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Cibersade: entre la enciclopedia
y la sensualidad.
Muchos
son los personajes que aparecen en estas seis piezas,
salidos de una fecunda imaginación, de una vasta cultura
artística y literaria, de un verbo espléndido y
exaltado.
Jorge
Ángel Pérez
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La
Habana
No
soporto la quietud. Soy un hombre de beligerancias,
siempre lo fui. Creo que por eso me enrolé en el
ejército francés: para ir a la Guerra de los Siete Años,
aquella en que estuvimos empeñados en abrir las piernas
de Silesia y poseerla. En el furor de las batallas
avisté cuerpos hermosísimos, minutos antes de que fueran
lisiados para siempre. Aferrado a un fusil, a un
mosquete, apunté al lugar que debía penetrar, romper
para siempre, y conseguí que el rojo de la sangre
contrastara con la palidez de un rostro, de un torso. Me
gustan los contrastes, son excitantes. Conseguí, en fin,
el clamor que tanto sobresalto me produce: Ay, y luego
la caída, la sumisión que asume el penetrado.
Mire
usted las fotos de una guerra, las de una bacanal,
observe las erecciones de los cañones, el júbilo de una
mujer, o el mío, al divisar la artillería. Hay tanto
exceso y disipatio en unas como en las otras. La
expresión del rostro de un hombre ultimado por un balazo
en el pecho es parecido al de otro en éxtasis erótico.
¿Habrá presenciado Santa Teresa alguna hostilidad de la
Armada Española? ¿Fue después del balazo en la cabeza
que escribió Apollinaire Las once mil vergas? Eso
es la guerra: grandes orgías donde se mutilan cientos de
cuerpos con el fin de conseguir la zona más deseada, y
ya dueño: contemplar el paisaje, tantearlo, sumirlo con
caricias, sojuzgar, poseer, hacer que chille, que grite:
Ay.
Donatien Alphonse François es mi nombre, marqués de Sade,
y confieso que una de las palabras que prefiero es: Ay.
Lo prefiero por rotunda y ambigua. El Ay, está ligado
siempre al dolor o al placer, es galanteo y desdén.
Quién sabrá de esto más que yo que estuve preso en
Vicennes, donde pernoctaron Diderot, Mirabeau y el
cardenal Mazarino. En Vicennes seduje a una holandesa,
la hice bailar para mí, conseguí las mejores
contorsiones de Margaretha Gertruida Zelle. Mata Hari
era tan buena, en baile y contorsiones, como Cinderella
la sin huesos, me lo demostró en Vicennes, pero su mejor
arma era la queja: Ay, ay, ay. Despetroncada y
gimoteando, consiguió Mata Hari las mejores
confesiones. En la Bastilla escuché muchas veces ese Ay
que me gusta tanto, como debió hacerlo Voltaire durante
su estancia, sin embargo no lo usamos de igual manera.
No me empeñaba en negar una estancia en el mejor de los
mundos posibles. Ningún lugar fue espantosamente
horrible para mi, no si tenía la certeza de que en algún
momento atendería a una queja. Gustos me di en el
Hospital psiquiátrico de Charenton, quieto quedé a la
espera de que un perturbado corriera desnudo por los
pasillos del hospital tratando de evadir a sus
cuidadores. Siempre supe que serían atrapados y que sus
extremidades quedarían atadas fuertemente, que no
podrían soltarse por mucho que lo desearan y que al fin
saldría el quejido, una y otra vez: Ay, me hace daño,
suéltame, Ay.
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Alberto Garrandez y Jorge Ángel
Pérez en la presentación de Cibersade |
Ay,
ay, ay, me gusta que hayan vuelto a encontrarme, y que
me construyeran otra vez. Me pregunto como será mi
creador. Debe ser bien distinto de Dios, ¡con lo que es
capaz de hacer! Lo supongo un socarrón, un
pervertidillo. Conquistó mi sobresalto con la
descripción de la búsqueda, participé en el
descubrimiento de la lápida, de la piedra azul y
egipcíaca del sarcófago, de mi cuerpo inmortal. He
logrado reproducir el suceso desde otra perspectiva,
conseguí el lugar de los exploradores. Mirar mi cabeza
sintética unida a una motherboard me produce una risa
incontrolable, es un desparpajo que me seduce. Siempre
soñé con un monumento así, no el mármol frío de una
estatua en un parque. Para mi un homenaje debe ser
sudoroso espectáculo, requiebro gustoso, y este lo es.
Antes tuve la referencia de la cabeza de Dantón revivida
en la finca de Martial Canterel. Aquella cabeza de
Dantón, tan distinguida y guillotinada, pudo activarse
gracias a los lengüetazos de un gato en medio del
cerebro prodigioso. Gracias al gato de Raymond Roussell
y a su lengua, se activó la cabeza cercenada del líder,
gracias a la motherboard se ha puesto en movimiento mi
propia cabeza, y ante mis ojos. Que erótico puede ser un
gato lamiendo las circunvoluciones de un cerebro
admirable, la aspereza de su lengua enfrentada a la
lisura del cerebro, atrapar la sabia con la lengua puede
ser erótico, mucho más si es una lengua que limpia con
su punta las uniones entre una circunvolución y otra. Mi
creador me hace soñar con un gato durmiendo encima de mi
sexo. Aunque no se vea está erecto el sexo y dormido el
gato. Mi creador es un cínico, hace cosas tremendas.
Tremenda me parece la imagen de un cuerpo desnudo con el
sexo cubierto por la pelambrera de un gato. El gato
cubre la excitación, la esconde, con ese acto mi creador
alienta el fuego, insinúa, sugiere, inspira. Mi creador
avisa, propone un asomo. Imagínese, pinte un cuadro,
haga una foto, mire después. Tremendo es describir la
imagen y desatenderla luego por voluntad, dibujarla para
escabullirse por otros vericuetos, seducir con la
renuncia, con una retirada socarrona, eso es sensual,
erótico y caliente, ¡ay! Mi creador es un observador
impenitente, todo le sirve, le encantan los Rousseau. A
mi creador le interesan lo mismo el aduanero, que el
autor de La Nueva Eloisa. El primero tiene que
ver con ese sueño que me endilga, el segundo aparece más
tarde, ya veremos. En El sueño, de Henri Rousseau,
aparece una mujer desnuda rodeada por leones, en La
gitana dormida hay un desierto, un león que reconoce
con su cola a una mujer. Mi creador no precisa de
leones, es que resultan demasiado grandes, un gato sobre
un sexo es más sensual, el león cubriría todo el cuerpo,
el gato sólo el sexo, con el gato es más fácil, más
rico, imaginar la erección del sexo encubierto. Mi
creador sabe de estas cosas y subvierte el tiempo, lo
dilata y lo contrae a su antojo, como si jugara a
excitar su propio sexo, como si se detuviera en el
esplendor de la erección y luego en la decadencia de la
flaccidez. Ay, como disfruta mi creador de lo ambiguo.
¿Será realmente decadente la blandura? ¿Será solamente
esplendorosa la erección?
Mi
creador me hace hablar de Henri, yo que viví un siglo
antes, me pone a dirigir un gran espectáculo y a Björk,
en estos tiempos de pornografía y cibernética. Es un
cínico, construyendo a una Isolda de transexualidad
incompleta. Disfruta de lo inconcluso, de la historia
irresuelta, siempre aplaza, como si quisiera crear una
estética de lo pendiente, de lo indefinido. ¿Cómo será
mi creador? ¿Qué figura tendrá el que en estas páginas
sujeta los hilos que me hacen andar? ¿Cómo se verá en el
Castillo de Silling? ¿Tendré deseos de llevarlo a la
capilla artísticamente decorada para hacer calaveradas?
Es un cínico. ¿Tendrá largos bucles? ¿Estará rapado y
lucirá tatuajes? ¿Acaso ataviará su cuerpo con un diseño
de Miguel Ángel o prefiere a Jean Paul Gaultier, a Prada?
Todo es posible, él puede ligar los estilos más
dispares, puede ser romántico y barroco, puede ser casto
y sicalíptico, y se ríe de la historia, la cambia,
difumina sus límites y no respeta sucesiones. Disfruto
su poder de observación, la manera en que se detiene en
una acción sin que le importe una historia ortodoxamente
lineal.
A
sus personajes les encanta el rasurado, lo mismo yo que
la gobernanta, usamos toledana para escamotear el
entramado de pelitos. Ay, si supieran lo rico que
resulta afeitar el vello púbico, produce un escalofrío,
un que sé yo. Mi creador conoce bien los placeres, los
más singulares, los más raros, y no tiene recato alguno
para contarlos. Mi creador conoce de los placeres, uno
de esos placeres puede ser La representación, somos una
puesta en escena, una pintura, estamos hechos para ser
observados, por cientos, por miles de ojos, incluso en
los momentos en que alcanzamos el mayor éxtasis, incluso
en los momentos en que conseguimos la mejor contención,
el más divino sosiego. Ay dónde están los fisgones,
quienes son los fisgones para los que hacemos la gran
representación.
No
es sucia su procacidad, es exquisita, su procacidad esta
hecha de palabras, de miradas, de excesos y
contenciones. Ay, quién ha hecho tan pérfida su lengua.
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No
es marginal por los excéntricos temas escogidos, no si
con el acto de la escritura se propone centralizar esos
temas. Ay, lo marginal de mi creador está en las formas
con que construye sus textos. Su marginalidad está
hecha, también, del gusto por lo enciclopédico, por
Borges y Blake, por los Rosusseau, lo mismo por el que
pinta un sueño que por el que se supone enfermo de la
próstata y escribe La Nueva Eloisa. Mi creador
parece seducido por el Bosco, por él mismo, como debe
ser. Mi creador relata como quien mira un libro de
fotos, un catálogo de pintura, como quien pasea por
salas de museo deteniéndose de vez en vez, camina y hace
fotos. Apresada la imagen da la espalda y continúa la
búsqueda, el inicio de otra cadena de acciones que no
precisa un desenlace. Una causa puede no tener efecto,
un efecto no tiene que ser desencadenado por una causa.
De estos contrastes surgen asociaciones y tiene una,
nada gratuita, propensión al símbolo. La historia del
mundo, su de cursar, está llena de sucesos aislados y
estos parecen preocuparle más que una historia puntual,
de ahí la fragmentación que prefiere: una cámara
fotográfica abre el lente sobre sucesos cada vez más
disímiles, sobre espacios distantes: Una foto, dos, y
pretende hacernos creer que el lenguaje no acontece
allí, es un cínico, para convencernos escoge las
palabras, siempre precisas, y a una mujer, Cinderella,
que intenta, consiguiéndolo, introducirse el pie derecho
hasta el tobillo en lo más profundo y caliente de su
raja, a un efebo pintando desnudo, románticamente
excitado frente al mar, a quien me obliga a enseñarle el
premio y el castigo, y aparece también otro joven,
italiano de Roma, con dinero, y falo pompeyano, y una
gobernanta que gusta revisar los papeles del escritor,
todos los papeles, hasta los que él desecha, y le
propone disfrutar del rasurado de los vellos púbicos,
que decora siempre con un bigotico hitleriano, y
Nuvoletta y un montón de personajes deliciosos en su
accionar, a veces breve, casi siempre interrumpido. A mi
creador lo seducen las interrupciones, es un raro en
estos comienzos de siglo, y un valiente haciendo en la
escritura lo que le viene en gana, lo que otros no se
atreven, porque como dice: cuando un escritor auténtico
persigue a la escritura tiende a desconocer, al
principio, que ya en dicha persecución se funda lo
literario. Ay, mi creador pudo estar guardado en
Vicennes charlando con Diderot, en una trinchera con
Apollinaire, en el instante en que la bala atravesaba la
cabeza del poeta, almorzar con Gombrowicz a la salida de
un banco en Buenos Aires, hacer sugerencias al polaco
para su novela Pornografía. Ay, muchos son los
personajes que aparecen en estas seis piezas, salidos de
una fecunda imaginación, de una vasta cultura artística
y literaria, de un verbo espléndido y exaltado.
Ay,
la palabra y el sexo. Creo en el sexo que produce a las
palabras, creo en las palabras que conducen al sexo. Ay,
creo en estas palabras que me erigen, que me construyen
renovado, y creo, ay, en el delicioso sexo que se anima
con las cartas de Abelardo y Eloisa, con las cartas de
Julia y Saint–Preux, tan llenas de contenciones. Creo en
mi, en el Creador que me vivifica, que puede llamarse
como el príncipe consorte de Victoria I, también como
Durero, creo en CIBERSADE, y lo celebro con una
prolongada masturbatio, muevo el largo y grueso fuste,
acaricio el capitel rojo y brillante de mi columna
corintia, está tan mojado, y regalo en salutación unas
ráfagas calientes, para mi creador, para los que me
leen, para mí mismo. Ay, que rico.
Octubre 18 del 2002, La
Habana
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