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VIVIR Y PENSAR EN GUADALAJARA
 
Fernando Rojas |
Guadalajara

En el principio nos parecía una gran aldea, no conocíamos a nadie, nos perdíamos a cada segundo, la gente nos preguntaba cosas por el estilo de si éramos marcianos o algo así.

Con los días se me antojó un cambio, tanto como el cambio de sitio: me mudé de Tolsá casi esquina a Alemania –que me recuerda a La Lisa–, a avenida Vallaría casi esquina a Federalismo –que me recuerda a Marianao–. El Hotel Cariton evoca el Vedado y la zona de la expo, Miramar: en fin, todo un ataque de nostalgia, porque ni siquiera soy de La Habana.

Algo raro tenemos, sin duda. Hay quien habla o escribe de nosotros como de borregos incapaces y viscerales. Con los sucesivos desplazamientos se fue coloreando la condición cubana, que en los primeros días no pasaba del cliché aritmético de un salario de diez dólares o de la precaria idea del pretendido insulto a la libertad. Tanto como los pinceles de Choco y José Omar, Gallardo y Luis Miguel y el dilecto Estévez, los escritores y los artistas cubanos dibujaron, más que una imagen, un sentimiento: el del cariño a la gente de esta tierra, que lo trajimos de Cuba y lo llevamos de vuelta, exhaustos y satisfechos.

La vocación de servicio público, desde el virtuosismo y la sensibilidad, que ha animado a cualquiera de mis compatriotas estos días intensos, que los anima en cada instante de sus muy fecundas vidas –recuérdese que cada uno de ellos ha trabajado sobre todo y literalmente por amor al arte– no tiene nada que ver con la recurrente fábula de la miseria generalizada y el intelecto petrificado.

La acogida de los tapatíos y las tapatías está hoy más cerca de la imagen de la revolución que se reconstruye cada día. No les hemos regalado otra cosa que nuestro trabajo creador. No tuvimos otra premisa que la de no aceptar premisas preconcebidas o ilegítimamente interesadas. Si somos demócratas, es porque comprendemos que la perspectiva otra, o del otro, cuando es honesta y desinteresada es, por lo menos, posible.

Y si se reconocen el talento y la creación –y creo que de eso tratan estos diez días en una ciudad más ciudad, más entrañable ciudad–, habrá que aceptar que nuestra gente ha hecho su opción, ha decidido y lo sigue haciendo: que es más que haber votado, que es más que posar para una cámara o hablar para un micrófono.

De esa otra opción, de sus perspectivas, de sus problemas, de los errores cometidos, o aún de los que se pueden cometer en un camino posible hacia el reino de toda la justicia y toda la libertad, tratan mis páginas. Además del texto que abre la antología, Enrique Ubieta tuvo la gentileza de incluir mi evocación de Manuel Moreno Fraginals y su gran obra marxista –casi estoy citando un artículo de opinión recientemente publicado acá–, El Ingenio.

Entre los mexicanos, si me oriento por el balance de la repercusión mediática de este viaje de centenares de cubanos a las mentes y los corazones de los hermanos que, aún tan cerca, nos conocen tan poco, estos textos podrán ser algo así como una versión de la tal vez no tan remota percepción de la Cuba desconocida.

Concédanle el derecho que tiene a ser difundida.

Guadalajara, 8 de diciembre de 2002.

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