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Había que aprender a amar con los ojos abiertos. Después de todo, el cine es el único sueño que se tiene con los ojos abiertos. Una sala es el único lugar en el que, a oscuras, vemos más.


Eliseo Subiela


Al principio, el cine era para mí ante todo, el lugar donde más tiempo pasaba con los ojos cerrados.
Las salas de mi barrio (había tres) eran el mejor lugar para besarse con una muchacha.
Preferentemente en el “gallinero”, como se le decía a aquel confín del superpulman más lindero posible con la cabina de proyección.
La película era lo de menos. Y además “la película” solían ser tres o cuatro “westerns” o “bélicas”, exhibidas en continuado.
Muchos héroes morían cada tarde ante la indiferencia de mis ojos que, cerrados, miraban hacia otra parte, construyendo con mi chica, beso a beso, una película distinta.
Sin dudas era el adelanto de una constante ideológica que, años después se verificaría en mis películas: el amor vence a la muerte.
Con el tiempo, esa costumbre se fue modificando.
A los 16 años, difícilmente alguna novia mía habría sobrevivido si, para darme un beso durante la proyección, hubiera intentado apartar mis ojos de Anna Karina, o Jean Moreau. Esa fue mi primera “ruptura” con el barrio.
Yo me fui para las salas de “cine arte”, el centro de la ciudad, y muchos amigos siguieron en aquellas superpulman, practicando sus caricias en medio del fragor de las explosiones.
A mis nuevas novias, más que distraerse con boberías románticas, les importaba tomar un café luego de la proyección para hablar de Wajda o Godard.
Estábamos creciendo.
Había que aprender a amar con los ojos abiertos.
Después de todo, el cine es el único sueño que se tiene con los ojos abiertos. Una sala es el único lugar en el que, a oscuras, vemos más.
Si yo fuera arquitecto me hubiera especializado en la construcción de cines.
No ya por mi amor a las películas, sino porque no me parece que pudiera haber una misión más poética de la arquitectura que la construcción de espacios donde la gente va a soñar.
Una vez que fui cineasta profesional, mis sensaciones en la oscuridad de la sala de cine se fueron modificando.
Ahora confieso que cada vez que se apaga la luz de la sala, yo siento una especie de acuciante pregunta que me hermana con todos los cineastas del mundo: ¿Y ahora que te cuento?
Aunque la película no sea mía.
Y también me parece oír el silencioso coro de las respuestas de la gente, esperando en sus butacas:
“Cuéntame algo que me dé miedo”.
“Cuéntame algo para que no tenga miedo”.
“Cuéntame algo que me haga reír. Lo necesito”.
“Cuéntame algo para soportar la realidad”.
“Cuéntame que antes de morir viviré un gran amor”.
“Cuéntame que la vida no es sólo ir a la oficina todos los días”.
“Cuéntame, cuéntame...

Una sala de cine es el único ámbito donde los adultos confiesan la supervivencia de la infantil necesidad de ser arrullados por un cuento.
¿Se imaginan al gerente de un banco, tomándome la mano, diciéndome: me cuentas un cuento?
¿A un general de brigada, suplicándome: cuéntame un cuento, que me da miedo la noche...?
¿A un ministro de economía tratando de disimular su pudor al pedirme: cuéntame un cuento donde lo que más importe sea el amor...?
¿Se imaginan que algo así pudiera ocurrir en la vida real?
Por supuesto que no.
Sin embargo eso ocurre en las salas de cine, que son las sedes diplomáticas universales, a las que los seres humanos acuden a pedir un salvoconducto para sus sueños.
Haciendo uso del anonimato de la oscuridad, el gerente de banco, el general de brigada, el ministro de economía, obstetras y abogados, culpables e inocentes, víctimas y asesinos, todos por igual hacen el mismo pedido, formulado de distintas maneras, de acuerdo con su rol social:
“Sácame de aquí, que para eso te pago”.
“Déjame soñar un ratito con esa maravillosa posibilidad que la vida no me da: ser otro”. En suma: “cuéntame un cuento”.
Después de todo, las cosas no han cambiado tanto desde aquellas matinés amorosas de mi adolescencia.

Mi oficio sigue siendo el mismo:
Entretener en la oscuridad.

Tomado de Nuevo Cine Latinoamericano.
Número 1, diciembre 2000, Págs. 16-17.

 

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