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GONZALO RUBALCABA DIEZ AÑOS DESPUÉS:
NOTAS PARA UN REENCUENTRO
"Yo
percibo que en estos años siempre ha rondado en mi vida
y en mi creación el tema del reencuentro. Ha sido
una constante durante mucho tiempo como parte de la
sociedad cubana, como parte de todos aquellos que viven
en Cuba o fuera de Cuba y se sienten cubanos igual y
sienten que están hablando por Cuba, o que están creando
por Cuba, o luchando por Cuba". Entrevista con Gonzalo
Rubalcaba en exclusiva para La Jiribilla.
Tania Cordero
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La
Habana
Una década
sabe muy larga para quienes lo siguen desde que Dizzy
Gillespie lo descubrió en La Habana y lo puso a dialogar
con el mundo. Sin embargo, la ovación del público cubano
ha de haberlo perseguido como una sombra en estos años
de ausencia de los escenarios nacionales, que no del
encuentro con los orígenes y los amigos.
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Resulta sintomático
que Gonzalo Rubalcaba rompa este desencuentro
precisamente en la edición 20 del Festival Jazz Plaza
que lo conoció siendo casi un adolescente. Eran los
tiempos en que todos lo llamaban Gonzalito y el Festival
tenía su sede en la Casa de la Cultura de Plaza, un
patio humilde que se apoderó del talento joven e
irreverente. Los melómanos, informados con mayor o menor
extensión por la prensa cubana, han seguido sus éxitos
internacionales y han acusado recibo de sus continuas
nominaciones a los premios Grammy, reconocimiento que
llegó finalmente a sus manos en la edición latina de
este año. Radicado primero en República Dominicana y
luego en Estados Unidos, el pianista opina, sobre todo,
de música y establece una relación más esencial que
puntual con la vida cubana. Reflexivo, sobrio, audaz,
Gonzalo se entregó a este intercambio a propósito de su
condición de jurado del Premio
Iberoamericano Jazz Latino 2002 que auspicia la
Sociedad General de Autores y Editores.
-¿Has titulado a tu
presentación Concierto de Reencuentro. Con qué
expectativas llegas a esta función?
-Regreso con la
música del disco Supernova, realizado en vivo y
que obtuvo el Premio Grammy Latino de este año, con el
cual yo me siento muy contento. Es un nuevo paso en mi
carrera como compositor y como intérprete. La gente es
siempre la que dice la última palabra, la que recibe el
mensaje, la que apoya, la que hace la historia con las
propuestas nuestras. Creo que es un disco que toca muy
de cerca muchos lados de la música cubana, de etapas muy
diferentes dentro de un margen de elaboración acorde con
los tiempos en que vivimos. Desde el punto de vista
morfológico, métrico, ya hablando en términos teóricos,
parte de géneros como el danzón, el bolero, o
simplemente de células, de códigos, de signos que son
parte de la tradición de la música cubana de los últimos
60 ó 70 años. A mí me toca de cerca por venir de una
familia muy involucrada dentro de la tradición de la
música cubana bailable, pero no es un compromiso de
obligación, sino un sentimiento, es algo que forma parte
de mi formación y de mis experiencias desde que era un
niño. Fueron las cosas que vi, que me alimentaron como
artista y como ser humano y que ahora están brotando de
una manera espontánea. En cierta medida es rendir un
tributo a la propia historia de la música cubana, a los
grandes músicos que ha dado este país, y a todo lo que
significa para mí hacer música; es el vehículo más puro,
más solidario, de más libertad.
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Junto
a Issac Delgado, momentos antes de partir al ensayo |
Desde que llegué
siento que será un concierto muy emotivo. Siempre te
hacen preguntas alrededor del mundo. Qué significa estar
en España o qué significa estar en Alemania o en
Turquía. Cada sitio tiene una magia, en cada lugar uno
se entrega, aprende algo. La música que uno hace cada
ocasión tiene como un maquillaje diferente, sin perder
la esencia, o una luz que está acorde con la energía,
con la vibración del lugar. Pero resulta que aquí hay
algo especial porque es donde uno nació, de donde uno
viene. Yo nunca he perdido el vínculo con mis valores,
mi familia, los cubanos. Lo practico a través de lo que
es mi personalidad, mi forma de ver la vida, pero
practico la cubanía a través de mi percepción de lo que
ese término implica. Trato de estar al tanto de lo que
pasa en órdenes diferentes de la vida cubana, una vida
cubana que ya no se produce solamente dentro de Cuba,
sino que se produce en el mundo entero, por la
repercusión de lo que se hace en Cuba y por la presencia
de tantos valores y talentos alrededor del mundo cubano
representando a Cuba o haciendo música cubana o
simplemente tratando de extender el legado de la música
nuestra.
Este es un
reencuentro y pienso que muy emocional, más que
profesional, muy espiritual; así lo veo, así lo siento.
Experimento una gran alegría con esto, pues abarca no
solo mi presencia en lo singular, sino además de quienes
me acompañan en esta ocasión, Berroa, Gola y el equipo
de trabajo que tiene que ver conmigo, que me está
acompañando, que sienten igual.
Yo percibo que en estos años siempre ha rondado en mi
vida y en mi creación el tema del reencuentro, o de la
fractura, porque cuando se habla de reencuentro hay que
hablar de la contrapartida. Ha sido, además, una
constante durante mucho tiempo como parte de la sociedad
cubana, como parte de todos aquellos que viven en Cuba o
fuera de Cuba y se sienten cubanos igual y sienten que
están hablando por Cuba, o que están creando por Cuba, o
luchando por Cuba, o sienten que están criticando a
Cuba, y cuando hablo de crítica, hablo de crítica
auténtica, con puntos de vistas en pos de ayudar a Cuba
e insertarla en la arena internacional. Creo que un
reencuentro es precisamente eso. En el caso de Ignacio
Berroa, que es el baterista, hace 22 años se fue de Cuba
y nunca había vuelto, lo cual no ha significado desde el
punto de vista emocional o intelectual una desconexión
con la isla. Una desconexión con Cuba sería tratar de
evadir o de evitar ser cubano, lo cual no veo cómo se
podría producir. Pero ha resuelto su vida en otro
contexto, un poco lo que está pasando conmigo, con el
bajista Gola, lo que ha pasado con otros tantos. Creo
que se hacía necesario tratar de establecer este camino
de ir y venir como un derecho. Es de hecho una necesidad
en los momentos actuales.
-¿Artísticamente cuánto crees que aporte ese ir y venir?
-Creo que lo mantiene
a uno muy fresco con relación al proceso evolutivo
interno de un país, en contacto con el pasado y su
repercusión en el presente, cómo se manifiestan las
nuevas generaciones, qué pretenden hacer, qué quieren,
qué no quieren, cómo lo ven a uno mismo, no a través de
interpretaciones periodísticas, sino a través del
contacto personal. Estas cosas lo afectan a uno, lo
influyen de alguna manera.
-¿En la música que has hecho en los últimos diez años,
hay algún tema específico que aborde esta circunstancia?
-Creo que en mi caso
está presente en todo lo que hago. A veces de manera más
evidente, otras más encubierta, no porque exista un
temor a ser evidente, sino porque son diferentes
demandas de tipo creativo. No siempre lo que se expone
desde el punto de vista artístico se quiere que sea
totalmente evidentemente dicho, sino elaborado de manera
más compleja o diluida, pero está constantemente. Los
códigos que ya son parte del a,b,c
de la historia de la música cubana están presentes como
géneros o fraccionados, pero como ingredientes al fin de
la música que se hace a diario. En mi caso,
específicamente, decía que esto se acentuaba mucho más
por la trascendencia mía, por mi familia. Yo vi hacer
las cosas, vi cómo se producían los discos y fui sin
querer partícipe de lo que estaba sucediendo; aunque no
fuera consciente, estaba alimentando con todo eso mi
memoria. Hay un día en que uno se pregunta qué va a
hacer con todo eso y se empieza a manejar a partir de
esas referencias, a ver en qué medida con el oficio y el
entrenamiento que se tiene, uno puede ser protagonista
de un proceso de extensión de esas experiencias de
evolución, de desarrollo. Eso es un poco lo que ha
pasado conmigo.
-La crítica ha dicho
de este último disco tuyo que, sin rehusar a los
sintetizadores, ¿se apoya mucho en lo acústico. Hasta
qué punto te sumas a esta opinión?
-Es curioso. Hubo una
etapa en que parece que se saturó el mercado del uso de
la sonoridad electrónica, o tecnologías modernas para
reproducir música. Desde luego hubo gente que fabricó
todo un lenguaje musical valioso, hubo otros que se
escudaron en la tecnología simplemente porque contaban
quizás con la piedra necesaria para crear un buen
trabajo musical y creían que la tecnología podía suplir,
podía llenar esos espacios de talento o de creación.
Pero hicieron mucho daño, porque esto fue lo que llevó a
la saturación del público, del mercado, de promotores de
arte que empezaron a rechazar todo lo que venía con
algún tipo de ingrediente electrónico. Nos costó mucho
trabajo durante mucho tiempo a los que creíamos en ese
tipo de tecnología volver a crear ese sitio de
confianza, de credibilidad, porque quizás es verdad que
faltaba algo de balance a la hora de contraponer la
tecnología con los valores ya establecidos.
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Yo creo que eso es
uno de los logros de este disco. Supernova pone
las cosas en la dosis necesaria. Al fin y al cabo las
artes todas son una percepción muy personal, muy
singular. No estamos hablando de algo que deba ser
absolutamente la verdad, sino mí verdad. Si esa verdad
tiene eco y es recibida por muchos como algo con lo que
se puedan identificar, como algo que crea expectativas,
estamos habando de algo que alcanzó más de lo que uno se
proponía. Y eso es lo que está pasando con Supernova,
que siendo un poquito observadores hemos tratado de
averiguar cómo y dónde debe participar la tecnología en
esto. Es una propuesta musical que fue pensada a través
de los medios tecnológicos más avanzados o, mejor, fue
pensada en su inicio a través de los medios más
acústicos o convencionales; de hecho fue pensada a
través de los medios más convencionales que es el trío
acústico. Si vamos a incorporar la tecnología, esta no
se puede convertir entonces en una competencia interna
del proceso de elaboración, tiene que ser un colaborador
y un colaborador que no estropee el mensaje que se
quiere enviar a través de un formato acústico. Es un
poco una reflexión física-acústica, una reflexión
estética, por supuesto, composicional, de
instrumentación y yo creo que funcionó, porque está, no
molesta, no nos percatamos de que está, o más bien nos
creemos que tenía que estar. Si lo quitamos se nos
pierde algo. Con eso nos sentimos muy remunerados y creo
que para mí, que estuve metido en la tecnología en un
momento determinado, es un capítulo, una espina que
tenía un poco incómoda.
-Perteneces a una
generación posterior a los grandes maestros del jazz
cubano. ¿Cómo definirías a esa hornada generacional que
integras junto a Ramón Valle y otros instrumentistas
reconocidos a nivel mundial?
-Es muy difícil para
uno mismo autodenominarse. Yo pienso que es una
generación muy desprejuiciada, sobre todo por el acceso
que ha tenido a escenarios muy diversos, a medios
sociales muy distintos, muy contrastantes. Pienso que
eso es lo que ha hecho a esta generación tan atrevida,
tan desprejuiciada, a veces tan inocente, o
sencillamente tan democrática. No es que las cosas nos
“resbalen”, pero creo que esta generación es capaz de
oír a los demás lo que ellos tienen que decir, aunque no
esté de acuerdo con lo que digan. Creo que es lo que nos
hace diferentes, rasgos que nos definen y nos determinan
como generación y como espacio que hacía falta que
cumpliera esos requisitos para poder denominarla como la
próxima generación. De todas maneras, creo que también
se ha acentuado en esta generación la singularidad, es
decir, el trabajo personal. A finales de los ‘80,
principios de los ‘90 lo que más solían formarse eran
grupos, orquestas; pero en el jazz hay más
individualidades. Había también esa necesidad de darle
un espacio al yo; encontrarme conmigo primero para saber
qué papel juego a la hora de integrarme. Los demás
rasgos son logros personales, que yo digo que no están
atados al karma de una generación, sino al karma
individual, al destino propio.
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