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DIOSES Y ORISHAS
 
Mercedes Crespo Villate | La Habana

 

¿Qué dirían si el Señor fuera negro
o chino tal vez
Con los ojos cosidos de puro hilo de Shanghai?

El Cristo,
Miguel Barnet

La China milenaria tiene historias de dioses, demonios, espíritus e inmortales conocidos durante siglos por una población que necesitaba de ellos como el pan y el aire. Para ellos no existía explicación a los fenómenos del mundo natural que los rodeaba y comenzaron venerando la existencia de dios en el cielo, la tierra, el fuego, el viento, la lluvia, la montaña y el río. A medida que la sociedad se fue desarrollando les hicieron creer que el Emperador había recibido su poder del cielo y todas las deidades estaban bajo de su égida. Los hombres querían fama, riquezas, poder, hijos, longevidad e incluso la inmortalidad.

El Confucionismo, fundamento en la fidelidad a las tradiciones y el culto a los antepasados y los dioses chinos, llegaron a nuestras costas con los primeros culíes. Para ellos Pan Gu, era el creador del mundo y otros dioses eran: el Emperador de Jade, el Rey del Infierno, el Rey Dragón, el dios de cada poblado, el de la cocina, de la puerta, la riqueza y la montaña. Algunos habían sido mortales como Li Bing, que fue gobernador de la provincia de Sicuani creador de sistemas hidráulicos y otros fueron creados por la pluma de escritores como es el caso de los Ocho Inmortales.

El Emperador de Jade era la máxima representación de todos los dioses, culto que se inició en la Dinastía Tang, y aunque ya existían otras creencias esta, por ser comparada con igual rango en la tierra, tenía que ser, la más alta en el cielo.

El Dios de la Cocina, conocido desde el período de los Estados guerreros, pasó a ser mensajero de dicho soberano. Se dice que días antes de cada año lunar él visita las cocinas de los mortales para conocer méritos y fechorías de cada familia e informar a la más alta instancia, la que castigará a los malvados y premiará los de buen corazón.

En los templos o monasterios se puede ver la imagen de Avalokitesvara que traducido en chino es Guanshiyin, hoy Kuanyin a quien se le pide en los momentos de dolor y desastre. Esta imagen, que inicialmente en las pinturas budistas aparece como hombre –en esta religión las deidades son consideradas asexuales–, comienza a aparecer como mujer antes de la dinastía Yuan, siendo conocida posteriormente como la Diosa de la Merced. Su efigie, desde entonces, es la de una mujer con cejas como lunas, el cabello recogido en la nuca, sonriente que lleva una rama de sauce en su mano derecha y florero en su izquierda que simboliza su forma de esparcir los principios morales entre los humanos. Otra representación de esta diosa es la que tiene mil ojos y otras tantas manos, la más conocida y antigua es la que se encuentra en el templo de Xiangguo, en Kaifeng desde el reinado de Qianlong.

La Diosa de la Luna: Chang´e, es venerada el día quince del octavo mes lunar, justo al iniciarse el otoño. Su leyenda nos cuenta que vive en un gran palacio y desde allí observa el mundo de los vivos.

El Rey del Infierno, Jin Hong, Emperador de la montaña Tai, nieto de Pan Gu, es el soberano del mundo de los muertos y los fantasmas; reina en las dieciocho salas donde van los malvados y son castigados con horrendas torturas.

Tianhou o Tianfei, diosa del cielo conocida como Mazu, es venerada por los marineros y habitantes de las provincias del sur de China, Taiwán y otros países de Asia. Se dice que era una persona real, nacida en la provincia de Fujien y cuyo nombre era Lin Mo.

El dios de la riqueza: Zhao Gongming, alias Zhao Xuantan, es el más popular de China. Otras deidades son: Sun Simiao, rey de las medicinas; Wang Lingguan, dios del fuego; Guan Yu, conocido como Lord Guan representante de la lealtad, ética y justicia; Zhang Xian otorgante de la maternidad; Li Xuan, uno de los ocho inmortales; y Ju Ling, el dios del río Amarillo.

Estos eran los dioses venerados en China cuando el culí llegó a Cuba, donde ya se encontraban los negros esclavos que también habían traído de África sus cultos y tradiciones. Las profundas diferencias culturales de ambos, la falta de comunicación, la diversidad ética de los chinos que llegaron; todo confabulaba para que como nos dice José Baltar en su libro “Los chinos en Cuba, apuntes etnográficos”… se vieron expuestos a un proceso de relaciones interculturales que se origina en la plantación azucarera, tiene su continuidad en los palenques y las guerras independentistas… se inician también las prácticas de Santería”.

Pero, ¿cuáles cultos podían integrarse?

No podían romperse sus tradiciones clánicas, ni el culto a los antepasados, estrechamente vinculadas a las doctrinas confucianas; por lo que tomaron a algunos de sus dioses y los asemejaron a los africanos; estableciendo creencias que con el decursar del tiempo se fueron sincretizando y otras simplemente desaparecieron.

Surge entonces un culto a Kuan Kong –no conocido en China, ni en otras comunidades del ultramar—cuya leyenda nos dice de tres héroes, Lao Pei, Kuan Yu y Chiong Fei, que se dan cita para formular un pacto de unión y fidelidad que se conoce como el juramento en el jardín de los melocotones. Después se les uniría Chiu Chi Luna, amigo de Lao Pei. Kuan fue decapitado por sus enemigos, pero quedó la fama por su fidelidad y cualidades de gran guerrero. Los descendientes de estos apellidos formaron una hermandad que aun continúa.

Esta leyenda se popularizó al convertirse San Fan Con en el protector de todos los inmigrantes; sincretizándose con el dios africano Changó, por coincidir el color rojo, ser ambos guerreros y otras cualidades míticas del orisha.

En el siglo XIX Kuanyin, la diosa de la Merced, es venerada por los chinos como la Caridad del Cobre. Actualmente en la Iglesia de la Caridad, que se encuentra en el Barrio chino, hay un cuadro con su imagen, el cual fue traído a Cuba por un diplomático de esa nacionalidad a principios del siglo XX.

Li Xuan, uno de los ocho inmortales, viste harapos de tela gruesa y es lisiado de una pierna ayudándose con muletas; pide limosnas por las calles y gusta de los animales. Es invocado por ancianos desvalidos, estudiantes pobres y padres olvidados. Su imagen fue sincretizada con Babalú Ayé (para los africanos padre del mundo) aunque su culto solo es recordado por los más viejos del Barrio.

Con imaginación este culto pudo iniciarse así:

Oía ladridos de perros y gritos de hombres instigándoles a buscarme. Jadeaba, el sudor cubría todo mi cuerpo, solo pensaba en la posibilidad de evadir a mis captores. A ellos les daba lo mismo que el esclavo tuviese la piel negra o amarilla como la mía.

Vine a estas tierras como culí, simple trabajador, en ella encontré la esclavitud de la que, entonces trataba de escapar. El dolor en las piernas me obligó a detenerme, el terreno comenzaba a ser escabroso, difícil de trepar. Hasta mis oídos llegó el murmullo de un arroyo. Al correr por mis piernas el agua me arrancó un quejido de dolor, rápidamente me interné entre los arbustos que volvieron a rasgar mi piel.

Se hacía de noche, en las penumbras descubrí la entrada de una cueva y penetré en ella. El silencio del lugar, el cansancio y el dolor en las piernas me obligó a tirarme en el suelo que, cubierto de hojas, me pareció un suave lecho.

Recordé mi tierra, Cantón, el día en que dejé a mi familia para ir de pesca y fui atrapado y tirado en el fondo de un navío que, navegando durante semanas, me trasladó a esta Isla donde me convirtieron en esclavo. Con la imagen de los míos me quedé dormido.

La claridad me despertó. Junto a mí había dos perros. A la entrada de la cueva, sostenido por muletas, me observaba un anciano de piernas llagadas y vestido con harapos. Aterrorizado, traté de huir, pero la serenidad en su rostro me detuvo. Temblando, caí a sus pies y le pedí que no me delatase, pues prefería morir a continuar viviendo sin libertad.

Poco a poco me fue llegando una paz interior. Con supremo esfuerzo me incorporé. En mis piernas, llenas de heridas, había sangre, costras y unas grandes manchas negras. Las alpargatas destrozadas apenas cubrían mis pies, tan magullados como ellas.

Levanté la vista y en lugar del anciano mis ojos contemplaron el conocido rostro de Li Xuan, chino como yo. Uno de los ocho inmortales, cuyo espíritu voló a las sagradas de Huanshan, al regresar en busca de su cuerpo solo halló el de un pordiosero lisiado y enfermo y le tomó porque su alma no podía continuar vagando.

De pronto, recordé que allá en el barracón, los negros africanos, cuando las llagas les cubrían piernas y pies oraban a Babalú Ayé (padre del mundo para ellos) acompañado con sus dos perros. Le tocaban tambor y le hacían rituales vestidos de saco con collares de cuentas negras y algunas conchas.

Me interné más en la cueva en busca de otra salida y algo que comer. Tenía sed y hambre. Bebí agua y comí algunas babosas que encontré entre las rocas con las que aplaqué el hambre.

Pasaron días y noches, no sé cuántas hasta que decidí salir. Pero antes de salir de la cueva me postré, y nueve veces uní mi frente con la tierra como único homenaje que podía dar a Babalú Ayé y a Li Xuan. Les prometí que a partir de ese momento los adoraría y les daría a conocer a todos los de mi raza en esta tierra.

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