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ORÍGENES, INSTRUMENTOS Y FORMATOS
El
acentuado trasiego de carácter laboral que afectó
el quehacer musical de Cuba, a finales del
siglo XIX, trajo al occidente significativos
cantadores orientales, cultores de sones. Fue así
como en la Ciudad de La Habana se originó lo que
pudiéramos considerar la impronta del son en el
para entonces incipiente recurso fonográfico
cubano.
José Reyes
Fortún
|Santiago
de Cuba
Aproximadamente muy a finales del último decenio del
siglo XIX cubano, inserto en un contexto universal de
conquistas prácticas de la ciencia y la técnica, donde
sobresalen por su magia y encanto el cinematógrafo y el
fonógrafo, ocurre
un acentuado trasiego transmigracional–generacional
de carácter laboral que entre otras repercusiones afectó
el quehacer musical del occidente del país
fundamentalmente las ciudades de Matanzas y La Habana.
Esos movimientos en ocasiones tornábanse grupales y
trajeron consigo significativos cantadores orientales,
cultores de sones, en algunas de sus variantes y
paralelos.
Fue así como en
la Ciudad de La Habana se originó lo que pudiéramos
considerar la impronta del son en el para entonces
incipiente recurso fonográfico cubano. Con ello ocurren
dos acciones harto significativas: el carácter
eminentemente de difusión y amplificación del son
primero en el país y luego fuera del territorio y que
devino boom comercial. Y otro muy determinante dado los
acentuados códigos de supuestos “formatos instrumentales
fijos” y que no fueron otra cosa que la combinación de
instrumentos que atendiendo entre otros aspectos a su
extensión sonora, aportaron timbres y volúmenes
apropiados para un recurso tecnológicamente en pañales.
De estas
primeras observaciones –y que asumen la posibilidad de
verificación mucho se puede hablar, sobre todo de un
comportamiento sonero registrado en múltiples textos por
eminentes musicólogos y profundos estudiosos de los
orígenes y trayectoria del son.
Resulta evidente
que algunos de estos aspectos indudablemente
contribuyeron al destino de supuestos formatos
instrumentales fijos de son en occidente y que originó
posibles fundamentaciones –aunque subyacentes– de
irrevocables préstamos e intercambios en lo que refiere
a instrumentos que al parecer formularon una “tímbrica
estable” aceptada como tal por el recurso fonográfico.
Detengámonos
ahora en algunos posibles alcances de estas afirmaciones
que indudablemente han rubricado todo un siglo. Para
ello permítaseme citar algunas reflexiones al respecto
emitidas por el Dr. Danilo Orozco en su extenso –aunque
no cargante– y enjundioso texto que él titulara Nexos
globales desde la música cubana con rejuegos de
Son y no Son, posible de consultar en una edición de
modesta factura gracias al sello discográfico Ojalá.
Cito la página 14, quinto párrafo: “Digamos que en los
diversos sones –de manera análoga en los denominados
proto y parasones– se utilizan en etapas iniciales
sencillos instrumentos en cada caso: el denominado tres
(…), pequeños tamborcitos que devienen bongoes,
marímbula, obotijuela o bajo en tierra –rama doblada con
hoyo resonante– que no siempre hacen de bajo, sino más
de soporte ritmo–color; guayo o maracas y voces”. Afirma
además el Dr. Orozco: “Las denominadas claves fueron
algo posteriores y del intercambio de contextos”.
Algo más
adelante comprobaremos cómo estos procesos continúan una
muy activa evolución en occidente para devenir en la tan
celebrada “sonoridad habanerosa” que devuelven las
respuestas sonoras de los discos de sones. Y prosigue el
Dr. Orozco: “Con estos instrumentos sencillos y rústicos
se han concretado diferentes combinaciones para un
miniformato básico variable según contextos y
participantes –entre otros el de las bungas orientales y
del centro–, aunque a veces el tres (solo o con la voz)
desde los tiempos primigenios, sintetiza mucho de los
rasgos esenciales”.
Reparemos ahora
en cómo estos importantes procesos continúan su cultivo
y desarrollo en un contexto marcado por el recurso
fonográfico en un marco epocal que lamentablemente,
muchos estudiosos del son –en algunos casos– desconocen
y en muchos otros, por las mismas razones, obvian con el
edulcorado pretexto de conservarla como “historia que
algún día merecerá ser contada”.
La ciudad de La
Habana entre 1908 y 1910 conoció del son no de manera
casual como algunos pretenden, sino más bien al amparo
de los ya citados procesos trasmigracionales que
originan profundos procesos interactivos. Si bien el
danzón en la última parte de clarinete delata la
presencia del mismo antes de 1910 en la capital cubana a
través de los discos fonográficos, ya para ese mismo año
se disfruta y concurre en fiestas privadas a través de
formatos instrumentales simples. Entre otras el Cuarteto
Catalina, integrado por Celedonio Hernández (cantante);
el guitarrista Luis Marín: el bongosero Alfredo Cárdenas
y en la marímbula un músico que no hemos podido
identificar.
Se sabe que en
el año 1911 el habanero Alfredo Boloña había organizado
un “quinteto típico” para tocar sones en fiestas
privadas donde aparecen algunos instrumentos que ya en
el oriente del país, habían formado parte de
agrupaciones instrumentales básicas y que, algunos por
desconocimiento, las atribuyen como propias de La Habana
sin percatarse de que para entonces opera un flujo e
intercambio Oriente–Occidente de relevante accionar. En
cuanto a la composición de la agrupación de referencia,
la misma contaba con Alfredo Poloña (marímbula y
filarmónica); Joaquín Velasco (bongó y filarmónica);
Graciano Gómez (guitarra y voz segunda); José Manuel
Menocal (tres) y Hortensia Valerón (voz prima). Nótese
como en este llamado “quinteto típico” figuran dos
filarmónicas. En nuestras pesquisas no hemos encontrado
en la capital cubana, antecedentes de filarmónicas
incorporadas a formatos intérpretes de sones.
En 1913 se
dejaba escuchar en la capital cubana y en los
alrededores del poblado de Güines el Trío Los Soneros,
conformado por el connotado tresero nacido en Santiago
de Cuba Ricardo Martínez; quien además hacía la voz
segunda; Celedonio Hernández (guitarra y voz prima);
Luciano Herrera (bongó). Algo después este trío se
ampliaría a quinteto al incorporarse al mismo, Guillermo
Castillo (botija) y Gerardo Martínez (claves).
Este Ricardo
Martínez a partir del año 1916 desarrollaría una
acentuada actividad en La Habana como intérprete y
organizador de agrupaciones soneras. En ese año organizó
el Cuarteto Oriental, integrado por Guillermo Castillo
(botija); Gerardo Martínez (voz prima y claves); Ricardo
Martínez (tres) y Felipe de Nery Cabrera (maracas y
claves). Recordemos las reflexiones a que nos invita el
Dr. Orozco en cuanto a las maracas y las claves y sus
ricos aportes a lo que él califica como “miniformatos
básicos estables según contextos y participantes”. Pero
en realidad ¿cuándo una “agrupación típica de sones” o
“miniformato básico estable” irrumpe como tal en el
concurso fonográfico? Para ello obligatoriamente nos
remitimos a los catálogos Victor que atraparon en sus
páginas el total de visitas que sus técnicos realizaron
a Cuba entre los años 1901 y 1920. Todo parece indicar
que el hecho ocurrió en el año 1916, cuando el
representante de la disquera encomendó a Alfredo Boloña
para que organizara un “grupo típico” de sones con el
propósito de realizarle un programa de 6 grabaciones
discográficas. Estas grabaciones se realizaron en unos
“estudios” improvisados en una edificación localizada
entonces en la calle Egido No. 2, en la populosa zona
capitalina que se conoce como La Habana Vieja. El
“grupo”, denominación con la que se conoce el formato
instrumental en las boletas de trabajo de la Victor,
estaba compuesto por Manuel Valdés Menocal (tres);
Victoriano López (maracas); Joaquín Velazco (bongó);
Alfredo Boloña (marímbula); Manuel Corona (guitarrista)
y Hortensia Valerón (voz prima y claves). De las seis
grabaciones realizadas, según los registros, solo he
podido escuchar la que lleva por título El volumen de
Carlota, de la autoría de Sergio Pita. Nótese cómo aquí
se cumple el miniformato básico sexteto, luego empleado
como formato o agrupación ideal para grabar sones.
Nuestras
pesquisas en los catálogos de la firma Victor revelaron
que en 1918, nuevamente están en La Habana los técnicos
grabadores con el propósito de realizar otro conjunto de
registros sonoros a un “grupito típico” de sones. Este
quedó integrado por Manuel Corona (guitarra y voz
segunda); María Teresa Vera (voz tercera y maracas) y
Carlos Godínez (tres y director). Como se podrá apreciar
la agrupación constituye todo un quinteto, sin embargo
la firma rubricó las etiquetas de los discos como
Orquesta Habanera Típica de Godínez.
Se puede
apreciar además, que algunos de los instrumentos
utilizados resultarán repetitivos en la conformación de
otras agrupaciones para grabar, lo que dio lugar a un
esquema devenido básico del hecho discográfico ya no tan
solo sones, sino también “rumbitas” y “guarachitas” y
algunas formas “bolerosas” propias de la cancionística
cubana. Aunque esto no resultó siempre así, pues en
determinadas circunstancias las disqueras se inclinaron
por los dúos y tríos, en los que intervinieron
guitarras, güiros y marímbulas, como ocurrió con el Trío
Yoyo, agrupación vocal–instrumental oriunda de la
barriada de Atarés en La Habana y que dejó una veintena
de grabaciones de éxito.
Por otra parte
el tan llevado y traído Cuarteto Oriental, de Ricardo
Martínez se amplió a sexteto al incorporar el bongó de
tres tinas y la clave. Muchos son de la opinión que esta
fue la base o embrión del célebre Sexteto Habanero. En
el año 1926 se incorpora de manera insólita el clarinete
a una agrupación de sones destinada a grabar discos: el
Sexteto Enriso, el cual dejó para el sello discográfico
Columbia una abundante discografía. Quiero aclarar que
el clarinete en esta agrupación le otorgaba cierta
sonoridad exótica a sus grabaciones de sones. Por otra
parte se puede citar el caso de otros clarinetistas
intérpretes del son, por ejemplo Francisco Repilado, el
célebre “Compay Segundo” en ocasiones empleó el
clarinete en agrupaciones soneras, recuerde su efectiva
participación como tresero y clarinetista en el Sexteto
Matamoros –luego ampliado a conjunto– donde el “Compay”
dejó una muestra de ello, sobre todo en las diez
grabaciones que el Conjunto Matamoros realizó para la
Victor entre los años 1944 y 1945. Otro instrumento que
se adicionó a los grupos básicos para grabar sones fue
la trompeta. Por años se afirmó que fue el Sexteto
Habanero el introductor de este instrumento en el
espectro sonero–discográfico. Pero con el decursar del
tiempo ello ha movido a reconsideraciones y no ciertas
polémicas. ¿Cuándo realmente llegó este instrumento al
panorama sonero y sobre todo al hecho discográfico?
En mis pesquisas
encontré que en fecha tan temprana como 1924 en la
ciudad de Matanzas se organizó el sexteto Botón de Oro,
luego ampliado a octeto al incluir al trompetista Mario
Vasconcelos y a un flautista. Aunque solo dejó dos
grabaciones esta agrupación marcó un antecedente de
importancia pues mucho antes que el sexteto Habanero, a
quien se le atribuye la primacía ya se habla de trompeta
en el formato básico a utilizar en grabaciones. También
algunos citan a un sexteto conocido como Sexteto
Oriental, de quien se afirma también incluyó la trompeta
antes que el Habanero. Pero sin ir más lejos: algunas
firmas discográficas registraron a las llamadas
“estudiantes”, agrupaciones generalmente organizadas en
Santiago de Cuba, entre otras La arrolladora (1926); La
invencible, de los hermanos Varela; La típica Oriental,
de Pablo Armiñán; La Ronda lírica Oriental (1927) y La
invasora (1927).
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En 1925 ocurre
un hecho sin precedente en el espectro sonero de la
capital: Feliciano García, Hilario Machado, Agustín
Lamar, Ramón Varona, Inocente Betancourt y la pianista
Ma. Teresa Ovando organizaron en La Habana el Sexteto
Gloria Cubana, primera agrupación sonera en incorporar
el piano. Las primeras cuatro grabaciones de esta
agrupación fueron realizadas en 1928 para el sello
discográfico Victor y tuvieron por títulos Abón Aré, Los
Marineros, El pelotero, y Mi amor.
Pero en 1933
este hecho dejó de ser exclusivo del Gloria Cubana
cuando el eminente pianista Armando Valdés Torres se
incorporó al Sexteto Cuba de Fernando Collazo, dejando
una notable discografía con los sellos Brunswick y
Victor.
En lo que
respecta a la tumbadora se le otorga el privilegio al
famoso rumbero habanero Santos Ramírez el haber
incorporado este instrumento a su Septeto Afrocubano, y
que luego repetiría Luciano “Chano” Pozo en 1940 cuando
organizó el Conjunto Azul y que de paso fue el primero
que utilizó el término “conjunto”, al menos para el
recurso fonográfico.
Para el año 1935
la Estudiantina Sonora Matancera incorpora a la
agrupación al célebre pianista Dámaso Pérez Prado, quien
en 1937 sería sustituido por Severino Ramos. Paralelo a
ello el Sexteto Mikito, de la barriada de Cayo Hueso
incluyó al pianista Enrique Rodríguez, conocido por el
“Diablo Rojo”. Este Conjunto Mikito, en 1940 pasó a
llamarse Sexteto Casino, ampliándose cuando incluyó el
xilófono en sus dos primeras grabaciones : Canción del
Alma y A mí qué. Las grabaciones que vinieron después,
las etiquetas de los discos vendrían rubricadas como
Conjunto Casino.
APORTES DE
ARSENIO RODRÍGUEZ
Incorporación de elementos propios del guaguancó al son.
Aportes de toques novedosos en la tumbadora y el bongó.
Orientación sonera a los célebres pianistas Rubén
González y Luis Martínez Griñán.
Buen tresero.
Experimentó con la flauta en su conjunto.
Su conjunto lo formó en 1942 como ampliación del Septeto
Bellamar en principio no empleó la tumbadora. Luego
empleó en este instrumento a su hermano “Kike”.
Grabaciones del
Occidente (1926): María Teresa Vera, Miguelito García,
Ignacio Piñeiro (contrabajo), Julio Torres (tres de 9
cuerdas), Manuel Remiso, Francisco Sánchez (maracas).
Estudiantina La Arrolladora: 8 músicos. 3 guitarras, 1
tres, contrabajo, trompeta; clave, timbal chiquito.
Narciso Sánchez “Guayabito” (1926).
Estudiantina La invasora: Filiberto Martínez (Trompeta);
Antonio Fernández (Tres), Pedro Fernández (guitarra);
Eduardo Nápoles (contrabajo), Alberto Miró (guitarra);
Roberto Nápoles (guitarra), Félix Nápoles (clave); Luis
Varela (Güiro); Manuel Valera (voz prima) (9 músicos).
Estudiantina Típica Oriental de Pablo Armiñán: (Santiago
de Cuba) Armiñán, Augusto Castillo; Gabriel Rubio (El
trova); Juan Limonta; Paquito Puntela (contrabajo);
Ángel Almenares (timbales); Delfinio Puente (tres), un
cono.
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