vengarse de quien la había golpeado, si la oscuridad ni siquiera le permitió definir su silueta macabra? Rose Keller lloró de rabia, gritó maldiciones a los cuatro vientos pero sus lágrimas solo alcanzaron a unirse a las aguas quietas del estero.

Necesitaba aliviar la rabia que sentía. Ahora le era inevitable dejar de aborrecer ese mundo sin respuestas, silencioso, del cual comenzaba a malvivir su lado más perverso. La humanidad le pareció detestable, la humanidad se le había instalado entre ceja y ceja, también los peces eran aborrecibles, los cangrejos, las aguas del estuario, su rostro carcomido, la luz del sol...

Fue la esperanza del desquite quien le dio fuerzas para huir de las aguas que ya, al final de la tarde, habían comenzado a subir tal vez confabuladas en una conspiración universal de aniquilamiento. No se dejaría vencer ni por los hombres ni por los elementos, no ahora que clavaba las uñas en la arena para mejor reptar hasta los hierbales, en dirección a la muralla de pinos que le daría cobijo durante la convalecencia. No deseaba acudir a los auxilios hipócritas de cualquier desconocido, le invadían la desconfianza y el temor a la falsedad de un alma supuestamente compasiva, veladamente criminal, despótica, sádica.

Si, por casualidad, un bañista o un pescador se acercaba a su escondite, Rose Keller, artífice del camuflaje, recurría al mutismo, a su recién adquirida naturaleza de ostra. Si la proximidad llegaba a ser demasiada, entonces imitaba, como efectivísimos repelentes, el cascabeleo de un vipérido o el zumbido de una abeja o las resonancias ultratúmbicas de un espectro. Así logró aislarse largas jornadas de mosquitos fastidiosos, de repugnantes dietas a base de batracios, roedores e insectos; jornadas durante las cuales crecieron barbas y melenas, tufos y harapos, sarnas y piojos, granos y herpes, ronchas y llagas purulentas y, aunque no lo creas, jornadas en que recuperó la reciedumbre de los huesos y en que cicatrizaron las heridas en el rostro.

En la ciudad la habían dado por muerta y Rose Keller estaba consciente de haber sido borrada del mundo de los vivos. Hasta le entusiasmaba el hecho de saberse así, olvidada por todos, porque ausente, no prevista en los planes del gentío, podía actuar con libertades de ensueño. Mientras se recuperaba, había sopesado las ventajas y los inconvenientes de su nuevo modo de existir y aunque la idea sobre la vileza del mundo circundante y la necesidad de la venganza no variaron en lo más mínimo, concluyó, en cambio, que su tragedia, sin dejar de ser lamentable, ocultaba en sí elevados propósitos de positiva envergadura, los cuales intentaría sacar a flote. Es cierto que extrañaba sus empavonadas de talco, sus noches de maybelline y lentejuelas, que aun barbada, melenuda y piojosa, suspiraba por los vestidos de moaré y los implantes que tuvo que pagarse para dejar de ser él, que lloraba por las pelucas y los tacones que tal vez estarían bajo el polvo de un armario en cualesquiera de los camerinos del teatro donde ella, Rose Keller, actuaba en calidad de Gran Diva. Aquella mañana en que llegó a sentirse completamente recuperada de los golpes y de las mordeduras, al salir del herbazal y ver su cara reflejada en las aguas del estero, gozó feliz al comprobar que no estaba tan descompuesta como supuso el día posterior a la emboscada. Y entendió que si rebajaba solo unos centímetros su cabellera bravía, su crin hirsuta, no llegaría a ser la misma de antes pero, al menos, lograría el milagro de ser un hombre nuevo y no un monstruo de las tinieblas. Es cierto que, sin llegar a ser muy indiscreto, cualquiera divisaría a diez metros de distancias lo bien chamuscada y carcomida que estaba su faz de tarascón pero una fina labor de yeso, un buen repello y atauriques bajo una capa de látex bien aplicada, borraría las huellas de su pasado terrible.

Pero el regocijo que invadía a Rose Keller aquella mañana en que recurrió al espejo de aguas, no se lo debemos únicamente al mero hallazgo de la posibilidad de un Narciso repellado y redivivo sino a que la noche anterior a ese despertar radiante, sus oídos concurrieron a la conversación de ciertos paseantes nocturnos. Al sentir la cercanía de los pasos, Rose Keller se dispuso a aplicar el consabido repelente pero una intuición le invitó a contener los silbidos y le aconsejó que escuchara con atención. Los paseantes discutían sobre la muerte de una tal Marguerite Coste. Se peleaban sobre culpas e inocencias. Repartían acusaciones y enumeraban hipótesis sobre el paradero del asesino, un tal Henry de Sade que, acusado de cometer un abominable crimen sexual, se había dado a la fuga después de haber lanzado a su acusadora, Marguerite Coste, a la alcantarilla. ¿Cómo era posible tanta coincidencia? ¿A quién se referían cuando hablaban de “Marguerite Coste”? ¿Acaso Henry de Sade era un asesino en serie? ¿O es que, engañado por la oscuridad de la plaza, Henry de Sade se había equivocado de víctima y en vez de arrojar a las cloacas a Marguerite Coste había echado mano al primero que pasó por el lugar, es decir, a Rose Keller? ¿Cómo podían estar seguros, aquellos dos vagabundos, de que el “muerto” era Marguerite Coste y no Rose Keller? ¿Alguien se había pronunciado oficialmente sobre el asunto? A Rose Keller le importaba poco las respuestas a todas esas preguntas (y a muchas más), sin embargo, el diálogo fortuito de los nocherniegos arrojó luz sobre el oscuro objeto de su venganza: Henry de Sade.

Sin cometer el grave error de revelar su verdadera identidad, Rose Keller abandonó el retiro y volvió a la ciudad para dar comienzo a su desquite. Ya sabía que Henry de Sade se había ocultado en un laberinto de cloacas, que la aventura de perseguirlo por aquellos recovecos era colocarse en una situación similar a la de los guerreros que acudieron a dar caza al Minotauro. Su guerra sería de maña contra fuerza pero no por ello dejaría de haber sangre. El torrente carmín, se lo había prometido a ella misma, inundaría la ciudad, abonaría el país de punta a cabo con trozos y destrozos, haría del rojo el color nacional pero no se lanzaría a verter la púrpura de los cuerpos sin haber trazado antes un plan infalible que le asegurase la total impunidad. Oculta/o en los disfraces más disímiles, vería rodar las cabezas de sus víctimas, emplearía infinitos juegos de máscaras y los noventa y nueve nombres de Dios para presentarse ante las gentes de las cuales deseaba ver el fin porque, a pesar de saber sobre quién debía vengarse, es decir, sobre Henry de Sade, intentaba extender la vendetta hacia los responsables de antiguas deudas por saldar que nada tenían que ver con su descenso a las profundidades cloacales. Juraba, por ejemplo, que descuartizaría a quienes en el auditorium le habían abucheado después de una lectura de los poemas que ella firmaba como Rrose Selávy, pues Rose Keller intentaba ser poeta y, en consecuencia con su porfiado deseo, dos noches por semana recitaba ante personas de una terquedad similar, pero resulta que sus declamaciones se tornaban cada vez más desastrosas a consecuencia de la paralexia que padecía desde niño, es decir, una “ceguera verbal” que le hacía sustituir las palabras de un texto que leía por otras desprovistas de significado y, sin darse cuenta, convertía sus discursos en un amasijo babélico, en algo menos que un engendro dadá, en un triste y desafortunado mariposeo glótico que transformaba su espectáculo en una comedia retórica, en un carnaval semántico, en una fiesta prosódica, en un aquelarre fonético. Pero estos fracasos en los recitales solo ahora despertaban velados rencores en Rose Keller porque en su momento las reacciones no pasaban de la ira pasajera que se diluía en sus otros quehaceres artísticos que le enardecían el orgullo y le disipaban la pena de ser un poeta “incomprendido”. Cuando Rose Keller hacía la pasarela disfrazada de Rrose Selávy y cantando alguna canción bohemia, los aplausos del público le bastaban para seguir viviendo en espera del próximo desfile bajo las luces tornadizas de un reflector que le realzaba el brillo a su enchapado de lentejuelas negras y doradas, que le hacía ser el centro de un teatro que fuera la única diversión en aquel París ya muerto, mojigato (a causa de la guerra), y donde comenzaba a anidar el ave de la medianía y el aburrimiento.

Ahora, frente al teatro, la nueva Rose Keller recordaba un pasado reciente y feliz, unos días de gloria y triunfo. Estuvo a punto de pedirle a los celadores que le dejaran entrar a los camerinos, deseaba ver por última vez los vestidos, los maquillajes que había dejado sobre el tocador, a las chicas con las cuales solía bailar el cancán pero comprendió que un día después de su desplome había dejado de ser Rose Keller y que Rrosé Selávy estaba muerta, oportunamente muerta y esa situación exaltaba su vileza, lo hacía derivar en la bestia más espeluznante.

Turbada por un remolino de evocaciones, Rose Keller dio media vuelta y anuló sus intentos de reconstruir el pasado. No era recuperable. Su nuevo rostro le confería una vida nueva y no resultaba prudente andar por el mundo proclamando una resurrección de la cual no obtendría ventaja alguna. Procuraría gozar de su nueva estampa, asumiría su naturaleza de ángel caído, su faz de kilicágono irregular. Ese mismo día, por la noche, Rose Keller comenzó la venganza.

Sabía que en medio del estuario se alzaba un palafito donde cierto pescador había construido una cabaña. El hombre era un ser ermitaño cuya muerte no preocuparía a nadie, mucho menos en aquella playa, el único lugar de la isla donde un cadáver podía pasarse días a merced de las sombras de un cocotero. La casucha, solitaria, isla dentro de una isla, era una excelente guarida para alguien que pretendiese una maniobra de exaltada perversidad. El problema –muy menor– consistiría en apropiársela. Los pescadores son gente muy diestra en el arte de blandir arpones y navajas, y un combate cuerpo a cuerpo era nada aconsejable, más bien una locura, un suicidio para un asesino inexperto y primerizo que incurriese en el descuido de atacar de frente. Ya lo había dicho, la solución estaba en oponer maña contra fuerza. Así que Rose Keller decidió acudir a la vieja táctica del caballo de Troya y, haciéndose la moribunda justo a las puertas de la cabaña, reclamó las atenciones del pescador que, víctima de su bondad, le dio entrada a la bestia y... la casa cambió de dueño solo por el irrisorio precio de unas dos o tres cuchilladas en las espaldas del ingenuo.

El próximo paso consistía en encontrar a Henry de Sade que, o bien se había marchado de la ciudad o, al igual que Rose Keller, se había transformado en un ser distinto con identidad nueva e incluso con un rostro recién estrenado, tal vez. Le tocaba ejecutar la parte más difícil de su inmenso plan de muertes pero su experiencia con el pescador le había hecho evidente la necesidad de hacer del crimen una práctica cotidiana porque no siempre las víctimas florecían tan cándidas y ufanas en cualquier esquina; las había difíciles de atrapar, escurridizas; las había, incluso, tan victimarias como su asesino, perversas, insólitas, saltarinas, líquidas, aceitosas, abrasivas, intermitentes; unos días se levantaban destripadoras y crueles y otros amanecían dóciles y repulsivamente manipuladoras y blandas como la baba de la babosa boba. En principio debía hacerse de unos cuantos instrumentos que le facilitaran el trabajo porque la muerte no siempre debía consistir en meras manufacturas: estrangulaciones, golpes en las sienes y en la nuca, patadas en el hígado. Para variar, estaban las navajas y las cuchillas de afeitar, los punzones y las agujas hipodérmicas untadas de ponzoña, también las sogas, los cristales rotos, los sables y las guadañas, las pistolas y el arcabuz, en caso de no tener a mano algo mejor como un cañón o una aplanadora.

Una deprimente escasez de recursos le obligó a conformarse con un cuchillo oxidado y un cortaplumas, suficiente para un aprendiz de carnicero. Pasó la tarde intentando darle filo a sus aperos de matanza y a la caída del sol comenzó el entrenamiento. En la playa, tan desolada, no le fue posible tropezar con un buen material de estudio, por eso prefirió colocarse al acecho en una zona intermedia entre la ciudad y la costa. Precisamente en un lugar que en sus días como Rrose Selávy ella frecuentaba casi siempre en compañía de bugarrones que se excitaban con las formas travestidas que habían visto bailar cancán sobre el escenario. Sabía Rose Keller que velaba en las coordenadas idóneas para disponer una trampa y no tuvo que esperar mucho tiempo para estrenar sus dos máquinas de muerte. De todos modos, aunque el lugar resultaba perfecto, la noche siguiente desplazó el teatro de operaciones hacia el centro de la ciudad, porque ciertamente ella no pretendía la abundancia sino la variedad pues solo allí se ocultaba el magisterio. Primero probó emboscándose en la oscuridad de un parque mas no hubo novedades, después se le ocurrió operar al amparo de la última hilera de butacas en un cine y el resultado fue una maravilla. La música, los parlamentos y la risa del público ahogaban los estertores de la víctima. Los silencios y el ir y venir de las personas, la luz de una linterna, la presencia tan próxima de un masturbador cinéfilo, le obligaban a la mesura en el obrar, a la pulcritud sigilosa, a la maniobra ofídica. El holocausto era un concierto. Unas veces el zafarrancho y otras la parsimonia. ¿Por qué no había disfrutado así, pleno de inhibiciones, con anterioridad?, pensó Rose Keller mientras circuncidaba una garganta con el filo del cortaplumas.

En un mes había experimentado una apoteósica transformación. De gusano arrojado a las cloacas había pasado a crisálida tenebrosa, a tétrico lepidóptero nocturno con alas de cianuro. Había adquirido la costumbre de preguntar, cuchillo en mano, a cada una de las víctimas si, ¿de casualidad usted conoce a un tal Henry de Sade? De ese modo poco a poco fue acercándose a la verdad, se aproximaba paso a paso a la presa más codiciada, a la pieza fundamental de aquel juego arriesgado. Algunas versiones le aseguraron que Henry de Sade aún permanecía encerrado en las cloacas o que se había exilado en cualesquiera de los poblachos interiores de la Francia. Muy pronto supo de la falsedad de tales revelaciones y se limitó a hurgar en los rincones de la ciudad, pero la alimaña había multiplicado sus identidades y le hacía difícil al cazador la posibilidad de un acierto. Henry de Sade dejaba a su paso un rastro confuso. Sus huellas se evaporaban; su olor era variable, unas veces nauseabundo y otras delicado; sus siluetas inconstantes; su naturaleza gasiforme; su sombra, casi inexistente, mera transparencia espectral; más cauteloso que una sabandija funesta. Rose Keller tuvo miedo y decidió aplazar la búsqueda por un tiempo.

Encontró su oportunidad cierta noche en que una compañía de fama pueblerina se presentaba en función única. Allí estaban reunidos todos los Henry de Sade posibles, era el momento ideal para aplastarlos de una vez. Rose Keller no podía echar a un lado aquella oportunidad irrepetible de cumplir con su obra mayor: el desastre, el desvanecimiento. Cuando la platea y los palcos estuvieron repletos, cuando las luces de la sala se apagaron para que se replegara el telón, cuando todos los Henry de Sade se alistaron a roncar por el fastidio del primer acto, cuando los reflectores iluminaron la escena, entonces ocurrió la gran explosión y los palcos y el techo del edificio se vinieron abajo, las primeras filas de butacas saltaron por los aires dejando un reguero de carnes y huesos por el suelo que parecía ondular al ritmo de otras sucesivas detonaciones. Una ola de polvo y fuego cubrió las cuatro esquinas de la sala y consumió los decorados de la escena. Las personas intentaban huir pero las puertas resultaron bloqueadas. Llovían las piedras y el yeso al rojo vivo, un tropel de cuerpos encendidos corría de un lado a otro en un vano intento por apagarse, algunos caían para terminar aplastados por los hierros retorcidos y los trozos de paredes, la sangre se confundía con el rojo del fuego y con el de las cortinas y las alfombras. En apenas dos minutos el edificio estuvo en ruinas y las voces de auxilio habían cesado. Solo el crepitar de las llamas y la risa de Rose Keller dominaban el silencio.

Después del siniestro, Rose Keller se vio obligada a continuar con sus crímenes. Por alguna vía llegó a enterarse de que, para su frustración, de todos los posibles Henry de Sade que habitaban la ciudad, cuatro de ellos no habían asistido al teatro la noche del incendio. ¿Ahora qué debía quemar, la ciudad, los barrios periféricos, los poblachos miserables, la Francia en pleno, incluso Europa en su totalidad? ¿Quemar las aguas? ¿Enfrentar los elementos conjugados? Sería un mal presagio y Rose Keller era una criatura muy supersticiosa.

Consideró que la salida más fácil era dar con la verdadera identidad de Henry de Sade y no andar por París dándole candela a cuanto lugar diera cobijo al asesino. Solo debía seguir bien de cerca a los cuatro sospechosos y a lo sumo en un par de años determinaría cuál de ellos resultaba digno del sacrificio. Para lograr la cercanía al cuarteto de Henrys de Sade, Rose Keller comenzó nuevamente su vida de poeta. Aunque le disgustaba la idea de regresar a esos antiguos tiempos, debió rehabilitar sus facultades de juglar e hizo un poco de vida pública. A los pocos meses ya había ganado un nombrecillo, por supuesto que muy distante del de Rose Keller, y una vez por semana ofrecía un recital donde el público se desternillaba de la risa con la chorizada de disparates que resultaba de esa ceguera verbal que le hacía sustituir las palabras de un texto que leía por otras sin sentido.

Henry de Sade era un ser asombrosamente astuto. Por eso, cuando asistió cierta vez a uno de aquellos pandemonios fonéticos de Rose Keller, en su mente surgió la sospecha de que el humorista volandero que tenía delante no podía ser otra que la Rrose Selávy, el travesti-poeta que bailaba cancán y que cierta noche, precisamente el día que él, Henry de Sade, había dado muerte a Marguerite Coste, había desaparecido de un modo misterioso. Pero sucedía que aquel no era el rostro de Rrose Selávy, mucho menos la voz ni el modo de manotear. Aun así, Henry de Sade presintió que algo raro estaba sucediendo en aquella ciudad y, por azar –iluminación tan repentina y oportuna como diabólica–, le dio por relacionar la presencia de Rose Keller con los rumores que habían llegado a sus oídos sobre asesinatos en serie y, además, comenzó a parecerle muy extraño el incendio del teatro, tan extraño como las miradas de helado verdor, disparadas por aquel nuevo poeta que padecía una paralexia similar a la de Rrose Selávy.

Henry de Sade, que hasta ese instante se había reído de aquello que inconscientemente leía Rose Keller, dejó de hacerlo y aprovechando que esta no lo observaba, se levantó de su asiento y se marchó para su casa. La ausencia de uno de los cuatro supuestos Henry de Sade se hizo notar de inmediato. Rose Keller creyó ver en esa retirada una prueba irrefutable de culpabilidad. Interrumpió la lectura, se disculpó con el auditorio y salió a perseguir a quien redoblaba los pasos para distanciarse de su rastreador. Esa noche no hubo más que persecución y vigilancia. El supuesto Henry de Sade, previendo la crítica circunstancia en que se hallaba, aseguró puertas y ventanas y se encerró en el cuarto con doble llave. Bien entrada la madrugada, y habiendo sido imposible penetrar en la casa, Rose Keller regresó al palafito del estero.

 Algunos húmedos jardines parecen pedir a gritos un crimen, Rose Keller disfrutó esa idea, y no pudo pegar un ojo en toda la noche. Recordaba cómo aquel sospechoso de ser Henry de Sade se había adentrado en un bosquecillo y luego en la casa. Era un lugar apropiado para esconderse, tan apartado como el estero. Ella lo esperaría allá, oculta entre los troncos de los árboles o sobre las ramas más frondosas para, en el momento exacto, lanzarse sobre la presa y aniquilarla. No lo pensó dos veces (sino diez) y partió en busca del supuesto Henry de Sade.

La víctima dormía sobre una estera a la sombra. Se abanicaba semidesnuda, movía un brazo de un lado a otro a pesar de no estar consciente de lo que hacía. Actuaba como sonámbulo, roncaba como un cerdo (¿acaso roncan los cerdos?), se babeaba sobre la estera y los pájaros le cagaban la boca y la barriga. Rose Keller se escurrió por entre la maleza y con la habilidad de una ardilla se subió a un árbol cuyas ramas se extendían hasta la víctima. Cuando estuvo sobre ¿Henry de Sade?, dio un salto y le cayó encima del abdomen. La víctima despertó sobresaltada y casi al borde de la asfixia le preguntó con una ingenuidad casi infantil: “¿Quién eres tú? ¿Por qué has hecho eso?” A Rose Keller no le interesaba responder aquellas preguntas y se apresuró a sacar el cortaplumas: “¿Tú eres Henry de Sade?” La víctima, temblorosa y sollozante, solo atinaba a gritar ¡auxilio! e imploraba que ¡no me mates! “¿Tú eres Henry de Sade?”, volvió a preguntar Rose Keller y sin esperar respuesta le dio un tajaso en el pecho a ¿Henry de Sade? “¡No me mates! ¡Por favor, no me mates! ¡Yo no soy Henry de Sade! ¡Henry de Sade se oculta en los suburbios!” Rose Keller, furiosa, hundió la cuchilla dos y tres veces en la barriga de ¿Henry de Sade? “¡Por favor, por favor!”, gritó como un tonto, pataleó, se defendió, lloró, berreó inútilmente hasta que el desmayo (o la muerte) sobrevino.

Meses transcurrieron. Rose Kéller no podía continuar de ese modo, viajando de la ciudad a los suburbios, de los suburbios a la ciudad y de la ciudad al estuario. Si atrapaba a una víctima en París y le preguntaba por el paradero de Henry de Sade, entonces le respondían que estaba en algún poblacho bretón; si la víctima era del poblacho, daba por seguro que Henry de Sade se ocultaba en París. Rose Keller estuvo a punto de echarse a llorar, hasta quiso abandonar la aventura de atrapar a De Sade para dedicarse por completo a la poesía. Solo el hecho de haber reducido el número de sospechosos de cuatro a tres la estimulaba a continuar su terrible proyecto.

Al día siguiente volvió a recitar. Había la misma concurrencia de siempre, incluso asistieron los sospechosos, entre ellos aquel al cual había dado de cuchilladas y que milagrosamente no había muerto. De seguro las heridas habían sido poco profundas y allí estaba, como si nada hubiese ocurrido; es más, ni siquiera sospechaba del poeta disfrazado, y hasta aplaudía aquellos versos disparatados por la paralexia. Rose Keller supo que se había equivocado, sin embargo, se dio cuenta de que el acuchillado no era el mismo que había salido huyendo la otra noche. El verdadero Henry de Sade estaba sentado como si nada al lado del falso Henry de Sade aunque, tal vez por eso, se cubría el rostro con una revista. Nuevamente Rose Keller interrumpió la lectura y salió a perseguir a Henry de Sade, corrió tras él a través de calles, callejuelas y callejones, rebuscó en pasillos y ruinas, en hierbales y baños públicos. Siguió a cuanta persona llevaba una revista o un periódico en las manos, revisó alcantarillas y depósitos de basura y, finalmente, no encontró nada. Henry de Sade se había evaporado otra vez.

Y fueron los días, los meses, los años y Rose Keller continuó interrumpiendo sus lecturas cada vez que Henry de Sade resolvía fugarse. ¿Por qué Rose Keller no anunciaba una lectura falsa y atrapaba a Henry de Sade en la entrada del auditorium? ¿Por qué había decidido extender ese juego durante todo ese tiempo? Estaba cansada, ya no le encontraba sentido a vivir persiguiendo Henrys de Sade por todo París. ¿Así de pronto? Tenía miedo. Había comprendido que Henry de Sade era un ser mudable, una esencia de todos los males y no bastaban la maña y la fuerza para destruirlo. Henry de Sade, como Rose Keller, era un ser que mudaba de disfraz constantemente y se tornaba inaprehensible.


Daría un último recital. Ese día la ciudad permanecía bajo las sombras, las nubes se imponían sobre la ciudad. Rose Keller dispuso los papeles sobre la mesa, el sonido de la lluvia era favorable a los versos que deseaba leer como despedida. Estaba resuelta a abandonar los crímenes, al menos a menguarlos, a vivir como una ermitaña en la cabaña del estuario o, mejor, abandonaría París, se marcharía a las Bahamas. El cansancio se había hecho evidente en la voz casi apagada. A media lectura, Henry de Sade hizo mutis por el fondo pero Rose Keller no interrumpió la lectura, continuó provocando la carcajada de su público. Ya casi terminaba. A un paso de encaracolarse en un abismo líquido, bajo la lluvia y los truenos, Rose Keller dejó correr los chorros de una verbosidad gasiforme. Al concluir el último poema se levantó sin esperar los aplausos, cabizbaja avanzó por uno de los laterales de la sala, buscó la salida. En el público crecían los aplausos y las ovaciones. Rose Keller salió a la calle. Caminó lento bajo un paraguas. Desde una esquina Henry de Sade le hizo señas para que le siguiera. Rose Keller no quiso volver a las persecuciones, ciertamente estaba cansada, muy cansada, tal vez porque sintió en lo más profundo de sí que su entorno era puro tejido de infamias y significantes en bruto y, de ser así, entonces su nueva existencia resultaba torpe e inútil, obsoleta. Y se marchó, bajo la lluvia, inconsolable y sola, a buscar, en el agua turbia del estuario, el alivio de la muerte.

 

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