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El
cuento de La Jiribilla
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EL
GALLO EN EL ESPEJO
Enrique
Labrador Ruiz
Nunca tuvo Guachi muchas esperanzas de celebrar su
nochebuena porque, entre otras cosas, carecía de plata.
Pero del 20 al 30 seguramente se presentaría algo que
hacer, desde cargar algunas maletas en piqueras de
guagua hasta conducir jaulas de pollos, huacales de
frutas o matules de legumbres de las hortalizas al
mercado; algo, algo... Estos días siempre son propicios
al movimiento; la gente va de un lado a otro, hace
compras y en cualquier momento, por supuesto, sería
posible festejar la fecha.
En el huevo del ojo se le ve que ha pasado algún tiempo
frugalísimo durante el cual ha debido comer esas
ensaladas de aire y esas tajadas de chiflo, tan famosas.
Alguna aventurilla le ha tentado; no ha caído. Es un
muchacho con principios que no quiere mezclarse, a pesar
de sus amigotes, a la mala faena. Ha roto el vínculo de
familia, se ha escapado de la casa y no sabe en qué
emplear sus dieciocho años ociosos. Se ha escapado de la
casa porque le fastidia ser gravoso a su madre, estar
pesando sobre ella, y necesita abrirse paso, conquistar
el mundo. Solo que de este modo...
—Guachi; te viene bien abril una puelta... No te vas a
pasal la vida esperando que te caiga del cielo.
— ¿El qué? Yo no nací pa eso.
Y Guachi soporta la burla de los amigotes que merodean
por el mercado, pasa lo suyo, toma su café con leche
cuando lo consigue (la completa, cuando la suerte le
bate), duerme en cualquier portal y piensa que si
alguien le diera a vender unos billetes de lotería no
haría mala cosa. Porque él desea ganarse la vida
honradamente y cumplir, cumplir siempre. ¿No está en
tratos para sacar su carretilla, con viandas o frutas,
un día de estos, así que tenga para el fondo y la
garantía?
Un zapato se le ha roto ya, por el contrafuerte, por
donde casi nunca se rompen los zapatos. ¡La de
tropezones que ha dado! La de tropezones y reculones...
Y piensa que tal vez si fuera de noche en busca de
aquellos otros de vaqueta con que correteaba el barrio,
que deben estar todavía debajo de la cama donde los
dejó, podría hacer un cambalache y salir de apuro. Pero
su camisa no está mucho mejor que esos zapatos, y el
pantalón, bien mirado, ¿siquiera es decente? “¡No hay
suerte pa el hombre honrao”. “Yo iría —se dice—. Hace
tres meses que no veo a la vieja. Pero me da
vergüenza... Sobre todo que me pongan la vista encima
aquellos que antes siempre me tuvieron — ¡válgame Dios!—
por lo que debía haber sido: un buen hijo trabajador”.
—Pareces un finao —decía la madre un tiempito atrás; y
quería decirle que de tan sucio y destartalado semejaba
eso, un finao. Porque nadie daba a finao el valor de
finitud, sino que de abandono y destrozo.
— ¡Qué lááástima! —gritaba el borracho que andaba a pie
todo El Moro, toda La Lira, que dormía entre El Moro y
La Lira como quien dice: él, que siempre estaba entre
pinto y valdemoro—. ¡Qué lááástima!
Y esto lo plañía como en un silbo desgarrado, dando
tumbos en su noche de miserere. Y los muchachos le
preguntaban:
— ¿Lástima de qué, Zamora? ¡Tás completo!
—Que Zamora beba... ¡Qué lááástima!
La madre le decía:
—Mira, Guachi, a lo que se llega por mala cabeza.
Portarse bien, no hacer locuras, que te volverás un
perdío, como Zamora. Ya eres finao, pero si te bañas, si
te limpias... ¡Ayer, las medias! Voy a lavarlas... ¡A
ver, su camiseta! Mi filo no es un finao...
Y, ¡lo que quiere el pie!, bien que se veía camino de su
casa. Pensó que su mamá después de todo era su mamá, un
poco materia adjunta y minúscula, galifarda sin remedio,
cosa que le sonroja un tanto, pero su mamá al fin...
¿Cuándo su mamá iba a dejar de hablar tan raro? Bien que
en trasantaño anduviese con todos esos ous y meus, pero
ahora, ¿todavía? Si hasta los gusarapos que sirven por
el Vedado ya no dicen así, aunque hayan venido ayer de
allá, y se vuelven biyayas y parlan una letra de
guardacandelas. “¡No hay derecho, comadre!”
A su casa iba, no sin incertidumbre, a ver la vieja, a
buscar los zapatos. Venía a pie desde el mercado, con su
poco de cansancio, esperando que cayera la noche para
que los vecinos no le reconociesen y a lo mejor:
— ¡Miren a Guachi, que se le acabó la cuelda! Ya volvió.
— ¡El pobre Guachi! La estampa de la herejía... El
viento no se cocina, ¿eh?
Como seda se desliza frente a una casa de concreto, la
única en todo el barrio; en los dos barrios: en La Lira,
en El Moro. Miró por la cancela a hurtadillas. Unas
muchachas estaban en palique:
— ¿Qué te parece lo de Bismark?
—Pues me estropeó el domingo. Yo tenía que salir a
Rancho Boyeros, a un asalto de cumpleaños, ¡y ya ves! Me
rompió las medias.
— ¡Qué perrito el tuyo! Y eso que dicen que está criado
debajo del escaparate. En too se mete.
Le deslumbró una luz potente cerca de su casa,
iluminando su casa, la miseria de casa en que vivía su
madre. Bajo los focos vio el aguilón de una grúa girando
en todas direcciones, removiendo tierra y lodo para dar
paso a un camino. Veía eso que es trabajo y se ruborizó,
no por fuera sino por dentro. Luego se dijo:
—Ese Bismark es el perrito salchicha que le regalaron
a... ¿Cómo se llama esa muchacha?
Y viró en redondo. El brazo mecánico de la grúa como que
le estaba acusando sin piedad, por holgazán y vagabundo.
¿Qué cuento es ese? ¿Qué confusión siembra en su alma? Y
ya no pensó más en su madre, ni en sus zapatos, ni en el
pollón aquel que ya sería un gallo y al cual su madre
quiere como a un familiar cercano.
La pobre María Bidó, todavía muchacha de servir a los
sesenta años, como se acercaba la navidad estaba muy
triste. No veía a su hijo, se sentía achacosa, y si se
le preguntaba:
— ¿Qué tiene la doña? Dígalo, no lo escriba.
— ¿Además de calendario? —respondía—. Morriña...
A veces sacaba una carta, la única de ese tipo que
recibiera en toda su vida, copiada de tal cual
manualillo, a saber: “Distinta damisela: Confíome a
bondade qui non poide fallar á quen posexe unha
fermosura deslumeante, pra qui me perdoe o es trevimento
de isquirbir–le, o qui fago obrigado pal–a pasión
demasiado vemente qui as suas olladas espertaron no meu
corazón...”.
Por allá quedaba la firma del padre de Guachi, mohosa,
herrumbrosa; una sombra de humo como era el padre ahora.
¿Y dónde se había metido el hijo, proyecto de sombra
también? Porque no da señales de vida, se marcha y no
vuelve...; eso es, tal hizo el otro en tiempos...
La pobre María Bidó había hecho una promesa: vestirse de
saco un año si su hijo se quitaba de lo que andaba,
cualquiera que fuese el asunto en que se amarra. ¡Oh! Su
corazón no hace más que preguntarse: “¿En qué malas
piedras pone su planta el chico este? Debe andarse en
muy buenos malos pasos...”. Criado muy libremente porque
su papá —decía María— nunca se ocupó de meterlo en
cintura, saltarín de riscos y peñascales, flor de las
afueras, le dejaron hacer cuanto quiso sin ocuparse
nunca de averiguarlo. El padre había criado puercos y el
hijo se había criado, si no como esos gochos, punto
menos: comer, hocicar, dormir..., ¡y en santa paz!
Pero la María Bidó no se angustia mucho porque también
tiene, ¿cómo decirlo?, otro hijo. O se angustia en una
suerte de encantamiento, porque el otro hijo le resarce
de los dolores que le produce el Guachi. O el Guachi y
este, váyase a ver, es la misma cosa.
A veces sostiene conversaciones muy curiosas con
desconocidos que se interesan por ese bulto que siempre
lleva a cuestas:
— ¡Ababoles! Meterse a lo suyo; no es ningún finao...
O bien responde a aquellos que saben bien lo que lleva
allí:
—Maldito. No preguntes por gusto. Te harás muy feo y
orejudo.
Le había dado por plantarse a media tarde en el parque
Trillo, junto a un banco de hierro y listón, haciendo
hora para seguir a su trabajo. Pero como ponía el asunto
sobre el banco y, ¡vamos!, los bancos están hechos para
que se siente la gente y no se manchen la ropa, María
sacaba un trapo, y tendiéndolo cuidadosamente emitía con
ternura:
—Tesoro: así no harás daño. Arrecochínate bien...
Los transeúntes miraban aquello y pensaban: “Debe estar
chiflada esta mujer...” El guardaparque daba la vuelta,
se detenía maquinalmente y ella, una y otra vez:
—Puedo quedar, ¿no es eso? Todo está bien; el palio lo
pongo por si acaso...
De tanto detenerse ante ella el guardaparque, María tomó
confianza y pasaba más tiempo ante el banco, de pie,
siempre de pie, mirando para su amor. Un día un
comerciante retirado se detuvo a interrogar:
— ¿Y qué hace usted con ese gallo aquí, mujer?
—Pero si es un pollo, caballero —dijo ella—. Un pollo...
—Bueno, ¿y qué? Le pregunto qué hace.
Muy asustada, solo acertó a decir, de corrido:
—Le paseo... Le traigo a ver el verde. No tiene más que
nueve meses, un pollo... ¡y mire qué carne! No parece
sino carne de gente. La señora de la casa donde trabajo
le dio con la uña en la pechuga. ¡Mala! ¿A que no se
figura usted por qué hizo eso? ¡Quien va a saberlo! ¡Oh!,
fíjese qué plumita esta del rabo... Esto sí es pluma
bonita; la misma con que se hacen los plumeros chinos,
sí, señor. Mi filio es muy bueno; se garra con las uñas
a esto que le pongo..., como si fuera faldellín. Le
llevo aniñado, con su almohadita y todo. La señora tiene
que admitirlo; ese fue el trato. Y ella le dio con la
uña, me parece a mí, por si tenía abajo sangre azul, de
tan majo como se ve. ¡Ababoles! No hace daño a nadie. Yo
llego a la cocina, lo marro a la pata de una silla pra
que no ande estorbando, y él se está quieto ahí hasta
que le echo el desayuno. Desayuna igual que yo: pan
mojao con leche; pan blando... Aquí, en mi cartera, ¿qué
llevo? Señor... Maiz y arroz pra él. Cuanto toco la
cartera, tenga o no hambre, él se acerca, viene
corriendito... Sabe que es su comida, porque el mi filio
no come cualesquiera cosa. Le quiero como a filio;
duerme conmigo y el muy ladino me abre el día canta que
te canta. Bunito que canta ya... Si viera como canta el
chequetín de su madre... ¿Que si me sigue? Como a
sombra; no pierde paso... Y aquí le traigo, señor, pra
que mire el verde... No, yerba no come; no quiere
tocarla; pero el verde gústale.
— ¿Y por qué no lo deja en la casa?
— ¿En mi casa? Solito el pobre...
— ¿Tiene miedo que se lo roben?
—Rubarlo pueden, ¡hasta mí!, pero tendrán primero que
matarme. Yo velo.
— ¿Y si se lo matan?
—Lo seguiré cuidando; lo seguiré viendo, muerta y todo.
El hombre se inclinó, y con una delicadeza, con
simpatía:
— ¿Qué le pasa? ¿Está herido?
—Se le trastornó una patica. Fui por almidón, sebo y
pabilo. Dile masaje; púsele una bizma. Esto tiene; una
bizma. Sanará...
Hubiera querido proponerle trabajo en su casa, pero
pensó en su mujer, la cual era muy quisquillosa. “Y es
una lástima, porque se ve que tiene buenos sentimientos
y caridad cristiana... ¡Oh; se encuentra poca gente
así!”
La cúmbila habla de sus hazañas, de los negocios que hay
que hacer, de las estúpidas persecuciones policiales, de
lo poco que se puede contar con ese Guachi, tan zoquete
que no pone media.
—No silve ni pa desvalijal un camión roto, lo más fácil
del mundo. Bueno, ando en un ten con ten con él; no le
doy na.
—Si se ha constituío a pedil —dijo otro—. No hace más
que pedil, como un poldiosero, ¡tan joven! Con lo bien
que abriría una puelta...
Pasó Lanza con su fotingo escandaloso y gritó:
— ¿Alguno va de camino? ¡Pal Cotorro!
—Bueno, si me llevas en el asiento del bobo... Los
asientos de atrás estaban ocupados por dos placeros y su
conversación era muy viva. Uno decía que estaba pensando
dedicarse a sembrar lichí, que los chinos andan pagando
a ochenta centavos la docena tal si fuera una ambrosía.
¿Lo era? “A los tres años se da —aseguraba este—, y
dicen que se da muy bien. En China a veces ni a los
ocho... Pero aunque sea a los cinco aquí...”. Y
describía el litchí chinensis, rojo como púrpura, suave
de carne, del tamaño de un mamoncillo..., buscado, muy
buscado por los que saben comer. El otro hablaba de
clavar fuertes clavos, de esos con que se coge el raíl
al polín, para que las matas de cocos que tienen flojera
en sus racimos se fortalezcan y los aguanten. Y de que
había visto que un vecino enterraba tarros de buey al
pie de sus naranjales con el fin de que salieran dulces
las muy agrias, en vista que los injertos deforman un
poco el fruto...
No se habían fijado en el que iba en el “asiento del
bobo”, junto al chofer, pero su catadura de pronto les
fue familiar.
—Y esa botella pa Bijirita, ¿a santo e qué, Lanza? El
corazón del aludido dio un brinco. ¡Pero si le conocían!
Y él que venía pensando que este fotingo podía romperse
en el camino; a lo mejor Lanza lo había llamado porque
esperaba tal rotura y bueno era tener un machacante; que
si en el accidente había heridos, a estos heridos había
que conducir a curar, y que en caso de que la golpeadura
fuera de marca mayor pues hasta posible que perdieran el
conocimiento, que muriesen..., con esos monederos
repletos de billeticos. .. ¡Dios mío! Y saber que en la
casa de socorro los pasarán por la piedra. ¡No! Solo que
estos placeros que llevan sus cuchillos a veces con un
corcho en la punta, a fin de protegerse si caen o
resbalan, pueden también hacer volar ese corcho no tan
prevenido como para que no deje actuar en su momento la
buena punta jamás embotada. Pero heridos, con las
cabezas abiertas, sangrantes, ¿podrían valerse?
Bijirita se rehízo en seguida, y viendo que Lanza se
metía por estrechos boquetes entre carro y carro a punto
de remellarlos a todos ellos, divisó puerto seguro
súbitamente:
—Cuela por ahí, compa, pero con cuidado... ¡Y aquí me
quedo! Mi botella es chiquita, caballeros.
— ¿En este descampao?
—Cierto y cabal. ¡Punto redondo! ¡Cuela!
Luego le comunicó por lo bajo a Lanza que quería ver a
unos que andaban en el trapicheo de la fumadera; que
necesita encontrarles por estos rumbos, y que otro día
no lo invitase más a subir a una santabárbara tan
repleta de pólvora.
Junto a la bodega conocida por la del Ñato una camada de
casas verdes se apuntalaban entre sí. Cierta de ellas
dio norte a Bijirita. Aquí venían a tratar los
revendedores que escurrían peligro poniéndose a buen
resguardo.
—Yo soy el recomendao, compa, y necesito unos prajandís.
Después de mirarle detenidamente, el que parecía
currillo le dijo:
—Cogiste la guagua equivocá; de eso no hay.
— ¿Y qué hay? Porque yo vengo recomendao de parte...
—Mota —emitió el otro cuanto oyó el nombre invocado—. Y
dile pa otra vez te dé un papel.
—Chantillón —completó el currillo—. A ver si nos
entendemos.
—Bueno, es que ustedes no me quieren explicar. Lo que
tiene de do-re-mi-fa-sol... De templar la guitarra...
“Este no es más que un alcanzador” —pensaron a un tiempo
los socios, y para salir del atasco dijeron precio y
condiciones. No sé qué alegó Bijirita de conseguirla más
barata y fue abatido por recelosas miradas.
—Competencia en esto, ¿eh? Briegas de patanes querrás
decir.
— ¡Hala! —amenazó el otro—. Y alma en boca y huesos al
costal, que si no... ¡Apura!
Vuelto a la cúmbila, con una posible confidencia encima,
oyó cómo Cufí decía:
—Lo que flota en el agua es el huevo podrido; la basura.
—Digo —respondía Bayoco—-; como el funerario de mi
pueblo: tarde o temprano te alcanzo.
Este desatinado diálogo ladeaba una cuestión, es decir,
consumía perífrasis y circunloquio. Los buenos muchachos
no ven el momento de escalar, ellos también, las cumbres
que otros escalan. Bijirita irrumpió:
—Bueno, ¿y qué preparan ustedes pa nochebuena? La tenemo
encima, y hay que festejaría.
—Yo arreglé ya la mía —contestó Bayoco—. ¡Y de arribales!
— ¿Ensartaste la aguja? Eres un cairoa.
—Me puse al dao, gané unos quilos, y aunque me los
deben...
—Cara...po, ¿a quién abancuchaste?
—Al tipo ese que me tiró un rentoy ayer. Le di al
principio changuí y luego, con el cargao... Cuanto pague
me pongo...
— ¿Y tú qué pones? —dijo Bijirita volviéndose para
Guachi—. Tienes una facha de cotorra con moquillo..., ¡y
cojeando! Pásate un sedal por la rozadura esa... Punto
redondo: desaparece el agua. ¡Y alístate pa los prajis!
—Veremos a vel —dijo Guachi—. Tal vez ponga lo más
importante, ¿qué les parece? Depende...
Y sin intención deliberada, porque aquello fue tomado a
beneficio de inventario, todos se intrigaron por saber
qué cosa podía allegar para la fiesta de navidad al
pobrecito Guachi, y pensaban como la cosa más natural.
“Guachi, te viene bien abril una puelta”.
La llana del albañil que empareja material se ha
detenido en mitad de la obra a las seis de la tarde. ¡Ya
no más! Pues no es un día cualquiera el 23 de diciembre,
esa víspera de tres o cuatro días atorbellinados en que,
reglamentariamente, debe uno embriagarse y de modo
indubitable comer hasta el hartazgo. “¡Basta!”
Guachi venía sigilosamente, cantando bajito como se
dice, y otra vez..., ¡la casa de concreto con sus
muchachas parlanchinas!
—Es muy grande paa ella —decía una en voz muy alta—; es
un siete piso... La tendrá que levantal en vilo paa
besarla, ¿no?
—Será enana —interrumpió la que estaba leyendo—, ¡pero
muy presumida! Eso sí... ¿Y quién quita que la quiera?
— ¡Ay, qué mona! —dijo otra—. ¿La quiere? ¿Te consta a
ti?
Cuando decían “¡qué mona!” era, tal vez, para decirle,
eso..., encubiertamente, porque para decirle graciosa o
simpática no había deseo aparente. ¿Acaso no contrariaba
ella la opinión general de que aquella enana tuviese un
enamorado tan alto, tan buen mozo? Si uno supiera cómo
se manejan las mujeres entre sí, para encarecerse o
menospreciarse, los tonos que usan en la voz, en el
acento, los diferentes grados de decir, pues no sería un
sabio y en esas no estamos. Guachi pensó cabalmente que
para ser un sabio...
Bismark ladró; le miró desapaciblemente. Chato, orejudo,
criado debajo de un escaparate, formando parte del
suelo, nacido de las entrañas del mosaico, pura
pamplina... Le puso todas estas tachas a Bismark porque
le ladraba y se dijo que para ser un sabio...
—El 25 montería, Ana. ¡Qué rica la montería! Y los
rabanitos picantes. ¿Te gusta a ti el turrón de
almendra?
— ¿Y el 24? ¿Qué haremos el 24 después de la cena?
¿Dónde iremos a bailar?
Siguió pegado a la sombra; pensó: “Una cuenta pa lante;
otra pa trás”. El calcañar le dolía un poco; la peladura
con el frío le echaba chispas. “Si tuvieran —se dijo—
toavía los sapatos e vaqueta abajo la cama...”. Iba
sorteando los círculos pálidos de luz, los faroles; el
viento se helaba por minutos. Le pareció ver de pronto
la casa, le pareció escuchar algo; paró la oreja; la
vieja estaría fuera, en la colocación..., ¡y la casa
sola!
Entraría en su casa como Pedro por su casa, ¡zas, zas,
zas!, pero, señor, ¿qué iba a pensar la vieja cuando
viese la cosa? “Bueno —había resuelto—, pa eso mi mamá
es mi mamá..., y más perdona Dios y no pregunta”. Las
voces se precisaron:
— ¡UPJ El mosquito tá telero; con frío y too, ¿eh?
— ¡Y bien!
— ¿Y teas fijao tú en un detalle? Que el mosquito de
aquí no canta... ¡Suuuung! ¡Piaf! Y te quema... Pero no
canta. ¿Cómo sabrá él dónde está uno en la oscuridad? Y
no canta pa cogerte al seguro... ¡Piaf!
—Esto de la oscuridad me recuerda... Aquí mismo en este
barrio... Lo más gracioso.
—A ver; dime.
Guachi estaba indeciso; no quería que le viesen entrar a
la casa, y estos hombres, ¿qué hacen ahí parados en el
paso mismo? Había pensado mucho en aquella plata que
tenía su madre metida en el forro de la colchoneta,
plata de verdad, entre el miraguano de la colchoneta,
buenos pesos plata, redondos, grandísimos, con un perfil
de mujer en el medio. Un montón.
—Pues figúrate..., me meto un día en el servicio del
café ese de mala muerte... “Cuidao, que hay uno” —oigo—.
Ya le había dao su baño de regadera; venía muy urgente.
Reculé; entonces el hombre gritó: “No má amoniaco; ni en
la casa de socorro lo dan ya...”.
—¡Qué pasó!
—Na; me dijo después de secarse: “¡Ñinga!... Lo que
necesitas..., lo busca tú en otra palte. ¡Qué lááástima!
¡Qué lááástima que Zamora beba!” Y se volvió a dormir.
Guachi se rió sin querer. ¿Se imagina usted la escena?
El infeliz borracho negándose a abandonar el sitio,
señorean do el sido, “su” sitio...Y ahora les vio la
cara a los conversadores, recostados a una pared,
charlando placenteramente, esperando nada, de servicio
rutinario por aquí, o, ¡quién sabe!, sobre una pista...
Guachi pensó volverse atrás; abandonar su idea. En medio
de esta dubitación se dejó ver medio cuerpo bajo la luz.
Le gritaron:
— ¡Hombre! Párate ahí.
— ¿Buscando algo? —le increpó el otro—. ¿A afanar?
Guachi pegó un salto imperceptible, pero salto al fin.
Creyó otra cosa y su mirada rabitiesa se puso en
guardia. Se dejaría registrar; no llevaba nada encima.
— ¿Qué pasó? —dijo uno con tono afable, falsamente
dulce—. ¿Se conversa o no se conversa?
—Usté dirá...
—Mira, ni —dijo el otro tomándole por el cuello de la
camisa sucia—; te quiero preguntar... ¡Pero me dice la
verdá!
Se vio perdido. ¿Cómo no iba a darse cuenta que le
conocían sus trapicheos? Eran los falsos placeros que
hablaban del lichí, de los tarros de buey al pie de los
naranjales, de los clavos enterrados.
Y él era el amigo de Bijirita; tal vez para ellos el
ecobio íntimo de Bijirita.
Dentro del comedor de su casa María Bidó, que tenía el
día libre porque mañana 24 trabajará todo el tiempo sin
detenerse, limpiando, fregando, volviendo a limpiar y a
fregar, daba vueltas presa de extraña inquietud. Unos
gritos la habían alarmado; un sueño la tenía sobre
aviso, el remordimiento de no haberse puesto la promesa
de saco le quemaba adentro. Si no fuera por la compañía
de su gallito, ¿qué mejor hacer de su destartalada vida
que echarla al agua, como lo había soñado noche por
medio?
Este gallo tenía una sola veleidad que no se ha dicho:
se portaba como persona mayor, se miraba en el espejo.
Silencioso, altivo, de vez en cuando se miraba en el
espejo. Curioso punto: jamás cantó ante el espejo a no
ser el día que quisieron robarle a ella unas faneguitas
de maíz para hacer rollón. Batió alas; el poderoso pecho
de vainilla, abierto; las gallardetas de canela,
engrifadas. Ella sentenció:
—El que pierda el tino ante el espejo, no sé... no sé...
Será que se asusta de verse tan buen mozo, el muy majo.
Algún quejido llegó de nuevo al borde de su conciencia;
algún ladrido de perro airado también. Volvió la vista:
su gallo se miraba en el espejo, desafiante, anunciador.
¡Coqcorocó!
— ¡Válgame el cielo! ¿Qué sucede?
¿Percibió ella el daño? ¿Lo infería en su entraña de
madre? Se acercó a una rendija y cogió al vuelo:
—No estoy conforme. Zapatos viejos, ¿tú? ¡A ver la yerba!
¿Dónde la cargas?
—Pero si vengo a buscal el gallo de máma, teniente. Ese
bonito que tiene ella... ¡Se lo juro!
La pobre María Bidó salió a la puerta, gritando:
— ¡Ababoles! Acabarás de llegar, rapaz. Mira, ¡ponte
recontento!... A ver si te lo comes mañana noche con su
buena botellita...
Y como volviendo de un desvanecimiento:
—Perro sin dientes..., ladra cuanto quieras; no
morderás.
Lo decía por Bismark, juanetudo, muy abierto de patas,
ojos de huido, confinado en el silencio. Lo decía por
los expertos, a los cuales instintivamente odiaba.
Quería, tal vez, quedarse a solas con el hijo baldonado,
que ellos se fueran, y eso se logró no se sabe cómo.
— ¿Y qué te pasa, encantiño, en ese pie?
—Na... El zapato me aprieta; es durañón como diablo. De
huirle me hice la ñáñara.
—Sea Dios testigo. Como el gallito, mi filio. Él les
manda iguales padecimientos; iguales suertes. A ver, que
te haré una bizma; almidón, sebo carnero, pabilo.
Le enjugó la frente con su pañuelo:
—Magulláronte, filio. Sentite balar como ovella. —Y
después de mirarlo amorosamente:
— ¿Por quí choras? Daríate unos duriños... pra que
corrieras la tuna... ¿sabes?
Fue al cuarto; volvió con algunos de los gordos pesos de
su colchoneta, tarareando:
Dizía la fermosinha
ay deus, val!
como estou d’amor ferida,
ay deus, val!
Su vieja mano extendida temblaba un poco. Guachi no tocó
aquella plata; temblaba un poco. Ella volvió a decir:
—Pillo, ¿por quí choras?
—Quiero mis encoriocos viejos, máma.
—No es rabia, ¿eh? Bobito, no llorar.
Y poniendo el gallo entre su pecho y el pecho de su
hijo, le penetró tal alegría y dejadez que las monedas
cayeron al suelo, desparramándose. Luego el gallo las
fue signando distraídamente con su pico en una ceremonia
incomprensible.
Tomado de Carne de Quimera. El gallo en el Espejo.
Editorial Letras Cubanas, 2000.
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