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Esquinas de La Habana
por
Eduardo Robreño |
LA
ESQUINA DE LA BULLA
Durante la
primera década de este siglo, familias honestas y
trabajadoras residían en el céntrico, confortable y bien
situado barrio de Colón. A pocos metros de esa esquina
cuyo título encabeza este trabajo, un día de septiembre
del año 1911 nació el redactor de esta crónica.
Barrio apacible y
placentero, cambió su fisonomía apenas hube de hacer mi
irrupción en él. Y no vaya a suponerse que fueron más
quejidos y llantos los que cambiaron la apacigüidad del
lugar. El motivo fue otro: meses antes había sido
abatido a balazos en plena “zona de tolerancia”, Alberto
Yarini, joven apuesto y de buena familia a quien las
aspiraciones políticas y cierta complacencia en el
“dejarse querer”, le habían llevado a conquistar la nada
envidiable, pero sí lucrativa posición de “rey de los
prostíbulos” que operaba en los sitios donde estaba
ubicada la ya mencionada zona, dentro de los minúsculos
barrios de La Habana Vieja conocidos por santidades que
no hacían honor a las actividades non–sanctas que
allí se desarrollaban: San Isidro y Santa Teresa.
La muerte de Yarini
puso al descubierto una serie de escandalosos hechos y
se acabó la “tolerancia” de los guardias con el
consiguiente desparramo de “guayabitos” (chulos
cubanos”, souteners y meretrices.
A muchos de esos
elementos maleantes les pareció propicio sentar sus
lares por esos alrededores y a poco la idea se
generalizó y cundió la “traya” (entonces no se decía “lumpen”)
por todo el barrio.
Las pocas familias
que aún quedaban abandonaron el lugar y campeó por sus
respetos esta nueva zona de tolerancia, siendo esta
esquina, junto a la del café El Rosal, situado dos
cuadras más abajo, lugar proferido de sus reuniones.
Lo que daba más
movimiento y animación a esta bullanguera esquina era el
Bar Asturias. Abierto las veinticuatro horas del día, no
solamente era punto de concentración de ese llamado
elemento “alegre”, sino también de periodistas, músicos,
poetas y algún que otro bohemio que iba a dar su vuelta
para ver si “caía” alguna ración de moros con tasajo,
que era el plato fuerte de la casa.
Frecuentaban dichos
lugares dos individuos, rivales en la mesa de juego y en
los favores que les dispensaba una damisela del barrio.
Acostumbráronse a dirimir esas divergencias “a tiro
limpio”, poniendo en ello mala intención y peor
puntería, pues en las cuatro ocasiones que escenificaron
esos duelos irregulares, donde se intercambiaron cerca
de una docena de disparos, solamente en una oportunidad
rozó a sedal una bala, en el “juanete” de uno de los
contendientes.
No sé si en un exceso
de valentía, o en la seguridad que el más viejo tenía de
la mala puntería de su oponente, en una de esas broncas
llegó a decirle: “¡Saca tu ‘fulmina’, que te doy dos
tiros de ventaja!”
Desde horas tempranas
de la tarde se veía “despachando” en su “oficina” de los
reservados del Bar Asturias, a un mestizo alto y de
buena presencia, elegantemente vestido, con un solitario
de varios quilates en el meñique de su mano derecha. Le
llamaban El Sultán y por el apodo que le endilgaron,
podrán suponer que la “industria” que regenteaba y que
tan pingües beneficios le reportaba, no era precisamente
una fábrica de bombillos, ni de patines de municiones.
Solamente conocía un
rival en el “oficio”, pero sabiamente coexistían. Ese
rival era homónimo del general egipcio, vencedor de los
ejércitos etiópicos, según se cuenta en la ópera Aída.
Este Radamés del
barrio de Colón, que todas las noches entonaba un
retorna vincitore, haciendo sonar los centenes en
sus bolsillos, también “oficiaba” en Blanco y Ánimas, en
tanto que su hermano (excelente persona), lo hacía en
forma reverente y católica en la iglesia de la calle
Galiano, próximo al lugar, de la que era cura párroco y
de donde salió a ocupar la más alta posición
eclesiástica de Cuba por méritos personales.
También andaba por
allí un individuo al que le decían Ojito, el criollo que
más veces fue procesado por disparos y lesiones (regía
el Código del 70), hombre de extrema peligrosidad, que
tomó el camino de la política.
Hubo un momento en
que las autoridades de turno quisieron acabar con el
barrio y su escandalosa esquina. Pero como en Cuba todas
las cosas se hacían muy mal, resultó que en un desmedido
abuso de poder por parte de un Ministro de Gobernación,
se desalojaron en forma violenta y arbitraria todas las
casas de lenocinio. Pero pasado algún tiempo estos
elementos reaparecieron y volvieron a saborear “la
victoria” (Barrio de).
Al triunfo de la
Revolución, nuestros gobernantes han seguido una sabia
política de “desinfección”, que ha dado óptimos frutos.
La esquina que aquí se describe ha cambiado su
fisonomía, y sus casas y alrededores son de nuevo
habitadas por familias sencillas y trabajadoras.
De todo lo cual mucho
me alegro, pues aparte que como cubano me siento
satisfecho de cualquier medida positiva de carácter
social, me resuelve el problema que se me presenta
cuando me preguntaban dónde había nacido, ya que no era
cosa de ponerse a explicar este proceso que aquí
describo. Me limitaba a decir que mi nacimiento había
ocurrido “por ahí, cerca de Galeano”.
Ahora, como habanero que mucho quiere su ciudad, puedo
decir: nací en Blanco y Ánimas, una típica esquina en la
capital de una nación, que está tratando honestamente de
sentar su nueva forma de vida, basada en la equidad, la
justicia
social y el respeto mutuo
Tomado de Cualquier tiempo pasado
fue...
Editorial Letras Cubanas, 1978.
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