|
BACARDÍ: LA GUERRA OCULTA
En
su exploración sobre el imperio Bacardí, Calvo Ospina
muestra cómo se han estrechado los lazos entre la CIA y
una organización de extrema derecha conocida como
Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), con sede en
territorio estadounidense, al mismo tiempo que revela
los vínculos de la ronera con la actual administración
de George W. Bush. La fascinante lectura de este libro,
nos muestra además cómo los intereses económicos de las
compañías transnacionales son también movidos por
resortes políticos.
Pedro
Pérez Sarduy
| Londres
Lo que voy a contarles me ocurrió un día
cualquiera a principios del siglo XXI mientras caminaba
por el centro de Londres. La mirada distraídamente
ocupada esa tarde de linda primavera, choca con un
monumental anuncio en el trasero de una guagua roja de
dos pisos… pensé que era una ilusión y no le presté
atención…aunque en el subconsciente, mi disco duro
trataba de cotejar la imagen…Sigo caminando y aparece la
misma imagen en otro de aquellos emblemáticos ómnibus
rojos del transporte urbano de la capital británica: un
gigantesco y estilizado murciélago anuncia a toda página
BACARDÍ –CASA FUNDADA EN SANTIAGO DE CUBA EN 1962 –por
supuesto, en inglés.
De inmediato asocié la agresividad de aquella publicidad
a una competencia más que desleal de la famosa marca de
ron, establecida precisamente en esa fecha y en esa
hermosa ciudad oriental de Cuba, pero que desde hace
mucho tiempo su sabor adolece de autenticidad.
Recordé entonces que durante una residencia académica en
San Juan, Puerto Rico, entre 1997-8, la fábrica Bacardí
celebraba su fiesta anual en los amplios jardines de
destilería en esa Isla. En los supermercados, el ron
Bacardí menciona claramente en su etiqueta que es un
producto elaborado en Puerto Rico. También vino a mi
memoria escenas del verano de 1981 en las afueras de
Barcelona, cuando mi familia y yo nos detuvimos en una
alfarería en busca de algunas cazuelas de barro…y
charlamos amistosamente con el gerente, quien
agradeciendo nuestra compra y al saber que veníamos de
La Habana, nos invitó a brindar con ron español (¡?).
Para sorpresa nuestra aquel simpático catalán plantó
encima de su mesa de trabajo tres vasitos de fino
cristal y una imponente botella de ron Bacardí carta
blanca. Aunque la etiqueta no intentaba ser prepotente
—estipulaba que estaba “Embotellado bajo autorización y
especificaciones de Bacardí & Company Limited”. Saboreé
el licor por puro compromiso y en agradecimiento a la
solidaridad. Aquel amable gallego insistía, un
cuarto en broma y el resto en serio, en que ese ron era
‘español de pura cepa’ hecho con mieles cubanas.
Tal vez, a lo que se refería aquel hombre es que uno de
los creadores del que fuera un exquisito ron, Facundo
Bacardí, había nacido no muy lejos de allí, en la
catalana ciudad costera de Sitges.
Han pasado veinte años. Ahora tenía en mis manos un
pequeño libro que revela la historia oculta de una de
las más conocidas marcas de mayor éxito mundial –junto a
Gap, McDonalds y Nike entre otras, según afirman
diferentes autores, como Naomi Klein en su libro New
Logo (Nueva Etiqueta), de gran éxito editorial.
Se trata de BACARDÍ: the hidden war (Pluto Press,
London 2002), del periodista-investigador colombiano
Hernando Calvo Ospina, que viajó a Londres a principios
del otoño de este año para el lanzamiento de la versión
inglesa de Ron Bacardí: La Guerra Oculta, donde
el autor de Salsa, Havana Heat, Bronx Beat (London,
1995) entre otros libros, expone las actividades
comerciales y políticas del imperio Bacardí, así como
los tentáculos de su poder tanto en Washington, DC como
en el extranjero, vinculándolo a la CIA y al papel que
esta agencia de espionaje norteamericano jugó en una
escandalosa guerra comercial entre Europa y EE. UU.
Desde el mismo momento en que fuera nacionalizada por el
gobierno revolucionario de Cuba en 1960, la empresa
Bacardí, ubicada en parte en la Isla, se ha esforzado en
implementar nuevas leyes comerciales que incrementen su
monopolio mercantil.
El mayor competidor de Bacardí, el ron Havana Club, se
fabrica en Cuba, lo comercializa la compañía europea
Pernod-Ricard. Representada por un equipo de abogados
que incluye a Otto Reich —elegido del presidente
norteamericano George W. Bush para el puesto de asesor
de Asuntos Latinoamericanos—, el libro de Ospina nos
cuenta cómo Bacardí participó en la redacción de nuevas
leyes comerciales donde se especifica que cualquier
marca registrada en Cuba no puede ser reconocida en
EE.UU. Esto supone que el ron Havana Club, de Pernod-Ricard
no es protegido en los EE.UU., algo que la Unión Europea
esgrime como una grosera violación de las leyes del
comercio internacional, burlándose de los principios que
gobiernan los derechos de la propiedad intelectual.
La historia comenzó en tiempos de Ñañá Seré, cuando a
mediados del siglo XVIII la corona española se
encaprichó en que Cuba solo produjera azúcar, con lo
cual hacia 1791 nuestra Isla se imponía como la primera
productora mundial y exportadora. Por aquella época los
machetes de los esclavos haitianos dejaron de cortar
caña y pasaron a cortarles la cabeza a sus amos. No
pocos asociaron la sublevación con el consumo del ron.
Con el azúcar, se perdió el ron allá por 1830, cuando
José y Facundo Bacardí-Mazó, dos hermanos catalanes
llegaron a la ciudad oriental de Santiago de Cuba en
busca de rápida fortuna. Luego de intentarlo con
diversos negocios durante tres años, y según consta en
los registros comerciales de la época, los hermanos
inscriben la Sociedad Facundo Bacardí y Cía, que
negociaba artículos para confeccionar prendas de vestir.
En medio de la abundancia, la economía de la colonia
cubana entra en crisis en 1857 y se pierde el comercio
con Francia y Alemania que habían empezado a extraer
azúcar de remolacha.
Vale la pena abrir otra ventana digital para explicar
brevemente el origen de la firma Havana Club, sobre la
cual el gobierno de Cuba ha entablado una ardua batalla
legal contra Bacardí con el fin de reivindicar sus
derechos de comercializar el ron cubano.
Registrada en 1935 por Arechabala, una familia de origen
vasco, España, la marca Havana Club comenzó a producir
ron en Cuba con los derivados de sus negocios
azucareros. Durante la década de 1950, la compañía entró
en dificultades y los Arechabala permitieron el colapso
de la firma. Luego del triunfo de la revolución de 1959,
el gobierno cubano nacionalizó la destilería y registró
la marca en más de 80 países, incluyendo EUU. Desde
1993, en que Havana Club se comercializa en asociación
con Pernod-Ricard, las ventas del ron cubano ascendieron
considerablemente, llegando a vender un millón de cajas
de 12 botellas, anualmente.
Bacardí, que monitoreaba atentamente el creciente éxito
de la ‘joint venture’ franco-cubana, decidió en 1997
‘comprar’ la marca a la familia Arechabala luego de que
Bacardí creara su propia versión de Havana Club que
había entrado al mercado norteamericano el año anterior.
Al mismo tiempo se inicia el corre-ve-y-dile, es decir,
el cabildeo. Posteriormente, la familia Bacardí invoca
una serie de controvertidas leyes estadounidenses, donde
se penaliza a toda compañía extranjera, como Pernod-Ricard,
que se atreva a invertir en sus antiguas propiedades en
Cuba.
En su libro, Hernando Calvo Ospina explica que las
implicaciones de esta creciente disputa en la que está
metida Bacardí, es consecuencia de las quejas de la
Unión Europea ante la Organización Mundial de Comercio,
lo cual ha motivado que la gigantesca ronera esté
actualmente bajo escrutinio por la Oficina de Justo
Comercio (Office of Fair Trading).
En su exploración sobre el imperio Bacardí, Calvo Ospina
muestra cómo se han estrechado los lazos entre la CIA y
una organización de extrema derecha conocida como
Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), con sede en
territorio estadounidense, al mismo tiempo que revela
los vínculos de la ronera con la actual administración
de George W. Bush. La fascinante lectura de este libro,
nos muestra además cómo los intereses económicos de las
compañías transnacionales son también movidos por
resortes políticos.
De vuelta al presente, nos encontramos con un
interesante estudio protagonizada por los estudiantes
británicos —que no se callan la boca. Y no es que ellos
sean más especiales que otros, pero ocurre que cuando se
trata de defender sus derechos y convicciones políticas,
a los estudiantes de cualquier parte del mundo no les
faltan palabras y argumentos. Los de Gran Bretaña no son
la excepción. Ya sea cuando boicotearon al banco
británico Barclays, por sus vínculos con el régimen de
apartheid del gobierno sudafricano o contra el gobierno
de Margaret Thatcher cuando suprimió la cuota de leche
gratuita a los escolares.
A mediados del año 2000, ocurrió un hecho aparentemente
inusitado, que puso a prueba nuevamente la voluntad del
estudiantado británico. La sección comercial de la Unión
Nacional de Estudiantes aprobó por votación un polémico
contrato de tres años con la firma Bacardí. El acuerdo,
valorado aproximadamente en un millón de dólares
norteamericanos, estipulaba que en lo adelante los bares
estudiantiles solo expenderían el ron blanco Bacardí, en
detrimento de su rival cubano, Havana Club. A menos que
la Unión votara individualmente para prohibir totalmente
a Bacardí, esta ronera sería la absoluta beneficiaria
del negocio en detrimento de Havana Club. Debo aclarar
que no es que los estudiantes británicos sean bebedores
empedernidos, sino más que en este sentido de tener
‘pubs” o tabernas, los británicos son algo liberales —
¡aunque con frecuencia pecan de excesos a la hora de
empinar el codo!
Bacardí ya controlaba el 95% del mercado de ron blanco
entre los estudiantes y se le pudiera acusar de
imponerse abusivamente. En asambleas los estudiantes de
dos de las más elitistas universidades, la de Oxford y
la de Cambridge, decidieron boicotear a Bacardí. Otras
se le unieron posteriormente.
Pero esto no ocurría solamente en los predios
académicos. No me refiero al boicot, sino a esta
práctica de la ronera. La ilegal competencia se
ramificaba por clubes y los populares y casi siempre
concurridos ‘pubs’. En Edimburgo, Derick Owner, dueño
del bar Cuba Norte reportó haber rechazado una oferta de
dinero en efectivo para que desplegara visiblemente en
el bar y vendiera solo el ron Bacardí.
Otro caso, aun más escandaloso fue el del
bar/restaurante CUBANA, cuyo dueño, Phillip Oppenheim
—antiguo miembro del Partido Conservador— sí aceptó un
contrato de un año. Luego de haber perdido su bancada en
1997, el también ex funcionario del Ministerio de
Hacienda británico le dio por abrir un restaurante a la
cubana en una atractiva zona de Londres.
Independientemente de que la comida es más españolizante
que criolla, el trago que ofrece no era genuinamente
cubano. Sin embargo, dijo el señor Oppenheimen “Bacardí
nos da un apoyo sustancial a cambio de que vendamos
solamente su marca.”
El establecimiento CUBANA se enorgullece de ser un
centro de entretenimiento muy amigo de Cuba, a juzgar
por la múltiple memorabilia revolucionaria, incluyendo
banderas cubanas, fotos de dirigentes históricos de la
Revolución cubana, mezcladas con el kistch
habitual de ‘cubanas rumberas’ a la usanza de mediados
del siglo pasado, hasta con un grupo regular de músicos
cubanos, algunos de ellos improvisados, que con fuerte
conciencia patriótica castigaron al dueño con quejas
para que quitara el ‘dichoso Bacardí ese que ni es
cubano ni es ron…y además, es malísimo’, como me dijo
“El Tío” , un simpático músico y animador nacido y
criado en Centro Habana, que mantenía al público bien
entretenido los fines de semana.
Tanto dio el cántaro en la fuente hasta que se rompió y
el tal Phillip desechó la idea de vender Bacardí —menos
en exclusiva. Y es que, cuando de ron se trata, con los
cubanos de verdad, no hay arreglo. Pero no solamente los
criollos de la Isla, sino los verdaderos conocedores,
como afirmó a fines del siglo XIX el mismo Facundo
Bacardí Mazó, uno de aquellos dos intrépidos hermanos,
según consta en El libro de Cuba, publicado en La
Habana en 1925: “En verdad, no hubo ni podrá haber en
ningún momento de la historia, ni en país alguno, ron
como el nuestro [el énfasis es mío]. Ni semejante
siquiera. Los que se fabriquen fuera de Cuba no disponen
de la mejor materia prima que existe, que son las mieles
de caña cubanas precisamente.”
Pero, no es del licor propiamente dicho de lo que se
trata, y esto Hernando Calvo Ospina, lo expone
claramente en su casi novelado relato investigativo a lo
largo de sus casi 200 páginas, que incluyen reveladoras
fotos y documentos, para recalcar que no son fantasías
especulativas las que ha reunido en este volumen.
Según escribe en el prólogo James Petras, profesor de
Ética Política de la Universidad de Binghamton, al norte
del estado de Nueva York, “…este estudio sostiene que
las multinacionales no son simplemente entidades
económicas que persiguen objetivos de expansión
comercial, sino que llegan a ser entidades políticas
utilizadas por el Estado para asegurar actividades
ilegales…”.
Al final del lanzamiento, todos brindamos Havana Club
con hielo, a la roca, por el éxito de un libro tan
sabroso.
|