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El cuento de La Jiribilla

CAMBIO DE VIDA
 
Esther E. Díaz Llanillo

Miró a su alrededor: las ventanas estaban abiertas y una luz tenue entraba depositándose con precaución sobre las camas de los pacientes alineadas en una repetición constante como las teclas blancas de un piano.

Llevaba días allí y esperaba le dieran el alta de un momento a otro. Había sido una bronconeumonía aguda, pero la sobrepasó debido a los antibióticos y a esa naturaleza resistente que, gracias a Dios y a los genes, había heredado de su abuelo paterno.

Una enfermera de blanco uniforme entró en la sala y empezó a distribuir termómetros y pastillas a diestro y siniestro. De vez en cuando, una inyección. Él se volteó para que le pusieran la suya dejando la amplia superficie de su glúteo pálido y joven expuesta a la curiosidad ajena. El pinchazo fue rápido y alegre, pero el líquido que propulsó era malévolo y punzante. En fin, no le quedaban muchas más que soportar, pronto las olvidaría todas.

Miró a su derecha, donde yacía aquel viejo enjuto, más parecido a una imagen del Quijote que el Quijote mismo. Había llegado en estado de coma y en él seguía. Debía de ser muy importante, pues no s0lo los familiares, sino también los amigos se interesaban por él turnándose para velar su perenne sueño. La hija, sobre todo, lloraba constantemente a su lado como si ya fuera un muerto en vida; y eso mismo era, solo que no acababa de morirse.

A las ocho vendrían los médicos. Faltaba una hora y, antes, todos los pacientes debían de estar bañados y arreglados como para una fiesta, así que no lo pospondría más, se dispuso a ir al baño y asearse, pues al fin y al cabo él había sido uno de los primeros en abrir los ojos esa mañana. Se incorporó en el lecho e iba a ponerse de pie cuando sintió una mano sobre su hombro.

—No se levante. Acuéstese despacio.

Volteó la cabeza y vio al hombre que le hablaba: parecía un médico, pues una bata blanca cubría su forzudo cuerpo. Su rostro, negro y grasoso como un ébano pulido, culminaba en una hirsuta barba que lo asemejaba a un patriarca africano. Sus cejas eran pobladas, con la forma de acentos circunflejos. Sus ojos, oscuros y de mirar directo, lo atravesaban como puñales.

—Acuéstese, por favor, y no piense en nada. Ponga su mente en blanco y solo escúcheme y descanse.

Desde la blanda almohada un benéfico sueño fue filtrándose por todo su cuerpo. Aquel médico hablaba una jerga extraña. Sus manos se movían con signos esotéricos. Su voz era profunda y suave. Debe ser un psiquiatra —pensó—, pero yo no necesito un psiquiatra. ¿Se habrá equivocado de paciente?

—No se mueva. Duerma, duerma.

Y de verdad que tenía sueño, mucho sueño. Sus ojos se cerraron como dos mariposas nocturnas que pliegan las alas al arribo de la luz intolerable. Sonrió apaciblemente y se quedó dormido...

El viejo abrió los ojos. Vio a su hija que lloraba amargamente a su lado. No lograba comprender. ¿Qué la afligía de esa manera? ¿Qué hacía él allí?

—Luisa.

Su débil voz se instaló en la sala como el gorjeo de los primeros pájaros al amanecer. La hija levantó la cabeza y dio un grito de asombro y después otro de triunfal alegría que traspasó a los pacientes, los cuales se incorporaron en sus camas sobresaltados.

—¡Está vivo! ¡Mi papá está vivo!

—¡Está muerto! ¡El joven está muerto!

La enfermera corría por la sala.

—¡Pronto, aquí, médico de guardia, un infarto!

Estaba en aquel parque y miraba jugar a los niños. Con sus setenta años solo podía hacer eso, verlos jugar y rememorar cuando él también lo hacía. Recordó además su juventud, sus amores, su familia, su época de triunfador. Sí, muchos le debían algo, muchos lo apreciaban y querían, aún podía aconsejar a otros, su experiencia, su cultura, su aval histórico todavía le daban un lugar en la sociedad. Se encontraba bien, estaba vigoroso para su edad, podía caminar varias cuadras por la mañana y percibir el aire fresco al posársele en el rostro, el leve toque de las hojas húmedas de rocío al caer sobre sus manos y el crujir de las secas del día anterior aplastadas bajo sus pies. En fin, el salvaje correteo de la sangre dentro de sus venas y, al mismo tiempo, el ansia de su cerebro, siempre dispuesto a crecer en pensamientos y en sensibilidad ante las sugerentes páginas de un libro. No, no podía quejarse, si no fuera porque...

Años después el hombre se sentó frente al otro. Era un dúo increíble: de una parte, un anciano de edad incalculable, con aire de Quijote y un susurro de voz. De la opuesta, un negro todavía fornido, con una larga barba gris y cejas circunflejas. Ambos se miraron a los ojos y se reconocieron.

El viejo se expresó tímidamente:

—Solo quiero agradecerle y pedirle un favor.

—¡¿Otro?! ¿Pero es posible aún que yo pueda hacer algo más por usted? Dígame.

—Hace mucho tiempo que no logro dormir. Cuando cierro los ojos es como si tuviera una fuerza extraña en las pupilas, en los párpados; es como si alguien, que no soy yo, quisiera despertarse dentro de mí. Es insoportable, ¿sabe?, porque quiero soñar como cuando era niño, como cuando era joven, soñar con cosas maravillosas que aún tengo aquí dentro de mi cerebro. Quisiera recostar mi cabeza y decir “hasta mañana”, pero esa fuerza está en mi interior y no me deja en paz.

—No se desespere. Solo hay una manera, pero es irreversible, es definitiva, ¿comprende?

—Sí.

—¿La acepta?

—Sí.

—Entonces, acuéstese despacio en esa cama. No se mueva, duerma, duerma y descanse para siempre.

El viejo se acostó y cerró los ojos con suavidad, una leve sonrisa iluminó el borde de sus resecos labios, la boca se abrió en una relajación triunfal de última hora y un sueño infinito se apoderó de él que permaneció lánguidamente apoyado sobre el lecho.

El negro trazó unos signos esotéricos en el aire y pronunció unas palabras en un lenguaje extraño. De pronto, de las profundidades del yacente cuerpo emergió un sonido. El hombre dio un paso atrás sobresaltado. Era un sonido grave, redondo, que poco a poco fue adquiriendo su propia dimensión hasta volverse agudo y discernible. Era una voz que clamaba por algo. Una voz timbrada y fuerte que él no había oído nunca, pero que comprendía en toda su plenitud.

—¡Sácame de aquí y dame un cuerpo joven! ¡Yo también quiero dormir un poco y vivir lo que me falta por vivir!

El negro reaccionó rápidamente, se aproximó al amigo y presionó con fuerza su hombro. El viejo se despertó.

—Lo siento, lo siento mucho, pero es imposible. Tendrá que permanecer insomne hasta el final. Yo, de momento, no puedo hacer nada por usted. Tengo otro compromiso. Un nuevo cambio de vida, ¿me comprende?

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